NOBEL DE ESTACIÓN – JOHN STEINBECK

El Premio Nóbel de Literatura le fue otorgado en 1962

En las primeras páginas de Al este del Edén John Steinbeck ofrece un fragmento de historia familiar, en el que habla de sus antepasados y describe el hermoso valle en que nació; valle que le ha servido como escenario para la acción de muchas de sus novelas.

«El valle de Salinas -dice-, en el norte de California, es una larga y estrecha franja que corre entre dos cadenas montañosas; el río Salinas serpentea par su centro hasta que desemboca, finalmente, en la bahía de Monterrey.» En estos parajes de peculiar geografía vino al mundo el gran novelista, en el año 1902. En 1925, tras esporádicos estudios en la Universidad de Stanford, John abandonó California y embarcó en un buque de carga hacia Nueva York, atravesando el canal de Panamá. Allí en la terrible ciudad de los rascacielos, trabajó como redactor de un periódico y comenzó su aprendizaje de escritor, pero pronto regresó a su valle natal, en donde dio a la luz sus mejores libros.
En esta tierra llena de irradiaciones, aprendió sin duda Steinbeck el profundo sentido de la belleza que transflora en sus libros: la visión de los eucaliptos espolvoreados de oro viejo y de púrpura por el sol del atardecer; el dulce silencio de las noches de abril, solamente interrumpido por el grito de los gatos salvajes, cuyas ojos arden como carbones en la tiniebla de los bosques; la suavidad del crepúsculo en aquellos campos donde la gente se reúne calladamente para esperar la noche, a la orilla de las cenicientas lunas, cuya superficie ondulan, de vez en cuando, las salamandras que emergen para aspirar la brisa vespertina; los sicómoros recortados en la neblina de la madrugada… Los principales libros de Steinbeck, Todos ellos del género narrativo, son los siguientes: Tortilla Flat (1935) hombres y ratones (1937), Las uvas de la ira (1939), Ardiente resplandor (1950), Al este del Edén (1951), El breve reinado de pepino IV (1957), etcétera, así como En dudosa batalla, El arrabal de Cannery, Los pastos del cielo, Dulce jueves, La luna se ha puesto, El ómnibus perdido, La Perla, etcétera.
John Steinbeck es, sin duda, uno de los más importantes representantes del naturalismo literario norteamericano. Ese naturalismo literario norteamericano que, por muchas razones, resultaba bastante diferente del europeo, y que surgió en los años treinta, a expensas del clima de recesión económica y de la conciencia de masas que creó en la narrativa el fuerte impulso de aquella generación que Stein llamara «perdida». Según críticos tan agudos como Frederick J. Hoffman, Steinbeck pertenece al grupo de novelistas de izquierda, preocupados por el fenómeno proletario que aparecen por aquella década consiguiente a la catástrofe económica y que están representados en los primeros rangos por John Dos Passos, James T. Farrell y el propio Steinbeck. En efecto este último, apoyándose en un realismo a ultranza, ha expresado con directa fuerza una áspera visión de Norteamérica puesta al desnudo hasta sus más crudos entresijos, dando a su obra un tono característico que no por ser regional -o acaso por ello mismo-, deja de tener un vivo y lato sentido universal. Pero si ese tono social de Steinbeck, rudamente directo, punto menos que izquierdista, era indudable en novelas como Hombres y ratones, Los pastos del cielo, Tortilla Flat, y, sobre todo, en la formidable Las uvas de la ira, se nos antoja que en Al este del Edén remitió un poco en su fiebre proletarizante para acercarse algo más al tradicional sentido de la novela burguesa, aunque, naturalmente, siempre dentro de la tónica naturalista.

Al este del Edén es, simultáneamente, una extensa y circunstanciada crónica familiar y la historia social y humana de una región perfectamente definida y muy querida del autor: el Valle de Salinas. Dentro de una sólida estructura técnica, y en alas de una prosa que tras su voluntario objetivismo deja traslucir una tensa vehemencia, Steinbeck nos ofrece en este extenso relato un no menos vasto mundo de pasiones primitivas, de crueldades y vilezas, de violencia extrañamente justificada en sentimientos de un solo bloque. Pero, al mismo tiempo, y mezclado con rara cohesión, aparece otro mundo de ternuras sobrecogedoras, de amor irremisible, de intensa calidad poética; poesía que no radica en el uso externo de las palabras, sino en la sustancia misma de los hechos, en la compleja motivación psicológica que empuja a los personajes, y en el clima indefinible que envuelve a éstos.
Pero esta historia familiar que es, por una parte, Al este del Edén, no puede identificarse con precedentes literarios como los que suponen las «sagas» de Galsworthy, o los cronicones de Mann y Martin du Gard, por ejemplo. Mientras que en aquellos libros solo existía él propósito de narrar, pormenor a pormenor, psicología a psicología, anécdota a anécdota, el proceso sucesivo de varias generaciones de un mismo tronco, sin tesis que las englobase en la novela de Steinbeck todo parece asentarse sobre una idea central, que da cohesión y significado trascendente a la pura línea narrativa: una reactualización del relato bíblico de Caín y Abel que se reitera a través de una serie de episodios sucesivos de la novela, con diversos protagonistas de la misma, y que estalla violentamente en la última parte de la narración, con un poderoso aliento trágico. Si no temiésemos hablar de tesis o de “mensajes”, resumiríamos el sentido de Al este del Edén afirmando que Steinbeck trata de poner de manifiesto la fuerza incoercible del mal, independiente de la voluntad de los personajes o agonistas que sólo son víctimas suyas. Es decir, el Mal como elemento fatal, inevitable, igual que en las tragedias griegas, pero que, en modo, puede ser domeñado por una lucha cruel con el albedrío. Tiene un sentido vagamente cristiano este relato de Steinbeck, un poco contradictorio en su misma esencia; sentido que no basta para ocultar una tácita defensa de Caín, el hermano malo, al que considera más víctima que al propio Abel. Pero la consideración, por resumida que fuese, de esa presunta tesis, nos llevaría a terrenos ajenos y de movedizas arenas.

LA PERLA

Por John Steinbeck

En la ciudad se relata la historia de la gran perla, cómo fue hallada y cómo volvió a perderse. Hablan de Kino, el pescador, de su esposa Juana y del pequeño Coyotito. Y como la historia se ha relatado tantas veces, ha echado raíces en la memoria de todos.

En ella, como en todos los relatos eternos que viven en los corazones del pueblo, sólo hay cosas buenas y malas, blancas y negras, santas y perversas, sin que se hallen jamás medias tintas.
Si esta historia es una parábola, acaso cada uno sepa darle la interpretación que le hace falta para leer en ella su propia vida. Sea como sea, cuentan en la ciudad que Kino se despertó casi a oscuras. Las estrellas lucían aún y el día solamente había tendido un lienzo de luz en la parte baja del cielo, al Este. Los gallos llevaban un rato cantando y los madrugadores cerdos ya empezaban su incesante búsqueda entre los leños y matojos para ver si algo comestible les había pasado hasta entonces inadvertido. Fuera de la casa edificada con haces de ramas, en el plantío de tunas, una bandada de pajarillos temblaban estremeciendo las alas.
Los ojos de Kino se abrieron, mirando primero al rectángulo de luz de la puerta, y luego a la cuna portátil donde dormía Coyotito. Por último volvió su cabeza hacia Juana, su mujer, que yacía a su lado en el jergón, cubriéndose con el chai azul la cara hasta la nariz, el pecho y parte de la espalda. Los ojos de Juana también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto nunca cerrados al despertar. Las estrellas se reflejaban muy pequeñas en aquellos ojos oscuros. Estaba mirándolo como lo miraba siempre al despertarse.

Kino escuchaba el suave romper de las olas mañaneras sobre la playa. Era muy agradable, y cerró los ojos para escuchar su música. Tal vez sólo él hacía esto o puede que toda su gente lo hiciera. Su pueblo había tenido grandes hacedores de canciones capaces de convertir en canto cuanto veían, pensaban, hacían u oían. Esto era mucho tiempo atrás. Las canciones perduraban; Kino las conocía, pero sabía que no habían seguido otras nuevas. Esto no quiere decir que no hubiese canciones personales.
En la cabeza de Kino había una melodía, clara y suave, y si hubiese podido hablar de ella, la habría llamado la Canción Familiar.
Su manta le cubría hasta la nariz para protegerlo del aire desagradablemente húmedo. Sus ojos se movieron al oír un rumor a su lado. Era Juana levantándose casi sin ruido. Descalza se acercó a la cuna de Coyotito, se inclinó sobre él y pronunció una palabra de cariño. Coyotito miró un momento hacia arriba, cerró los ojos y volvió a dormirse.
Juana fue hacia el fogón, extrajo un tizón y lo aireó para reavivarlo mientras dejaba caer sobre él algunas astillas.
Kino se había levantado envuelto en su manta. Deslizó los pies en sus sandalias y salió a ver la aurora.
Al traspasar la puerta se inclinó para rodear mejor sus piernas con el borde de la manta. Veía las nubes sobre el Golfo como hogueras en el firmamento. Una cabra se acercó a él resoplando y mirándolo con sus ojos fríos y ambarinos. A su espalda el fuego de Juana llameaba lanzando flechas de luz entre las rendijas de la pared de ramaje y haciendo de la puerta un cuadro de luz oscilante. Una polilla lo atravesó en busca del fuego. La Canción Familiar sonaba detrás de Kino, y su ritma era el de la muela de piedra que Juana movía para triturar d grano de las tortas matinales.

El alba llegaba rápida ya, un destello, un relámpago, y luego una explosión ígnea al surgir el sol del fondo del golfo Kino miró al suelo para librar sus ojos del resplandor. Oía el batir de la masa de las tortas y su cocer sobre la batea del horno. En el suelo las hormigas se apresuraban, divididas en dos castas: grandes y relucientes, pequeñas y parduscas, mucho más veloces. Kino las observó con la indiferencia de un dios mientras una de las pequeñas trataba frenéticamente de escapar a la trampa de arena que una hormiga-león había preparado para ella.
Un perro flaco y tímido se aproximó y a una suave llamada de Kino se acurrucó, colocó el extremo de la cola sobre sus patas y apoyó delicadamente su hocico sobre una estaca hundida en el suelo. Era negro, con manchas amarillentas donde debiera tener las cejas. Aquélla era una mañana como otras y, sin embargo, perfecta entre todas. Oyó el leve crujir de las cuerda» al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también formaba parte de la Canción Familiar, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta musitando: «esto es certeza, esa» es calor, esto es todo».
Al otro lado de la empalizada había otras casas de ramas, de las que también salía humo y los rumores previos al desayuno, lirio aquéllas eran otras canciones, los cerdos otros cerdos, las esposas unas distintas de Juana. Kino era joven y fuerte y su cabello negro caía sobre su morena frente. Sus ojos eran cálidos y fieros y su bigote exiguo y áspero. Libró su nariz de la manta, porque el aire oscuro y venenoso había huido y la luz dorada del sol caía sobre la casa. Junto a la cerca, dos gallos se encaraban con las alas combadas y las plumas del cuello erizadas. Su lucha era torpe; no eran gallos de pelea. Kino los miró un momento y luego sus ojos se alzaron hacia una bandada de palomas silvestres que se dirigían hacia las montañas, al interior, recogiendo luz sobre sus cuerpos blancos. El mundo ya estaba despierto, y Kino se incorporó y entró en su choza.
Cuando atravesó la puerta, Juana estaba en pie, algo apartada del centelleante fogón. Devolvió a Coyotito a su cuna y empezó ó a peinarse la negra cabellera hasta formar dos trenzas a cuyos extremos ató dos cintas verdes. Kino se agachó junto al hogar, extrajo una tortilla caliente, la mojó en salsa y se la comió. Luego bebió un poco de pulque y dio por terminado su desayuno, el único que había conocido exceptuando los días de fiesta y un increíble banquete de pastelillos que había estado a punto de matarlo. Cuando Kino hubo acabado, Juana regresó al fuego y desayunó. En una ocasión había hablado, pero no hay necesidad de palabras cuando se actúa por hábito.
Kino suspiraba satisfecho, y ésta era suficiente conversación.
El sol caldeaba la cabaña, atravesando sus paredes discontinuas. Uno de los delgados rayos cayó sobre la cuna de Coyotito v las cuerdas que la sostenían.
Fue un instante en que dirigieron sus miradas a la cuna, y entonces ambos se quedaron rígidos. Por la cuerda que sostenía e1 lecho infantil en la pared un escorpión descendía lentamente. Su venenosa cola estaba extendida tras él, pero podía encogerla en un segundo.
La respiración de Kino se hizo silbante y tuvo que abrir la boca para impedirlo. Su expresión había perdido el aire de sorpresa y su cuerpo no estaba rígido. A su cerebro acudía una nueva canción, la Canción del Mal, la música del enemigo, la Canción Familiar parecía llorar y lamentarse.
El escorpión seguía bajando por la cuerda hacia el pequeño. En su interior, Juana repetía una vieja fórmula mágica para guardarse del peligro, y, más audible, un Avemaría entre dientes.
Pero quino se movía ya. Su cuerpo atravezaba el cuarto suave y silenciosamente. Llevaba las manos extendidas, las palmas hacia abajo, y tenía puestos los hojos en el escorpión. Bajo éste coyotito reía y levantaba la mano para cogerlo la sensación de peligro llegó al bicho cuado Quino estaba casi a su acance.
Se detuvo, su cola se levantó rápidamente sobre su cabeza y la garra curva de su extremo surgió reluciente
Kino estaba absulutamente inmóvil. Oía el susurro mágico de juana y la música cruel del enemigo. No podía moverse hasta que lo hiciera el escorpión, consciente ya de la muerte que se le acercaba.

La Perla, (fragmento).