Negar y Excluir

By 28 noviembre, 2014n.12 - poder

por Ana Giménez Rodríguez

Alejandra tiene 19 años. Quiere contar una historia y por eso participa, junto a algunas amigas, de un taller de video, donde la conocí, que se desarrolla en su barrio. Rodeada de sus dos hijos, Maia de tres años y Benjamín de uno, nos cuenta la idea que ha venido trabajando para comenzar a armar el guión…

…Se trata de la vida de una chica, imaginaria pero muy real, adolescente, estudiosa, que cuida de sus hermanos mientras su mamá está fuera de casa todo el día. Esta muchacha intenta ser una «buena chica» y portarse bien, pero conoce a alguien, y empieza a «andar mal», se escapa todas las noches, comienza a irle mal en la escuela… y un buen día, queda embarazada. Ahora está sola, el padre de su bebé, un «raterito paquero», se hace humo, y ella deja de ser una chica como las otras, «las de afuera», las «decentes
Alejandra habla muy segura mientras sus amigas, un poco más tímidas, la escuchan. Ellas tienen su misma edad o algún año menos, y mientras toman mate y aprenden sobre planos y encuadres, les dan la teta a sus hijos. Alejandra quizás no esté orgullosa de vivir en donde vive, pero no reniega, ni tampoco baja los brazos. Vive en Villa Itatí, en Quilmes, en donde más de 50.000 personas se acomodan como pueden en 36 manzanas.
El tema es que Alejandra, como otras tantas chicas, cuando hablan de sí mismas o de sus historias, no pueden evitar comparase con ciertos modelos que le han sido incorporados de manera sutil, pero constante y efectiva. Cuando lo hacen, sin darse cuenta, se ningunean. Porque no es ella, en realidad, la que cree que se deja de ser buena chica y decente, cuando a los 15 años se abandona la escuela y se trae un hijo al mundo. Alejandra se mira a si misma de acuerdo a los anteojos de los demás.
Y esto es porque Alejandra y sus amigas no cumplen con los cánones de una sociedad en donde el poder dicta un estilo de vida, en donde su discurso establece categorías (niñez, adolescencia, juventud y edad adulta) y a cada una de ellas les asigna una tarea (jugar, formarse, procrear, trabajar; y atravesando a todas ellas, consumir).
Lógicamente hay desvíos, y el poder lo sabe, por eso aplica correctivos: no los excluye, simplemente los deja participar a medias. Hipócritamente les da la posibilidad de que se rediman aunque nunca conseguirán ser parte. Ellas ya iniciaron el camino del perdón, ya saben, porque alguien se ha encargado de enseñarles, que por su condición –morochas, pobres, madres, jóvenes-, no son decentes. Les dicen que tienen que entender que son ellas los garantes de sus vidas, y en tanto hacedoras de su futuro son responsables de todo lo que les pasa; están donde están porque sus decisiones las llevaron por ese camino, en definitiva, la situación en la que viven es tal porque así lo quisieron. En todo caso el asistencialismo –necesario pero no suficiente- les dará una mano, y ellas tendrán que estar agradecidas.

No ser. O ser qué?
Ocurre que el poder les deja una ventana abierta para que ellas puedan asomarse y mirar. Establece utilidades y en eso basa su discurso, y en el camino instaura un vocabulario y se expande. Prima el individuo y sus elecciones mientras el colectivo se horroriza de las desviaciones, de los descarríos.
En este discurso estas chicas, como tantas otras, están inmersas en el no-poder. En un espacio vacío que las desborda. Sí, es cierto, podrán ser ciudadanas, podrán estar inscriptas en el aparato burocrático del Estado, tener un DNI, trámite que la hipocresía condiciona como la posibilidad de tener Identidad, pero no por ello tendrán garantizada su condición de ser sujetos de derecho.
No son madres, porque la sociedad las considera precoces. Una sociedad que dice que no tienen la edad suficiente, ni tampoco, y sobre todo, tienen los recursos materiales. La misma sociedad que les recrimina que ya no son niñas porque tienen que «hacerse cargo» de los hijos que parieron.
Porque en definitiva, ser madres, todos lo sabemos, es otra cosa.

Tampoco importa si eligieron tener a sus hijos. Es más, peor aún si así fuera. Esta es una idea que está condenada antes de siquiera plantearse. No pueden optar, no podemos: para el poder hay un tiempo y un espacio que determina nuestras opciones.
Igualmente este discurso que determina en qué momento y lugar y bajo qué condiciones debe discurrir nuestra vida, no tiene tapujos en cuestionar si es lícita la educación sexual en las escuelas, la entrega gratuita de preservativos y píldoras, y la libre elección sobre el aborto. Es el poder tutelar determinando que es lo apropiado para nuestras vidas.
Para estas niñas–madres, las carencias no son sólo materiales, tampoco sentimentales. La realidad va mucho más allá, podríamos decir que casi carecen de existencia: no tienen un espacio, no tienen un lugar en el esquema, no encajan, no forman parte de un rubro, no existen. Son las disfuncionales del poder.
Y éste barre con ellas, bajo la «excusa» de la indigencia, las niega: no pueden, no deben, no son.
El poder las/los nombra como entidades cuasi neutras: menores, chicos de la calle, repitentes o desertores escolares, inadaptados, excluidos, delincuentes… conceptos que no solo naturalizan y estigmatizan, también, sobre todo y peor aún, borran una historia. Se le lava la cara a la marginalidad: el poder separa, cataloga y esclarece, mientras en el proceso borra una identidad.
Se llega a un límite: no se trata de poder oír su voz, sus reclamos, no es que la sociedad no las escuche, la sociedad no las reconoce, no las ve, no las nombra. Entonces, no existen. (1)

Dualidad
Alejandra y sus amigas no solo se portan mal, para colmo, no son exitosas.
Porque el éxito no es relativo, no depende de los valores individuales; no, eso es sólo puertas adentro. Hacia afuera, los parámetros que establece el poder son otros. El éxito es la formación, la profesionalización, la «cultura» que manejamos, la tecnología que usamos, todo esto determina lo que, ingenuamente, creemos es la libre elección de nuestra realización personal. Determina un lugar dentro de la estructura, un eslabón en la cadena. Todo lo demás implica fracaso, y fracasar significa no solo ser obsoleto para la sociedad, sino también ser un estorbo para su progreso. Se pone en duda así el rol que cada una puede ocupar, el progreso. Se pone en duda así el rol que cada una puede ocupar, el status dentro del espejo social. Alejandra y sus amigas no deben/pueden ser madres, y seguirán fracasando, y estorbando porque de ellas y de sus hijos nos tendremos que hacer cargo.
Pero hay algo más en este discurso del poder: no solo las envuelve en un espacio vacío en donde su historia e identidad se diluyen en categorías estadísticas, también nos exime de levantar nuestras voces por ellas. Porque ¿Qué pasaría si a Alejandra la asesinaran en un asalto?¿O si muriera al cruzar la calle una noche atropellada por atravesarse en el circuito de una picada? ¿Acaso algún ex-ministro se pondría a la cabeza de la investigación para llevar la misma hasta las últimas consecuencias? ¿Podrían sus familiares, amigas, sus vecinos, organizar una marcha por el centro de la ciudad, cortar calles, manifestarse, obteniendo el apoyo del resto de sus conciudadanos y la anuencia de los medios de comunicación sin que se levante en su contra la bandera de los «verdaderos» derechos democráticos?
No. No podrían. Alejandra no estudia, ni participa en actividades ecológicas, ni es una chica de bien que llega temprano a casa y no se mete en problemas. No es licenciada, no vive en un «lindo chalet» en Wilde, ni practica deportes con sus amigos. Alejandra no vive en Tigre, vive en Villa Itatí.

Todos tenemos derecho a vivir pero el discurso del poder determina que no todos tenemos el mismo derecho a que se reclame por nuestras muertes. El poder silencia otros asesinatos y cuando habla de colectivos y participación, no habla/no referencia a Alejandra y sus amigas. Porque ellas no son ciudadanas útiles. Es mas, si alguna de ellas muriera, ninguno de nosotros nos enteraríamos. Y si acaso así fuera, pronto el tema se disgregaría entre intercambios de valijas, penales mal cobrados y cotizaciones de la soja. Las voces suenan, pero las cajas de resonancias son otras.
Lo que a Alejandra y a sus amigas las perjudica no es su marginalidad, no es su pobreza, sino su falta de utilidad/funcionalidad para una sociedad: si ellas no entran en los cánones del progreso, no son útiles y funcionales para su entorno. Sin embargo, es poco lo que ellas han decidido a lo largo de sus vidas. He aquí el delirio al que se las empuja: no han sido nunca dueñas de su pasado, sostienen como pueden su presente y ya no están «autorizadas» para dirigir su futuro.
Alejandra es el ejemplo de una patética victoria, que algunos disfrutan plácidamente. Ha interiorizado como propio el fracaso de todos, lo ha individualizado en sí misma. El «logro», es que ella se autoexcluye, asume con culpa de ser lo que es, mientras que libera de responsabilidades a quienes condenan a otras tantas como ella a perpetuar una situación de desigualdad que –a pesar de la esquizofrenia que representa, o quizás por eso mismo- es la consecuencia y garantía del «progreso».

Pero son reales, de carne y hueso, y no son pocas. Durante el 2007 más del 15,5% de los nacimientos ocurridos en el país, correspondió a bebés cuyas madres eran menores de 20 años, de las cuales apenas el 13% había terminado los estudios medios. Estadísticas Vitales, Información Básica 2007. Ministerio de Salud de la Nación.