Las vías y despúes

mención de honor II Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Carlos Antognazzi

“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender mas tarde”.
Jaime Gil de Biedma. “No volveré a ser joven”
Poemas Póstumos

A veces parecía que el sol salía por el oeste de tan cubierto que estaba porque recién después del mediodía, cuando ya habíamos regresado de la escuela y habíamos almorzado y nos habíamos lavado los dientes y dicho que no teníamos tarea para poder salir, lo veíamos asomar como con miedo entre las nubes. Pero no llovía y nosotros ya estábamos en las vías, a diez minutos de casa hacia el norte, con los gorros hasta las cejas y las narices y mejillas rojas y heladas por el viento, y en el bolsillo las monedas que habíamos ahorrado de la merienda de la escuela.
Los perros nos acompañaban ladrando y corriendo a los gorriones, tan helados como nosotros, por lo que a veces no podían remontar vuelo y los encontrábamos duros en el suelo, con el latido tan débil que apenas se percibía. Los perros los olfateaban y hacían como que querían jugar, pero seguían sin moverse y entonces ladraban un rato y como tampoco pasaba nada seguían corriendo rumbo a las vías, en el límite del pueblo.
Las vías venían de la ciudad y se perdían en los campos hacia el oeste. Sabíamos que para allá estaban las montañas, pero ninguno de nosotros había ido. Una vez las habíamos seguido para ver adonde llegaban pero a media tarde apenas si habíamos llegado a los campos. Diego decía que teníamos que seguir, a ver si era cierto eso de las montañas que contaban nuestros padres, pero estábamos cansado de caminar sin ver más que campo y además era verano y hacia calor y no habíamos llevado agua, así que volvimos en silencio y enojados con nosotros mismos por no poder ser exploradores como queríamos. Diego entonces dijo que podíamos ir con las bicicletas, pero eso iba a ser más difícil por que no había senderos o caminos al costado de las vías, y entre los yuyos y las piedras no se puede andar.
Al otro lado de las vías se extendía el bañado. A veces, cuando se secaba porque el río estaba bajo, lo cruzábamos hasta la Costa Azul, que es donde vivían los pescadores. En el bañado siempre encontrábamos cosas. Lo mejor fue un esqueleto de caballo que debió ahogarse al quedar atrapado en el barro. Los huesos estaban limpios y relucían sobre el pasto que había crecido sobre el fondo seco. Como nadie los había tocado estaban ordenados, y daba la impresión de que el caballo estaba acostado durmiendo. Diego apostó a que esa noche soñábamos con el esqueleto y no le creíamos, pero cuando al otro día nos volvimos a encontrar nadie quiso mirar al otro a los ojos porque habíamos tenido pesadillas. Diego siempre acertaba con esas cosas porque era mayor que nosotros, ya había fumado a escondidas y hasta tenia una novia de nuestra edad, Pilar, que veía los fines de semana en el baile.
A nuestros padres no les gustaba el asunto de las vías porque decían que era peligroso, pero nosotros sabíamos los horarios del tren y cuando aparecía nos salíamos a los costados para verlo pasar. Las primeras veces daba miedo porque la locomotora echaba humo por todos lados y hacía mucho ruido. Allí también Diego nos presento a Pilar, y una tarde, sin que ella se diera cuenta, permitió que la viésemos como nunca antes habíamos visto a una mujer, salvo en las fotos de las revistas de Julio, el guarda. Creo que ese día me enamore. Se decía que Julio llevaba chicas al vagón abandonado de la estación, pero no estábamos seguros y el con nosotros no hablaba de esas cosas.
Lo primero que hacíamos al llegar a las vías era sacar las monedas del bolsillo. Las mejores eran las de diez, plateadas y grandes, porque después quedaban como un medallón. Las otras eran demasiado chicas y no servían. Las acomodábamos en la fila sobre el riel, no muy cerca tampoco, y aguardábamos. Al principio, cuando estábamos aprendiendo, las poníamos tocándose una a otra, y luego del tren se habían unido en una mancha alargada que más se parecía a la hoja de un cuchillo que a una medalla.
Nunca podíamos saber cuándo íbamos a conseguir una buena medalla, pero en cuanto el tren terminaba de pasar nos apretujábamos sobre las vías para ver, todavía, con el metal caliente, cuáles eran las mejores. Si todo salía bien no debía verse nada de la moneda original, ninguna marca, y quedar sólo el metal reluciente y ligeramente ovalado en el sentido de las ruedas, que lo estiraban un poco antes de aplastarlo. Elegíamos las más apropiadas e íbamos hasta la estación.
Por lo general no había nadie. Julio sólo aparecía en los horarios del tren dos veces al día, para sacar la bolsa de correo. El resto del tiempo lo pasaba durmiendo o leyendo sus revistas y hamacándose en la silla con un palillo entre los dientes y la gorra echada sobre los ojos. A veces nos mostraba alguna foto, pero en general no nos molestaba. Nosotros ocupábamos la galería. Puestos en el borde, casi junto a las vías, nos arrodillábamos y sacábamos los medallones del bolsillo y las figuritas de chapa. Era una colección de jugadores de fútbol que de tanto rasparse se iban despintando, por lo que había que ponerlas con esmalte para arriba para que durasen más. Puestas en el suelo, las empujábamos con un golpe seco hacia la pared, cuatro metros más adelante, en donde, en el mejor de los casos, se clavaban entre el zócalo y las baldosas con un chasquido. El asunto era quién podía tapar más figuritas con las monedas aplastadas. El que lo lograba se llevaba todas las figuritas que había en ese momento contra la pared.
Otro juego era quién lograba acercarse más a la pared sin clavar la moneda en el zócalo. Solo había que arrimar. Y el que mas cerca llegaba se llevaba todo. Para eso los medallones eran ideales; tenían más inercia y conseguían lo que las figuritas no; no frenarse en las imperfecciones del soldado, por ejemplo, y llegar hasta la pared con un mínimo esfuerzo de nuestra parte. Pero había que tener buen pulso para no lanzarla demasiado fuerte, porque entonces rebotaba.
Las figuritas cambiaban de mano y bolsillo una y otra vez hasta que se hacía la hora de la meriende y la tarea, porque tampoco era cuestión de no estudiar. Así que cada uno se iba a su casa. Poco antes de la cena me daba un baño y luego veía televisión, no más de media hora, y me acostaba. Para todos era igual. Y al día siguiente todo volvía a repetirse. Así hasta la tarde en que Diego quiso probar el coraje, como dijo, la valentía, y se quedo en las vías cuando el tren venía bufando y largando humo, terrible como un saurio de esos que veíamos en los libros de la escuela.
Desde afuera de las vías le gritábamos, pero el se reía y nos miraba mientras el tren comenzaba a hacer sonar la sirena para alertarlo. Diego aguantó hasta el último momento y luego saltó hacia el otro lado, de manera que apenas lo podíamos ver entre vagón y vagón, recortado, y cuando el tren paso y el guardián del vagón de cola lo insulto y le hizo un gesto con la mano Diego se rió más todavía, se limpió la cara de hollín y nos trató de cagones;¬¬¬¬¬¬ —- Son todos unos cagones —- repitió con bronca—, que no se animan.
A partir de esa tarde Diego siempre lo hacia. Se paraba en las vías, y luego de acomodar las monedas, y esperaba a que el tren llegara lo más cerca posible antes de saltar. A veces se entretenía reacomodando las monedas hasta que, displicente, se paraba y miraba al tren, a su único ojo, sin pestañar. Ninguno de nosotros lo imitó. El estruendo de la maquinaria y los vagones era demasiado fuerte aún estando fuera de las vías como para querer percibirlo desde el centro del infierno. Lo bueno era que Diego ya no se burlaba más, que ahora lo hacia porque si, por querer cumplir un desafío personal, superarse en cada jornada. Se dijo que Pilar y el vagón abandonado tenían algo que ver. Se dijo que Julio tuvo la culpa, pero es mentira. Y la vez que Diego apareció con el ojo negro y la cara hinchada diciendo que Julio había quedado peor, comenzamos a pensar que ya no nos importaban tanto los medallones, o que quizás ya teníamos suficientes para jugar por el resto del año. Algunos, incluso, comenzaron a gastar la moneda en la merienda del colegio, con lo cual ya no tenían que poner el las vías y estar con los demás y no participar no tenía gracia.
Una tarde me quedé en casa, para sorpresa de mis padres, y leí y estudié. No sabía que otro pretexto poner para no reunirme con los otros. De haber ido habría sabido lo ocurrido al momento, pero fue recién al día siguiente que me enteré en la escuela, y para cuando regresé a casa mis padres también lo sabían. Negué conocer a Diego, así como los demás en sus respectivas casas. No sé si mis padres me creyeron, pero incluso cuando unas semanas después lo cruce a Diego en la plaza, el aprendiendo a caminar con muletas y parte de su pierna derecha vendada, hice como que no lo conocía y giré la cabeza, turbado. El no fijo nada, y en ese momento me hubiese gustado que me gritara ‹‹cagón›› otra vez, como aquella tarde en las vías.
Ni siquiera comenté el encuentro con los otros, con quienes nos seguimos viendo un poco más pero ya no en las vías ni en la estación. Alguien había encontrado “un playón ideal” para las figuritas, y se transformó en nuestro nuevo lugar de peregrinación cada tarde.
Todavía llevo una moneda en el bolsillo cuando voy a las vías, y me hubiera gustado enseñarle a mi hijo a hacer medallas y jugar a la encimada, pero ahora ya no hay trenes y tampoco figuritas de chapa, y los chicos prefieren los juegos en red, algo que nadie en mi época hubiera imaginado. Y cuando nadie me observa (cosa fácil, porque las vías hoy no seducen como antaño, y menos ahora que del otro lado ya no hay bañado sino un barrio de casas grises e iguales) pongo una moneda sobre el riel oxidado y recuerdo el rugir de las ruedas y los hierros y el humo acre que nos inundaba en aquellos días. Y me acuerdo de Diego, también, como un fantasma en el medio del humo y el hollín, riéndose entre quejidos, a su manera vencedor en la desgracia, y de Julio y sus revistas, y de los demás, con quienes después de las vacaciones, quizás aprovechando que cambiábamos de escuela porque ya éramos mayores, no volvimos a encontrarnos.
Entonces con algo de vergüenza recojo la moneda y me pregunto si los otros harán lo mismo y qué recordará a mi hijo de su infancia entre tantos cables y pantallas planas, y regreso a casa y a Pilar.