La verdad está hecha de contradicciones
por Marcelo Turdó

Psicoanalista

El acto de comer, expresa la aspiración de una lucha. Y suele estar desarrollada con distintos lenguajes, a veces imperceptibles en la ciudad. Desde un simpático pollito luchando con una lombriz sinuosa, hasta una hiena contrahecha desafiando cachorros de león, casi todas las especies recogen sus alimentos mediante una lucha, incluso a una ballena bocona se le escapa el krill.
La ciudad, esa explosión de la modernidad, expone la lucha en los supermercados, donde el campo está envasado en latas, luciendo etiquetas de diseñador gráfico. Hasta las hay con alguna difusa fotografía de fondo, con un chancho limpio que nunca engorda, comiendo las mejores nueces seleccionadas por expertos en dietas y engorde, para entrar feliz al matadero. Y así, en el punto de venta que lo separa del consumidor, el chancho asume ambiciones que transforman su condición, y pasa de ser un producto a un representante del productor.
No obstante, el mercado deja bien en claro los lugares de cada uno, mediante el uso de símbolos técnicamente refinados y narrativamente profesionales. Pero así como el productor se convierte en consumidor, puesto que es el mercado su fuente de alimentos, también el consumidor se convierte en productor, aunque su participación en el mercado lo desmienta categóricamente. Si bien pertenecen a dos circuitos diferenciados, siendo uno el origen y el otro el fin, suelen alterarse los valores. El consumidor convertido en productor se identifica por los trajes prestados. Incluso la afirmación de una identidad resulta de una lucha.
En el intercambio de mercancias, tanto en la feria persa como en el hipermercado, se lucha por el valor. Y esa medida, más o menos, indica los signos del contrato comercial. Los productores se disputan mercados, precios y consumidores. Luchan.
Es conocido que el campo mantiene un conflicto,
por un lado, con la ciudad y la industria. Y construyen un mundo en primera y tercera persona: nosotros y ellos. Y por otro lado, los agrotenientes, que viven de los animales, sostienen un tipo de pelea (que guarda muchos secretos que no vienen al caso ahora): es la pelea entre el campo y la selva. Por eso están enfrente del zoológico.

La vida es en sí misma extraterrestre

A través de distintas formas, a lo largo de historia, hubo lucha contra el concepto imperialista que llamó descubrimiento de América a la conquista española. Fue resistencia. Impensable su efectivización hasta hace unos pocos años atrás, al menos ya no se festeja más el día de la raza. ¿Raza? Ahora, el 12 de octubre, conmemora, trae a la memoria, la existencia de un continente y de una población previa a la llegada del blanco europeo. Eso es el resultado de una lucha por la deconstrucción de sentidos. Es una lucha por el uso de los símbolos.
La misma voz que sin vergüenza afirma que los argentinos descendemos de los barcos, hoy lucha, apelando a un relativismo primitivo, contra el uso del término “pueblos originarios”. Según esa voz, no hay, en sentido estricto, pueblo originario. Todos los pueblos son el producto de conquistas y migraciones.
¿Se creen chistosos, atrevidos, que aspiran pureza? Sin embargo, debido a la capilaridad delpoder, piensan igual que la realeza. Pretenden llamarse indignados: ¡de acá! Y saben, que la existencia de vida anterior al descubrimiento, es una prueba fundamental. Porque lógicamente es anterior a la fundamentación del genocidio. Por eso la existencia es lucha.
El argumento es verdadero. Y la producción de la verdad podría incluso acumular más valor, y afirmar por ejemplo algo no menos verdadero: algo extraterrestre creó la vida terrestre. Y también la identidad.
Sin embargo, la supremacía de la verdad está hecha con la misma materia que la raza: el ejercicio de un sentido, de un valor, y de una política. Por eso ninguna verdad es verdadera en sí misma. Y hasta incluso puede impedir su desarrollo, así como la corrupción se opone al juego.

No hay orden: se encuentra o se pone en las cosas 1

Son múltiples los signos que regulan las distintas formas de la lucha, y así como se los lean se traza el camino, se construye el mundo. En general, el signo es arbitrario y caprichoso en su sentido. Aunque tiene un orden, que le fue dado, el uso y las costumbres lo erosionan y le dan forma, extrañamente consensuada pero no menos arbitraria: se abre a otros sentidos. Incluso a veces esos signos adquieren valores que tienen un doble sentido, como una ruta de doble mano. Así, adquieren sentido porque hay producción de sentidos, de acuerdo a los lugares, por relación y oposición, que ocupen en el texto construido.
La lucha entonces, es un texto. Ni conlleva armonía ni libertad en sí mismo. Los relatos sobre la armonía, o el equilibrio, suelen desmentir los conflictos. O por la positiva: mentir sobre los conflictos.
Anular el conflicto, enmarscarar el síntoma, silenciar la voz, corregir el error: son respuestas a la medida no tanto de los prejuicios sino de los juicios que se construyen de los hechos; son sus interpretaciones. Y tienen sentido. Pero niegan así al espíritu, como fuerza transformadora.
En la lucha puede escribirse el orden que se quiere aplicar al conflicto. Aunque también, puede encausarse la fecundidad del “desorden” incesantemente renovado 2, como acto creador del espíritu transformador.
La lucha encuentra una conclusión cuando se establece un método, un sentido regulatorio, un modelo cerrado, total, de funcionamiento. Por eso la burocracia se opone a todo lo que se relacione con la creación.

1 Dice Paul Valéry que “No hay orden en el espíritu: lo encuentra o lo pone en las cosas”. Para Valéry, el espíritu no es una entidad metafísica, sino “una potencia de transformación”. Y agrega que “su cometido es provocar el cambio”. Paul Valéry, Introducción a la Poética, Alción Editora, Córdoba, 2011. Traducción y prólogo de Rodolfo Alonso.
2 Paul Valéry, idem ant.

 

Los dos luchan entre sí por lo que creen correcto…» de María Mercedes Laguingue
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”