La Vida es Riesgo de Marcela Fernández Vidal

Al Maestro E.H.

A pesar de que en su mente sólo cabía el deseo de no perder ese tren mientras corría por el andén no podía dejar de recordar aquella frase: “¡Cuidámela como si fuera el tesoro más grande del mundo!”. Oscurecía sobre la llanura despoblada, el ritmo del tren era monótono y demasiado lento para la forma en que la fuerza de su ansiedad agitaba su pecho. Cuando pasó el camarero tomando los pedidos del turno de la cena se dobló completamente hacia la ventanilla procurando darle la espalda. Ni siquiera ese completo desconocido debía ver su rostro. A esa altura de la huida estaba seguro de que cualquier extraño, con o sin intenciones prosaicas, podía convertirse en un instrumento de su perdición.
No logró conciliar el sueño y ya no, como otras noches, a causa de sus preocupaciones sino más bien porque las formas que la luna recortaba sobre el campo azuzaban su curiosidad e incluso le resultaban como una invitación a distraerse jugando a ponerles nombres. Al amanecer, en la última parada antes de llegar a destino, se dio cuenta de que todas esas formas resonaban en él a extrañas criaturas, propias de un cuento de terror.
La luz de la mañana le trajo de regreso la escena completa junto a la frase que repiqueteaba en su cerebro casi a la par de las ruedas aceitadas del tren.
-¿Me escuchaste bien, Ole?
-Sí, sí, jefe.
-No te separes de ella ni a sol ni a sombra. Vos hacé bien tu trabajo que yo sabré pagarte.
-No se preocupe, no le quitaré los ojos de encima a la señora.
-Y además me tenés al día de cada cosa que haga, ¿entendés? Si va a la peluquería, si se encuentra con amigas o algunas de esas tonterías de mujeres. Cualquier queja de ella, te las tomás, muy pocos duran en este puesto, se creen que porque tienen músculos es suficiente. Hay que ser discreto y, a la vez, estar alerta, nada de meterse o incomodar con la vida normal. La protegés, pero hacés como si no estuvieras, ¿entendés?
-Sí, señor, no se preocupe, haré lo mejor que pueda.
-Te advierto que en este trabajo un error se paga con la vida, la tuya o la de ella.
Cuando bajó del tren, en aquel pueblucho del norte, “Summit”, una ráfaga de viento arremolinó su pelo y su gastada ropa. El polvo, las hojas, los desperdicios agitados le parecieron un verdadero comité de recibimiento. El único posible. Extrañamente el viento también le trajo su olor. ¿O era que el olor de ella había impregnado su ser desde
el primer día en que avanzó voraz por su cuerpo excitado?