Las Palabras de Horacio – Fundación Tres Pinos

Las Palabras de Horacio

mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Bárbara Martín del Río

Había una vez un hombre. Un hombre mayor, esperando a las puertas de convertirse en un anciano. Alguna cana asomaba ya por su pelo corto y negro como de azabache, lo que hacía que éstas
resaltaran aún más. Sus ojos eran de un color azul grisáceo difícil de definir. Este hombre era violinista, tal vez el mejor violinista que existirá jamás. Dicen que, en las noches de
tormenta, los rayos y los truenos son en realidad la ira y la envidia de Paganini, que desde el cielo le mira cada día con rencor; y la lluvia no son más que las lágrimas del maestro
Stradivari, apenado por no haber vivido lo suficiente como para construirle un violín a este músico tan extraordinario.
El violinista vivía en el pequeño poblado de Vondervotteimittiss, el bello pueblo que el gran Edgar A. Poe citó en alguna de sus narraciones. Sí, este pueblo realmente existe, pero no era
tan hermoso como Poe lo describía, al menos no para el violinista. Es por eso que un día, sin decir ni una sola palabra a nadie, el hombre se fue del pueblo, como el viento que se aleja sin
ser visto. Nadie en el pueblo se percató de ello, ya que jamás había tenido relación con nadie. Era un hombre solitario, que vivía cada día por y para su única pasión, el violín. Sólo
Emerith, la pequeña niña rubia que vivía en la casa de al lado se dio cuenta de que el hombre se había ido cuando, como cada día, se acercó a la ventana trasera a verle tocar, pero ya no
estaba allí.
El violinista tomó el sendero del sur, ya que todo el norte estaba rodeado de escarpadas montañas, y caminó atravesando el bosque de Waldbaum, sin más equipaje que su melancolía y, por
supuesto, su viejo violín.
Tardó un día y medio hasta que consiguió ver algo más que tierra y árboles. Había llegado a otro poblado, algo mas grande que su pueblo natal, pero de similar estructura. Vio una pareja de
hortelanas, que se dirigían al río a recoger agua. También vio un grupo de niños jugando, pintando con tizas en el suelo. Era un lugar muy alegre y acogedor. El violinista empezó a caminar
en dirección al centro del pueblo. Mientras caminaba, su mirada gélida y serena hacia que las mujeres se estremecieran, que los hombres desconfiaran y que los niños sintieran una gran
curiosidad hacia él. En aquella época, la gente estaba acostumbrada a temer y respetar a los extranjeros. Sabían que una persona solo se movía de su ciudad natal por tres razones: porque
había sido llamado a combatir en nombre de su nación, porque era un loco o porque estaba condenado.
El violinista encontró rápidamente la plaza que situaba el centro del pueblo, adornada con una pequeña fuente de piedra blanca justo en medio. Se sentó en el borde de la fuente y, sin más,
comenzó a tocar. Los niños, que ya habían estado siguiéndole desde que llego, no sin cierta prudencia, fueron los primeros en acercarse a él y sentarse a su alrededor. Los embelesó mientras
frotaba las cuerdas suavemente, como si se tratara del flautista de Hamelin. Las madres, angustiadas, fueron corriendo detrás de sus hijos para alejarlos del extraño hombre, pero a medida
que se iban acercando al violinista, el alo de sensibilidad y dulzura que desprendía su música las envolvió, como un canto de sirena, despojándolas de su razón y sus sentidos. Para cuando
el ária que estaba tocando, una de tantas que había estado perfeccionando año tras año en la soledad de su habitación, estaba a punto de finalizar, todo el pueblo estaba a su alrededor, con
los ojos cerrados, disfrutando de cada nota, dejando que el sonido fuera llevado por la sangre dentro de sus venas, bombeada por sus corazones. La ultima nota salió del violín tan
suavemente como la primera, y de repente todo el pueblo se durmió. Se desplomaron en el suelo, unos sobre otros, sin aviso y sin medida. Todo quedó en silencio. Ni siquiera se oía el canto
de los pájaros ni el murmullo del agua en el río. El violinista, totalmente impasible, se quedó sentado unos minutos en el borde de la fuente. Ni siquiera el agua que salía a borbotones de
ella parecía emitir el menor ruido. El hombre se puso en pie, guardó su violín y prosiguió su camino.
No tardó mucho en llegar a otro pueblo. La verdad es que en aquella época proliferaban los pueblos, pero eran muy pequeños y escasa vez solían mantener relación con los pueblos vecinos.
El nuevo pueblo era bastante peculiar: todas las casas estaban pintadas de un blanco impoluto, sus tejados eran rojos y todas las calzadas eran de piedra negra. La gente, al igual que el
pueblo, también era bastante peculiar. No le miraban con miedo ni desconfianza, sinó que la gente le sonreía, los hombres le saludaban quitándose el sombrero y las mujeres se inclinaban,
como si fuera un vecino más. El sol ya había empezado a esconderse y las luces de los faroles se encendieron. La luz que rebotaba en las paredes refulgía tanto que casi parecía que el sol
estaba volviendo a despuntar. Parecía que habían adornado el pueblo para algún tipo de festejo, aunque la gente seguía con su vida como si no pasara nada.
De repente, un hombre salió corriendo de su casa, con los brazos por encima de la cabeza y una expresión de pánico en su rostro.
-¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Que alguien ayude a mi hijo!- gritaba el hombre alborotado. La gente del pueblo se miraba preocupada, sin saber que hacer. Se oía un suave murmullo. El hombre se
agarraba la cabeza con los ojos empapados en angustia. Nuestro violinista miraba a la multitud con sus ojos de hielo, como en trance, el cual se rompió cuando notó que una pequeña mano tiró
de su gabardina. Era una niña, con el pelo rubio que le llegaba hasta la cadera y una constelación de pecas en su rostro.
La necedad y la impasibilidad no curan los males del mundo. Simplificar la realidad está en la mano del hombre que piensa que la vida es demasiado simple como para que una complicación la
afecte.
El violinista entró con decisión en la casa del hombre. No necesito preguntar por donde estaba su hijo, ni qué era lo que le ocurría, pues el olor a muerte prematura y sangre lo invadía
todo a su alrededor. Llegó a una habitación decorada en colores dorados y azules. En medio había una cama con dosel, del mismo color. Lo único que desentonaban eran los blancos pañuelos
bañados en sangre que el joven muchacho se llevaba a la boca cada vez que tosía. El violinista se acercó a él, y pudo ver como la vida se desvanecía como el vapor dentro de sus ojos. El
muchacho le devolvió la mirada, sin fuerzas siquiera como para sentir temor. Su frente estaba perlada en sudor, que caía gota a gota sobre sus rizos color madera. El violinista apoyó su
instrumento en el hombro, pero no tocó nada, simplemente cerró los ojos. El padre del chico y algún que otro vecino que había subido picado por la curiosidad miraban desde el umbral de la
puerta con el corazón colgando de un hilo. El violinista, después de un rato de suma concentración, comenzó a tocar. En el mismo momento en el que la primera nota se deslizó del violín, el
cuerpo del muchacho empezó a removerse, como si del instrumento cayera una lluvia curativa sobre él. El chico alzó la mano y empezó a acariciar el aire, como si estuviera tocando cada nota.
Su respiración se hizo mas profunda y, a medida que el violinista aumentaba el ritmo de la música, aumentaba el ritmo de su corazón. Con la última nota, la más fuerte de todas, el muchacho
pegó un salto dentro de la cama. Todo volvió a quedar en silencio un momento, hasta que el chico se levantó lentamente de la cama. Su padre, que llevaba llorando desde que empezó a sonar la
música, corrió a abrazar a su hijo. Mientras lo hacia, susurraba agradecimientos al misterioso hombre que le había salvado, pero cuando se giró para agradecérselo personalmente, ya no
estaba allí.
El violinista volvió a adentrarse en el bosque, pero esta vez ya no encontró una salida. Caminaba despacio, rozando con la mano las hojas de los árboles y arbustos humedecidos por el rocío.
Mientras tanto, iba mirando al cielo. La luz se filtraba entre las copas de los árboles, dejando caer algún que otro haz de luz sobre él. Oía el canto de las aves tan claro como el propio
día. Pensó que esa debía ser la definición exacta de la serenidad. Ocultas, en lo más profundo de aquel bosque, encontró unas ruinas. No sabía exactamente a qué habían pertenecido, ya que
solo había unos cuantos trozos de piedra ennegrecidos y llenos de musgo. No obstante reparó en ellas. Sintió que había algo importante en ellas, algo que le atraía. Era como si emanaran una
energía especial. Se acercó y se dejó caer de rodillas ante ellas. Sin saber muy bien por qué, se puso a llorar. De repente empezó a sentir una fuerte presión en el pecho, un sentimiento de
angustia y, por primera vez, de soledad. Dejó caer las manos sobre el suelo y comenzó a llorar más fuertemente. Extendió la mano y tocó el musgo sobre la piedra. Notó que había algo
grabado. Apartó el musgo con la mano y leyó lo que la pared rezaba. “Non omnis moriar”. Como el poeta Horacio de Roma dijo en una ocasión, “No moriré del todo”, pues su alma seguiría
existiendo a través de su obra, en la memoria de la gente que le admiraba.
El violinista se tumbó boca arriba sobre la hierba. Miró al cielo de nuevo. Entre los escasos pedazos de cielo que podía vislumbrar entre las hojas, podía ver a las nubes moverse deprisa.
Las palabras que acababa de leer aún retumbaban en su mente. “Non omnis moriar”. Mientras la vida le abandonaba, el violinista sonreía. Pensó que estaba muriendo feliz, sabiendo que su arte
había hecho dormir a un pueblo y despertar la vida en un muchacho. Pensó que Horacio de Roma también debió morir así, sabiendo que “nunca moriría del todo”. Y que aunque no era un hombre
famoso, y su obra no había sido reconocida, ni premiada, viviría siempre en la memoria de aquellos a quienes su música había hecho renacer, como todos los grandes artistas lo han hecho.

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