Nóbel de Estación – IVO ANDRIC

El premio nóbel de literatura le fue otorgado en el año1961 Cuando las albaceas de Alfredo Novel concedieron en 1961 el premio que lleva su nombre a Ivo Andric, justificaron esta decisión con las siguientes palabras: “Por la fuerza épica con que ha descrito los temas y los humanos destinos de la Historia de su país.” En efecto: los libros de Andric, a modo de crónicas históricas noveladas, rebosantes de patriotismo épico, podrían estar escritos en viejos versos blancos, en lugar de presentársenos en densa prosa descriptiva. Toda su preocupación se basa en las vicisitudes de su pueblo, la Bosnia natal, país fronterizo, siempre agitado por las convulsiones políticas y por las aspiraciones dominadoras de las naciones limítrofes. El mismo Andric ha dicho: “Todo lo que he escrito es literatura de mi país y de mi mismo.” En el fondo, esos poemas épicos en prosa que constituyen las novelas del bosnio, no se adscriben a ninguna tendencia ideológica determinada. Y, sin embargo, Andric siempre tuvo tendencias avanzadas, simpatizó con el régimen de Tito, y en él ha servido en diferentes cargos diplomáticos y administrativos. Ivo Andric nació en Travnik (Bosnia), en el año 1982. Su infancia y juventud transcurrieron en Visegrado, a orillas del famoso río Drina, protagonista de una de sus mejores novelas. Estudió en Zagreb y Sarajevo. En 1914 penetró en los intrincados resortes de la máquina revolucionaria y fue encarcelado por su amistad bastante próxima con Gavrilo Princip, el estudiante servio que asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Austria, hecho que sirvió de chispa para encender el grave conflicto bélico europeo que duró hasta 1918. Como es sabido, Bosnia, uno de los trozos más agitados del llamado “avispero balcánico”, es un país de poco más de tres millones de habitantes, situado al noroeste de la península de los Balcanes, entre los Alpes Dináricos, los ríos Save y Drina y la cordillera de los Herzegovinos. Junto con la región de Herzegovina, Bosnia perteneció desde el siglo XV al imperio Turco, pasando después -entre 1879 y 1918- al imperio austrohúngaro. Todo el país es un conglomerado de razas, en donde se mezclan los turcos con los servios, los bosnios puros con los judíos sefarditas, los austroalemanes con los cíngaros y herzegovinos. Se hablan cien lenguas y dialectos, y se practican – o se practicaban, al menos – todas las religiones, predominando la ortodoxa griega y la islámica. Ahora forma parte de Yugoslavia, con cierta autonomía federal. En este “puzzle” étnico, que, sin embargo, conservó siempre una fuerte tendencia nacionalista, se han desarrollado todas las actividades políticas y literarias de Ivo Andric. Por las décadas de 1920 y 1930, sirvió en el cuerpo diplomático de su país, y como embajador del mismo en Berlín, le sorprendió la Segunda Guerra Mundial. Regresado a Belgrado, se retiró entonces de la vida pública, en medio de la ocupación alemana. De esa época datan sus mejores libros. Pero ya antes, en los momentos finales de la primera contienda, después de su experiencia en la prisión, había publicado Ex – Ponto, en cuyas páginas se presentaban la vida humana cómo una gran cárcel, dominaban, según se ha dicho, “el miedo, la soledad, el sufrimiento y la culpabilidad”. En los años de la Segunda Guerra Mundial escribió Andric una trilogía de novelas con temas que giran en torno a la vida y las hazañas de la Bosnia y de los bosnios. Son esas tres novelas La crónica de Travnik, La joven dama y El puente sobre el río Drina y en ellas se traza una autentica historia de Bosnia, desde la conquista de la misma por los turcos en 1389 hasta la creación del Estado yugoslavo después de la primera guerra europea. El puente sobre el Drina es un auténtico poema épico; no en la acepción que la épica han dado algunos escritores contemporáneos y comprometidos como Bertold Brencht, sino en el sentido más tradicional o clásico del género. Es un relato entre histórico y colectivista, que comienza en el siglo XVI, cuando el visir turco Mohamed Pachá ordena construir el famoso puente de Visegrado, y que concluye en 1914, cuando los cañones servios y las voladuras de las tropas austríacas parten la obra en dos. Los verdaderos protagonistas de esta historia, por lo tanto, son Bosnia y el puente; ese puente fronterizo que durante siglos fue considerado como lazo de unión entre Oriente y Occidente. Cientos de anécdotas llenan las páginas de esta novela. Anécdotas de íntima condición humana algunas, anécdotas de extenso significado histórico otras. Crueldades inauditas, guerras e invasiones, se alternan en este libro con pequeños episodios particulares, como el del empalado patriota o el del soldado austríaco que pierde la vida por amor. Es una obra apasionada y apasionante, que hay que leer despacio, que hay que leer pensando en la humanidad del pasado, en la humanidad del presente y en la humanidad del futuro. Está escrita con una serenidad que quiere ocultar el fervor patriótico. Tiene, en apariencia, la objetividad de una crónica, pero bajo esa objetividad se advierte un contenido afán nacionalista, a veces teñido de ternura viril, y en otras ocasiones adobado con una ligera y eficaz ironía. El puente del Drina se alza como un símbolo, enlazando el Poniente y el Levante de Europa, con toda la carga de significaciones que una y otra zona comportan. Ivo Andric nos proporciona, acaso sin proponérselo verdaderamente, el equilibrado punto medio entre dos mundos opuestos, que siempre han pugnado por fundirse y confundirse en los campos de esta vieja Europa.