Manuel Musto, Un Camino: Pintar, pintar, pintar

By 27 noviembre, 2014n.13 - pecado

por María Eugenia Bouza

«Rincón del taller» en 1927, representa su primer exposición ante el público como pintor intimista. Manuel Musto (1893-1940) conjuga su oficio de pintor con su solitaria cotidianeidad.


Manuel Musto -Rincón del taller- 1927. 90×90 cm.

Con permiso, ingresamos al taller de Manuel Musto. Si quisiéramos podríamos tocar todo lo que se encuentre a nuestro paso, sin tanto prejuicio como el de las madres sobre protectoras que piden exaltantes por favor no tocar nada. Considero que Musto no hubiese tenido ningún problema, es más, nos hubiera invitado a recrear la imaginación poniendo un pincel y una paleta de colores en nuestras manos.
Este taller seduce e invita a pasar. Los colores resurgen en el espacio luminoso creando una atmósfera cálida. ¡Cómo no despuntar el oficio de pintor!
Percibimos que el espacio ilusorio tridimen-sional detalla la amplitud de la habitación. Las líneas imaginarias convergen en un punto ubicado a la izquierda del cuadro, detrás de la cortina o telón naranja.
Observamos, en primer lugar del plano una silla de perfil cuyos materiales aparentan ser de madera y mimbre amarillo. La idea «mimbre-amarillo» es generada a partir de la textura como elemento plástico que enriquece la expresividad de los elementos compositivos. El color matiza y refuerza la intención de percibir dicha superficie.
La mesa se presenta en dirección al punto de convergencia anteriormente nombrado, sobre ella: contenedores -quizás de cerámica, vidrio o metal- y en su interior pinceles, muchos pinceles. A la derecha de la tabla cargada de paletas -o quizás la tabla misma utilizada como paleta de gran dimensión-, se suma el caballete o atril, soporte de sus bastidores entelados.
Es evidente que Musto sabe ubicar sus herramientas para trabajar, dispone sus objetos de tal modo que la luz incida sobre ellos, presenta el caballete cercano a la ventana instalada como fuente lumínica.

Los objetos cotidianos como sillones, jarrones, telones, alfombras generan el carácter cálido y acogedor de esta imagen. Quizás en lo formal podría resultar como un muestrario de naturalezas muertas o un «catálogo de posibilidades plásticas» como bien lo expresa Adriana Armando en Figuras de mujeres, imaginarios masculinos (1).
Los cuerpos femeninos representados en el recinto de cortinas verdes para lápices de carbonilla, muestran la innovadora composición de resolver el espacio en diago-nales olvidando la mancha y trabajando con planos de colores contrastantes.

El despertar de la vocación
El oficio de Manuel Musto era el de pintor y no cabe duda de ello.
Cuenta Montes y Bradley que de niño se escapaba de la siesta para ir a dibujar. Las flores, los árboles frutales, la huerta, el corral de gallinas y gansos en el patio de su casa resultaban temas adecuados para perpetuarse en el cuaderno de croquis. Manuel no tenía otro propósito más que pintar, «parecía que la pintura le tranquilizaba el espíritu tan fuertemente llamado a la cruda realidad de las pasiones […], que es la vida» (2).
La familia Musto apoya su vocación y Manuel concurre a la Academia de Fomento de Bellas Artes dirigida por Ferrucio Pagni, pintor italiano instalado en la ciudad como otros artistas en los primeros años del siglo XX. Acompaña este emprendimiento su fiel amigo y pintor Augusto Schiavoni.
En 1914, Florencia será una nueva etapa. Casi con 20 años tomará el coraje y se embarcará en lo que será el estudio con grandes maestros.
Este viaje, además de proveerlo de la experiencia de vida en otras tierras, le otorga la tranquilidad de poder dejar atrás el sufrimiento provocado por una erupción en la piel, enfermedad que le causa desesperación, sobre todo por desconocer su origen.
Familia y amigos alientan su partida. En Italia contará con el recibimiento de sus tíos. Podríamos decir que la vida de Musto estará atravesada por situaciones complejas y traumáticas. Este viaje se le presenta como la posibilidad de aligerar sus cargas psíquicas.
El renacimiento toscano lo abrazará gentilmente y hará pintar con loco ímpetu todos los temas que se presenten en lo cotidiano.

Una síntesis: experiencia europea y realidad local (3)
La naturaleza apasiona y entusiasma a un Manuel solitario, concentrado en el análisis y estudio de las primeras leyes del dibujo enseñadas por Pagni. No obstante adiciona los conocimientos de macchiaiolismo italiano que le imparte su maestro Giovanni Costetti. Así, Musto consigue fundir estos conocimientos en su obra junto con ciertos conceptos del naturalismo luminarista tradicional.
«Lo real resulta por medio de manchas de color y claroscuro, cada una de las cuales tiene su propio valor, explica Adriano Ceccioni, teórico de los macchiaioli.»4 La forma se define por la yuxtaposición de los colores, dando sentido a la distancia y a la idea de espacio y movimiento a través de la escala cromática.
Musto expuso trabajos en Milán. La muerte de su padre lo obliga a regresar a Rosario en 1916. Este es otro golpe en la vida de Manuel.
El tema del paisaje le permite exponer cierta sensualidad de colorista. De empastes pronunciados y pincelada opulenta, sus telas revelan la pasión de su oficio. Sus escenarios naturales, de paletas claras y de atmósferas vibrantes, se muestran plenos de luz.

«Sendero» de 1917 forma parte de una de las tantas telas donde Musto dejó su rúbrica. En el ángulo superior derecho nos lo demuestra con su característica firma.
En la imagen se muestra un paisaje donde el camino/sendero, toma una curva ascendente hacia la izquierda. La regla compositiva de los tercios queda en evidencia, el horizonte no se encuentra en el medio vertical del cuadro.
La técnica impresionista se manifiesta a través de las leyes de los complementarios. Las formas de los objetos representados se difuminan en una homogénea atmósfera lumínica. El modo sensual del color y de la materia se trasmite por toda la tela.
A la derecha del sendero se observan unas construcciones que, en relación de proporción a los árboles laterales, aparentan ser de gran escala. Los techos a dos aguas encuentran semejanza a tinglados de galpones, talleres o fábricas.
Estos galpones que denotan trabajo, esfuerzo, dedicación, responsabilidad, compromiso no son más que analogía con la vida de Musto, quien se mantuvo en su camino, en el sendero que lo llevara al incansable oficio y majestuosa tarea de pintar.

Al momento de su muerte, en 1940, legó tanto sus telas como su casa a la Municipalidad de Rosario. Gracias a su voluntad, hoy día, la colección del Museo Municipal de Bellas Artes «Juan B. Castagnino» cuenta con una cantidad importante de obras de su autoría.
Su antigua vivienda del Barrio Saladillo, en la zona sur de la ciudad, funciona como una Escuela de Artes Plásticas a la que se agregó la denominación «para obreros y artesanos». Comenzó a funcionar en octubre de 1945 bajo el decreto que establece que «la escuela tendrá por objeto preparar, orientar y perfeccionar a los jóvenes que demostraran vocación artística» (5).
«Porque así era Musto» (6).

(1)ARMANDO, Adriana, en: AAVV catálogo exposición «Figuras de mujeres, imaginarios masculinos. Pintores rosarinos de la primera mitad del siglo XX». Fundación Osde, Rosario, 2009, p
(2) MONTES I BRADLEY, R.E. «El camino de Manuel Musto», Rosario, Hipocampo, 1942, p40.
(3) LOPEZ ZAMORA, Delia, en: AAVV catálogo exposición «Obras del Museo Castagnino, Secretaría de Cultura y Educación, Municipal de Rosario, 1996, p 48-9.
(4) AAVV catálogo exposición: La sociedad de los artistas. Historias y debates de Rosario. Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino, Rosario, 2004.
(5) Decreto Nº 3684, Art 1 en CANO DE BITETTI, Olga Ethel. Aporte parar la historia de la pintura en Rsario 1900-1940. Rosario. Editorial Municipal,1998, p46.
(6) MONTES I BRADLEY, R.E. «El camino de Manuel Musto», Rosario, Hipocampo, 1942, p73.