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La Verdad a Contramano
por Luis Straccia

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Pongamos en situación. Década del 70. Por entonces uno cargaba con unos 8 años livianos en la mochila. Tardes de pueblo de interior de provincia, veranos de cosecha, de matecocido y de recorrer montes.
Un tacho de lata de durazno al natural que sirve de porta piedras, un hilo atravesado para llevarlo colgado en bandolera, y una honda hecha con una horqueta, alambre, goma y cuero.
Siempre al acecho, mala puntería y mucha culpa al acertar. Tardes tranquilas, helados en la plaza y matinee de domingo con dos películas. Tele en blanco y negro, carrera de los autos locos, la bendita válvula que cada tanto se quemaba y un mundo que no llegaba a su fin por quedarse sin televisión.
Por aquellos tiempos era verdad que unos damascos sumergidos en un tacho con agua bien fría de bomba constituían un manjar exquisito. Que algo parecido eran las tortas fritas de la tía cuando una nube amenazaba tormenta en el campo y presagiaban una tarde en la galería leyendo una vieja colección de “Anteojitos”, o una leche ordeñada por la mañana con esa “nata” que se formaba en la superficie de la taza de lata. Ni que hablar de los amaneceres exquisitos, tomando mate sobre las rodillas de mi papá, con dos rodajas de pan con un poco de azúcar encima, tostándose sobre el fuego de una estufa a querosene en la cocina.
Claro, aún no habían surgido verdades reveladas por la ciencia sobre los beneficios de una alimentación sana para los chicos y un trabajo fino y sistematizado sobre la “culpa materna/paterna”, en un práctico envase lleno de suplementos dietarios y vitamínicos.
Cierto es que este aséptico envase que sale de la heladera carece de gérmenes…también de aromas, de vivencias, de momentos creados con y compartidos con…
Era verdad que Papá Noel había visitado mi casa, de hecho lo tuve justo delante, intentando acercarse a mí, mientras yo huía. Misteriosamente estábamos todos en la habitación, menos mi madre (a fuerza de ser sincero debo decir que hoy sospecho algo sobre esta ausencia, pero prefiero callar hasta reunir más pruebas sobre el hecho en sí).
En sintonía con lo anterior también era verdad que mi hermana había visto como los Reyes Magos le daban de beber a sus camellos en la Pileta del Club San Martín, que estaba sólo a unas dos cuadras de mi casa!!!.
Era verdad que mi viejo era muy fuerte, que manejar una cosechadora con 8 años por aquellos caminos polvorientos era algo similar a conducir un tranque de de la 2da. guerra en el desierto africano y que viajar del pueblo al campo en la vieja y roída Desoto era una aventura diaria digna de ser vivida.

Bien, el tema es que en medio de esto, así, enderrepente, surgió ante mí una revelación.
La misma no vino acompañada por levitación alguna, ni por un coro angelical ni por descifrar algún código oculto heredado de los fundadores del pueblo, ni siquiera fue acompañada por luz alguna que bajara desde el cielo.
No, en mi pueblo – mi infancia, mi mundo de por aquel entonces- las cosas eran verdaderamente más simples.
De hecho, mucho más humilde ésta se dejó ver en el trazo de tinta roja con el que la maestra había dejado profunda huella en mi cuaderno, y en mi memoria, a punto hoy de recordarla más de 30 años después.
“La bandera no es violeta” había escrito -dando cuenta de toda su impronta pedagógica- en mi simple dibujo de un granadero junto a un mástil y a nuestra insignia patria. Es más, recuerdo incluso que la bandera estaba tachada.
Ese día descubrí mi daltonismo. Y aunque sin comprenderlo ni razonarlo como puedo hacerlo hoy, supe que habría de llevar adelante gran parte de mi vida a contramano.

Hubo tiempos de intentos vanos de integración, como cuando mi hermana colocaba una cinta con el nombre del color en cada uno de los lápices de mi cartuchera. Fugaces tiempos que duraban lo que duraba la cinta pegada.
Hubo también tiempos de desesperanza, como aquella vez que caí a un cumpleaños con las inseguridades de los 15 años a flor de piel, con un pulóver rosa (comprado un día antes por mí) con lo que ello significaba en aquellos años. Para los que no los vivieron, un hecho así bien podría ser interpretado como una declaración de orgullo gay para una sarta de compañeros de aula tan inseguros como uno mismo.

Convenciones.
Y saberes que se creen absolutas certezas. Negación de otras posibles verdades que se traducen en una de las frases más insoportables que he de enfrentar.
-Y vos, de qué color ves el verde?
Imposibilidad de entender que uno puede ver las cosas de otra manera. No la misma cosa de otra manera, sino distinta. No es que uno “ve” el verde y lo transforma. No. No existe “el” verde.
E inmediatamente suele surgir otra frase
- No entiendo, no puedo entender cómo ves.
El azul es azul, el amarillo amarillo, cómo te podes confundir?
Con el tiempo uno se ha ido hartando de intentar dar explicaciones, como si se encontrara en falta. Entonces ha desarrollado un mecanismo que ha probado ser efizcar y ante este tipo de preguntas no suele contraatacar con un “y el bordó que mierrrrda es? Y el fucsia? Y el verde seco, verde musgo, verde manzana?”.
Algunas veces, si uno se encuentra saturado o agobiado por otras innumerables cuestiones que no vienen al caso, suele acompañar lo antedicho con referencias un tanto incómodas hacia el órgano reproductor de la hermana o madre del interlocutor.
En la mayoría de las ocasiones no es necesario llegar a tal extremo. Y si llegan estar presentes dos o más personas “normales” participando de la conversación, suelen presentarse discusiones entre ellas tratando de definir esos colores verdaderos.
Ni qué hablar cuando se les pregunta por el dichoso borravino.
Pero, agazapados en su incomprensión te tiran un Y con el semáforo, como te las arreglás?

La necedad de aquella docente que no supo entender que uno miraba distinto, ni que su anotación habría de acompañarme toda una vida.
Incluso, ya un poco más grande, en los quilombos en mi época de militancia universitaria. Cuando a los ácidos cruces verbales que se presentaban con referentes de otras agrupaciones políticas en aquel oscuro pasillo -cargado de carteles que lucían consignas pintadas a mano y del humo de infinidad de cigarrillos- de la vieja facultad de periodismo, debía sumarle los reproches de mis propios compañeros de agrupación. Para mí hubo momentos en lo que los colores de mi agrupación resultaron eran los mismos que los de “los otros”. Y no, al parecer no era así…La de carteles pintados con tempera tirados a la basura…
Y pensar que con el paso del tiempo, al fin y al cabo, no sólo habrían de quedar en el olvido aquellas diferencias de colores, sino también las más importantes y necesarias, como han de ser
las del sentido de pertenecer o no a una idea política desde una perspectiva crítica.

Y acá, en este punto, la nota podría dispararse para diferentes lugares. Abordar la educación, la rigurosidad de lo que es y ha de ser, la incapacidad para entender al otro, la sorpresa ante lo distinto.
El problema mayor se nos presenta en tratar de discernir si existe una única verdad que es observada, asimilada e interpretada de diferentes maneras acorde a la perspectiva del observador, o si cada uno ha de conformar su propia verdad.
El primero de estos puntos nos pone ante una idea interesante que es la del consenso, donde un grupo acuerda algo. Una instancia colectiva.
El segundo nos ubica ante la nada misma y es la base de comentarios absurdos del tipo “bueno, esa es tu verdad y yo no la voy a cambiar”, que tanto puede ser aplicada a si el asado ha de servirse jugoso o seco, si o a si Dios existe.

La Verdad se manifiesta – Graciela Fernández
III Concurso de Artes Plásticas Crepúsculo

El primero también nos enfrenta a un problema, como puede ser la tiranía de la mayoría, y al mito de que esta nunca se equivoca.
El segundo nos sitúa en un espacio donde nada vale la pena discutirse porque no puede superarse la mirada ombligo, y donde resulta más cómoda la gambeta a la discusión, porque sino ha de ponerse en marcha el ejercicio de la argumentación y de la defensa de una idea. Y esto hace que uno se ponga a pensar…incluso resulta condición necesaria que al menos tenga una idea que defender.
El fondo de mi ser creo que un poco agradecido le estoy a aquella noble docente. Ella supo sembrar en mí, lo que se presenta para un daltónico, que no es otra cosa que la duda permanente.
Entonces enfundado en una armadura de crítico refutador hacia las costumbres propias y de los demás, he logrado al menos poder comer durante algún tiempo.
Fruto de una desconfianza permanente hacia lo que percibo, no puedo dejar de sentir la misma hacia lo que los otros ven. Cierto es que la crítica por la crítica misma es inconducente. Pero también es que la mera aceptación de los hechos por sí mismos, nos conduce hacia el status quo.
Aquella bandera que “no era violeta”, no existió por siempre. La idea de patria y de Nación que ella representa no corresponde a otra cosa que ver como acomodar nuestro paso por el mundo de una u otra manera. Una idea que nos ha sido machacada desde el mismo momento en que nacimos “Nacionalidad: argentino N° de documento: ….”
Una idea que no ha de discutirse. Por un lado, porque vaya a saber uno si vale la pena hacerlo, por otro lado porque son más los despelotes que acarrearía que la utilidad.
Podríamos decir que este caso no es nada más que un ejemplo, entre infinidades de casos, de verdades que aceptamos como tales. Irrefutables, indiscutibles. No porque esté en su naturaleza tales propiedades, sino porque ni siquiera han de ser planteadas.
De hacerlo, quizás uno descubriría que ha vivido sobre la base de falsas verdades rebatidas por el tiempo.
Y resulta que manejar una cosechadora no es gran cosa, ni lo es viajar en la Desoto que no pasaba de los 60 Km/h, ni que el viejo era fuerte, ni que los soldados eran buenos, ni que…
Y, entonces, solo, en la noche de mi cuarto, durmiendo con mi mujer a mi lado y escuchando el dulce respirar de mis hijas en la habitación de al lado, me pregunto si será cierto que exista el verde?.

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