# LOS LÁPICES DE COLORES – por Adriana Tuffo

– Patrón, lo que mande, decía la Tata. Entonces, como siempre, se me mojaban las piernas, me pasó desde chica y el Patrón venía a la casa a visitar a mis dos hermanas mayores, a mí me vio después, cuando él llegaba me hacía encima, me hablaba la Tata y le decía que sí, que no lo iba a hacer más, pero no podía, él se bajaba del auto, saludaba, le daba algo a la Tata, lo veía ahí en el patio de la casa y, al mismo tiempo que sonreía, sus ojos me recorrían, empezaba a sentir que se me mojaban las piernas, primero caía despacio un chorrito caliente, me dolía, me daba vergüenza, es por el miedo, me decía tengo que hacer fuerza, no respirar porque si respiro y me muevo se va a mojar el piso, la Tata me repetía siempre “cochina mirá lo que hacés andá a lavarte que al Patrón no le gusta que estés sucia”. Corría a lavarme, me echaba agua de la canilla del baño, saltaban las lágrimas por las palabras de la Tata, por la vergüenza, por la mirada del Patrón, antes, cuando tenía seis o siete, no entendía bien por qué las caricias y las sonrisas del patrón terminaban en sacudones y ruidos de chancho que me lastimaban, y en esa época me empezó a pasar lo de los orines. La Tata no quiso mandarme más a la escuela, “para qué si no hacés más que mearte encima estúpida de mierda qué vamos a hacer con vos si no fuera por el Patrón ya te hubiera dejado en el hogarcito es el destino éstas inútiles no sirven para nada”.

Desde aquel día estoy siempre en la casa, no soy como las otras chicas que juegan en el patio de la escuela, que es lo que más me gustaría hacer, juego con los perros o le tiro maíz a las gallinas, barro la galería todas las mañanas, junto los huevos cuando avisan que han puesto, corto las verduras y, en el verano, me la paso en el monte comiendo frutas, ayudo cuando carnean, pero no me gusta tanto andar con la sangre de los animales y las tripas y todo eso que está lleno de grasa y de mierda; me gusta más andar por la chacra, seguir el rastro que dejan las hormigas para desarmar los hormigueros con agua, los inundo hasta que se derrumban y salen desesperadas, son más vivas que yo, porque corren cuando ven el peligro.

Pero lo que más me gusta es el día domingo, cuando vienen las vecinas a visitarnos y la Rubi, que es tan buena, me enseña a leer un librito que trae junto con papeles en blanco arrancados de sus cuadernos viejos, dice que le viene el apuro por empezar uno nuevo y entonces deja algunas hojas sin escribir, pero a mí se me hace que las deja para traérmelas y trae lápices también, me presta tres o cuatro, el negro es para escribir mi nombre y apellido, Esperanza Aguirre, así me puso mi mamá que se murió cuando yo llegué a este mundo, no sé por qué no habrá podido quedarse un poquito más conmigo.

Esperanza, inútil, estúpida, meona me dicen. Esperanza, sí Patrón, lo que usted mande, me acostumbró a decir la Tata para que no se enojara. La Rubi me presta el lápiz rojo y el verde, me los va a regalar cuando pase Navidad y a ella le regalen una caja nueva para colorear, entonces voy a tener lápices yo también, más gastados, pero igual pintan o dibujan, que es lo que más me gusta, porque yo tengo uno solo, que se le cayó al Patrón del bolsillo cuando se puso la camisa, aquel día que yo ya no lloré, que hice mucha fuerza para no pegarle y sacármelo de encima como me dijo la Rubi, porque si le hacía caso a ella, capaz que en serio la Tata se enojaba y me dejaba en el hogarcito de las monjas y no salgo de ahí hasta los dieciocho y no puedo ver más a mis hermanas ni a la Rubi. Yo tomé el lápiz, pero nada más; él dio vuelta la cabeza rápido para ver qué agarraba, por si le robaba algo y me dijo “quedátelo para qué querés eso vos que sos un animalito” y me lo quedé. Yo de lo demás no sé nada.

Entonces cuando voy a cuidar las ovejas y descanso en el sauce llorón, mi sauce, saco los papelitos que me dio la Rubi o que la Tata tira, antes de que vayan a parar a la basura, y dibujo las nubes, sobre todo las que tienen formas raras, dibujo vacas y cabras y chanchitos y palomas y gorriones y calandrias, lástima que no pueda pintar mis animalitos de mentira, para mí tienen vida, aunque sean defectuosos. Eso sí, los sonidos del campo los tengo en la cabeza y silbo bonito, las calandrias me contestan, con ellas me entretengo todas las mañanas, cuando vienen al árbol a darle de comer a sus pichones; ellas cantan, yo les respondo, me debe salir bien, porque me siguen un rato largo. Al Patrón lo carnearon como a un chancho, yo lo encontré, pero no sé quién lo hizo, lo habían despanzurrado en el galpón, lo vi cuando fui a buscar maíz para la bataraza y sus pollitos. Yo no sé nada, señor, le juro.

Cuándo llegará la Navidad, no veo la hora de que sea el 25 de diciembre y la Rubi me regale los lápices, porque ella los va a sacar de la caja de las cosas viejas para traémelos, eso sí, son más chiquitos, están gastados pero llenos de color. No los va a tirar, me dijo, porque yo los estoy esperando. Ahora, claro, no sé si va a venir hasta acá, si la madre la dejará venir a este lugar, si me llevaran al hogarcito, a lo mejor sí la veo y me da los colores. Al final, creo que estaría mejor con las monjas que en esta celda mugrienta, es tan chico el lugar, aunque hay unas calandrias que ya me descubrieron por el silbido, las miro por la ventanita, hay un nido en el árbol que se recuesta sobre la pared, los pájaros revolotean, y yo les silbo y me contestan, eso, señor, no está prohibido, no. Hace tres días que estoy encerrada y nadie me saca de acá, yo quiero irme. Será como dice la Tata a cada uno le toca la vida que le toca, si al menos me dieran un lápiz y un pedacito de papel.