mención de honor III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Juan Pablo Fiorenza

No le va a pasar nada por seguir leyendo. O si.
No sea miedoso como El Anterior. ¿Sabe lo que le pasó a El Anterior? Quiso demostrar valentía, y terminó siendo el lector más cobarde con el que me haya cruzado.
Dejar en la pagina ocho. Eso no es de valiente. ¿Y no animarse a leer la nueve?
Tampoco. Pero no importa, no se haga cargo.
Abandone aquí, tire estas hojas. Haga como si no las hubiese encontrado. Como si no existieran. Tírelas, pero no las rompa. Tal vez las recoja alguien con agallas.
El Anterior había ido a comprar un regalo. Un regalo para su hija, una remera de cumpleaños. No tardó más de diez minutos en subir la escalera que va desde el subsuelo al primer nivel, comprar, y volver. La hija le había dicho qué blusa y qué color y en qué negocio, y por eso fue rápido. Pero lo que tuvo de rápido, al final, no lo tuvo de valiente.
Volvió al auto y vio una puerta abierta.
Volvió al auto y se encontró con otro, metido en su auto, que no era él, que estaba sentado en su lugar, y que reaccionó al notar su presencia, que recogió las piernas colgantes del auto y trató de incorporarse, que soltó lo que tenía entre las manos y abrió los ojos, grandes, rojos que tomó un revolver plateado que esperaba en el asiento del acompañante y que hizo una parábola con su brazo para apuntarle. Pero El Anterior se asustó, y se le fue encima. Y comenzaron a forcejear, uno encima del otro, sobre los asientos delanteros, como una pareja fogosa. Con la misma intensidad. Sin amor.
El Anterior se encontró casi derrotado y abrió la guantera de un manotazo. Y desde allí asomó su revólver.
Pero un segundo después supo que no alcanzaría su propia arma, que, para seguir en estas páginas, debía apropiarse de la ajena. Y escuchó un tiro que iba para él, y vio cómo el parabrisas se astillaba.
Pero lo que tuvo El Anterior de rápido, al final no lo tuvo de hombre.
Porque compró el regalo velozmente, pero cuando escuchó el tiro y sintió el sudor frío, ajeno, de quién quería matarlo en los brazos, el miedo en los ojos, la furia en los músculos, y el riesgo en la vida, se le esfumo la valentía.
Dejó en la página ocho.
Tiró estas hojas, y en su lugar quedó un vacío que comenzaremos a llenar juntos.
Ahora Usted es quien lee y quien tomó su lugar. Lucha, y está luchando porque quiere; recuerde que nadie lo obligó.
Usted tiene más fuerza que El Anterior, es más fornido, y aunque el intruso está habituado a pelear, lleva un rato haciéndolo.
En cambio, Usted está fresco y tiene más posibilidades de vencer.
No se atemorice por el parabrisas agujereado.
No le conviene pensar, ahora mismo, en eso. No piense que ese pedacito de metal, amorfo, que fue a dar contra la viga de cemento, podría haberle traspasado el tórax, o haberse alojado en su pulmón.
Ahora no piense.
Haga.

Si nadie vino a ayudar a El Anterior fue porque nadie se entero de lo que estaba pasando. Pero Usted piensa que ahora es distinto. Que, quizás, alguien haya visto el forcejeo. Y entonces venga a ayudarlo.

A dos cuadras hay una comisaría, pero según está el mundo hoy, dos cuadras es mucho.
Usted se concentra, se focaliza.
En las armas.
En estirarle el brazo para que no pueda apuntarle, en alcanzar el revólver de la guantera con la mano libre.
Hay dos puertas, dos salidas. Una es la del auto, puede huir ahora y recibir un tiro por la espalda. Otra es la de la guantera, tal vez lo que descansa ahí sea su salvación.
Pero hay una tercera. Dejar esto en la página diez que, para alguien como Usted, está bien. Para un cobarde.

Otro tiro.

Los pedazos de parabrisas caen sobre ambos. Aprovecha la lluvia de cristales y da un giro. Ahora está sobre el intruso.
Con una rodilla le sostiene un brazo, y al otro, lo pelea, vertical, apuntando con el arma al cielo. Ahora, mejor que nunca, ve furia en sus ojos. Ve el miedo de quien mataría por miedo.

O una vida o la otra.

El revólver de la guantera espera por Usted. Si El Anterior no hubiese dejado en la página ocho, nada de esto hubiese sucedido.

Suena una sirena.

Los tiros son tres, o cuatro. Usted pierde la cuenta.

Dan en la viga, agujerean el techo del auto.
Un poco más y alcanza el revólver, es difícil estirarse montado sobre un intruso furioso.

Intenta torcerle el brazo, pero es muy fuerte y saca energías de donde no tiene. Tal vez esté bajo el efecto de una droga estimulante.

Casi alcanza el revólver, faltan dos centímetros. Estará cargado seguramente. Un tiro. Pero si falla, la desazón puede ser tan mortal como la réplica.
Alguien como Usted no quiere correr ese riesgo. Deje aquí. No diga que no le avisé: que hay personas para todo; que tal vez Usted sea El Anterior, y que los que vengan sean también como los Anteriores y así; que me pase una vida buscando al Próximo.

Alcanza el arma cuando el brazo del otro quiere zafarse de la presión de su rodilla. Duda en soltar el revólver conseguido para retener el brazo que se puede liberar, pero tiene suerte de reacomodar la rodilla con éxito.

Lo mira: está a su merced.
Sin embargo, la cara bordó y el sudor de la frente le anunciaron un contragolpe. Y no se equivoca.

Se escucha un tiro. Usted se agacha porque piensa que así lo esquiva. Forcejean.

Otro tiro. Usted se agacha, y espera que cuando se apague el ruido no le duela nada.
Otro.
Deje aquí.

Se escucha un tiro más.

Luego un click. Un click de un arma que no es la suya.
Cuenta mentalmente los disparos. Rápidamente. Entonces aprovecha. Entonces se escucha un tiro. Y luego otro, que si son suyos.

El forcejeo cesa. Usted se mira. Está lleno de sangre, la camisa y la cara mojada, del sudor y de la sangre. La agitación no cesa, la sorpresa tampoco. Mira al intruso: no respira. El olor a pólvora le inunda los pulmones.

Deje aquí.

Suena un grito, que Usted escucha deformado. Algo así como una orden, de alguien cercano al auto. Pero le cuesta asociar el grito con una advertencia. Gira para ver, gira torpemente, llevado por la inconsciencia de los instantes vividos.

Suena un tiro.
Inmediatamente otro.
Y éste sí le duele. Le duele éste, y el que no le había dolido.
Pero hay otro.
Y uno, o dos más. Usted no sabe decir. Hasta que una voz dice Alto el fuego y es lo último que escucha. Y luego el frío. Y luego nada.
Es una lástima que ya no pueda tirar estas hojas.