# LOCURA COLECTIVA – por Iván Carrasco Montesinos

Antaño los locos no violentos deambulaban por las calles de las ciudades con total libertad. Los niños que también deambulaban con total libertad llegaban a burlarse de ellos para luego huir cuando el buen hombre caía en la ira desmesurada y estéril. Hoy en día a esos niños traviesos igual se los internaría en centros de reeducación, donde por supuesto aprenderían todos los vicios y brutalidades. Los locos, antaño, eran parte de la sociedad y su presencia tal vez influía en potenciales orates para que se abstengan de llegar a semejantes extremos. Sin saberlo el loco, y el tonto del barrio, ayudaban a equilibrarlo. Pero desde hace algunas décadas se ha optado por encerrar a cualquiera que dé síntomas de anormalidad, o a drogarlos hasta extremos patéticos; sin embargo la sociedad en general se ha ido volviendo más y más loca, y esa locura colectiva, me temo, es la peor y no tiene remedio, pues la locura se ha convertido en lo normal. ¿Qué es si no la vida en una gran ciudad? Entre los animales salvajes y libres no hay ninguno loco, en cambio en los enjaulados en los zoológicos, abundan, igual que entre los humanos enjaulados en la locura económica y en la selva de cemento.

Que un loco ande suelto no es nada, pero que la humanidad entera naufrague en el delirio irracional y autodestructivo es muy grave. Locura es la incapacidad de relacionarse con los demás y el mundo, y el ser humano lleva practicando, desde hace siglos, esa incomprensión y ese desprecio por la naturaleza, pese a que es nuestra casa, pero que la usamos como si fuese de alquiler. Hasta la edad media parece que el hombre se contentaba con lo suficiente, pero a partir del renacimiento y la reforma el hombre se volvió cada vez más y más capitalista reduciendo la vida a un solo valor: el económico. Mucha culpa de esto la tuvo Calvino que, en su demencial concepto de la religión aseveraba que no hay salvación sin la intervención de la gracia divina, hagamos lo que hagamos, si Dios ya nos había condenado, no había nada que hacer. Sin embargo dice que los bienes materiales pueden ser una señal de que alguien es uno de los elegidos. Desde entonces la locura por acumular y acumular bienes materiales ha ido en aumento, tanto que hasta la religión católica ha adoptado esta idiosincrasia gracias al Opus Dei que, en un santiamén, ha logrado que los ricos entren en el reino de los cielos sin que los camellos hayan pasado por el ojo de una aguja.

San Francisco fue un pringado, dicen. La misericordia se ha convertido en santificado egoísmo. Desde luego las religiones monoteístas, que afirman que el hombre esta aquí para usufructuar el mundo entero, han contribuido a crear esta locura irrespetuosa que nos ha llevado a contaminar tierra, agua y aire hasta límites intolerables. No obstante el destino también ha metido su indefinida, pero por eso no menos fatal, patita. No se puede entender la conquista de América sin él. En América ni siquiera había propiedad privada: los indios que vendieron Manhattan a los holandeses, por cuatro chavos y unas botellas de güisqui, se tronchaban de risa porque no entendían cómo se podía vender un trozo de tierra. Sería el equivalente a que, a nosotros, alguien nos propusiese comprarnos un trozo de aire. Se la venderíamos en seguida y luego nos iríamos a

tomar unas copas a nombre de tan iluso ser, pero luego encontraríamos vallas en el aire, seguro. También las gestas de Pizarro y Cortés no se pueden entender sin la intervención del destino. Desde entonces, todo tiene su precio y la locura consumista amenaza a nuestro entorno y a nuestra especie. Somos el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y hasta tres.

Desde luego sólo una locura total puede volver tan ciegos a los hombres. Nada nos redime por dejar semejante herencia a nuestros descendientes. Lo único que nos puede salvar es el respeto por todo lo creado, lo demás, es locura colectiva bien engrasada desde hace siglos.