# LA TRAZA – por Cecilia Pagani

¡Quién hubiera dicho! ¡Venir a encontrármelo aquí, en el subsuelo, soterrado en el Archivo de Tribunales! Y creyendo que no me habría reconocido le hablo, él levanta la vista, me responde con un hola impávido, como si no hubieran mediado estos quince años; intercambiamos unas palabras, le explico que acabo de volver a la ciudad, que me alegra encontrarlo, que después de las elecciones me designaron como administrativa en la Cuarta. Lo sé, me responde, áspero, seco.

Fuimos compañeros desde tercero, Marianito, sí, el de nombre de prócer, Mariano Moreno, el mismo, el que tuvo la historia esa con la chica rubia llegada desde Pergamino. Sí, esa, ¿te acordás? Ojitos claros, naricita parada, caderita bamboleante, cautivó a todos pero incendió a Mariano, le sudaban las manos cada vez que la veía y sentía cólicos y se afiebraba y la lengua se le enredaba. Y a ella, y contra toda nuestra incredulidad, le sucedía lo mismo. Se llamaba Virginia…

¿Y Doña Imelda?

Siempre cerca, controlando al hijo porque lo quería lejos de las malas compañías y de las peores influencias, con aires de generala, se nos aparecía por los pasillos, categórica, montada sobre unos tacos finos y estoicos.

¡Imposible imaginarla alguna vez joven, despeinada, revuelta en el amor!

El marido le había durado poco, cuentan que una noche de infierno le habría dicho que iba por una cerveza fría, sin embargo, no regresaría jamás y cuando ella pudo advertirlo, el tipo llevaba en vuelo libre una ventaja de varias horas, nunca sabría nada de él, nunca jamás y así con el orgullo herido de muerte, resolvió sepultarlo en vida y elaborar un duelo decoroso, eso sí, sin lágrimas; poco después descubriría el embarazo y así Mariano habría de ser todo lo que le quedaría de aquel marido fugitivo y se aferró a él con uñas y dientes; luego, en su cabeza él viviría la vida que con esmero ella proyecta: ya lo ve como abogado, en un matrimonio acomodado, en un bufete, en su cero kilómetro, en su casa de dos plantas… ¡Qué satisfacción!

¡Cuánta reparación!

Había puesto en marcha su plan, ahuyentando lo que presumía pudiera apartarlo de su destino de iluminado y, así, Mariano transitaría sin grandes sobresaltos hasta que apareció la chica nueva. Doña Imelda enloqueció y la confirmación del enamoramiento le acarreó un ataque de nervios tal, que cayó tres días a la cama.

¿Cómo llegó a enterarse?

Por boca del propio director y no era mujer dispuesta a tirar por la borda tantos años de sacrificio. No. No iba a permitir de ninguna manera que una chirusita resucitada vaya a saber de dónde, viniera a perturbar al chico, una mocosita, que qué se cree de ponerlo en su contra, no le van a quedar ganas de hacerse la mujer fatal, ni de andar trastornando a nadie con su carita de yo no fui.

Ay, cuando le fueron con el cuento de la fuga! Allí se nos descolgó con una de las suyas y armó un escándalo que no te digo y ella misma organiza la búsqueda y termina encontrándolos en la sala de música y ahí nomás se mete y lo saca al Mariano a los empujones con uno que otro cachetazo y reboleándole la cartera por la cabeza delante de todos, qué era eso de andar haciéndose el novio y desobedecerla. Y el pobre cruza mudo y rojo, a punto de reventar de la vergüenza, por delante de esa fila larga que nosotros habíamos…

¿Virginia?

Ella estaba escondida detrás del piano, sale por otra puerta, a los tropezones, la cabeza gacha, los ojos pegoteados al piso, el llanto apretado.

¡Y a Doña Imelda, había que verla!

Enorme y temible. Triunfante. Con esa sonrisa tan propia, con esa certeza peligrosa de aquellos que creen tener la razón de su lado…

En un mes, terminamos quinto y Virginia regresó a Pergamino y no volvimos a saber nada de ella.

Él partió con su mamá a Córdoba y poco supe yo entonces porque me casé y perdí contacto, pero mi hermano Pepe cuenta que mientras estudiaba él no salía, no le aceptaba invitaciones a nadie. No, no, intervenía su mamá, Marianito no debía distraerse, estaba sólo dedicado al estudio.

Al finalizar los exámenes sus notas eran trofeos exhibidos por ella misma, Civil con nueve, Penal con diez, Administrativo con ocho…

¡Quién lo hubiera imaginado!

Aún hoy me resuena el agónico tono de su voz cuando hace un par de años, me la encuentro y responde a mi saludo con un no se me recibió nunca, Marianito no me quiso dar la última…