Mención de Honor I Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Beatriz Actis

Bolívar, dice el hombre que bebe, acusa a Olmedo de que en el Canto a Junín exagera y que en la exageración de comparar Junín con Troya y Libertador de Colombia con Aquiles, convierte a la batalla de Junín en nada.

Es implacable. Bolívar es héroe de la patria grande, es Aquiles -según José Joaquín de Olmedo- y es también un crítico literario sagaz. Eso dice el hombre que bebe, que es en ese instante además el amigo que relata no sólo batallas épicas y verbales del siglo XIX en Hispanoamérica, sino sus planes de trabajo futuros, mientras ella toma tempranillo y come empanadas chilenas con cebollas, fritas en manteca blanca de cerdo, y piensa en otra cosa. Ella en realidad sólo recuerda en esos días con cierta desganada vitalidad un viaje tardío a Lisboa, un viaje distante. Ella recuerda como en ráfagas ahora a un hombre que amó -tal vez- hace una década y aquellos sus juegos sexuales con pañuelos, el amante parece disfrutar de verdad el tenerla sujeta a los barrotes del respaldo de la cama y hacerla gemir cuando con sus dedos juega con el sexo de ella, en tanto ella lo contempla, desnudo, desde abajo, y su piel y su cuerpo cercano y su olor, su olor que otras mujeres (pero es que ella no quiere saber sobre sus otras mujeres) ya han calificado, su olor de algún modo la perturba o incluso la enceguece, él entonces la penetra con sus dedos, él recorre sus muslos con la lengua, le dice obscenidades, le dice que la quiere, y ella, inmóvil y vencida en la prisión de la cama, átame, le dice, desátame, abrázame, duerme sobre mí, hasta que él se acuesta sobre su cuerpo y la penetra de una embestida, y ella grita a veces que está loca por él y otras veces que está harta de él, ella siente que él acaba y está con los ojos abiertos porque quiere verlo siempre cuando él comienza y cuando él acaba. Su cara nada expresa ante el amigo, ajeno como siempre a sus recuerdos, y entonces ella le pregunta si la empanada chilena no lleva también como agregado un chorro de vino blanco porque cree descubrir con su paladar poco habituado a los sabores araucanos que hay allí un dejo de aquel remoto, tímido sabor. Él responde que ha sacado la receta de la sección: Comida típica o de la sección: Cartas de lectores (no lo recuerda) del diario “La Estrella de Arica”, que compró alguna vez en su paso por el norte de Chile, justo durante la Semana de la Chilenidad (ella sonríe), en un periplo hacia Lima y el Cusco que terminó verdaderamente mal (quizás más tarde explique con o sin detalles a qué se refiere, o quizás nunca lo haga). Ella, ante la mención de un viaje, vuelve a recordar Lisboa. Él retoma la prosa inédita de Bolívar como crítico de La victoria de Junín, canto compuesto por Olmedo a pedido del mismo Bolívar para celebrar la batalla y que hoy se conoce solamente como Canto a Bolívar, y remarca entre sorbo y sorbo de vino que Bolívar y Ponte, Simón, el Libertador de Colombia,
denosta al poeta diciendo: “Usted, pues, nos ha sublimado tanto que nos ha precipitado en el abismo de la nada”. Se lo sabe de memoria incluso medio borracho como se encuentra ahora, piensa ella, mientras entrecierra los ojos para remontarse a una siesta primaveral en una plaza umbrosa del Barrio Alto de la ciudad de Lisboa cuando ella era intrépidamente joven. Ya no lo es. No puedo comer más, dice ella, casi al mismo tiempo en que él señala: Quiero otra empanada. Ella se la alcanza, separándola de las restantes que están sobre una bandeja, la elegida a punto de ser devorada por el amigo es envuelta por ella en una servilleta de papel. “Usted cubre con su inmensidad de luces el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes”, es acusado Olmedo por el mismísimo Bolívar. La última parte de la cita en boca del amigo resulta para ella un tanto confusa porque él tiene ya la boca llena.
El próximo trabajo que planea el amigo y que ella, como todos los que lo conocen, sabe que jamás llegará a realizar, tiene que ver con alambiques -alquimias, eso es lo que ella piensa- y fabricación de un gel de aloe para exportar. Pero no de aloe vera, dice el amigo, y ella pregunta qué otras variedades de aloe existen. Él enumera como en un rezo: Aloe angélica, aloe azulada, aloe feroz, aloe africana, aloe bella, aloe confusa, aloe grata, aloe tormentosa, aloe rupestre, aloe deserti.
El amigo tiene muy buena memoria, dice sin embargo que no se sabe los nombres científicos, excepto quizás en el caso del último, el del aloe deserti. También existe un aloe venenosa. No, a ésa no la uses para tu gel, dice ella fingiendo alarma y se sirve otra copa de tempranillo de las Bodegas San Juan. Ella sabe que en la vida del amigo -y teme que quizás también en la suya propia- todo se diluye y se posterga, como bajo un sopor caribeño, piensa, imbuida ya del espíritu de la Gran Colombia. Pronto llegará el verano. Se escucha en el patio de al lado, viniendo desde el fondo hacia la cocina de la casa, una voz áspera y húmeda que canta: “Yo ayer estaba solo, y hoy también”. ¿Qué hay de postre?, dice el amigo, que se había invitado él mismo a almorzar aquel mediodía primaveral en la casa de ella, con las empanadas chilenas como pasaporte de entrada y “para no caerte un domingo como peludo de regalo”, según se había disculpado en la conversación telefónica de la víspera. Ella ha tenido pocas ganas y poco tiempo de prepararle a él un postre, sólo palta dulce sobre helado de sambayón. Él la mira con cierta desconfianza. ¿Cómo se hace?, dice. Responde ella: Es simple. Ponés la pulpa de las paltas en la licuadora, agregás azúcar, algunas cucharadas, un poco de jugo de limón, licuás y queda una crema que después podés poner a enfriar en la heladera, media hora más o menos, la servís sola o con otra cosa, yo la mezclo con helado de sambayón. Bueno, dice el amigo sin verdadera convicción, como dicen por ahí “a nadie le amarga un dulce”. Ella va hasta la heladera y lo sirve. Él mastica los granos de azúcar, como piedritas o arena en la crema de la palta dulce. Todo muy latinoamericano, dice, o al menos el aguacate. Ella piensa: En eso justamente no estaba pensando. Él arremete una vez más: ¿Sabés que Marx escribió sobre Bolívar? Hace una pausa. ¿Y que Trotsky habla del neoclasicismo en Literatura y revolución? Pero habla de Ajmátova, piensa ella, aunque decide recordar, para seguir en tema, una descripción de Bolívar hecha por Úslar Pietri o alguien así, una descripción que dice que el héroe era “menudo, nervioso, iluminado”. Alguna vez dio una clase sobre aquello: “iluminado”
es atributo que define menos al héroe que a quien lo describe, sí, Úslar Pietri era el autor, es ésa la descripción de un escritor, no la de un biógrafo o un historiador o un político sobre Bolívar, sólo un escritor puede cortar la serie y agregar “iluminado” después de “menudo” y de “nervioso”, sólo un escritor pone punto y aparte recién después de “iluminado”. Dice el amigo que dice uno de sus detractores que Bolívar poseía
un talento casi asiático para el disimulo. Ella piensa otra vez en el amante perdido, en quien no había reposado su memoria en todos esos años, pero que ahora vuelve en medio del tedio de la conversación. Sin embargo, ella no siente ya, no puede volver a sentir ya aquel oscuro y lejano dolor, el amor, la soledad o la distancia, la memoria de la respiración del amante en su cuello, su aliento desvaído.
El amigo insiste con Marx, que escribe sobre Bolívar y que él ha leído en The New American Cyclopedia, hace una pausa y agrega: Tomo III. Ella piensa en la operación ginecológica a la que se sometió hace justo un año y sobre la que su amigo nunca ha preguntado nada, ni tampoco sobre sus consecuencias, sobre su vida sin la perspectiva de los hijos. Ella ve el mundo al revés porque está acostada sobre la camilla y va avanzando sobre ella a través de los corredores y las salas, después trepa ascensores largos, diseñados para transportar camillas. Desde la posición horizontal pueden verse los techos, las lámparas que cuelgan, las imperfecciones de las partes superiores de las paredes, las diferentes alturas de los cielorrasos, como en esas viejas películas musicales en las que bailan por las paredes: el mundo ya ha cambiado.
Escucha voces alrededor de su cuerpo, delante y detrás de sí. Las enfermeras, llamadas camilleras, comentan algo sobre el precio de las medias. Ella piensa en las medias blancas de las camilleras. Anestesia. Sí, el mundo ha cambiado, su cuerpo al menos no es el mismo, es lo que ella piensa en tanto el amigo vuelve al proyecto del gel con aloe pero no aloe vera y ella lo mira con la lucidez que tiene para juzgar la vida de los otros y no la suya propia, y piensa que él es, a los cincuenta años, todavía, como una isla a la deriva.
Mira al amigo, que es diez años mayor que ella y desde la juventud no la ha llamado por su nombre sino por el apelativo “Niña”, y recuerda, una entre tantas, la noche en que brindaron juntos por el levantamiento del estado de sitio. Él parece querer decirle ahora: Niña, quiero confesarte, me desespera no poder confesarte…, y simplemente come, bebe y no deja de contar aunque no se sabe bien ya qué. Ella, en tanto, aprovecha y piensa. Piensa en sus cosas. En el orden cósmico, en el orden (o el desorden) de su vida, en esas triviales conversaciones sobre el Trópico, en el arte bolivariano casi asiático del disimulo, que la mujer conoce tan bien.
Ella acaba de comerse su postre de paltas dulces (aguacate, dice el amigo) y recuerda el relato reciente de una amiga común que él ni siquiera ha mencionado durante la charla paralela al almuerzo, cuando la amiga común le contaba la agonía de otro de los amigos de juventud, indigente casi, después de los exilios obligados de su vida, “una vida errante, una vida de escapes”, había recordado la amiga común, y casi llorando le decía hace un mes en esa misma cocina: “Pobrecito mi amor, le dimos besitos, le puse una música suave porque dicen que en ese estado todavía pueden oír y así no escuchaba a los perros de los patios traseros”. ¿Adónde lo atendían?, había preguntado ella. “Al final lo llevaron a Oncología del Hospital, ya estaba con suero, en una posición parecida a la fetal, lo perfumamos, lo peinamos. Morirse así. Por lo menos no estaba solo”. Ella apenas había hablado con él en aquel mes previo sobre la muerte del amigo de juventud, ese silencio de él respecto de los temas profundos o importantes era a veces para ella verdaderamente difícil de desentrañar. Él explica ahora por qué se ha entusiasmado de modo tardío con los escritos de Bolívar y cómo a partir de los discursos verborrágicos de Chávez que resultan a veces no tan obvios como parecen (ella lo duda), él ha consultado las Memorias de Bolívar y de allí derivó a la lectura de los neoclásicos, no sólo Olmedo sino también Andrés Bello y José María Heredia.
Ella acota como al pasar que Bello es un personaje auténticamente interesante, y le ofrece beber alguna clase de té. Él elige uno de naranja y de canela y recuerda en voz alta el sabor de un té de maracuyá pegado al paladar, le dice, que había probado en uno de sus viajes por América en aquellas sus épocas de esplendor (así lo dice, con resignación, o nostalgia, o ironía), la flor de la pasión, la lejana voluptuosidad del Trópico, piensa ella, que se prepara en ese momento un té de hierbas aromáticas, ya que ese sabor le hace recordar un poco a Lisboa, es decir, a su primera juventud. Ella recuerda que él de sus viajes solía traer café y bebidas típicas, y sobre todo aguardiente de caña y todo lo que se le pareciera, y decía del ron que era una bebida fuerte y brutal que no sólo alegraba sino que reponía de las fatigas; si iba al mar a veces traía también caracoles en una actitud casi femenina, caracoles blancos, violetas o rosa. Él dice sobre Andrés Bello: Sí, claro, el humanista, ¿sabías que mientras estudiaba Derecho y después Medicina, creo, daba clases particulares y uno de sus alumnos fue Bolívar? No, ella no lo sabía. Sí había leído que Bello y Alejandro Humboldt habían escalado, habían ascendido juntos al Monte Ávila. El Cerro de la Silla, él es el que corrige, él, que con su pausada memoria implacable desliza: Bello publica en Santiago un libro de cálculos estadísticos sobre América, extractados de una carta de Humboldt a Bolívar. Humboldt estuvo en Venezuela explorando el Alto Orinoco, dice. Ella calienta las tazas antes de servir los dos té. En la casa de al lado ya no resuena música, hay un silencio de domingo que preanuncia los sopores de la siesta. Él deja por un momento su relato sobre historia, ciencias naturales, poesía celebratoria de la independencia americana, etcétera, meras ramificaciones del tema aglutinante de la mañana, a saber: el espíritu bolivariano en América, y vuelve a detallar los pasos de su empresa futura, la que lo sacará de la ruina previsible (la actual y la futura que cuantos lo conocen e incluso lo aprecian vaticinan para él), y que consiste en un proceso de conversión, de fabricación y de purificación del aloe, indispensable, dice, para producir el gel que se exportará a la mismísima Unión Europea, ávida de exquisitez. Y de exotismo, agrega ella, y sorbe un trago de su té: crepúsculo en el barrio del puerto de Lisboa, su cara joven de frente al viento y a la tarde en el estuario ensombrecido apenas del Tajo, ancho como un mar y no sólo como un río. Ella piensa mirando apenas de soslayo la expresión ensimismada del amigo: Él no sabe nada sobre mí. Nada de nada.