Por Alicia Pais

Cada lugar y ocasión de encuentro con la comunidad se convierte en un espacio único y lleno de magia.
Cargando en nuestra mochila con años de experiencia y con aquellas teorías, que decidimos fueran el marco teórico desde donde transmitir nuestras verdades, nos sumergimos en el barrio.
Sorpresa! Pusimos en teoría toda la sabiduría de la comunidad. Aquello que hombres y mujeres transcurren con la mayor sencillez y aquellos problemas a los  que sólidamente les encontraron sus causas y consecuencias.
Tal vez nos alcance con proponer un método de trabajo, un lenguaje nuevo para poner en palabras el diagnóstico surgido de la vivencia.
¿Qué podría ser?: aportar tecnología, construir sistematización, brindar asistencia técnica o acompañar esos procesos que le son propios.
La solidaridad está presente en cada una de sus acciones con formas que surgen de la empatía o la improvisación espontánea. Tal vez solamente pueda colaborar con organizarla en pos de la eficiencia, no de la efectividad.
Fenómenos históricos complejos generaron nuevas estructuras, nuevas relaciones de poder en la realidad social y siempre parece inalcanzable el tiempo de la discusión, de la construcción de nuevos paradigmas para repensar los vínculos. No se transmite, simplemente se hace y se deshace el vínculo con el otro y en el vínculo está la clave de la relación humana.
Insertados en su propia cultura, “entre mate con bizcochos”, se da lugar a un intercambio de experiencias y saberes que sustenta su propia filosofía de vida. Funcionan el mito, la magia y la transmisión oral de conocimientos ancestrales que viajaron de generación en generación y nos sobran las ganas de permanecer en esos espacios de reflexión, de transculturación.
No puedo dejar de mencionar aquellos momentos con alto voltaje emocional donde las experiencias han sido tan dolorosas que debemos repensar estrategias creativas para intervenir. La empatía funciona admirablemente y el grupo es “sanador” en esencia, pero desde ya intervenir para apoyar, solucionar, responder es nuestro deseo y nuestro deber.
Destacamos algunos componentes que se observan en el trabajo comunitario:
La creatividad concebida como complementariedad de sistemas.
Tanto en la cultura en la que nos introducimos como en nuestro bagaje de conocimientos basados en la ciencia, perseguimos el equilibrio y la armonía, la salud de nuestro cuerpo y mente y la ausencia del dolor.
La comunidad los abordará con sus saberes y la cosmovisión científica se hará cargo de la complejidad. Ninguna se excluye. Comenzamos a armonizarnos desde la comprensión de nuestras culturas y saberes propios.
La identidad como defensa a las nuevas expresiones sociales que tienden a la homogeneidad.

Saberes de Laura Mónica Sánchez
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

La profundización de las democracias es impulso y sustento de las estructuras territoriales. Si bien los procesos de globalización facilitaron grupos que replican en todo el mundo con similar identificación, como por ejemplo los grupos juveniles que adoptaron el “piercing”, el tatuaje o el rap, se observa paralelamente la conservación de usos y costumbres de colectivos autóctonos.
La identidad funciona precisamente como articuladora y unificadora de la comunidad, convirtiéndose en la cualidad que más la empodera.
En nuestras intervenciones en una comunidad local nos involucramos con diferentes colectivos identificables: jóvenes, militantes, trabajadores/as vecinales, religiosos/as, etc.
La participación como elemento central de la intervención en comunidades, preferentemente organizada en instituciones  que son el basamento del entramado social.
Desde una perspectiva de acción-participación se reconoce el entorno social y mediante la construcción colectiva de saberes y acciones, se modifican situaciones, se gestionan conflictos, se encaminan acuerdos, se elaboran proyectos.
Intervenir comunitariamente desde los principios de:

  • Respeto y compromiso con la cultura local.
  • Trabajo en red.
  • Acuerdos entre la praxis y la teoría.

La organización se constituye por un grupo de personas que tienen necesidades e intereses en común y que además trabajan juntas para alcanzar objetivos compartidos. Organizarse implica tener una misión y visión compartida y comenzar a construir objetivos estratégicos.
Tal vez sea a partir de allí donde nuestra intervención debe fortalecerse.
Iniciar el proceso de planificación como un camino, un método para planear las acciones y para resolver los problemas y lograr los objetivos que queremos conseguir.
Prestar atención a los diferentes actores y sectores  que buscan sus propios objetivos, que tienen sus propias apreciaciones y valoraciones, y que desarrollan sus propias estrategias para el logro de sus objetivos y propósitos. Concebir la planificación, teniendo en cuenta e incluyendo en la propia planificación lo que los otros pretenden realizar.
A través de estos procesos se sumarán las actividades de gestión, administración de los recursos comunicación, actividad indispensable para involucrar la mayor cantidad posible de capital humano. Es uno de los aspectos más relevantes de nuestra labor territorial ya que deberemos lograr que la mayoría de las personas con las que tengamos contacto se sientan cómodas, esto nos permitirá trabajar los aspectos emo­cionales y de la vida cotidiana con respeto e interés, con ello posibilitaremos la participación activa y organizada del individuo, la familia o la comunidad para afrontar problemas y resolverlos por sí mismos.
Finalmente quiero expresar que para intervenir comunitariamente es necesario valorar a cada una de las personas, sus saberes, su tiempo y sus capacidades. Siempre que podamos reunirlas será porque están interesadas en que se produzca algún cambio. Maximicemos los recursos de los que disponemos y motivemos las capacidades de gestión para poder aplicar nuestros planes preventivos.
Son solo algunas reflexiones de quien valora y disfruta los espacios interculturales.