NOBEL DE ESTACIÓN – FRANCOIS MAURIAC

El premio Nóbel de Literatura le fue otorgado en 1952

Todavia, en Galigai, última novela de Mauriac aparecida entre nosotros -orlada con una cinta prestigiosa: Premio Nobel 1952-, insiste el novelista francés, es un calofón a la obra, en su vieja explicación, intentando aclarar eso de tener fe, ser un católico convencido y además, escribir novelas. Mejor dicho, el escribirlas como artista que es, por encima de todo.

Mauriac, evidentemente, no ha venido al mundo a ser católico. Lo que parece cierto si es que todo hombre trae su misión, exigua o no, pero personal, Mauriac ha venido a forjar novelas. Ahora, como católico ferviente que es, todo lo que escriba estará tocado, impregnado, de lo consustancial al catolicismo: la lucha de la carne y el espíritu, el sentido del pecado original, y la Gracia, como única redentora, agua lustral que puede borrar tanta suciedad terrenal.
De esta fusión de sus creencias y su vocación, se derivan toda la grandeza y servidumbre de Mauriac: la lacerante penetración psicológica con que diseña sus personajes, y su obsesiva reiteración temática.
Ha dicho André Maurois que el ‘novelista católico se halla felizmente condenado a hacer de todos los temas, incluso de los más humildes, un gran tema’: Y Mauriac maneja un único y grandioso tema: el de la salvación por la Gracia. A veces esta salvación adviene luminosamente, como una aureola, sobre el atormentado personaje; otras, apenas si se vislumbra en tal o cual fase del final. Si en la primera parte de sus novelas suele presentar cuadros oscuros, donde se debaten las almas dolorossa y enfermas, los cuerpos poseídos y relajados, al final se abre el destello de luz, de azul no manchado, sobre las impurezas de la carne. El happy end de Mauriac es la Gracia.
Sus personajes, exceptuando algunos escasos clichés parisienses, Siempre provienen de la provincia natal: terratenientes y abogados, médicos, sacerdotes, figuras diversas y complejas, todas ellas trazadas sólidamente, fieles a sus instintos rurales. Figuras febriles, llenas de ligazones carnales, a las que el ansia de dinero, posición, o amor, desencaja, y que, pese a su dura sujeción a la tierra, se nos aparecen en un plano exclusivamente teológico. Para Mauriac no hay opciones: o se salvan o se condenan. Uno casi cree percibir en esos sombríos comedores burgueses, o en el fondo de las alcobas, un rastro sulfuroso.
No es raro, pues, que a Mauriac se le haya tachado de excesivamente turbio y pesimista, de complacerse morbosamente en narrar vidas devoradas por el pecado. Esas delicadas narices temen el hedor de la sepultura, de la corrupción. Pero hay que levantar las losas y airear los sepulcros. La pasión, estancada, se corrompe. En cambio el vicio, evidenciado, huye. Y Mauriac sabe descender valientemente al estercolero para encontrar en él la perla, esa huella de luz del Señor que, en sus cuadros, ciertamente sombríos, al brillar, como un rastro perdido, sobre tal o cual frente, alcanza categorías
de Rembrandt.
Por lo demás, Mauriac ha escrito serenas palabras, no todo en él es tan lúgubre y desastrado. De él es eso: ‘Para nosotros los que poseemos la Esperanza… « Esta es una hermosa afirmación, llena de seguridad, orgullosa y humilde a la vez. Sí novelista católico. ‘Para nosotros, los que poseemos la Esperanza, esperamos sin terror que el velo se abra lentamente. Lo que late bajo sus pliegues, alegría o dolor, será acogido con un corazón lleno de solicitud. Tomamos parte, en un juego del que todo es ganancia. Tenemos el secreto de convertir en victoria todas las derrotas de la vida. Y el secreto de esta victoria: Pax Dei qui exsuperat omnem sensum… Hemos vencido, de antemano. «
Nacido en Burdeos, el 11 de octubre de 1885, de familia acomodada y católica, la infancia de Mauriac transcurre por las landas y viñedos que rodean la solariega casa paterna. Los primeros estudios los cursa en Cauderan, en las aulas de los Hermanos Maristas. Más tarde, en su Burdeos natal, asiste a los cursos de Ostrowski, en la Facultad de Letras. Pero ese estrecho ambiente provinciano le oprime en demasía, y marcha a París con la intención de seguir la carrera diplomática. Pero la literatura le atrae irresisteblemente: dos libros de versos, Les mains jointes (1909), en el que resuenan voces de Verlaine y Baudelaire, y L’adieu á l’adolescence (1911), son el bagaje juvenil de este provinciano nostálgico.
Sus comienzos literarios no le han sido difíciles. Está bien relacionado, tiene dinero. Por otra parte, Les mains jointes ha sido calurosamente elogiado por Barres, al que el joven Mauriac tanto admira. En 1913 publica su primera novela: L’enfant chargé de chains, donde, en una prosa de párrafos separados, intensamente poemática, e influida por Barres, relata la historia de un joven intelectual de provincias, Juan Pablo, que pugna por tener fe y lucha con algo muerto que hay en él, un lastre literario. Juan Pablo frecuenta las iglesias, realiza las prácticas de la fe de sus mayores, forma incluso parte de una asociación religiosa y hace propaganda católica entre los obreros, todo para, como él dice, «inclinar el autómata… «
En esta novelita empieza el relato’ confesional de Mauriac, relato que aún no ha terminado. La técnica de su novelística está ya trazada: será la ruta, la peregrinación interior de sus protagonistas hasta encontrar la fe, por lo menos hasta vislumbrarla. Influido al principio por Proust, por Gide, e incluso por Freud, Francois Mauriac escribe novelas como La robe prétexte (1914), Le baiser au lépreux, Genetrix, el drama de la maternidad obsesiva. Thérése Desqueyroux (1927), pálida y hermética figura de mujer que se ahoga en el sórdido ambiente familiar, hasta que desliza unas gotas de arsénico, «sólo unas gotas—, en la medicina de su marido, y Nceud de vipéres (1932), acaso sean sus obras más logradas, y también más tenebrosas.
Nceud de vipéres es la confesión susurrada y vibrante de un abogado, ya declinante, roído por el rencor y la avaricia, que se ve cercado por la hueste joven de sus descendientes que esperan sus riquezas. Es un rosario de mezquindades, amarguras y desvíos, a cuyo final se anuncia, como una tímida aurora, un soplo cristiano. Pero el relato del personaje queda bruscamente cortado a mitad de palabra, por la muerte del protagonista. Ni siquiera le es concedido a esa vida torturada la última dicha de la salvación. Todo en Nceud de vipéres es-lúgubre y de un realismo atroz, que no admite concesiones. Una atmósfera pesimista, burguesa y plomiza flota en toda la novela, que apenas bastan a aclarar tal o cual rasgo de una fe más luminosa y alegre.
En 1933 Francois Mauriac entra en la Academia Francesa. Ese mismo año publica Le Mystére Frontenac, al que seguirán Le chemin de la mer (1939), Le Segouin (1951), Galigai (1952), que, en palabras de su autor, es «el drama sexual del deseo que tropieza con la repulsión’; obra breve y de una simplicidad maestra.
No sólo es novelista FranVois Mauriac. Como ensayista y exégeta ha escrito Racine, Le recontre avec Pascal, y una Vie de Jesús. Su labor como conferenciante ha sido muy extensa, dentro y fuera del país. Periodista, ha escrito fogosos artículos anticomunistas, y actualmente lleva las riendas de Le Figaro, con su suplemento literario.
Pese a su intensa labor social, Mauriac se sabe profundamente provinciano. Toda su obra es la proyección de unas especiales vivencias de su adolescencia, que reflejan una sociedad rural en trance de extinción. En ese ambiente, y con un telón de fondo único, las Landas, Francois Mauriac engarza su leit motiv eterno, monótono, pero siempre estremecido, como una herida reciente. ¡Cómo conoce su ‘argumento» Mauriac! Lo ha visto desde todos los ángulos posibles, ha estudiado como nadie su tensión interna y externa, conoce a ciegas el ambiente en que se desarrolla. A ciegas, excluyendo lo que la visión tiene de superficial y forastero. Mauriac cala más hondo: más sutiles son para él el olor de los interiores, el sabor de la fruta que cruje entre los dientes, el enamorado contacto de los dedos.
Mauriac asegura que no puede concebir una novela sin haber conocido la casa donde ha de desarrollarse, de modo que pueda seguir a su personaje de habitación en habitación. ‘ A menudo su figura permanece indistinta en mí, no vislumbro más que su silueta, pero siento el viejo olor del corredor que atraviesa, y no ignoro nada de lo que ve, de lo que oye a tal hora del día y de la noche…»
De ahí que el mundo de Mauriac, expuesto en una veintena de novelas, tenga una similitud de atmósfera, de figuras, de problemas. Se observa en los protagonistas de sus obras un parecido de familia, todos recuerdan otra figura anterior y, al mismo tiempo, puede asegurarase que son el esbozo de otra que vendrá después, más fina, más acusada. Fantástico jugador de ajedrez, Francois Mauriac recomienza continuamente distintas partidas con figuras idénticas, haciendo con ellas combinaciones cada vez más arriesgadas, en busca de un obligado jaque mate final, en este caso, Dios.

NUDO DE VÍBORAS

Primera parte

«…Señor, pensad que no nos entendemos nosotros mismos y que no sabemos lo que queremos,
que nos alejamos infinitamente de lo que deseamos.»

Santa Teresa De Jesus

Quisiera que, a pesar de su bajeza, sintierais lástima de este enemigo de los suyos, de este corazón devorado por el odio y por la avaricia; quisiera que interesara vuestro corazón. A lo largo de su amarga vida, tristes pasiones le ocultaron la cercana luz, de la cual, a veces, algún rayo le tocó e intentó quemarlo; sus pasiones… Pero primero tened piedad de los cristianos mediocres que le acecharon y a quienes él mismo atormentó. ¡Cuántos de entre nosotros rechazan asi al pecador y le apartan de una verdad que, a través de ellos, no iluminaba nada!
No, no era el dinero lo que este avaro acariciaba, no era de escuchar a este hombre hasta la última confesión que interrumpe la muerte…

I

TE asombrará descubrir esta carta en mi arca, sobre un paquete de acciones. Tal vez hubiera sido mejor confiarla a un notario que te la hubiese entregado después de mi muerte; o bien guardarla en el cajón de mi escritorio, lo primero que forzarán los hijos cuando haya empezado a enfriarme. Pero ocurre que, durante años, he rehecho en espíritu esta carta y la imaginaba siempre, en mis insomnios, destacándose sobre el estante del arca, de un arca vacía que no contenía otra cosa que esta venganza, elaborada durante casi medio siglo. Tranquilízate; por otra parte, ya te has tranquilizado: «Las acciones están ahí». Me parece oír esta frase, en el vestíbulo, al regreso del Banco. Sí. Llamarás a los hijos, a través de tu velo negro: «Las acciones están ahí».
Ha faltado muy poco para que ellas no se encontraran «ahí», y yo había tomado bien mis medidas. Si hubiese querido, hoy os encontraríais despojados de todo, salvo de la casa y las tierras. Habéis tenido la suerte de que yo sobreviviera a mi odio. Durante mucho tiempo he creído que mi odio era lo que había más vivo en mí. Y he aquí que hoy, al menos, no lo siento. El anciano en que me he convertido apenas si representa al furioso enfermo que había sido poco antes y que pasaba las noches combinando solo su venganza -esa bomba que había de estallar más tarde y que yo había montado con una minuciosidad de la que me sentía orgulloso-. pero buscando el medio de poder gozarme de ella. Hubiese querido vivir mucho para ver vuestras cabezas de regreso del Banco. Se trataba de no facilitarte demasiado pronto el medio de abrir el arca, sino lo suficientemente tarde para gozar de esa última alegría de oír vuestras preguntas desesperadas: «¿Dónde están las acciones?» Y me parecía, entonces, que la más atroz agonía no había de impedirme ese placer. Sí, yo he sido un hombre capaz de calcular tales cosas. ¿Cómo llegué a esto, yo, que he sido un monstruo?
Son las cuatro, y la bandeja de mi almuerzo y los platos sucios sobre la mesa atraen a las moscas. He llamado en vano; en el campo no funcionan las campanillas. Espero sin impaciencia en esta habitación donde he dormido de niño; donde, sin duda, he de morir. El día en que esto ocurra, el primer pensamiento de nuestra hija Genoveva será el de reclamar para los hijos.
Yo ocupo, solo, la habitación más grande, la mejor acondicionada. Hacedme la justicia de reconocer que he ofrecido a Genoveva cederle este sitio y que lo hubiese hecho sin tener en cuenta al doctor Lacaze, que no admite para mis bronquios la atmósfera húmeda del piso bajo. Sin duda, yo hubiera consentido en ello, pero con tal rencor que es mejor que me lo hayan impedido. He pasado toda mi vida llevando a cabo toda suerte de sacrificios, cuyo recuerdo me envenenaba, y alimentaba y acrecentaba esta especie de rencores que el tiempo ha fortalecido.

El gusto por las rencillas es una herencia militar. Mi padre -se lo oí decir a mi madre con frecuencia- estaba reñido con sus progenitores, quienes, a su vez, murieron sin haber vuelto a ver a su hüa, expulsada de casa antes de que hubiese cumplido los treinta años. Ella se había puesto de parte de aquellos primos marselleses a quienes no conocíamos. Jamás hemos sabido las razones de toda esta cizaña, pero hacíamos nuestro el odio de nuestros ascendientes. Y todavía hoy volvería la espalda a uno de esos pequeños primos de Marsella si lo encontrase. No se puede ver a los padres distanciados, ni tampoco a los hijos ni a la mujer. Realmente, no faltan las familias unidas; pero cuando se piensa en la cantidad de ellas en que dos seres se exasperan, se disgustan en torno a la misma mesa, al mismo lavabo y bajo las mismas sábanas, es extraordinario el escaso número de divorcios. Se detestan y no pueden huir del fondo de esas casas…
¿Qué significa esta fiebre de escribir que me ha atacado hoy, aniversario de mi nacimiento? Cumplo sesenta y ocho años y estoy solo para saberlo. Genoveva, Huberto y sus hijos han tenido siempre, en cada cumpleaños suyo, el pastel, las velillas y las flores… Si nada te doy para tu fiesta, al cabo de los años, no es porque la haya olvidado, sino por venganza. Basta… Elúltimo ramillete que recibí en un día como éste lo hizo mi madre con sus deformadas manos. Una vez más, a pesar de su corazón enfermo, había ido a rastras hasta la avenida de los rosales…
¿Dónde estaba? Sí; te preguntas por esta súbita furia de escribir; «furia», es ésa la palabra. Puedes comprobarlo en mi caligrafía, en estas letras curvadas en el papel como se curvan los pinos bajo el viento del Oeste. Escucha: te he hablado en principio de una venganza largo tiempo meditada y a la cual renuncio. Mas algo hay en ti, algo de ti sobre lo que yo quiero triunfar, y es tu silencio. ¡Oh! Compréndeme. Tienes mucha palabrería ‘y puedes discutir largas horas con Cazau, lo mismo de aves que de huertos. Con los niños, incluso con los más pequeños, charlas y dices tonterías durante días enteros. ¡Ah! Esas comidas de las que salía yo con la cabeza vacía, preocupado por mis asuntos, por mis inquietudes, de las cuales a nadie podía hablar… Sobre todo a partir del asunto Villenave, cuando me convertí de pronto en un gran abogado de lo criminal, como dicen los periódicos. Cuanto más me inclinaba a creer en mi importancia, más me dabas tú la sensación de mi nada… Pero no, no se trata todavía de esto; de lo que quiero vengarme es de una especie de silencio, del silencio en que te obstinas con respecto a nuestra casa, a nuestro desacuerdo profundo. ¡Cuántas veces, en el teatro, o leyendo una novela, me he preguntado si existen en la vida amantes y esposas que«hagan escenas», que se confíen claramente y que hallen un consuelo en confiarse!
Durante estos cuarenta años en que hemos sufrido hombro a hombro, tú has hallado siempre la fortaleza necesaria para evitar toda palabra un poco profunda, has cambiado siempre de conversación.
He creído mucho tiempo en un sistema, en la adopción de una actitud cuya razón se escapó a mis ojos, hasta el día en que comprendí, sencillamente, que no te interesaba nada de esto. Estaba tan lejos de tus preocupaciones que te evadías no por el terror, sino por fastidio. Eras muy hábil olfateando el viento, me veías llegar a distancia; y si yo me acercaba a ti por sorpresa, hallabas fáciles escapatoria, o bien me dabas una pequeña palmada en la mejilla, me besabas y te ibas luego.
Podría temer, sin duda, que rompieras esta carta en cuanto hubieses leído las primeras líneas. Pero no, porque al cabo de varios meses te asombro y te intrigo..A poco que te hubieses fijado en mí, ¿cómo no habrías notado un cambio en mi humor? Sí, tengo confianza esta vez en que no habrás de evadirte. Quiero que sepas, quiero que sepáis tu, tu hijo, tu hija, tu yerno y tus nietos, quién era ese hombre que vivía solo frente a vuestro grupo
estrechamente cerrado; ese abogado lleno de fatiga a quien había que cuidar porque era el amo del dinero, pero que sufría en otro planeta. ¿En qué planeta? Jamás quisiste ir a verle…

fragmento, Primera parte.