Mucho ruido, una voz única

By 28 noviembre, 2014n.12 - poder

Por Diego Muñagorry

Hace unos 200 años, Bentham, planteaba el diseño de una estructura, el «panóptico», que estaba conformada por una celda central, que era ocupada por el observador, y una serie de celdas periféricas ocupadas por los prisioneros.

El observador podía ver todas y cada una de las celdas, los ocupantes de las mismas no podían verse entre sí, ni a quien los observaba. Esto permitía la vigilancia y el control de las acciones de los observados, a tal punto que el observador podía no estar presente en la estructura, pero el observado siempre tenía la sensación de que estaba siendo visto, porque sabía que existía la posibilidad de que así fuese. Y era esa posibilidad la que condicionaba su accionar.
Tomamos este modelo, no sólo para hablar del control, de la vigilancia, sino para poder acercarnos a la idea de la distribución de esa información que la vigilancia recaba, y en como la distribuye…
A nuestros sentidos, a nuestra capacidad de percibir el mundo, le hemos adosado una serie de complementos sin los que ya ni siquiera podemos imaginarnos «los medios de comunicación»
Y es que los medios nos trasmiten una imagen de un falso panóptico. Se nos presentan como la posibilidad de acceder casi de manera inmediata a «lo que ocurre», y eso nos da cierta sensación de poder, de poder estar ahí relatando, observando, participando.

Un mundo de sensaciones
Están aquellos que gustan de hablar de un mundo de sensaciones, en donde nada podría considerarse real, sino el mero reflejo que cada uno construye de su entorno. Así es como uno deambula por este mundo construyendo sus sensaciones y sus estados, y uno anda con la sensación de que hoy es feliz, o no, de que mañana quizás será mejor, o no.
En todo esto, uno anda por ahí con la sensación de estar informado. Que no puede ser otra cosa más que una sensación, dado que no hemos estado donde ocurrieron los hechos, sino que nos enteramos de los mismos por el relato de terceros. Son ellos los que han de ejercer su autoridad al definir qué y cómo han de contarnos las cosas. Mis acciones cotidianas estarán determinadas en gran parte por las cosas que «ellos» me dirán que son importantes, en esto es bueno preguntarse quién decide que es lo que es considerado una noticia.
Se me dirá que el denominar a los medios de comunicación masiva como el cuarto poder, viene de que el ejercicio del mismo poder de informar actúa como contralor del poder político.
Modestamente creo que esa es una visión tan romántica como aquella que sostiene que los legisladores representan al pueblo que los vota, los gremios a los intereses de los trabajadores, las fuerzas armadas a la soberanía de la patria y la policía al control de la delincuencia.
Desde lo discursivo, desde el campo teórico, realmente es una idea muy bonita y celebrada. Desde la práctica cotidiana, si nos sometemos a un escrutinio, veremos que son pocos los que puedan decir y hacer la teoría. En momento en que todo tiene un precio, por qué la noticia no debería tenerlo? O acaso, la noticia no se ha convertido en una mercancía?
Se habla de aquello que «vende», que «atrae», que puede llegar a concentrar el interés de la audiencia. Pero también es mercancía aquello de lo que no se dice ni media palabra, aquellos actos que se omiten de los noticieros o de los diarios, y que muchas veces adquiere un valor económico más alto que lo publicado.
Hace cuanto que no hablamos del «riesgo país», un indicador que -la verdad- no entendía nunca que medía, pero que era tapa de periódicos a diario en una trepada sin fin. Alguien nos dijo, alguna vez, quién definía ese indicador?
El lago cordobés se muestra como una postal de la sequía, el gobernador visita a un ex futbolista que fue baleado en un intento de asalto…se habla en profundidad de las causas de la sequía de las empresas que utilizan el agua potable (industria del oro) de la deforestación en pos del monocultivo, etc.? El gobernador, que visita porque sabe que los medios están ahí, que queda bien mostrarse preocupado…visita a todos los baleados a diario, habla de las causas de la delincuencia? Y lo que es peor, el periodista pregunta algo que esté fuera del medido guión pautado de hecho?.
-No, verdad que no.

La era de liviandad uniformada
Lógicamente la prensa nunca ha sido neutra. Siempre tuvo detrás de sí, de su forma de entender tanto a la profesionalidad de periodismo, como a aquel hecho que habría de considerarse noticia –de su tratamiento- un tamiz ideológico que diferenciaba a un periódico de otro, a una radio de otra.
Lo que sí podría considerarse una marca de estos tiempos, es que hemos observado como poco a poco los medios han ido mutando de ser tribunas donde se voceaban, explícita o implícitamente, diversas consignas político ideológicas, a ser meros voceros empresariales de aquellos que son sus dueños o socios de los mismos. Y fruto de la concentración horizontal y vertical, que el sector ha experimentado, otra de las marcas que se presentan es una clara uniformidad discursiva.
Todo aquel que en algún momento de su vida haya pasado por alguna redacción, habrá podido observar cómo llegan las gacetillas de los organismos públicos, de los productores del espectáculo, de las empresas… con información que rara vez se chequea o se profundiza, y que en muchas ocasiones suelen ser publicadas sin grandes modificaciones.
Por eso, no nos resulta extraño abrir los diarios y, más allá de algún que otro matiz, descubrir que se publican las mismas cosas. Un medio y otro parecen copiarse mutuamente.
Aclaremos que estamos hablando de los grandes medios, de aquellos que llegan a las grandes audiencias, que son las que pueden torcer o mantener el rumbo. No de aquellos pequeños espacios, destinados a un público limitado, que si bien pueden operar como válvulas de escape, no pueden ser considerados como formadores de opinión pública.

Sin título» de Mauro Bueno
Mención de Honor – cat. poder
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

La liviandad uniformada con la que se informa, no ha de ser vista como una acción inocente. Para nada, más bien obedece a un proceso lógico, donde las voces disonantes se van acallando, donde los regionalismos ceden terreno ante el avance de la centralidad, y se conforma un discurso único y hegemónico que busca perpetuarse.
En este sentido resulta interesante ver como el poder de la corporación empresaria periodística, se manifiesta también en la creación de una imagen de sí misma, que persigue mostrarse como clara e impoluta. Tomemos como un recorte estos 26 años de democracia, y miremos cuantos negociados grandes, chicos, medianos -públicos y privados- han sido expuestos a la luz pública, cuántos actos de corrupción y corruptos han denunciado, y cuántos de estos casos han sido protagonizados por los medios de comunicación, no ya como quienes son capaces de mostrar esto ante la sociedad, sino como actores principales de tales actos. Los medios, omiten hablar de sí mismos y de sus prácticas, porque son conscientes del poder que tienen y de que una guerra de denuncias cruzadas, sería contraproducente para el sector al develar la miseria que encubre.
Cómo podremos saber entonces, nosotros los simples lectores, quién está realmente detrás de las palabras mediáticas, si los que nos informan nada dicen al respecto. Quiénes son los dueños de las radios, los canales de TV, de los diarios? Quiénes son los que nos dicen que es lo bueno y lo malo que ocurre? Quién puede decirme si lo que dicen es cierto, o sólo es una estratagema en pos de sus intereses? Quién se atreve, o puede, desde un medio alzar la voz contra estos personajes?

De la información al entretenimiento
Dentro del juego mediático, se ha presentado otro viraje, que es el paso de la idea de la información, a la idea del entretenimiento. Podríamos decir que, como consecuencia directa del poder mediático, vivimos en una sociedad entretenida, más que informada.
Todos los temas deben ser encarados de forma tal de atrapar al lector-televidente-oyente, no por el apelar a la razón, sino más bien por invocar a una serie de sensaciones emotivas.
En este sentido, los medios de comunicación se han convertido en relatores de anécdotas y de tragedias, que van desde los chismes del espectáculo, hasta la imagen de un pibe fumando «paco».
Y en esto, se nos van formando en tanto individuo y en tanto colectivo social, cayos. Cayos que nos inmunizan contra los mensajes. Porque la sobreabundancia de hechos a los que somos sometidos, rebasan nuestra capacidad de registro. No hay forma de procesar la cantidad de información-entretenimiento, porque la misma dinámica que impone el mensaje mediático, dice que un tema debe ser reemplazado por otro de manera casi automática.
Y he aquí uno de los mayores peligros que puede presentar este abuso de poder de monopolización de la palabra, que no es otro que el descreimiento de todo lo que se dice. O mejor dicho, lo que conlleva este descreimiento.
Porque no podemos pensarnos aislados, sin consumir lo que los medios emiten. Necesitamos ese contacto con «lo que pasa». Pero, si no vamos a creer en que lo que se nos muestra es cierto, tampoco puede pedírsenos que actuemos.
Asistimos por la pantalla, a constantes luchas por el poder de unos medios contra otros.

En definitiva…
Cierto es que los medios moldean comportamientos sociales, y que no son un actor social externo a todo el cuerpo de una comunidad, son fruto de la misma. Pero no menos cierto es que la crisis que atraviesan, tiene su correlato directo con aquellos que son sus consumidores, y que en definitiva puede ser vista como una crisis de apatía generalizada.
A sabiendas de que no existe la objetividad en el mundo periodístico, no hemos de ser tan tontos como para pedirla, pero tenemos el derecho a exigir que si van a ingresar a mi casa como portadores de algo, sean al menos honestos.