Mentiras Verdaderas
por Vicente Battista

Ricardo A. Elías
La sabiduría es hija de la experiencia. (Leonardo Da Vinci)

oda verdad invariablemente esconde una mentira. La frase, dicha así, resulta impertinente, pero es rigurosamente cierta. Para comprobar esa certeza será preciso que retrocedamos a nuestra infancia y recordemos aquellas inquietantes noches del 5 de enero, cuando con la ansiedad del caso dejábamos los zapatos a la espera de Melchor, de Gaspar y de Baltazar. Nuestros padres nos habían contado que en la madrugada del 6 llegarían los Reyes Magos. Aquella era una verdad revelada: salía de boca de papá y mamá, justamente ellos que nos habían enseñado que es pecado mentir. A esperar a los Reyes, entonces, que vendrían montados en camellos voladores con el sólo fin de dejar los juguetes que habíamos pedido (o una versión aproximada a ese pedido) siempre y cuando, claro está, nosotros hubiéramos sido niños buenos y obedientes.

Así, con nuestros candorosos 3 años, incluso 4 y hasta 5, aceptábamos esa formidable mentira. Poníamos los zapatos y en la mañana del 6 de enero encontrábamos los regalos y, para aumentar nuestro asombro, advertíamos que ya no estaba el pastito que habíamos dejado con el fin de alimentar a los camellos.
Ahí, frente a nuestros ojos, se ofrecía una verdad irrefutable: los juguetes. Esta era la prueba definitiva de esa verdad; la ausencia de pastito apto para camellos reforzaba la prueba.
Años después descubrimos que papá y mamá nos habían mentido con la sana intención de que fuéramos felices. Aún recuerdo la revelación de aquel amiguito del barrio, más avispado que yo. No se me ha borrado ese tono doctoral con el que me reveló la verdadera historia de los Reyes de Oriente. Fue un golpe duro, pero supe reponerme. Decidí mentirles a mis padres: les hice creer que aún creía en los Reyes. Entonces yo tenía 5 años. Aquel 6 de enero puse mi mejor cara de niño inocente, extasiado frente a los regalos que me habían traído Melchor, Gaspar y Baltasar: con mi mentira avalaba la verdad de mis padres. Esa relación verdad-mentira se prolongó por un año más. A los 6 quise repetir el show. Seguramente papá me habrá dicho que no mintiera, que yo ya sabría la verdad de los Reyes Magos. Muchos años después tuve que repetir la mentira con mis dos hijas y hace poquito con mis dos nietos. Y así se repetirá sin descanso esa verdad que realmente es una mentira.
Desde que los primeros seres humanos se echaron a pensar surgió el concepto de verdad como una categoría que exigía una definición y a partir de ahí una discusión. ¿Qué entendemos por verdad? El sol que tozudamente, día a día, aparece por oriente y con idéntica tozudez se pone por occidente, es una verdad incuestionable. Del mismo modo lo son las lluvias, las tormentas, con sus rayos y truenos, y, para no abundar en circunstancias meteorológicas, cualquier fenómeno natural resulta una verdad irrebatible. El tema se complica cuando nos preguntamos acerca del origen de esos fenómenos. O, para ser más claros o mas complicados, cuál es el origen del universo que contiene a nuestro tozudo sol, a nuestro amable satélite y a las millones y millones y millones de estrellas que deambulan allá arriba. Me detengo en una de ellas. Por ejemplo, aquella remotísima que murió hace miles de años, pero que para nosotros continúa viva, feliz y refulgente porque aún no nos ha llegado la noticia de ese deceso. La verdad, para nosotros, es que esa estrella sigue viva, la vemos viva, sin embargo un día descubrimos que realmente ha muerto hace miles de años, ¿cuál es la verdad? ¿la del descubrimiento o la de nuestra visión?
Dejo a esa estrella, definitivamente muerta, y regreso al universo en su totalidad. Voy al principio de las cosas y me pregunto cómo y cuándo se produjo ese comienzo, ¿quién lo generó? Para los que se apoyan en la fe, Dios (no importa de qué religión) es el creador del universo. Él en seis días hizo todo, desde cada una de esas imponentes estrellas hasta ese imperceptible microbio que no alcanzamos a ver. Por consiguiente, ese Ser Supremo propuesto por los judíos y adoptado con idéntico fervor por cristianos y musulmanes, es la única verdad. Dios, único y verdadero, escuchamos sin cesar. Algo con lo que no contaban los antiguos griegos. Habían propuesto un Olimpo plagado de dioses y semidioses. Esa abundancia les frustraba la posibilidad de un Dios único y, como se ha visto, verdadero. Para aquellos primeros filósofos la verdad era igual a la realidad, y se consideraba la realidad como una identidad que permanecía por debajo de las apariencias que cambiaban invariablemente. La materia, los números, los átomos, las ideas, por sólo dar algunos ejemplos, persistían por debajo de lo sensible de la experiencia concreta, por consiguiente, el pensamiento era concebido como función del entendimiento. La verdad era plasmada como el descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Aristóteles proclamaba: “Decir de lo que es que no es, o que no es que es, es lo falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero”.
Al filósofo griego Eubulides de Mileto, que vivió en el siglo IV a.C., y fue contemporáneo de Platón y de Aristóteles, se le atribuye la Paradoja del Mentiroso: “Un hombre afirma que está mintiendo. ¿Lo que dice es verdadero o falso?”. A partir de ella es posible construir nuevas paradojas en las que una afirmación no se refiera directamente a su propio valor de verdad. Por ejemplo: “La oración posterior es cierta” y “La oración anterior es falsa”: ¿Dónde está la verdad?” O imprimir una tarjeta que en una de sus caras diga: “Lo que está escrito en la otra cara es cierto” y en la otra: “Lo que está escrito en la otra cara es falso”. Imaginemos un libro que en su última página señale: “todo lo escrito en este libro es falso”. Esa afirmación dejaría abierta la posibilidad de que aquella última frase también lo sea, y en ese caso el resto sería verdadero o, por el contrario, si aquella afirmación fuera verdadera el resto del libro sería falso. Los ejemplos podrían multiplicarse sin descanso y lo único que llegarían a probar es la fragilidad que existe entre verdad y mentira.

«Por el sendero del bien» de Mernies Juan Ignacio
III Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

En la Edad Moderna y a partir de la sentencia cartesiana, “Pienso luego existo”, se reinterpretaron ciertos conceptos. El criterio de la verdad se apoyó en un método en el que las cosas obligadamente serán sometidas a un análisis, en donde las evidencias de certeza aparezcan sucesivamente ordenadas. Spinoza aún irá más lejos, afirmó: “El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas”.
En su célebre Diccionario de Filosofía, el filósofo español José Ferrater Mora apunta: “Si el pensamiento es pensamiento de la realidad, la verdad del pensamiento será la misma que la verdad de la realidad, pero también la verdad de la realidad será la misma que la del pensamiento -el orden y conexión de las ideas serán, como decía Spinoza, los mismos que el orden y conexión de las cosas-. Ahora bien, cuando no se mantiene con completo radicalismo esta concepción a la vez «lógica» y «ontológica» el problema para los autores racionalistas es cómo conjugar las «verdades racionales» con las «verdades empíricas»”.
Algo que tuvo en cuenta Immanuel Kant. Nació en Königsberg, entonces capital de Prusia Oriental, en 1724 y murió ahí mismo en 1804. A lo largo de sus 79 años de vida jamás salió de su pueblo natal. Ese confinamiento no le impidió modificar el pensamiento filosófico de su tiempo. Su modo de valorar la verdad y el sentido del conocimiento influiría en toda la filosofía posterior. Kant habló de verdad de hecho, verdad de razón y verdad científica. Así lo explica el ya citado Ferrater Mora: “La verdad es entonces primordialmente verdad del conocimiento, coincidente con la verdad del ser conocido. Pues si hay efectivamente cosas en sí, éstas son inaccesibles y, por lo tanto, no puede hablarse de otro conocimiento verdadero que del conocimiento de dicha conformidad trascendental. La dependencia en que se halla la verdad con respecto a la síntesis categorial es lo que permite pasar de la lógica general a la lógica trascendental o lógica de la verdad.”
Medio siglo después. Hegel, aportaría otras lecturas en torno al sentido de la verdad, y plantearía tres categorías: la verdad filosófica, la verdad como sistema y la verdad absoluta. Esta última es la filosofía en sí misma: el proceso dialéctico donde surgen las contradicciones y ahí mismo se resuelven. “Sistema” llamó Hegel a la interna articulación que cada cosa tiene con el ser absoluto del universo.
Por su parte, Nietzsche considerará que lo verdadero es todo lo que contribuye a fomentar la vida de la especie y falso lo que es un obstáculo para su desarrollo, en tanto que Heidegger sostendrá que la verdad no es preponderantemente una adecuación del intelecto, y volverá al sentido primitivo griego de la verdad como desvelamiento del ser. En el espacio de la filosofía se siguen ensayando modos y fórmulas que ayuden a definir y/o entender el concepto de lo que tradicionalmente se llama “verdad”.
“La única verdad es la realidad”, decía el presidente Perón. Y todo parecía quedar resuelto a partir de esa frase. Sin embargo, hemos visto que no es así. Estamos acostumbrados a aceptar como verdadero aquello que sabemos que es falso. Imaginemos por un instante a los espectadores del Teatro El Globo. Están a punto de presenciar el último acto de “Ricardo III”. Sobre el escenario aparece un utilero con un cartel que informa: “Campo de batalla de Bosworth” y un rato después oyen el angustiado pedido del rey, ya derrotado: “Mi reino por un caballo”. Así, al menos, lo cuenta Shakespeare en su tragedia.
Tal como sucedía con otros reyes, los Magos mencionados al comienzo de esta nota, verdad y mentira van de la mano. Es cierta la batalla de Bosworth; se produjo el 31 de agosto de 1485 y fue el final de la dinastía Plantagenet, pero no hay ninguna certeza de que Ricardo III haya pronunciado esa frase y es definitivamente una mentira que el escenario del Globo fuese el Campo de batalla de Bosworth. Desde aquella representación isabelina han pasado varios siglos, hoy contamos con imágenes en 3D y formidables programas de computación capaces de componer mundos paralelos con sus habitantes, pero la mentira sigue siendo la misma. Está en nosotros, aceptarla como verdad, de la misma manera que de chicos aceptamos la de los Reyes de Oriente. ¿Acaso no es una verdad que a medida que crecemos continuamos aceptando un infinito número de mentiras, tan fantásticas como aquella, aunque muchísimo menos gratificantes?.