Las Conciencias
por Iván Carrasco Montesinos

Abre tu mente para que el infinito entre en ella” escribe el poeta y, en verdad esa debería ser la meta de cada individuo: ser concientes hasta más allá de nosotros mismos, esa conciencia que se expande hasta fundirse en el entorno infinito que nos rodea.

Al nacer apenas somos concientes y ni siquiera conocemos los límites de nuestro propio cuerpo (los bebes llegan a arañarse ellos mismos), pero poco a poco nuestros sentidos se van manifestando hasta que logramos ser individuos dueños ya de un cuerpo que se relaciona con el medio y los demás. En un principio, en nuestra inocencia, nos creemos inmortales, hasta que un mal día, inesperadamente, asoma la muerte. ¿Qué es?, nos decimos en nuestra mente infantil perpleja, porque su presencia nos hace saber que también nosotros seremos polvo y nos obliga a reflexionar, a tomar conciencia,  a preguntarnos los mil porqués.

Sin la presencia de la muerte todo nos daría igual, la eternidad no estimula la reflexión.

Tomamos  conciencia de nuestra propia vulnerabilidad como individuos, y del poder de las masas que nos pueden obligar a abdicar, al menos momentáneamente, de nuestras convicciones más profundas. Hay miras muy estrechas y esas estrecheces producen conciencias diversas, algunas rutinarias y acomodaticias y otras tan intensas que se pueden convertir en aceptación total, de ahí su peligro, pues puedes llegar a aceptar a tu enemigo: entiendes sus razones, pese a creerlas falsas, estas en el otro.

Es la conciencia del bien y del mal la que nos hace seres sociales y sociables, y por ella todo sabemos quien es una persona conciente  y quien un inconciente. El bien y el mal, asunto farragoso y equivoco que siempre depende de un punto de vista que se mueve a través de nuestra propia existencia. Desde luego un mismo hecho puede ser considerado bueno o malo por nosotros mismos porque la edad ha cambiado nuestro punto de vista.

El poder siempre ha intentado controlar la conciencia, encasillarla dentro de ciertos límites socialmente aceptados y, durante años de tediosos estudios, nos da un molde bastante estrecho. Aceptamos ese molde hasta que un libro leído, una película, un movimiento social nos hace darnos cuenta de que ese no es el límite que anhelábamos.

Queremos más, queremos abrir la mente y seguir los pasos de los artistas que iluminan a trompicones el camino hacía, en última instancia, el éxtasis místico, esa conciencia que se diluye en su propia inmensidad. Los artistas buscan lo no enseñado en aquellas aulas represoras, lo han intentado a lo largo de los siglos y sus nombres perduran por encima de reyes y generales, pese a que su camino fue difícil, tortuoso e incomprendido: “Nadie quiere que uno tenga su propia ley”, canta el bardo, porque el arte es esa conciencia que no sabe por qué,  pero se revela.

La conciencia no es únicamente conocimiento, es intuición que se deja llevar por sugerencias y adivina caminos apenas marcados por otros artistas que han dado su vida por indagar en lo ignoto buscando resolver el enigma existencial: Gauguin dejo escrito: ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? en uno de sus cuadros.

Y por último llegamos a la conciencia cósmica y trascendental, un campo que rebasa al lenguaje y a la razón y penetra en las profundidades del inconciente, y créanme, el inconciente es más amplio y funciona a la perfección, incluso físicamente: la sangre circulando por venas y arterias, el aire que entra en los pulmones y nos oxigena, los músculos, los huesos; parece que únicamente el coco es el tonto. Esta conciencia profunda se ha buscado a lo largo de los siglos por medio de ritos religiosos y drogas contundentes, muchas veces unidos en el mismo ritual, pues en el fondo parecen ser que tanto la mística como los psicotrópicos conducen a lo mismo: a la conciencia cósmica.

Los misterios de Eleusis, y otros mil ritos en los que se usan estas drogas (estudios recientes como los realizados por Stanislav Grof, y el renacido chamanismo han puesto de nuevo sobre el tapete estas prácticas, particularmente las considero más efectivas que rezos, ayunos y meditaciones)  han permitido al ser humano ir  más allá de la conciencia ordinaria que nos permite ser seres sociales que respetamos a los demás, esa conciencia que trasciende conceptos y enseñanzas permitiéndonos contemplar la mágica interrelación de todo lo existente en medio de una plenitud arrolladora, capaz de cambiar nuestras vidas para siempre, y a pesar de que la más alta conciencia no sirve para nada, pues si no, no sería la más alta conciencia.

Conciencia cósmica-Nedy Luis Sei Fong Pintado
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”