Me puse la pasión al revés
Fabian Ostropolsky

La pasión suele pasearse de espaldas, y ocultando el rostro entre la sombra de su perfil ladeado, no nos deja ver si quiere vivir o si prefiere estar muerta. La rodean cientos de tallos enclenques de margaritas resecas, viento, pétalos ausentes y tierra.
Al parecer no quiere que la comprendan, no quiere ser juzgada como villana ni como una vitamina. Se muestra contrariada, acompañando ciertas cosas sin entender si merece la pena, o si resulta una mala influencia.
Entonces, quiero prometerle que voy a escribir, o mejor dicho, que estoy escribiendo sobre lo que me apasiona y no sobre ella. Pero ni yo hago el juramento ni ella parece dispuesta a creerme.
Se me cae un desparramo de palabras:
Otra vez el cielo, con los ojos todos grises, me echó la culpa de sus desgracias.
Una atroz vuelta introspectiva, nos acompañó al cielo y a mí; como un segundero inmortal, o tan inmortal como todos los segunderos.
Mis pasos crujieron entre versos inminentes, se erguían del suelo letras apasionadas con el peso de un andar siniestro.
…Mi prosa sólo sabe emocionarse entre la densidad del aire. ¿Necesario o inevitable?, murmuré en otra letra.
Entonces…palpité una idea, destrozando las cursivas con las muelas.
Sí.
Y esa afirmación hace eco en todos lados, escandalosa.
Y mucho, demasiado.
Existir… es para mí una triste pasión.
Cada pensamiento profundo es una carrera sin piernas.
Duermo atento a la insostenible tristeza de estar despierto, me atormenta un aire dentro, húmedo, entonces nada se seca.
Recaigo en el hipotético juramento y entiendo que he mentido: Cómo hablar sobre la aflicción, con lo mucho que me apasiona el camino que atraviesan mis versos.
Me angustio por un encendedor que intento prender con los dedos mojados, por un cenicero que preferiría ver vacío, por una mosca que ni siquiera me molesta. Y de repente los reproches vivenciales aparecen como un susto: amistades, amores, hermanos, y sus padres. Vejez, sentido, sinsentidos, poesía, más moscas, incansables; lapiceras, sin tinta de corrido, y el aire dentro que se queda.
Sí, a veces me culpo de estar vivo, ¡qué pasión! O culpo a los que creen que la belleza no puede ser triste, y mi culpa por culparme, y por culparlos.
Los filtros me aparecen tan forzados en este texto, ¡ay la claridad! Es como dar cuerda a un reloj de arena.
Salir a dar un paseo y ver que la gente flota más arriba, y yo que ese día había salido por presentir que algo me obligaba a mirarnos entre todos; yo con ese aire haciendo vaya – a – saber – qué, como un remolino melancólico, ridículo; y ellos con toda esa pulcritud violenta.
Ni el sol ni la lluvia, ni la mueca inevitable, porque todavía, así de traviesa es la vida, hay cosas que dan risa.
Entonces me conformo con la incredulidad de una felicidad de primeras marcas, y así escribo estos versos inconexos. Saco esta alergia emocional (cuántos habrán de leer “alegría”)… En fin, desenvaino a la tristeza de su funda de papel periódico y me la pongo enfrente, la desafío a entenderse más que yo. Me siento fuerte, la increpo por ser más digno que ella, su mirada ácida está tan cerca que el aire se hace incontenible, se estira hacia la columna como una punción fétida.
Éxtasis.
Soy único para estar triste, soy un apasionado, me repito que nadie está triste como yo, que nadie puede apreciar el dolor de respirar como lo hago yo. Soy especial, conozco la sangre de la tristeza. Si, si… Ahí, en el peor momento encuentro una tregua, porque la paz no existe, el error es no conformarse con los sobrevivientes de la guerra.

Fragmento: Eduardo Luna
Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Amo desde la tristeza, rompo los amores; sonrío desde ahí, me escapo de las cordialidades; realmente admiro cada imagen preciosa desde la puerta trasera.
Qué pasión más triste, vivir en este mundo y de esta forma, es el “privilegio” de ser sensible, de marcar los libros en las líneas vehementes de la desgracia, de emocionarse, de absorber como madera podrida las dificultades filosóficas o las dudas, de saber peinar a la tragedia.
“Te tendrías que quedar solo”, suena el eco de la culpa, “y así verías de qué es capaz el aire dentro”.
Lo especial es no saber si todos se alejan, o si sos vos el que se va cuando hay fuegos de artificio y todos alzan la vista. Escaparse de la vida, pero de verdad, sin pena de muerte, en cadena perpetua.
¡Sí señor!
“””Pretendo permanecer vivo para fracasar en el intento de escribir… la historia más triste del mundo””” Con tres pares de comillas. Tres.
No me interesa soportar la pregunta: “de qué se trata mi desgracia”, sé mis admirados poetas de la tristeza, no hicieron caso, y culminaron su tesis. Imagino que habrá habido quien los felicite sin preocuparse, a fin de cuentas no existe poesía sin tristeza, o al menos ninguna que valga la pena. Pero al parecer, hoy nadie puede quererte y felicitarte por una frase que manche de rojo la jeta. No quiero escribir y tener gente que ne-ce-si-te saber de dónde sale tanta letra negra, porque escribir desde acá me desgarra la mesura, “escribí como quieras”, me repiten apretadas las sienes. Mala suerte (o “total”), no soy ni seré uno de esos poetas.
La explicación se embarra, debería proponer una breve defensa: No meio da noite hay seis chicas, muy jóvenes, bailan samba y transpiran entre hombres que se descomponen, borrachos por su piel de látex. Todas en círculo mueven velozmente los pies, en un compás del cual se adivina “samba” incluso si quitamos la música.
Cada tanto paran, agitan las manos, y resoplan por el calor. Ninguna bebe alcohol en esa especie de escenario, tres botellas de agua se mueven entre las compañeras; y los hombres, ya casi no se controlan. Yo recuerdo toda la escena porque estaba sentado en un rincón mirándola impávido, de boca colgando, con los ojos acanalados entre una sonrisa tumultuosa. Lleno de pena.
¡Vivo apasionado por la tristeza!
O sea que soy triste dentro de un plano de felicidad cotidiana, si acaso es posible, soy triste para todo lo que me importa; la tristeza, le da sentido a los versos (seguro suena mejor “mis” versos). Y sí, algunas veces pierdo el equilibrio y una sobredosis taciturna me tira del alma, pero así son los excesos. Asumo así el cansancio, me escondo un poco del mundo para buscarle la explicación al aire que se enreda entre mis venas. Padezco de una felicidad dentro de una depresión crónica – perversa, así como suena. Y escribo porque soy triste, me llueve desde el suelo, casi siempre. No me enojo, no me quejo de eso, sino de lo que todos se quejan. Con la pasión patológica, si así quieren que
la llame, hago mi catarsis sin molestar, solito, respirando con dificultad, cansado por tener que hacer todos los días, todo de vuelta.

No va a faltar la mirada silenciosa, el reproche. Mientras acaban de leer, les ruego, sin advertencia: no vale – la pena – cuestionar – mi ecuación – pasión/ tristeza.