Los ruidos de la calle

mención de honor VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Edgardo Devita

Un hombre va a ser encontrado muerto en un par de horas, uno de sus amigos tal vez, dada la sorpresiva inasistencia a alguna rutina compartida preguntará por él y ante la falta de
respuestas satisfactorias, obedeciendo a la curiosidad de su espíritu, intentará primero ubicarlo por teléfono y finalmente se acercará hasta el edificio donde el hombre vive.
Cuando el visitante se canse de insistir frente al portero eléctrico, puede que recurra al encargado para participarlo de su inquietud.
Entonces lo más probable es que éste acuda hasta la puerta del departamento de aquel hombre, al que imaginaba sentado en su sillón de lectura como todas las tardes, y luego de tocar timbre,
golpear la puerta e incluso de llamarlo por su nombre ¿Qué nombre usará ahora?, advirtiendo que el debiera efectivamente estar ahí, porque la luz de la lámpara del living ha quedado
prendida; comience a preocuparse.
Después de algunas vacilaciones, y de llamar por teléfono al fulano y escuchar el sonido ininterrumpido del receptor, primero en su propio teléfono y luego a través de la puerta del
departamento al que habrá ido personalmente para que no le quedasen dudas, pedirá ayuda; a los copropietarios del mismo piso y luego a la policía.
No sé cuánto tardarán a acá en acudir ante una llamada de este tipo. Tan inconsistente si se quiere, dado que el hombre bien pudo haberse ido de su departamento olvidándose de apagar la
luz. Lo seguro es que un par de ellos arribaran al lugar disimulando una presteza de la que seguramente carecen, harán las preguntas de rigor, llegarán hasta la puerta, tocarán el timbre,
llamarán al fulano por el nombre que éste eligió en los último años para esconder su miserable identidad, y por último, para terminar de cerciorarse, volverán a comprobar que la puerta está
cerrada. Finalmente, teniendo los debidos testigos que aceptarán de antemano declarar y refrendarán por escrito su comparecencia, los policías, tras comunicarse con su base y recibir
instrucciones, procederán a forzar la puerta.
Como han de hacerlo es un dato menor. Los que sí, luego de los primeros movimientos cautelosos y seguidos por las miradas inquietas del encargo, el amigo devenido en testigo y los
copropietarios, que aprovecharán la ocasión para husmearle la vivienda de su vecino; los policías encontrarán el cuerpo de aquel hombre canoso de alrededor de sesenta y cinco años con la
cabeza destrozada y los brazos laxos sobre el regazo.
En un intento por demostrar su serenidad para enfrentarse a momentos con éste, o tal vez por mera rutina, uno de los policías y ante el estupor del encargado y de los testigos que ya por
entonces habrán avanzado desde la retaguardia para ponerse frente al sillón, puede que le tome el pulso al occiso e intime a los extraños a no tomar nada de la escena del crimen, al tiempo
que su compañero llamará a la base para informarle del resultado de aquel ingreso forzado a la vivienda.
Después: los forenses, el fiscal, una ambulancia y los respectivos camilleros, más policías, esta vez con el aspaviento que les es característico; me refiero a sirenas, corte de calles y
entradas abruptas al edificio que si fuesen a rescatar rehenes o cosas por el estilo. Y justo en el momento en que el lugar está plagado de polis haciendo averiguaciones puerta por puesta,
seguramente han de aparecer los infaltables periodistas.
En el informativo de la noche la noticia va a figurar entre las destacadas, un periodista o una periodista depende del canal, saldrá desde la puerta del edificio de la que a partir de aquel
momento comenzarán a llamar “la víctima”, resumiendo lo que pudieron obtener de la reticencia de la policía y de la predisposición de los vecinos. Por esas horas muy probablemente los
ruidos de la calle habrán cesado, el plan de repavimentación que prometieron las autoridades continuarán al día siguiente. Entonces veremos a muchos incluso de los que no estuvieron ni
cerca de la escena, contando cualquier cosa que les permita quedarse la mayor cantidad de tiempo frente a las cámaras. Y podremos escuchar cosas como: “Parecía un buen hombre”, “No se daba
con nadie”, “Era militar retirado, sí argentino”. “Vamos que no escuché nada” ¡hombre! Con los ruidos que hae esas máquinas del demonio allá afuera, como para escuchar”.
El encargado no ha de perderse la oportunidad de figurar. Primero ha de decir lo que hacía cuando lo llamó el amigo de la víctima, para que quede bien en claro que estaba trabajando. Luego
hablará del movimiento frente al edificio y la cochera “que con esto de las obras… y el ruido…” para terminar alegando cosas similares a las que dijeron los vecinos y testigos más lo datos
que previamente ofreció a la policía.
Pero va a ser el jefe del operativo al único que me interese oír, diciendo caricontecido, que se desconocen los motivos del “asesinato” y que no tienen demasiadas pistas hasta el momento,
pero se seguirá investigando.
Es extraño que pueda imaginarme casi con lujo de detalles todos los momentos posteriores a lo que va a ocurrir, lo que no puedo imaginarme es la sensación que seguramente voy a sentir
cuando termine de ver ese informativo.
Ahora lo único que tengo que hacer es esperar a que el hombre regrese como todas las tardes de tomar su carajillo en el café de la calle Lloret; escuchar sus pasos, el sonido de la llave
girando en la cerradura, que se abra la puerta, que el hombre ingrese, la cierre y deje la llave puesta en el tambor. Que se quite el abrigo, lo deje en el respaldo de alguna silla, avance
hasta el sillón, elija la intimidad que propone la luz de una lámpara cercana y apague las del resto del ambiente. Que Tome el libro que esta sobre la pequeña mesa cerca del cortinado y
finalmente se siente.

Que el martillo neumático continúe lastimando los oídos del vecindario con su molesto tableteo como en los últimos días y por sobre todas las cosas, esperar a que hombre se distraiga por el
movimiento repentino del cortinado y pueda mirarme a los ojos.

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