# EDITORIAL – por Martín Sancia

Cuando era chico, y aún no sabía leer, la idea de que el destino de cada persona ya estaba escrito de antemano era – y no exagero – mi mayor fuente de terror. Cada día tropezaba con reflexiones que, lejos de calmarme, alimentaban esa idea. ¿Cómo podía ser que mi futuro estuviera atrapado en un texto? ¿Cómo podía ser que no pudiera escaparme de esa cárcel de palabras?

En mi barrio, que era un barrio de obreros, solo un hombre usaba traje. Era un vecino que vivía a la vuelta de mi casa, el Sr. Vignes. Serio, bordeando los sesenta, Vignes nunca se mostraba de entrecasa. Nunca se mostraba desprevenido. Una vez vi que recibía una correspondencia y utilizaba, para firmar la recepción, una lapicera de pluma dorada, bellísima. Jamás había visto una lapicera así, tan importante.

Recuerdo que me acerqué a él y le pregunté:

– ¿Esa lapicera es para escribir el destino?

Vignes, que era tímido y parco, quién sabe qué entendió, pero me dijo:

– Sí.

Y entonces me dije: el destino lo escribe Vignes, con su lapicera dorada. Su lapicera importante.

Se lo dije a mi abuela, pero ella se rio.

– No, hijo, ¿cómo Vignes va escribir nuestro destino? Solo Dios puede escribirlo.

Le repliqué:

– Yo le pregunté y él me dijo que sí.

– Te hizo un chiste, hijo.

Pero yo no le creí. Vignes no era de hacer chistes. Era la persona más seria que yo conocía. Y si me había asegurado que él escribía el destino con su lapicera, yo le creía.

Pensé: si le robo la lapicera, cuando sepa escribir voy a poder escribir el destino yo. Imaginaba, entonces, un destino divertidísimo para mí, lleno de juguetes, de fiestas, de muñecos de Stars Wars, de piletas Pelopincho, de luchas (me encantaba Titanes en el ring).

Tenía que conseguir la lapicera.

Así que, cuando mi tío Tomás nos vinos a visitar, decidí hablarle. Tomás tenía un amigo que había estado preso unos meses por ladrón. Yo no sabía qué había robado. Pero era la persona que yo necesitaba.

– ¿Cómo le voy a pedir eso a mi amigo? -me dijo mi tío. – Él no es ladrón. Además, ¿para qué querés una lapicera si no sabés escribir?

– Para cuando sepa. -Esa lapicera es la que escribe el Destino. La tiene el Sr. Vignes y quiero tenerla yo.

Tomás se rió y, como vino una amiga de mi mamá que a él le gustaba, dejó de darme bolilla, y yo no volví a tocarle el tema.

Poco tiempo después, el Sr. Vignes murió.

– Estaba muy enfermo – dijo el panadero, que fue quien nos dio la noticia a mi mamá y a mí.

¿Y ahora?, pensé yo. Vignes no tenía familia, nadie lo visitaba nunca. Era un solitario acérrimo. ¿Quién va a escribir el destino si no lo hacía él?

Cuando salimos de la panadería se lo pregunté a mi mamá, y ella decidió mentirme:

– Nadie lo va a escribir. Vignes pidió que lo enterraran con la lapicera, así que ahora el Destino no lo escribe nadie.

– ¿En serio?

– Sí.

– ¿Y vos cómo sabés?

– Porque hace un tiempo le pregunté a Vignes qué iba a pasar con su lapicera cuando él no estuviera, y me contestó eso. Que se la llevaba a la tumba.

Me puse contento. Si bien ahora ya nunca podría robar la lapicera dorada para escribir el Destino como yo lo quisiera, la idea de que nadie lo estuviera escribiendo me daba alivio. Era una buena noticia.

Y a partir de entonces, empecé a temerle al Cuco, al Hombre de la Bolsa, al Lobizón, y a miles de otros monstruos horribles y malditos pero mucho menos feroces e implacables que un Destino escrito de antemano.

Martín Sancia