La Vida se Manifiesta como una Lucha Constante
Vicente Battista

El Diccionario de la Lengua es parco a la hora de dar una definición de la voz “lucha”: apenas le brinda cuatro acepciones, y las cuatro, advertimos, están referidas a la contienda. En primer lugar dice que es una “Pelea en que dos personas se abrazan con el intento de derribar una a otra”; luego ofrece sinónimos de ese enfrentamiento: “Lid, combate, contienda, disputa”; en tercer término, brinda las razones de la disputa: “Oposición, rivalidad u hostilidad entre contrarios que tratan de imponerse el uno al otro”, y, por último, la actitud física ante la contienda: “Esfuerzo que se hace para resistir a una fuerza hostil o a una tentación, para subsistir o para alcanzar algún objetivo”.
En un apartado, el mismo Diccionario, ilustra acerca de tres formas específicas de lucha: la Grecorromana: “Aquella cuyas reglas tienden a evitar el daño físico de los luchadores, cada uno de los cuales pugna por dominar al contrario haciendo que toque el suelo con ambos omóplatos a la vez durante varios segundos”; la Lucha Interior: “La que uno mantiene consigo mismo”; y la Lucha Libre: “Espectáculo de origen estadounidense semejante a la lucha grecorromana, en el que se autorizan o toleran, reales o fingidos, golpes y presas prohibidos en aquella”.
Curiosamente, entre dos luchas físicas, la Grecorromana y la Libre, encontramos la Lucha Interior, aquella que no disputamos con el otro sino con nosotros mismos. Esta última acepción nos llevaría al campo de la psicología o, si se prefiere, a una disciplina aún más antigua: la filosofía.
Hace aproximadamente 2.500 años, fue Heráclito de Efeso tal vez uno de los primeros filósofos que trabajó en torno al concepto “lucha”. Al proponer su tesis del flujo universal de los seres —“Panta rei”: todo fluye— entendía que “La guerra es el padre de todas las cosas”. Para Heráclito el fuego era el principio de todas las cosas y el modo más acabado de demostrar la lucha. El fuego, sostenía, refiere al movimiento y al cambio constante en el que se apoya la estructura de los contrarios. La contradicción está en el origen de todas las cosas, y el fuego es su mejor ejemplo, ya que las llamas significan el devenir perpetuo y la lucha de opuestos.
G. S. Kirk, J. E. Raven y M. Schofiled en “Los filósofos presocráticos” señalan: “El fuego sería la forma arquetípica de la materia, debido a la regularidad de su combustión, que personifica de un modo claro la regla de la medida en el cambio que experimenta el cosmos. Así, es comprensible que se le conciba como constitutivo mismo de las cosas, por su misma estructura activa, lo que garantiza tanto la unidad de los opuestos como su oposición, así como su estrecha relación con el Logos.”
“¡Ojalá se extinguiera la discordia entre los dioses y los hombres!”, proclamó un poeta contemporáneo de Heráclito. El filósofo sostuvo que eso sería imposible: “pues no habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales si no hubiera hembra y macho, que están en oposición”. Por consiguiente, más allá de la disputa entre dioses y hombres a la que se refería el poeta, la lucha, está probado, es una condición natural y lógica entre los seres vivientes del planeta.
¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de lucha? Pienso que para no extraviarnos en sus infinitas modalidades, nos situemos en dos momentos claves en donde el concepto de lucha significó un cambio trascendente para el pensamiento humano.

Unas líneas antes vimos que Heráclito consideraba que la lucha por el poder necesariamente se disputaba entre dioses y hombres. A fines del 1400, Maquiavelo cambiará ese concepto. Para el pensador italiano, el poder es disputado exclusivamente
por los hombres y lo establecen las clases sociales: “Yo digo que quienes condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad de Roma, y que se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron. En toda República hay dos espíritus contrapuestos, el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión de ambos.”
Era un primer esbozo de lo que más tarde se conocería como “Lucha de Clases”.
El concepto se iba a ampliar dos siglos después, cuando Jean-Jacques Rousseau, en 1754, habla de la sociedad civil y de la idea de propiedad: “El primer hombre al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir ‘Esto es mío’ y encontró a gentes lo bastante simples como para hacerles caso, fue el verdadero fundador de la Sociedad Civil”.
Por su parte, a fines de ese mismo siglo, en 1790, Edmund Burke parece coincidir con Heráclito cuando se refiere a la armonía de los opuestos como necesidad de la lucha. En su “Reflection on the Revolution in France”, se dirige a los revolucionarios
franceses con estas palabras: “En vuestros antiguos estados ustedes tenían esa variedad, toda esa combinación y toda esa oposición de intereses, tenían toda esa acción y reacción que, en el mundo natural y político, a partir de la lucha recíproca de poderes discordantes, extrae la armonía del universo.”
Estamos ya a un paso de uno de los momentos claves antes anunciado. En 1848 aparece “El manifiesto del Partido Comunista”, con una frase de apertura que inquietaría a sus contemporáneos: “Un fantasma recorre Europa”. En ese texto se habla, sin más vueltas, de la lucha de clases.
Algunas teorías sostienen que ese mérito le cabe al economista y sociólogo alemán Lorenz von Stein, quien en 1846 publicó “Historia de los Movimientos Sociales Franceses desde 1789 hasta el Presente (1850)”, texto en el cual introduce por primera vez en el vocabulario académico el término “Movimiento Social” que puede leerse como “Lucha de Clases”.
El propio Karl Marx acepta esa posibilidad; en una carta a Joseph Weydemeyer, fechada el 5 de marzo de 1852, señala : “No me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”.
El primero en hablar de Lucha de Clases bien pudo haber sido Lorenz von Stein, pero no cabe duda que fue Carlos Marx quien dio el paso decisivo ya que, a partir de las propuestas que van de Maquiavelo a Burke, planteó una concepción distinta del concepto de lucha de clases. Una lucha que, tal como sostiene en la citada carta, no produce armonía o libertad sino un revolucionario cambio social. “Hasta ahora los filósofos han interpretado el mundo, a partir de ahora deberían ayudar a cambiarlo”, sostiene Marx e instala definitivamente la noción de lucha para lograr ese cambio. El marxismo a partir de ese momento queda abierto a innumerables interpretaciones y críticas.
Un buen ejemplo podría ser el nacimiento, en 1922, de la llamada Escuela de Frankfort, en donde un valioso grupo de filósofos, entre los que podríamos nombrar a Theodor Adorno, Walter Benjamin, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas, se proponen revisar la teoría marxista a partir de que el proletariado no había producido la revolución, tal como lo diagnosticara Marx. Nace de esa manera la llamada Teoría Crítica, que propone diferentes hipótesis, aunque ninguna de ellas cuestiona el concepto básico de lucha de clases.

«Vuelo sin rumbo fijo» de Francisca Zamy Bernardo Provazy Pesci
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

«Sin llegar a la locura, pero tocar la libertar» de Alejandra Castro Flores
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En 1848, por consiguiente, se planteó un concepto de lucha que iba a cambiar el pensamiento contemporáneo. Los seres humanos comenzaban a explicarse el por qué de muchos conflictos, la razón de tantas guerras. Pero esto era privativo para nosotros, criaturas pensantes.
¿Qué sucedía con los llamados animales inferiores?¿Ellos eran ajenos a las luchas?
Las respuesta a esas preguntas las tendríamos once años después, a mediados de 1859, cuando Charles Darwin publica: “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida”, y pone del revés lo que, más allá de las teorías confesionales, hasta ese momento se tenía por entendido acerca de la evolución. Después de prolongados y profundos estudios, Darwin llega a una conclusión incuestionable: sobrevive el más apto. El concepto de lucha una vez más se hace presente.
En 1809 el francés Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, más conocido como el Caballero de Lamarck, publica “La philosophie zoologique”, un libro clave en el expone sus teorías evolucionistas. Casualmente, Charles Darwin nace en el mismo año en que Lamarck publica su libro y será ese libro quien iluminará los primeros pasos de Darwin.
El 27 de diciembre de 1831, el joven estudiante de teología de Cambridge se embarca en el Beagle, con el propósito de acompañar al capitán Fitz Roy, en un viaje de reconocimiento alrededor del mundo. Fue una travesía de más de 40.000 millas y se prolongó a lo largo de casi cinco años. Cuando Darwin subió al Beagle era un jovencito de 22 años, cuando bajo era un joven de 27, dueño de formidables conocimientos recogidos a lo largo del trayecto: en Bahía Blanca había descubierto esqueletos fosilizados de animales prehistóricos gigantes en la misma zona en la que existían otros similares pero de menor tamaño que, junto con la variedad de especies de pinzones y tortugas encontradas en el archipiélago Galápagos, le servirían para desarrollar su teoría de la evolución.

Veinte años antes de la aparición de “El origen de las especies”, Darwin ya tenía bien claro cuáles eran las bases de su teoría; sin embargo, demoró en dos décadas la publicación del libro: era consciente de la hostilidad con que lo recibirían.
Por fin lo publicó, en 1859, y levantó las olas de indignación que imaginara. Sus teorías ponían del revés ciertas propuestas hasta ese momento aceptadas. Darwin sostenía que los tipos biológicos o especies no tienen una existencia fija ni estática sino que se encuentran en cambio permanente, decía que la vida se manifiesta como una lucha constante por la existencia y la supervivencia, esa lucha provoca que los organismos que menos se adaptan a un medio natural específico desaparezcan y permite que los mejores adaptados se reproduzcan, a este proceso se le llama “selección natural”.
Postulaba que la selección natural, el desarrollo y la evolución requieren de un enorme período de tiempo, tan largo que en una vida humana no se pueden apreciar estos fenómenos, y, por último señalaba que las variaciones genéticas que producen el incremento de probabilidades de supervivencia son azarosas, no son provocadas ni por Dios, como pensaban los religiosos, ni por la tendencia de los organismos a buscar la perfección, como proponía Lamarck.
En un período de once años (1848/1859) se iban a conocer dos conceptos de lucha que modificarían el pensamiento contemporáneo y reforzarían aquella idea de lucha que tiene todo ser humano, más allá de creencias políticas y/o religiosas: nacer significa una lucha, vivir también implica una lucha y, en la mayoría de los casos, luchamos por no morir.
Esta última contienda, mal que nos pese, tiene el resultado impuesto, desde el mismo momento en que, luchando, abandonamos el vientre de nuestra madre. Por lo que se sabe, ahí adentro, durante los meses de gestación, no hay lucha posible, todo sucede en medio de una paz paradisíaca, pero esa paz apenas dura nueve meses.
Afuera, nos espera la lucha.