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Más aburrido que La Pasión en colores
por Ana Serrano

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El cine Select de Avellaneda era un cine de barrio y hoy es una Iglesia evangélica. Grande, con platea y superpullman ofrecía un programa completo para toda la familia. Salvo el fin de semana que incluía un estreno, el resto de los días se pasaban tres vistas (como se le decía entonces a las películas).
Los lunes “Día de damas”: películas argentinas e insoportables melodramas mejicanos con una Libertad Lamarque, argentina pero famosa en toda Latinoamérica, que interrumpía sin ninguna pausa una secuencia dramática para entonar un tango o un bolero con una voz finita y entonada.
Los martes cowboys o mejor dicho tres de vaqueros. Las caravanas de colonos haciendo una rueda mientras los pieles rojas malísimos mataban a mansalva con sus flechas infalibles rubiecitos gordinflones vestidos de jeans y algún negro bonachón y simpático de esos que cuidaban los caballos e iban a pie hasta California. Hasta que al son del clarín aparecía la caballería de los Estados Unidos para imponer el orden y la paz y por la fuerza de los Winchester hacerles entender a esos renegados que la tierra no era de ellos y que llegaban por fin la civilización y la supremacía de los hombres blancos. La masacre era total. John Wayne, icono de la grandeza de un país amasada con la sangre de sus mejores hombres, machacaba indios como si jugara al pinball mientras le dirigía una media sonrisa a señorita angelical que lucía impecable y recién peinada en el medio de una batalla sin cuartel
Con la bandera en alto y a la cabeza de los esforzados pioneros seguía adelante hacia el Oeste, la tierra prometida. Siempre había un héroe y un bandido Y los bandidos siempre morochos, mejicanos o mestizos que seguro traficaban armas y whisky con el enemigo y hacían alianzas con ellos, eran unos traidores a su raza, a su pueblo y la patria.
Y los miércoles por fin tres de piratas, mis preferidas. Filibusteros en la Isla de la Tortuga, que solo obedecían la ley del mar; mucho ron y mujeres de vida dudosa; un mapa por la mitad de un tesoro fabuloso. Y las batallas en el mar y las espadas y por supuesto el saqueo a los barcos españoles con capitanes altivos y cobardes (los españoles claro, para continuar con la tradición anglosajona).
Ese era el cine de mi barrio y esa era nuestra fiesta en la semana. Claro no había televisión, ni computadoras, ni tablet, ni internet, ni wii, ni jueguitos electrónicos, ni nada bah! Una radio y con suerte un tocadiscos y algunos discos de pasta.
Tres películas: ¡toda la tarde!!! Recuerdo esos días invierno, de llovizna cruel, esa que jode y jode, tiñendo todo de gris, sin patio, sin pelota, sin rayuela , sin mancha, ni bolitas terminando de comer en silencio, sin protestar por la sopa, ordenaditos, prolijos
y mirándonos de reojo con mi hermano esperando la autorización salvadora de una tarde de insoportable aburrimiento. Y la sonrisa cómplice de mama cuando el viejo habría la billetera y nos mandaba al cine. Y allá íbamos, con dos tabletas enormes de chocolate con maní y dos paquetes de caramelos Mumú, casi corriendo para llegar a la matiné que empezaba puntualmente a las dos de la tarde.
Oh maravilla! el mundo se abría en esa enorme pantalla de tela.
Pero que tiene que ver el cine de entonces con el motivo de esta nota?:
La semana Santa.
Sí! La Semana Santa, fiesta de guardar como se decía entonces. Precedida por el Domingo de Ramos, cuando las señoras mayores pasaban por la puerta con las mantillas negras en la cabeza y el ramito de olivo en las manos. Dos días sin ir al colegio pero con pocas cosas para hacer. Nada carne en la comida, olor a pescado en todas las casas y a portarnos bien, había que respetar a los vecinos.
Todo era tristeza hasta el sábado de Gloria y el Domingo de resurrección que comíamos los huevos de pascua de chocolate y toda la familia se juntaba en la mesa del comedor a jugar a la Pirinola o a la Lotería de cartones. Y encima en el Select la única película de proyectaban era La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y en colores! Toda una novedad. Hasta entonces, más insoportable todavía, se filmaba en blanco y negro. El jueves santo, estaba escrito aunque refunfuñáramos, había que acompañar al cine a la abuela paterna, catalana ella que cuando se enojaba hablaba en una lengua desconocida para nosotros y el único que la entendía y le contestaba era papá.
Mi viejo hablaba catalán, el castellano lo adquirió recién en la escuela. La otra, la gallega, aunque era respetuosa, no le daba mucha bola a estas cosas del culto católico.
En general el cine estaba lleno.
Era una ceremonia y el colmo del aburrimiento. El pobre actor, ignoto en general, que interpretaba el papel principal ponía cara de dolor ante cada latigazo que recibía camino al Calvario y el cine se venía debajo de los gritos en contra del soldado romano que se los infligía.
Y con la corona de espinas, clavada en la frente, el hombre hacia esfuerzos sobrehumanos para que le creyéramos que la cruz que arrastraba era muy pesada. Algunas señoras lloraban, otras susurraban un padre nuestro. Era todo triste, angustioso y lento… Casi como una misa sin oficiante y sin iglesia.
Hasta que justo en el momento de mayor recogimiento, a punto de clavar al Señor en la cruz, algún vago en la bandeja de arriba, dejaba escapar un enorme, ruidoso e interminable producto de su interioridad más profunda para beneplácito de toda la muchachada y nuestro regocijo y todos estallábamos en furibundas carcajadas que, para espanto de señoras y señores respetables, no podían acallar las voces que exigían silencio y respeto.
El batifondo era total. Entonces entraban los acomodadores con las linternas buscando en la oscuridad al sacrílego que ya había huido aprovechado la confusión, harto como nosotros de una película tan aburrida.
Debo confesar que hace pocos años entendí porque aquella historia bíblica, base y fundamento de la religión católica se la llama La Pasión. No tuve mucha formación religiosa. No era familia la mía de misa dominical ni comunión.
Apenas lo poco que me enseñaron las monjitas del “infantil”. Así se llamaba entonces al nivel preescolar cuando no era obligatorio. Como la escuela de Maria Auxiliadora estaba en frente de mi casa mi mamá me mandó a los cuatro años. Y duró solo un año lectivo completo y unos meses del segundo. En mi primer acto de rebeldía importante decidí no ir más. Vaya Dios a saber por qué. Y no fui mas a pesar de los insistentes llamados.
Creo que en casa respiraron tranquilos. Les preocupaba un poco mi devoción y mi interés por rezar. Tenían miedo que se despertara la vocación y perdieran para el mundo a su hija mayor. Pero en el colegio mucho niñito Jesús, mucho villancico en el coro, mucha Ave María, mucho portarse bien y ser una nena buena y educada pero nada de pasión. Cómo resonaría la palabra reverberando en aquellos claustros, en las escaleras, en la enorme cocina, en la capilla siempre adornada con flores frescas. Edificio enorme y misterioso para mis ojos asombrados de nena que recorría explorando como una aventura diaria.
Abría armarios, cerraba puertas, investigaba los rincones y los huecos de las escaleras, me asustaba con las tallas de los santos y me arrodillaba arrobada frente a la imagen de niño Jesús que presidia la escalera principal. Siempre encontraba un atajo, unos peldaños nuevos, una puerta secreta, avanzando cada día un poco más hacia el territorio absolutamente vedado al que nunca pude llegar: los dormitorios privados de las monjas.
El convento: hogar y destino de tantas mujeres en aquellos años. Mujeres entre mujeres dedicadas a la enseñanza, la caridad y sobre todo a la oración sumergidas en los misterios de la fe.
Pero, y el “dulce misterio de la vida”?.
Porque seamos sinceros: lo primero que se nos ocurre cuando pensamos en una pasión es en el otro sexo o en el mismo según nuestra elección. Ese fuego arrollador, ese torbellino que no nos deja comer ni dormir. Ese sentimiento que alguna vez sentimos o deseamos sentir por otro, único y distinto a todos.

“Sangre, sudor y gloria” | Mario Vélez |
IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Decidí preguntar un poco a los demás. Hice una pequeña encuesta informal entre conocidos. De diez mujeres a las que les pregunté “¿Qué te apasiona?” Ocho respondieron con una acción que se realiza con el cuerpo y los sentidos: comer, hacer el amor (sin eufemismos) bailar. Solo dos me dieron respuestas más elaboradas casi filosóficas: Vivir o La vida. De este tenor fueron las respuestas de los hombres.
Generalidades, abstracciones.
Ninguno dijo por ejemplo las mujeres, el futbol, los fierros o los caballos de carrera. Tampoco el dinero o coleccionar estampillas o soldaditos de plomo (qué antigüedad!) Pero todos coincidieron en una negativa .Nadie absolutamente nadie en el pequeño universo de mi encuesta se apasiona por su trabajo.
Parece que en este mundo que nos toco vivir solo algunos privilegiados se ganan el puchero con una tarea que los apasiona. Algunos actores (“el escenario es mi única pasión” comentaba una vieja actriz, no sé si por vocación o por edad), algunos músicos, algunos científicos.
Por lo menos es lo que conocemos por los medios de información. No hay muchas notas donde aparezca un chofer de colectivo diciendo “manejar diez horas en este caos de transito es la pasión de mi vida o cortar milanesas de nalga en la carnicería es una pasión que traigo de chiquito.
El arte y ciencia parecen despertar pasiones pero no mucho más. Para el resto de los humanos las pasiones se refugian en el tiempo libre que también está reglamentado. Y en el tiempo libre imposible no hablar del futbol, pasión de multitudes y fundamentalmente del hincha. El escenario monumental, los actores, un drama: vencedores y vencidos. El partido comienza a y la multitud brama. Pero no hay magia si no hay hinchada expresándose creativamente; disfraces, cantitos, coreografía, afiches. Y comienza el espectáculo siempre único, siempre distinto, irrepetible. Se vive esa tarde o no se vive nunca más.
Opera, ballet, circo. Igual que en la representación de la tragedia griega: los actores y el pueblo. Por fin la catarsis. El éxtasis o el sufrimiento. Y acá se empantanó la cuestión. Les cuento. Tenía una tía que había formado una familia numerosa. El marido, cuatro hijos y un tío solterón con quien compartían la vida. Vivian todos en un enorme caserón de Barracas pero eran oriundos de Avellaneda.
Obviamente hinchas fanáticos de Independiente. Los hombres de la familia organizaban su vida a partir del partido del domingo. Nunca, pero nunca, mientras la salud y los años se lo permitieron dejaron de ir a la cancha a ver a su club, aunque tuvieran que viajar a Rosario si jugaba de visitante.
Se levantaban temprano y almorzaban temprano y su única preocupación era el clima. Si el partido se jugaba igual no hubo tormenta, ni chaparrón o granizo que los intimidara. Y allá se iban con las gorras y las camisetas en el viejo Fiat, auto que prácticamente se usaba sólo el domingo. Iban a la batalla triunfantes. Mi tía mientras tanto hacia promesas a los santos, ponía velas, rezaba. Le preocupaba el resultado. No porque le importara un comino el futbol sino por la vuelta a casa de los guerreros. Si el cuadro de sus amores ganaba volvían exultantes con cuatro pizas compradas de pasada en Los Maestros para festejar el triunfo. Pero oh Dios mío! Si perdían!!!: Se enfermaban! Encerrados cada uno en su dormitorio sobrellevaban un doloroso duelo que les duraba por lo menos tres días contagiando de tristeza a todo el mundo.
La tía estaba harta. Para el hincha el futbol es una pasión dolorosa. ¿Sentir pasión por algo o por alguien siempre duele? No lo tenía muy claro y recurrí al auxilio del diccionario. Muchas veces la historia de una palabra nos abre un camino insospechado Todavía conservo un viejo Spes, latino-español ,español latino restaurado en casa con plasticola y mordisqueado por una gran grandanesa, enorme, que celosa de mi pasión por los libros, se dedicaba sistemáticamente a destrozarlos en cuanto la dejaba sola. Passio-onis: acción de sufrir, de soportar; perturbación, conmoción del alma. Y por supuesto La pasión de nuestro Señor Jesucristo.
¿Apasionarse entonces implica sufrir? Y el placer?
Habrá que preguntárselo a las monjitas.
Un medico amigo, muy allegado a mi familia ya que es el padre de mis hijos , curtido por años de Hospital, siempre les dice a los parientes de algún paciente grave o recién operado “Si le duele, mejor está vivo.Grave sería si no le doliera nada”. Apasionarse o vivir, que es más o menos lo mismo, siempre duele.
Ahora entiendo lo de la pasión de Cristo: el sufrimiento. El dolor por el castigo camino al calvario y el dolor en la cruz. Pero sufrimiento que se padece por elección. Sufrimiento por amor. Por amor a los seres humanos a los que vino a redimir de sus pecados, según el doma cristiano.
Sufrir por amor a la camiseta, por amor a la vocación, por amor a un ideal, por amor a un hombre o a una mujer, irreemplazable objeto de todos nuestros deseos mientras dure. Y mientras dure nos consumimos en una llamarada, en un torbellino, oscilando entre el cielo y el infierno.
Describir una pasión, imposible. Se siente o no se siente, nada más Con el cuerpo y con el alma, para no meterme con la psiquis y sus desequilibrios, territorio que no conozco y en el que me pierdo inexorablemente llena de preguntas sin respuestas y termino como siempre hablando sola, mientras mi familia cuchichea en la cocina sobre la posibilidad de internarme o darme una vasito de Syrac para que me relaje y duerma.
Porque no hay sentimiento, vivencia, padecimiento, infortunio más humano que vivir con intensidad una pasión. Cualquiera sea. No imagino a un elefante, un lagarto o una hormiga apasionados. O una planta de tomates. Solamente el hombre como especie es capaz de apasionarse. Por amor o por odio, con placer y con dolor sufrimos y gozamos pasiones.
Y Usted sabe de lo que hablo y sino apúrese porque vivir apasionado vale la pena.

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