La Verdad sobre la Muerte de John Kennedy

mención de honor III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Eduardo Kadener

Es mentira.
John Kennedy no murió baleado en Dallas el veintidós de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. Estuve con él hasta hace un rato, bajo el viaducto de Sarandí.
Lo vi por primera vez hace una semana. Yo viajaba en el colectivo noventa y ocho camino al estudio del abogado; me dolía la cabeza, no mucho pero me dolía. A la altura de Avellaneda, a través de la ventanilla y en medio de un grupo de personas que esperaba para cruzar la Avenida Mitre, lo vi: bajito, morocho, más bien gordo y con camisa y pantalón negros; lo reconocí enseguida, era John Kennedy.
Fue un impulso irresistible, al reconocerlo me abalancé hacia la puerta trasera del colectivo y toqué varias veces el timbre. No hubo caso, el colectivero me miró por le espejo con cara de culo y recién abrió la puerta cuando nos detuvimos en la cuadra siguiente.
Olvidé por completo la cita con el abogado y que tenía que firmarle unos papeles para la sucesión. Corrí hacia la esquina donde había visto a Kennedy. El semáforo había dado paso y todos cruzaron la avenida siguiendo cada uno para qué se yo dónde, como si no se hubiesen dado cuenta junto a quién habían estado pese a que era tan fácil saberlo, yo lo había reconocido en el acto. Pero no me importaba hacia donde habían ido los demás, me importaba hacia dónde había ido John Kennedy.
También crucé y en la otra esquina me detuve y traté de distinguirlo entre la gente.
Por fin lo vi a la derecha; seguía por la avenida y me llevaba casi una cuadra de ventaja. Caminaba sin apuro al ritmo del que va de paseo. No dudé y lo seguí; no sé por qué ni para qué pero en ese momento si me hubiesen preguntado cuál era mi misión en la vida, habría contestado: seguir a Kennedy.
Se detuvo en la puerta de una galería comercial. Parecía atento a la vidriera de un negocio de ropa de cuero pero hizo unos movimientos raros, como si se sacudiera la caspa del hombro; supe de inmediato que comprobaba si lo seguían. Tal vez no me hubiese visto al mirar hacia el costado para sacudirse el hombro pero mi reflejo en la vidriera podía delatarme; me metí en la entrada de un edificio y estuve un minuto o dos pegado a la puerta. Cuando me asomé había vuelto a caminar; hice lo mismo. El abogado iba a tener que esperar para que le firmara los papeles de la sucesión del tío Julián.
Así que Lee Oswald no lo había matado. Ni un complot de la mafia ni los cubanos de Castro. El tipo seguía vivo y vaya a saber por qué motivos había simulado su muerte; motivos siniestros sin duda, tal vez se tratara de dominar el mundo.
Caminamos otras dos cuadras; procuré mantenerme a cincuenta metros; para pasar desapercibido me favorecía que a esa hora mucha gente caminara por la avenida. El dolor de cabeza era más fuerte que cuando iba en el colectivo.
Kennedy dobló por una calle lateral; cuando llegué a la esquina lo ví a media cuadra, en la vereda de enfrente; ya no era morocho, bajito y gordo y la ropa no era negra; ahora era flaco, vestía remera blanca y un gorro de Racing. No supe como había hecho para cambiarse tan rápido y en plena calle; además, qué inteligente, a quién le iba a llamar la atención un flaco con gorro de Racing en Avellaneda. Tenía llaves en la mano y abría la puerta de una casa vieja.
Adónde había ido a parar Kennedy, de la Casa Blanca de Washington a la casa vieja de Avellaneda. Cuando entró me quedé en la esquina un rato largo, más de media hora. Como no volvió a salir y el dolor de cabeza iba en aumento, tomé nota mental de la dirección y me fui dispuesto a volver lo más rápido posible con un plan de vigilancia, porque era obvio que vivía en esa casa y que tenía que vigilarlo. Seguro que no había tanta urgencia para firmarle los papeles al abogado, ya lo llamaría al día siguiente.
Y eso hice: al día siguiente lo llamé; la secretaria dijo que el doctor me había esperado toda la tarde y que le había extrañado mi ausencia. Sobre todo, me recordó, porque había sido el último día de atención antes de las vacaciones. No había dejado ningún papel de la sucesión para que le firmara. Las vacaciones durarían todo el mes, volvió a recordarme; mencionó un destino lejano y caro: Bermudas, Bahamas o algo así.
Un mes de vacaciones tirado al sol, y yo que creía que los abogados sólo se iban de vacaciones en enero. Debe juntar la guita con carretilla, espero que labure bien y me consiga unos buenos pesos en la sucesión del tío Julián.
Durante los tres días que siguieron fui a vigilar la casa desde la mañana temprano montando guardia en la esquina; en la mochila tenía galletitas y agua mineral. Me iba al atardecer, cuando la falta de luz me acentuaba el cansancio y el cansancio me acentuaba el dolor de cabeza; a esa hora se terminaba el agua mineral y las galletitas empezaban a tener gusto a aserrín. El tercer día una mujer se detuvo frente a la puerta y tocó el timbre. Alguien abrió desde adentro, no pude ver quién, y la mujer entró. Salió al cabo de dos horas, cerró la puerta desde afuera, sin llave, y se fue; tenía el aspecto provinciano y pobre de las empleadas domésticas. Durante los tres días Kennedy no apareció.
Al cuarto día dudé en volver, no solo porque hasta ese momento no había vuelto a verlo a pesar de todas las horas de plantón, sino además porque el dolor de cabeza que había empezado en el colectivo la mañana que descubrí a Kennedy, había ido en aumento con el correr de los días y ahora era una tortura. Estaba más para irme a la cama y dormir un mes seguido que para la espera inmóvil y al sol en la esquina. Pero no me gusta darme por vencido así que ahí estuve otra vez, con agua mineral y galletitas.
También llevé aspirinas pese a que ya había tomado muchas, demasiadas para mi gastritis crónica.
A las cuatro de la tarde salió de la casa un hombre alto y pelirrojo con impecable traje.
A gris. Qué hijo de puta, del morocho bajito y gordo no quedaba nada; del flaco hincha de Racing, menos. Un genio del disfraz.
Así, disfrazado de pelirrojo alto y con traje gris fue hasta la avenida, pero en un puesto de flores y habló un rato con la florista, una rubia con anteojos oscuros que enseguida me hizo recordar a las agentes de la C.I.A. que aparecen en las películas, aunque algunas agentes de la C.I.A. son negras, creo. Seguro que algo tramaban porque mientras Kennedy no paraba de hablar la rubia miraba hacia los costados como para asegurarse de que nadie los escuchaba. Por suerte no me descubrieron gracias a una vidriera salvadora que me dejó ver todo el reflejo. Ella le dio un ramo de flores blancas, seguro que era un mensaje en clave, algo debían significar las flores blancas.
Kennedy se despidió dándole un beso en la mejilla, lenguaje de gestos entre cómplices. La florista era de la C.I.A., estaba cantado, y además era del círculo más íntimo de Kennedy. El tipo estaba vivo y tenía el plan secreto de dominar el mundo, por eso estaba en Avellaneda y se comunicaba en clave con sus secuaces, porque seguro que además de la florista había otros. Esa era la verdad y todo lo demás sólo era una comedia representada para los imbéciles del universo, yo entre ellos. No me gusta que me tomen por imbécil, aunque tengo que reconocer que mostrarlo ensangrentado en brazos de la viuda fue un golpe maestro, millones de personas lo vieron por televisión.
Qué viuda ni qué nada.
Se fue por la avenida rumbo a Sarandí; después dobló y enfiló hacia el viaducto. Se ve que le gusta ejecutar sus planes misteriosos en lugares igual de misteriosos: rara vez pasa alguien por las sombras del viaducto.
No sé en qué momento le perdí de vista, pareció esfumarse; aunque no había visto a nadie en el trayecto temí no haberme dado cuenta de otro cambio de disfraz, pero llegué al viaducto y ahí estaba Kennedy: en una mano tenía el ramo de flores blancas y con la otra acariciaba a un perro callejero. Me vio y siguió como si nada. El perro también me vio y se puso a ladrar; el ruido del tren que pasó sobre el viaducto tapó los ladridos.
Estábamos solos bajo el puente del viaducto: Kennedy, el perro y yo. A la oscuridad acostumbrada del lugar se agregaba la del atardecer. Vislumbré la oportunidad perfecta para vengar la monumental tomadura de pelo que había sido su muerte simulada. La única manera de frenar la conspiración para dominar el mundo era matándolo. Pero yo no estaba armado, nunca lo estoy, y en los alrededores no se veía ninguna piedra grande para golpear a Kennedy y partirle la cabeza. La cabeza que se estaba por partir era la mía, el dolor no aflojaba y me iba a tomar aspirinas, la gastritis me tenía a mal traer. Por otra parte, si lo mataba seguro que me iban a descubrir y empezarían las complicaciones con la policía, las largas y costosas causas judiciales; más dolores de cabeza, como si no tuviera suficiente. Para afrontar todo eso hay que tener plata y yo por ahora no tengo, así que me fui. Voy a esperar a que se me pase el dolor de cabeza y a que el abogado vuelva de las Bermudas, las Bahamas o donde carajo haya ido y me consiga unos buenos pesos en la sucesión del tío Julián.
Entonces si; con plata en el bolsillo y sin el dolor de cabeza, ahí si.

Next Post

Leave a Reply