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Mejor Callar para Siempre de Ariel B. Acosta

Llegó con retraso a causa de la mala digestión de algunos vientos. Yo que nunca he puesto mis suelas en un avión, no puedo ni imaginarme lo que son las turbulencias. La esperé con paciencia criolla, un cigarro tras otro y cuando la vi salir con una maleta parecida un Fiat-Polski de los setenta, me volvió el alma a las entrañas. Sjoukje, la blancota. Setenta kilos de mujer, con piernas como columnas de una arquitectura hecha para convivir con el animoso invierno (no las canillas gráciles de las cubanas), epidermis nívea como papel de calcar y glúteos ecuatoriales. La mujer que, semejante a Dios, posee un nombre impronunciable. La única que siempre regresó a este lado del mundo, fiel a su extravagante novio. Una holandesa de palabra, vaya.
Después de un beso que viajó diez horas sobre el mar y la tierra, me asaltó con preguntas sobre la organización. ORGANIZACIÓN. ¡Mi madre! Alquilamos un coche ahí mismo en el aeropuerto de Varadero y durante todo el camino hasta Trinidad no paró de robotizar sobre los pormenores, la relación costo-placer y el excedente. El campo interminable de yerba amargada que saltaba en la ventanilla, me parecía más atractivo que los muslos rosados de mi prometida, que de todas formas no deja tocar cuando conduce, ni cuando habla de gastos. Apagué una mitad del cerebro desde la salida de Matanzas, sino no puedo…
No soy trinitario pero me aconsejaron casarme allí, porque es un chakra turístico: los de Consultoría tienen la costumbre. En una casita sin viviendas adyacentes, rodeada por postes de alumbrado público, tomados de los cables cóncavos bajo el peso de la luz. ¡Ay, Piñera, la maldita circunstancia del polvo rojo por todas partes!
Para proceder al matrimonio urgía lo siguiente: La novia extranjera con sus certificados de nacimiento y de soltería, legalizados en su país para uso internacional. Pasaporte y visado vigente. Cerca de 700 pesos convertibles (cuc) para pagar el matrimonio mixto y algo más para tributaciones a Consultoría… por inmediatez… qué sé yo. El novio cubano con sus certificados de nacimiento y soltería (sin legalizar), carné de identidad. Dos testigos (que no pueden ser familia) con sus carnés de identidad. Y por último una botella de ron Caney para que mi madre pudiera echarle unos tragos a los santos, si no quién la aguanta…
Llegamos tarde porque mi viejo estaba ya borracho como un tonel, a las diez de la mañana. Su novia tuvo que arrastrarlo casi hasta el Hyundai alquilado, para traerlo a Trinidad. Los padres de Sjoukje, la blancota, desembarcaron en la Habana de otro avión (hay muchos en el mundo) y se brindaron para ir a buscarlo. No tuve tiempo ni para vergüenzas, lo mío era firmar esos papeles, preparar la fiesta del día siguiente, velar que todo saliera bien. No hay que dar mala impresión a los suegros.
Hasta media mañana no conseguimos formar una tropa caótica, los cubanos intentando arreglarse con decoro, los yumas aprovechando la temperatura para quitarse ropa y quedarse en chancletas. Además del padre y la madre, vinieron algunos compañeros de la universidad de mi novia. Por mi parte Yusi, Yanet, José, Riqui, el Chori y Robertico, la rubia. Mami y papi recién divorciados, el viejo trajo a su noviecita de veinte años, que ya cambiaba miradas apocalípticas con mi vieja…usted va a ver… que aquí se va a formar.
La notaria con voz insolente lamió, más que leer, las palabras que en las películas siempre leen los curas. “Si alguien no está de acuerdo con esta unión que hable ahora… o que calle para siempre”. Mi padre armaba un relajo tremendo al fondo de la sala estrecha, queriéndose beber la botella de Caney de los santos, lanzándole obscenidades a mi suegra que (gracias Dios, por Babel) no entendía ni una palabra y sonreía nórdicamente. Pagamos, bueno, pagó la novia. Firmamos, los declaro lo que ustedes saben y salimos echando. Mi suegro lloraba, conmovido o decepcionado por el estoicismo de la unión de su hijita con este mestizo caribeño, sin dinero ni pedigrí. Los visitantes holandeses compraron arroz para lanzar a nuestra salida. Mi viejo los maldijo, por tirar la comida, pero nadie se percató.

Al fin conseguí el puerco, la tarde anterior. Me lo vendió un guajiro amable de dos metros de altura por uno y medio de espalda, ridículamente sólido y cuadrado como un mueble. Me propuso con inusitada gentileza, transportar al animal en su moto hasta la casa en la playa. La moto era un Moskovi, otra joya de los primorosos años rusos que parecía de juguete. A tal punto que cuando el propietario se sentaba encima, el vehículo desaparecía entre sus piernas, como si se lo hubiese tragado el culo del guajiro.
La bestia maniatada en la parrilla trasera, el conductor en sus marcas y presto a salir raudo: comprendí de un tiro que debía ir con ellos para indicarles la ruta. La Blancota se llevó el Hyundai para buscar aceite en otra provincia; desde hacía una semana no había una gota del sagrado óleo comestible en toda la región central. Si no quería correr detrás de la moto, el único asiento disponible era sobre el cochino. Así que trepé la masa que bramaba como un pastor alemán y me escarranché en su panza de muelle. Tragándome lo inmoral de mi postura, agarrado con tesón a las cuerdas que lo trozaban: emití la orden de partida.
El pérfido guajiro no postergó ninguna de las calles con adoquines. La moto más que rodar, saltaba sobre las piedras craneales, pulidas por los pies del tiempo. El futuro jamón chillaba y la gente salía para informarse. Yo me hundí entre los dorsales ciclópeos del conductor, esbozando inútilmente el anonimato. El Moskovi producía él solo, un ruido equivalente a una caravana de tractores. La entrada al terraplén me alivió las nalgas con sorpresa pero, aunque mi asiento estaba bien nutrido, el dolor de cintura no me abandonó durante tres días, en los cuales seguí hablando como si bajara por una cascada.
La casa era de placa, moderna y pequeña. Se la alquilaba para la fiesta a una jinetera retirada que se había instalado en el terreno con su chulo: un oriental con la cara ideal del sinvergüenza (Platón diría: a partir de la cual se hicieron todas las caras de los granujas). La mujer tuvo un hijo, que ya contaba siete años, con algún rico ciudadano de París y vivía ampliamente de las remesas que enviaba el padre para el nene bastardo. La playa estaba al cruzar la calle. El chulo se encargó de asar al marrano. La jinetera preparó el arroz congrí y la ensalada fría. Compré, con el dinero de mi amada, dos pargos lujuriosos y un cake, con figuritas cursis y nuestros nombres escritos con azúcar. El de Sjoukje mal escrito, por supuesto. Bueno, peor hubiera sido que escribieran “yuma”, no sé si ella lo hubiese apreciado.
Todo estaba más o menos listo. No creo en brujerías, pero le prometí a los santos, quienes beben del suelo, vaciar tres botellas del mejor aguardiente en la tierra benefactora, si todo salía bien.

Llegaron los contertulios. Bus alquilado. Los cubanos directo a la cerveza y al ron. Doce cajas de Bucanero y Cristal y unas cien botellas de Caney, Guayabita, Decano, Yayabo, Cienfuegos, Havana Club y otros de cuyos nombres, imposible acordarse. Los holandeses pidieron agua, mientras se empavesaban con repelente, intimidados por la leyenda de los mosquitos. Mi novia traducía: lengua más difícil que aquella, solamente el chino. Lo único que infiero de sus párrafos es “friki-friki”. – Mi mamá quiere sentarse. Friki-friki. – Mi padre quiere ver cómo asan el puerco. Friki-friki. ¡Y qué me dices de los nombres! Maartje, Niek, Sijthoff, Betje, Geertje y Klaartje dicen que la casa es muy bonita… Friki-friki para ti, friki-friki para mí. Por suerte La Blancota elabora un castellano de lujo.
Instalamos las mesas de dominó y el sonido de lluvia, que producen las fichas manoseadas, rellenó el ambiente. Hasta que empezó a tocar el grupo: “Ven ven”. Una banda completa con virtuosos que cantaron y encantaron toda la noche por un precio módico. Esperábamos unas cuarenta personas y se aparecieron como sesenta. Situación agravada porque, a los inesperados invitados de mis invitados, se sumaron todas las personas que pasaron por allí y que mi padre, ebrio por inercia, invitaba sin miramientos a la boda de su único hijo. La jovencita que lo acompañaba, vino a pedirme de rodillas que lo convenciera de abandonar el medio de la calle y cesar de detener el tráfico.
Como no había frigo para tanta bebida fermentada, pusimos las botellas en tanques con hielo. La Yanet vino corriendo a decirme que Chori se iba a fajar con el oriental, el de la casa, porque se estaba robando las cervezas. Mi viejo oyó el comentario y se mandó para la cocina. El negro se sulfura y no perdona. Me propuse evitar cualquier confrontación de este tipo pero cuando llegué precipitado, ya se había formado la bronca. Mi padre, contenido por Riqui y dos desconocidos, intercambiaba insultos con el padre del chulo que de pronto parecía haber traído a toda su familia, con parientes lejanos incluidos. Chori, atenazado por los brazos de José y de Robertico, se enfrentaba al ladrón de birras con el ensañamiento del alcohol. La corte de mi legal esposa se inquietaba por tamaña efusividad. Me acerqué a los contendientes y declaré, calmado pero firme, para que todo el mundo oyera: cinco cuc para todos, si paran esto y empiezan a cantar. Hasta mi padre pospuso su belicosidad y entonó un guaguancó. Cuando La Blancota llegó enviada por los suyos a preguntar qué sucedía, le respondí que estaban ensayando un ritual, que los gritos que daba mi padre eran por el dolor de perder a su hijito, quien se convertía en adulto a través del matrimonio. No es gracioso, pasé tremendo apuro… No puedo creer que Chori no recuerde nada. Después le dio por quitarse la ropa y bailar un tango con lo que quedó del puerco. Lo detuvimos porque iba a quemarse con los carbones y los huesos humeantes. Terminó por vomitar en la paila del congrí y lo acostamos en la cama de una de las habitaciones, que tuve que alquilar ipso facto 25 cuc.
Por si fuera poco Yusi, que una hora después de la fiesta había ingerido alcohol para preservar intacto a un elefante varios años, comenzó a propinar besos en la boca a diestra y siniestra. Hasta mi suegra tuvo su ración con lengua y todo. Mi padre arrinconó al padre de Sjoukje y lo conminó a beber en directo, un seco tras otro. El holandés lamentaría su educación eficaz, que le impedía rehusar. Pasé por su lado y me miró con ojos que decían “sálvame” en todos los idiomas, pero preferí dejar a mi padre entretenido ahí, jugando a emborrachar al yuma. Al cabo de veinte minutos el internacional suegro estaba bailando salsa y hasta lo vi apretándole las nalgas a su mujer, que sonreía maravillada (no hace otra cosa que sonreír).
Cayó la noche aturdida. Hubo tirones de pelos entre mi vieja y la amante de mi papá. La Yanet provocó una discusión, casi tropical pero refinada, entre Maartje y Niek, para ver quién se la llevaba al dormitorio. Robertico, la rubia, ejecutó un mambo disfrazado de quinceañera. Los músicos paraban de tocar a cada rato, porque no podían dejar de reírse cuando los holandeses se ponían a bailar. Los de la Seguridad estaban allí para velar por los intereses del país. Los mosquitos, de tan anunciados llegaron en tropel. A pesar de todo, la fiesta salió más o menos bien. Yo estaba casado, festejado y listo para el futuro.
Se acabó el suministro etílico. Sospecho, la gente robó sin piedad. Mi padre protestaba con frustración, porque se le ocurrió enterrar una botella en el patio y no la encontró a la hora de partir, maldiciendo a un presunto espía. Lo más probable es que olvidó donde perforó el escondite. Mi suegra me proclamó arrebatada (traducción por medio), que yo pertenecía a una cultura opulenta en tradiciones y folklor. Los invitados se marcharon en el bus que los engendró, la mayoría sin despedirse. Los músicos apaciguaron sus instrumentos. Cuando no quedó ni una persona me retiré al cuarto con La Blancota. Ella, que se relajó de lo lindo, inocente de todas las catástrofes evitadas por su hombre durante la festividad, emergió del baño en ropa interior transparente con encajes, caminando en suave zigzag. Fue lo último que vi ese día, porque inmediatamente me quedé dormido.