mención de honor IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Marcelo Iglesias

Su mancha era especial, algo la hacia diferente a las otras. La de la contadora, por ejemplo, llamaba la atención por un cierto brillo que cobraba bajo la luna llena, y la de la esposa del escribano cambia de color según desde donde se la mirara. La del almacenero tenía una especie de montículo marmolado en forma de corazón y la del pequeño hijo del carnicero, a pesar de su juventud, poseía un cromatismo exultante que hacia las delicias de sus compañeros de escuela. Pero la de ella daba que hablar. La lucia en cada fiesta del club y, con cualquier excusa, la exponía ante los ojos de sus numerosos pretendientes. Ellos, a su vez, le mostraban sus manchas galantes, y entre todos conformaban una danza de conquista.
Un medico llegó desde la Capital para estudiar las manchas, analizarlas, numerarlas y ordenarlas por color, tamaño y particularidades. Estacionó su automóvil a la sombra de los tilos, se dirigió sin dudarlo a la casa de ella. La encontró tomando mate con la contadora, la esposa del escribano y las demás. El medico sabia que allí estaban los exponentes más vistosos. Cuidando de no faltarles el respeto, solicito permiso a las damas para examinar sus manchas. Las mujeres accedieron con gusto, se sentían halagadas y tomadas en cuenta.
Pronto se corrió la voz. El medico tuvo a su disposición cientos de casos. El catalogo en su cuaderno azul crecía tanto como su propia y flamante mancha. Al cabo de pocas semanas, los pueblerinos ya hacían fila para ver los destellos violáceos de la mancha del medico. Había olvidado el cuaderno azul en un cajón de su escritorio, en el cuarto del hotel. Ahora estaba más interesado en cultivar su nuevo estigma y, hay que decirlo, en obtener los favores amorosos de ella.
Sucedió entonces que llego el doloroso pero no sorprendente fallecimiento del viejo doctor del pueblo. Su velorio se celebró en la intendencia. Concurrió todo el mundo para darle el último adiós. Admiraron la sabia mancha que se opacaba entre la mortaja. Allí mismo, entre tanta reflexión sobre lo absurdo de la vida, le ofrecieron al medico el puesto vacante. Lo aceptó de inmediato y trató de disimular su alegría, dada la circunstancia. Días después, el propio intendente, luciendo el frac que se plegaba para mostrar su solemne mancha de mandatario, lo nombró medico del pueblo en formal ceremonia a sala repleta. A Ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Todos entendieron que entre ella y el medico había mucho mas que amistad e interés científico.
Aunque el medico continuaba viviendo en el hotel, no eran secretas las asiduas y prolongadas visitas a Ella y las noches compartidas en su casa. La gente, entre codazos y guiños, hacía la vista gorda. Solo el párroco, con amabilidad y buen tacto, los conminó a formalizar la relación. Contrajeron matrimonio un día primaveral que les permitió a todos lucir sus manchas engalanadas. La excepción fue el sacerdote, que nunca mostraba la suya, aunque la Arquidiócesis no se había pronunciado sobre el tema.
En plena época de felicidad conyugal llego al pueblo un colega del medico. Los dos profesionales se encontraron a tomar unas copas en el bar. Las ventanas daban a la plaza y al monumento del general. Sobre mármol, alguien había pintado una mancha.
El colega accedió a quedarse unos días. No solo estaba interesado en las manchas, sino también en la flamante esposa del medico, de quien se había enamorado a primera vista. El colega participo de la vida social del matrimonio y pronto el medico le ofreció un puesto a su lado en la Salita. El colega acepto gustoso. Era una posibilidad de continuar viéndola a Ella y también de seguir cultivando la mancha con dos erupciones como flores que a él le estaba naciendo.
El tiempo transcurría, el verano era pródigo en buen clima y cielos despejados. El amor del colega por ella crecía día a día, desmesuradamente, aún cuando su mancha hacia rato se había estabilizado.
En uno de esos bailes estivales en el club, bajo el brillo de las estrellas, las lamparitas de colores y las manchas tornasoladas de los presentes, el colega, con algunas copas de más, se atrevió a manifestarle sus sentimientos. Ella no solamente lo rechazo, sino que también dejo de dirigirle la palabra, le dio la espalda y ocultaba su mancha con un abanico cada vez que se cruzaban.
El medico no percibió la tensión entre ella y el colega. Los avatares sanitarios en la Salita lo mantenían ocupado, con tanta gente concurriendo a curarse un resfrío de sol o un dolor de estomago, o tan solo para controlar las curiosas variaciones que las altas temperaturas provocaban en las manchas.
Llegó el otoño. Ella guardaba en su vientre el primer fruto del matrimonio. El colega pasaba más tiempo en el bar que en el consultorio. Se hundía mas y mas en la pena, porque su amor por ella no cedía. El medico no tuvo otra opción que removerlo del cargo, no solo porque el alcohol había comenzado a teñir sus diagnósticos, sino porque, de un día para el otro, la mancha del colega se había desvanecido.
Invadido de vergüenza, el colega abandono el pueblo a medianoche. Los vecinos lo espiaron, ocultos tras las ventanas, temerosos y confundidos.
Todos trataron de olvidar el suceso, pero la suerte estaba echada. Una mañana, el pequeño hijo del carnicero se levantó llorando, y con el dedito señaló donde solía estar su joven mancha. Días después, el escribano y su mujer decidieron mudarse a otra ciudad. Por negocios, dijeron, pero se marcharon ocultando el cuerpo con grises sobretodos. Los siguieron la contadora y el almacenero, los choféres de los cuatro taxis, el repartidor de diarios, y luego decenas de personas atribuladas. Después de la misa del domingo, el sacerdote tomó sus cálices y se marchó entre avemarías y persignaciones. Una noche, encontraron al intendente en su despacho. Se había pegado un tiro justo allí donde solía estar su mancha de mandatario. Esa fue la gota que rebasó el vaso.
El medico había pasado la mayor parte de su vida sin ella, así que no le preocupo descubrir que su mancha violeta se había esfumado. Pero ella no pudo resistir el vacío, y le pidió que, por el bien de su futuro hijo, se mudaran a la capital.
Antes de abandonar el pueblo para siempre, dieron una breve vuelta por las calles desiertas. Cuando pasaron frente a la plaza, ella bajó la cabeza y se echó a llorar. Dos chicos habían trepado a la estatua del General y estaban borrando la mancha. Sus padres esperaban en el automóvil cargado de valijas, con las miradas perdidas en un punto lejano, o en algún recuerdo feliz.

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