por Lucía Di Salvo León

 

Suerte, muerte: ¿Se trata sólo de una afinidad fonética?, no lo creo…. por una letra uno puede terminar en el cementerio, los designios de la gramática son inescrutables, sin duda.

Un paso más y me convierto en un vivo menos, un paso menos y sigo viviendo, sin prisa y sin pausa.

A veces quiero arrancarle las letras a las palabras y crear significados nuevos, sin embargo, tanto la suerte como la muerte son inevitables, obran sobre nosotros, nos moldean a su imagen y semejanza. Así, nos dejamos hacer, sin saber nuestras estaciones pero sí nuestro destino final.

Un cordel infinito
Yo maté a un desconocido. Yo acribillé a un desconocido en la vía pública, con estas manos lo maté, con las mismas que escribo estas líneas. Ahora es un desencuentro más, un conocido menos.
No hubo sangre porque no hubo muerte como tal (¿o sí?), en realidad, lo rescaté del anonimato y por un instante logré que la multitud deje de ser multitud y se convierta en un azar constante, en un mar de rostros hecho de posibles conocidos. Las leyes de la suerte nos gobiernan, uno se resiste y se ampara en otras suertes posibles o sencillamente imaginarias, otros, a veces confundidos, se entregan al devenir constante.
El caso es que el desconocido cruzaba la calle a esa hora, yo cruzaba la calle en sentido inverso -en el mismo instante-, el sol brillaba como nunca y como siempre un ejército de rostros ajenos comenzaban a difuminarse hasta dejar un solo rostro claro, el único y el mismo desconocido.


Vamos a desentrañar la lógica de la suerte (¿o la muerte?), casi en un proceso estructuralista como lo hace Julio Cortázar con sus instrucciones para subir una escalera, para llorar, para dar cuerda a un reloj, etc.:
Para perseguir la suerte uno puede salir de su casa y hacer el recorrido habitual. Uno introduce la llave en el cerrojo, gira dos veces a la izquierda, abre la puerta, pasa del otro lado del quicio, se sitúa en la posición inmediatamente inversa (supongamos que la puerta es el norte y nosotros somos el sur y luego que la puerta es el sur y nosotros somos el norte). Ahora, con la llave, realice el mismo proceso pero, no se confunda, al introducir la llave tenga presente que debe girarla hacia la derecha. Puede caminar en dirección a la estación del colectivo o cambiar de recorrido, tenga presente si el destino cambia, cambia también la suerte.
Lo mismo sucede acaso si nos internamos en un laberinto, el optar por una u otra senda determina la salida triunfante o un encierro irrevocable; tal fue el designio del Minotauro: permanecer encerrado en un laberinto de incontables pasillos, un laberinto sin principio ni fin que Dédalo construyó en Creta para el rey Minos. Por muchos años, hombres y mujeres eran llevados al laberinto, el destino de estas personas era cruento e irrevocable: eran ofrecidos como sacrificio y servían de alimento para la bestia. La suerte (¿suerte?) del Minotauro da un vuelco cuando llega Teseo, hijo de Poseidón. Éste mataría al Minotauro para liberar a su patria de la condena y de Minos. Así, el joven llega a Creta para ofrecerse como verdugo de la bestia, pero la suerte quiso que apareciera Ariadna, hija del rey Minos, quien se enamora perdidamente de él y le ruega vanamente que no se someta a semejante locura. Teseo es irreductible, Ariadna se resigna.
Ella no puede impedir lo inevitable y lo inevitable es el destino. Abatida, Ariadna idea un plan para que su amado pueda salir del laberinto: le entrega a Teseo un cordel largo y le pide que por ningún motivo lo suelte, de ese modo podría encontrar la salida del intrincado laberinto de Dédalo al cumplir con la funesta tarea.

El héroe mata al Minotauro y sale del laberinto gracias al hilo de Ariadna. En su suerte quedan la posibilidad de perder el cordel, el destino (quizás fatal) de no haber conocido a Ariadna o la muerte en las fauces de la bestia, ¿Cuántas son las suertes que obran en el destino de Teseo? ¿Cuántas en el nuestro?

Toponimia de la suerte
Ya situados en los inescrutables hados, uno podría preguntarse, por ejemplo, en qué punto se localiza la suerte y las respuestas son sino confusas, bastante complejas. La suerte puede estar en una estación de tren, en la moneda que descansa en una vereda en particular (que pudo, tranquilamente, ser otra); la suerte puede estar en un naipe de espadas, en un casillero de ajedrez, en un viaje, en un billete de lotería, en un etcétera. Ya conscientes de la toponimia imprecisa e inestable de la suerte, podemos augurar su omnipresencia y su aversión al sedentarismo.
En El jardín de los senderos que se bifurcan (1), Borges establece mapas de la suerte, en estos mapas radican los posibles azares, todos ellos coexisten sin discriminación alguna. El afán de Ts’ui Pên, el constructor del laberinto de símbolos y de tiempo, es el de construir, quizás, un azar utópico y extenso que roce todos lo azares, entonces, nuestra vivencia no sería la vivencia lineal de cualquier ser humano, nuestro destino más bien sería todos los destinos. Lo cierto es que uno se enfrenta a innumerables alternativas, al optar por una, un sinfín de posibilidades se agotan. Pero… ¿Qué sucedería si pudiésemos optar (al unísono) por todas?. Esto es lo que hace Ts’ui Pên: crea un laberinto donde todas las suertes posibles convergen entre sí, simultánea y sucesivamente.
De este modo, se disolvería la suerte como algo único, general e inmutable (resuenan en mi cabeza los ecos de la verdad entendida por los griegos como única e incorruptible).
Lo cierto es que, solo tenemos la posibilidad de optar por una u otra suerte, el hecho de elegir la primera, nos obliga a eliminar la segunda de las alternativas. Ts’ui Pên, al crear un laberinto, crea también diversos porvenires de diversos tiempos y, por consiguiente, de suertes diversas, cada uno de ellos se bifurca hasta el infinito, entonces, en vez de optar por una sola alternativa, uno puede optar simultáneamente por todas. Así, se suprime la limitación de vivir en un solo instante arraigado al aquí y al ahora; la existencia sería, entonces, la bifurcación infinita de todas las suertes, yo podría ser alguien que escribe estas líneas, una varonesa en castillo de Windsor, un esclavo oriental que construye la Muralla China durante la Dinastía Qin, un pez, una sombra, un fantasma… la enumeración de posibilidades es infinita y no quisiera agotar todas las páginas.

La suerte, la aventura y el destino
La suerte de los dados, del amor, de la aventura: hay que fiarlo todo a lo incierto. La suerte tiene un componente accidental que proviene del exterior y una magia interior la desata.
Georg Simmel, intelectual alemán de mediados del 1800, asume lo incierto como si fuese cierto, asume lo imposible como si fuese posible. El aventurero lo apuesta todo a su suerte, se aleja de los contenidos y se entrega al azar. Quienes centran su atención sobre los contenidos son los viejos, es por eso que la aventura y la juventud están tan emparentadas. Los jóvenes son propensos a caer en las redes inciertas de la suerte.
La aventura se entiende como una isla en la vida de una persona: desde el comienzo asumimos que nuestra empresa tiene principio y fin, y, quizás por eso, la aventura se vive con tanta intensidad. Como si el tren no pasara dos veces, nos entregamos y olvidamos, por un momento, que la aventura es una isla que así como comienza, se acaba y la rodea una masa de tiempo, espacio y agua. La suerte, en cualquier aventura, es primordial, la buena disposición del viento, la voluntad inescrutable de las parcas, la elección de una u otra ruta determina -aunque por momentos lo olvidemos- el rumbo de nuestra suerte.
Pienso en el valeroso Eneas, quien se interna en alta mar en busca de una nueva tierra para los troyanos (recordemos que Troya había sido incendiada por los aqueos); así, junto a su hijo, Ascanio, y su padre, Anquises; el príncipe troyano navega preso de la ira de la cruel Juno; si bien el destino de Eneas es irrevocable, la fortuna o el fracaso de su empresa depende, en parte, de la buena voluntad de las parcas.
La enemistad de Juno hace de la Eneida un viaje errante y tortuoso. Cuando Eneas parece encontrar el rumbo, Juno lo arroja a las costas de Cartago, allí el navegante conoce a Dido. En este punto intercede la madre del caudillo, Venus, quien desea que la reina de Cartago reciba con hospitalidad a su hijo, con este fin recurre a Cupido. Un flechazo atraviesa el alma del navegante y la reina. El amor hace el resto. Dido olvida a su difunto marido, Siqueo, y se entrega por completo a Eneas; pero el sabe que su destino es volver a Italia y fundar un imperio para su pueblo, así, abatido pero convencido de su empresa, abandona Cartago y Dido, desolada, se suicida (de aquí nace la eterna enemistad entre los cartagineses y los romanos que deviene en las Guerras Púnicas).

La tensión es entre dos deseos contrapuestos: el de Juno que se alía con Eolo (dios del viento) para impedir la victoria de Eneas y la de Venus que, junto con Júpiter, puja por llevar al príncipe troyano a la victoria; el destino es uno solo: fundar Roma. ¿Suerte o muerte? Eneas, fiel a su destino, emprende la aventura de viajar, contra vientos y mareas, hacia la victoria; olvida lo incierto y se entrega a lo posible; de este modo, su viaje es el viaje del aventurero que cree que tanto la suerte como la muerte son accidentes que pueden ocurrir en cualquier travesía.
Así, Eneas se convierte en el aventurero por antonomasia, su empresa tiene tantas posibilidades de llevarlo a la gloria como de enterrarlo en el fracaso, sin embargo, la presencia del hado es irrechazable.
Entonces ¿Mala suerte, buena fortuna o destino? La ira de Juno puede amenazar, por momentos, la fundación de Roma y poblar de obstáculos la travesía de Eneas (tempestades, naufragios, enfrentamientos, luchas, hostilidad, etc.), la buena fortuna viene de la mano de Venus quien por medio de apariciones y favores divinos hace menos tortuoso el viaje en busca de la tierra propicia para asentar al pueblo troyano. Lo cierto es que el destino de Eneas está escrito y no cambiará, debe fundar Roma y no hay suerte o desgracia que pueda evitar ese fátum y el fátum es aquello que está dicho y no puede modificarse de manera alguna. Las parcas son la personificación de dicho destino, el fátum es una fuerza superior a los dioses, ellos mismos se ven sujetos a él. Por eso Eneas logra su empresa, el fátum es su amuleto, no hay suerte o infortunio que pueda desviarlo de aquello que lo signó al momento de nacer. No hay alternativa posible, los senderos, en este caso, no se bifurcan.

La palabra fátum deviene en hado, el hado es una fuerza desconocida que produce un encadenamiento fatal de sucesos, sí, fatal porque fátum en su plural fata se convierte en la palabra fatal. Al mismo tiempo, de la misma familia de palabras que fátum proviene el término fas, es decir, ley divina… aquí no hay amuleto que valga. En el ámbito del derecho el término fatal se vincula lo improrrogable… habrá que cuestionarse los alcances de la suerte, sus caminos fortuitos, sus designios irrevocables y definitivos.
Ts’ui Pên diseña un entramado infinito de destinos, nosotros somos artífices de cada sendero que se bifurca, nuestro es el destino fatal, nuestra la inumerable gloria, el temido fracaso, la espera constante de la suerte y la muerte.

1 – BORGES, J.L., Ficciones. Orfeo, loco de amor por Eurídice, bajó al Hades para rescatarla de la muerte; su debilidad o la mala suerte hacen que no pueda desviar la mirada de la amada, así, la pierde para siempre.

«sin título» de Leonardo Faillace
mención de Honor I Concurso Anual Interanacionalde Artes Plásticas “Crepúsculo”

«voy a tener suerte» de Gabriela Benicia Alonso
mención Especial I Concurso Anual Internacional