3er premio III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Sofía Castaño

Hoy tus padres vinieron a hablar conmigo en la hora en que vas al gimnasio para que no te enteraras, según dijeron, pero sé que vos misma los enviaste, tal vez incluso sin que se dieran cuenta. Qué vas a hacer sin mí, dijeron, ellos no pueden cuidarte siempre y saben que es dificil, pero al parecer yo soy lo único que te mantiene sana. Ellos plantean las cosas en términos de salud y enfermedad. Nunca te llamarían loca, y si bien aseguran entender la situación, no sé si en casa de ellos alguna vez encontraron, como yo, esos vasos con lavandina. Era lavandina pura y pensé, enojada, que tras haber usado el vaso para limpiar algo habías olvidado lavarlo. Qué pasa, pensé, si lleno este vaso de agua sin darme cuenta y lo tomo. Pero nadie podría no darse cuenta: el olor era demasiado fuerte. Te perdoné y no dije nada. No sé si en esos días o tiempo después vi los alfileres en tus medias, y luego la expresión que tenés al mentir cuando dijiste que no sabías por qué estaban allí y ese gesto que hacés cuando simulás estar enojada con vos misma por ser, como decís vos, tan torpe. Tu madre hoy dijo que no todo lo que hacés lo hacés por tu enfermedad, sino que sos tan torpe… Tu madre habla como hablarías vos si pudieras referirte a vos misma en tercera persona. A veces me desespera y entonces casi llego a comprenderte. En una época pensaba que era a ella, o en todo caso a lo que hay de ella en vos, lo que golpeabas a las dos de la madrugada cuando yo llegaba más tarde que de costumbre. La primera vez te pregunté si estabas enojada conmigo y te pedí perdón por adelantado. Dijiste que no y me dedicaste la mirada que dedicás a la gente que querés o a la que fingís querer mucho. Yo no tenía nada que ver, me aseguraste, pero los golpes continuaban y, al escucharlos, me preguntaba qué tirabas contra la pared con tanta fuerza. Al otro día no me dejabas entrar a tu habitación, pero en la misma época en que empezaste a tener esas marcas en la frente también dejabas la puerta lo bastante abierta para que mi curiosidad me llevara a la pared que separa nuestros cuartos, y al fin la mancha de sangre fue algo que ya no podía ignorar, justo antes de que frente a mí tomaras por completo ese vaso de lavandina. Yo recién llegaba del trabajo y al entrar a la cocina te vi, de espaldas, frente a la canilla abierta. Hizo la cena, pensé pero entonces sentí ese olor un segundo antes de que giraras apenas y me dejaras ver lo que quedaba del líquido que pasaba del vaso a tu boca. No puedo olvidar lo que pasó después: todo tu cuerpo se desvanece como si te hubieras quedado dormida de repente, y tu cabeza da contra el piso en un golpe que, antes de conocerte, hubiera pensado suficiente para matar a cualquiera. Antes de recordar que no debía hacerlo, te levanté la cabeza y estuve a punto de abrirte la boca para hacerte vomitar, pero me lo impidió el recuerdo de una advertencia que habré leído alguna vez. Sin soltarte, porque en este punto ya no sabía qué era peor, busqué en la etiqueta de la lavandina las instrucciones para estos casos. Llamé al teléfono que figuraba allí y una grabación derivó en otra grabación que derivó en un interminable sonido de llamado hasta que al fin una voz femenina me pidió que me tranquilizara cuando le dije a gritos nuestra dirección. En la ambulancia recordé que la noche en que te conocí me dijiste que sangrabas con facilidad, y sonreiste como quien habla de un antiguo amante o de su música favorita. En el hospital, en un momento de estúpida desesperación, me dije que aquella misma noche, cuando me dijiste eso de la sangre, tendría que haber sabido que ni siquiera para vos misma eras buena compañía. Casi no escuchaba al médico cuando me dijo que no podía ser y me obligaba a repetirle una y otra vez que sí, estaba segura, era lavandina lo que habías tomado. Tus padres llegaron al hospital cuando ya podías hablar, llorar, pedir perdón y negarte a dar explicaciones. Una vez más, aseguraste que yo no tenía nada que ver, que querías mantenerme fuera de aquello. Apenas tus padres entraron te secaste las lágrimas y dijiste algo sobre tu torpeza. Por eso esta tarde ellos pudieron darme consejos, pedirme favores y decir que yo, a diferencia de ellos, soy lo bastante fuerte. Siempre estoy tranquila, según dicen. Me pregunto qué dirían si nos hubieran visto ayer a la mañana, cuando ayudaba a cambiarte la venda, evidencia de que sos tan torpe como para probar el filo de la cuchilla en la palma de tu propia mano. Mientras te sacaba la venda con cuidado para que no te doliese, te pedí que confiaras en mí, porque esto nos afecta a las dos, dije, y ya no sé cómo hacer para que te des cuenta de que a mí también me duele. Dijiste entender, y creo que demasiado tarde notaste que hablabas de más al decir que quizá por momentos yo quisiera arrancarme los ojos y metértelos en la cabeza para que entendieras lo que me pasaba. Dije que sí por no saber decir otra cosa, pero lo que imaginé entonces seguro lo habrás imaginado miles de veces: sos vos quien me arranca los ojos con las uñas, y al ponerlos en tu cara decís: vos también sangras con facilidad. Si es cierto que querés dejarme afuera, me pregunto por qué yo sé de esto más que tus padres, conozco los detalles, los cortes en la piel, las cosas que tomas, todas las superficies contra las que sos capaz de golpearte y los días enteros sin comer para saber, según decís, cuánto podes soportar. Por qué no fueron tus padres, o la persona con la que dormiste anoche, sino yo quien entró en la cocina justo a tiempo para verte llenar un nuevo vaso con lavandina. Me miraste sin decir nada. Lo levanté y lo acerqué para olerlo: no podía creer que otra vez hicieras lo mismo. Pero tu mirada se detuvo en mi boca y cuando la abrí para averiguar qué se siente antes de tragar, casi llegaste a permitirte una sonris.