1er premio IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Javier Luna

Todos sospechamos que algo hacen los porteros de edificio. No digo baldear cuando la ciudad se despereza, barrer mientras los inquilinos almuerzan, lustrar manijas y pisos, o cualquier otro de los quehaceres llamados domésticos, sino lo otro. Todos sospechamos sobre lo otro. Pero estando bajo la permanente influencia de su alquimia, no lo decimos.
Me mudé a un barrio de casas bajas, justamente para desintoxicarme y poder pensar en serio. Ahora que ya no estoy bajo los efectos del naranja de sus franelas ni del amoníaco de sus maliciosos brillametales puedo contar esta historia.
Viví mucho tiempo, en los años de los cortes de luz; en Av. Triunvirato y Olazábal, en el edificio cuatro del complejo allí emplazado. Por cuestiones que excedían a mi raciocinio, pero que sin duda, yo pensaba, tenían que ver con las internas sindicales de los trabajadores de edificios, en Olazábal 2149 había dos porteros. Lógicamente ambos vivían en la planta baja, el uno en el «I», el otro, enfrentado, en el «II», y, lógicamente, se odiaban. Porque los porteros son gentes que saben odiar.
Es anecdótico que los dos se llamaran Oscar, y que tanto a uno como al otro le sentase cómodo el apodo Óscar. «Qué tal, Óscar», «quetalóscar». Yo no los nombraba, de puro supersticioso. Me imaginaba lo que creía que hacían. Para mí no eran mas que dos idiotas de uniforme azul. Y para honrar mi percepción de aquellos días, los llamaré Idiota I, e Idiota II, respetando las refulgentes insignias de sus puertas.
Me tienta explayarme sobre las personalidades de estos dos personajes, que sin esfuerzo reúnen las características del fenotipo del portero de edificio. Pero me limitaré a narrar un hecho repetido (y decisivo) las noches de apagón en Olazábal. Sintética y superficialmente, podría decirse así: Idiota I deja una vela en el corredor de la entrada.
Idiota II no se descuida un minuto. Cuando el otro corre el cerrojo de su puerta, él sale y arranca la vela del plato, previo soplado, salivado de dedos y ahogo del pabilo incandescente. La arranca, la guarda en el bolsillo del mameluco y se mete de nuevo en el departamento, no sin antes agitar los brazos trazando cruces en el aire. Un ojo de Idiota I contempla todo desde la mirilla de su puerta.
Aclaro que esto no sucedía a veces, cada tanto o en ciertos casos, sino siempre.
Cada vez que nos quedábamos sin luz, los idiotas repetían su escena con rigurosidad militar. Y yo que también vivía en la planta baja, cumplía mi rol: el de ser espectador y testigo del juego pérfido de los porteros.
Yo era un tipo normal, soltero y trabajador.
En aquellos días me ganaba la apatía y poco hacía más que permanecer en mi dosambientes de planta baja cuando no estaba trabajando en la oficina. Ocupaba mi tiempo en actividades que, ahora caigo en la cuenta, eran completamente superfluas. Tal es el caso, que por meses anoté lo que observaba sobre la conducta de los dos Idiotas.

Lo hacía con el científico objeto de desentrañar las motivaciones de sus movimientos, que como dije, se repetían mecánicamente cada vez que se cortaba la luz. Perdí la cuenta ya de las veces que vi la escena, y mis anotaciones no dicen cuándo me inicié como parte, detrás de bambalinas, del teatrillo absurdo protagonizado por los idiotas. En ese agujero negro radica el deterioro de mi personalidad, del que escape mudándome de Olazábal.
Breve transcripción de mis anotaciones:
Idiota I: imbécil, esquiofóbico, o sea, sufre de un persistente, anormal e injustificado miedo a las sombras, o sea, prende velitas porque es un cagón. Se presume guarda arsenal de parafina en monoambiente. Interrogante: ¿por qué deja la vela afuera si él va a estar puertas adentro, tal vez durmiendo? Hipótesis I: para alumbrar la puerta del II. Etcétera.
Idiota II: imbécil no lo suficientemente trastornado como para caer en el robo compulsivo. Presunción de cleptomanía: impugnada. Afecto al hurto deportivo de objetos que selecciona y se empeña en conseguir a toda costa. Ejemplo: velas.
Paranoico y vago. Etcétera.
En suma, mis conjeturas cristalizaban en la certeza de que el portero del I iluminaba la entrada al fuerte del II por un terrible temor a ser asaltado durante la noche sin luz por su oponente (cuán distinta hubiesesido esta historia quince años más adelante, pensaba, con la existencia de cámaras infrarrojas y otros sofisticados inventos de guerra), y por otra parte, que el portero del II era un cleptófilo que aprovechaba las noches sin electricidad para posar su filia y su ojo en la vela que el hostil coencargado dejaba inútilmente en el pasillo de la entrada. Dando una vuelta de tuerca a mis teorías, supuse, una vez, que Idiota I pensaría esto, mientras espiaba por la mirilla de la puerta:
«No puedo meterlo preso por robarme una vela, ni dos, ni tres. Pero cuando me haya robado mil (los ojos y los labios brillantes, como el perro de Pavlov, relamiéndose imaginando el juicio final)
abogaré por la perpetua».
¿Era una cuestión territorial? No descarté esa hipótesis, pero tampoco le di la importancia que merecía. Sólo creía tener en claro una cosa, las vidas de esos hombres ardían como velas aisladas encendidas por el odio. Y siendo porteros, la potencia de ese fuego acabaría en un incendio. Yo también odiaba a los porteros. Tal vez porque era común que me salpiquen con la manguera a las siete de la mañana, o porque los veía inútiles, o porque las expensas que incluían el sueldo de dos era cosa de bárbaros. Una barbaridad. Tal vez por todo eso yo odiaba a los idiotas. Pero sobre todo los odiaba porque olfateaba lo que hacían.
Soldados del Anti-Ser. Reclutas del ejército del Mal. Mesomería. Logias secretas. Para mí era cierto que los dos Idiotas formaban parte de la misma Secta. Pero si era así ¿qué los había vuelto enemigos? Mis sospechas no instruían líneas de investigación coherentes. Demasiados cabos sueltos. Mucho de mi imaginación.
Con el tiempo, los cortes de luz se hicieron más recurrentes. El gobierno los hacía sistemáticos y rotativos en toda la Capital. Interrupciones sorpresivas, de distinta duración. Y allí estaban, como boy scouts infernales, los Idiotas, para, recrear su pasatiempo. Y allí estaba yo, sin poder desprenderme ni un segundo de la puerta, sin dormir noches enteras para descubrir la punta del ovillo, ¡quería saber, por Dios! Sólo saber de qué se trataba realmente aquel absurdo. Ellos eran robots. No tenían descanso.
Yo los veía durante el día, sentados en el umbral haciendo vigilia, y por las noches me desesperaba que a cualquier hora estuvieran frente a mi puerta poniendo y robando velas. Eran verdaderas máquinas.
Llegó el momento en que enloquecí. Mi cuerpo no toleró el mal dormir y mi cabeza no soportó la repetición infinitas de cortes de luz y el maldito ir y venir de los porteros. Deseé la guerra total entre esos dos para que acabase todo. Nunca les dije nada, ¿qué les iba e decir? ¿Que el Idiota del III los espiaba como un Voyeur casi todas las noches? Abandoné el departamento un sábado de diciembre, con todas mis cosas adentro.
Una semana más tarde volví por la ropa y el auto. El edificio estaba tranquilo. Ni rastro de los Óscars. Hice un gran bollo de pantalones, remeras y toallas y bajé al subsuelo a cargar el auto y llevármelo. Para mi sorpresa, el Idiota II y el Idiota I, los dos Idiotas juntos, conversaban y se palmeaban las espaldas. Antes de que me vieran entraron por la puerta de lo que parecía una baulera, junto a los ascensores.
Tarde descubrí la trampa. No había dos porteros enemigos con el mismo nombre.
Sólo hubo un Óscar, terrible e idiota, partido en dos. Dos que eran uno, ensañado con el mirón del III, que era yo. Tarde y de puro indiscreto descubrí que el departamento I y el II se comunicaban internamente por el subsuelo. Dos puertas para la misma vivienda, antiguamente separada, pero evidentemente remodelada y erigida como la torre de asalto del cuartel de los Idiotas. El estacionamiento unía, como un sacerdote oscuro, los dos ambientes por debajo de mi propiedad. Sabía que los departamentos de los porteros tenían salida por el piso inferior, por una especie de despensa o bodega propia. Inhabilitando el uso de una de las cocheras, secretamente hicieron un cerramiento y entubaron el espacio que se extendía dos metros y un cuarto de despensa a despensa.
Así se comunicaban, así intercambiaban los lugares para simular el acto de las velas y turnarse para dormir, así se reunían para diseñar las estrategias del plan expansionista que triunfaría cuando lograsen que me fuera de mi casa.
Querían volverme loco y casi lo consiguen. Me pregunto cómo sabían que la curiosidad es mi punto débil. Qué pregunta, los porteros sabían todo sobre mí. Y saben todo sobre vos, inquilino.
Un mes después recibí un llamado de la dueña de mi antiguo departamento. La propiedad se había vendido y yo debía decidir qué hacer con las cosas que había dejado. Todo está embalado, en el subsuelo, me dijo la mujer, puede llevárselo cuando quiera o decirme si lo tiramos.
No eran cosas de valor, pero una tarde pasé a buscarlas. Poca fue mi sorpresa al volver a Olazábal y descubrir como terminaba las historia. Las puertas del I y del II estaban tapiadas, habían desaparecido. Y en el centro, entre los dos enfrentados manchones de cemento todavía húmedo, en la que era la puerta de mi casa, una placa de bronce pulido ventilaba las intenciones ocultas de los Idiotas. La chapa llevaba grabada en letra cursiva: Portería.
No toqué el timbre para comprobar si la pareja siniestra vivía tras la misma puerta, o si uno de los dos se había enrolado en un nuevo domicilio para hacer yunta con otro Idiota y arruinarle la vida a otro inquilino.

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