1er premio II Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Luis Cattenazzi

Le han encargado a Kenji el honor de ejecutar a su propio Maestro. Prepara su daisho con cuidado, sabe que será la última vez que use esas armas si dignan rozar la sangre del sensei.

La katana que forjaron juntos entre el magma del horno y la nieve, el wakisashi corto con el que mató a su primer hombre.
Viaja al sur, pero evita el tren expreso inglés. Prefiere recorrer a pie el largo trecho, es primavera y el espíritu de los árboles lo acompaña en cada camino. Además, no hay razón para apurarse sabe que su maestro lo aguarda.
Reconoce la aldea mucho antes de llegar, por el perfume de los cerezos en flor, las sombras y quiebres del monte Kumiko contra el fondo de cielo. Cruzará el pueblo de punta a punta por la calle principal. Seguramente no lo reconozcan después de tantos años, pero muchos serán los rumores acerca del visitante.
Kenji es uno de los pocos que conocen el atajo preciso en la montaña. Se demora en un remanso antes de remontar la pendiente enmarañada en el bosque bajo de bambú. Ese arroyo nace donde él mismo nació: la cascada y la vertiente junto a la morada del maestro.
Avanza a ciegas de memoria, por laberintos verdes de enredaderas y cañas. La brisa susurra entre las hojas, y es una voz que él conoce, una voz que le da la bienvenida.
Agita su respiración en la pendiente, pierde fuerzas. Imagina que a cada paso que asciende se vuelve un poco más niño. Cuando llegue arriba -desea- será tan sólo un aprendiz, un huérfano con anhelos prohibidos de samurai.
Al final del sendero descubre al Maestro que observa sus flores en los estanques. Se desvanece su sueño: el maestro ya no es tan joven -encorvado apenas, el pelo blanco, la barba blanca- y él ya no es un niño.
Se abrazan bajo el portal de cedro milenario, los dioses en relieve los miran gravemente. Kenji siente la presión de su puñal contra las costillas
de su maestro y afloja el saludo. Antes de hablar debe tomar un largo aliento:
-Sensei Daichi, he venido a matarte.
-Sabes que deberás vencerme.
-Estoy preparado.
El maestro sonríe.
-Pareces cansado -dice-. Entremos.
Toman el té en silencio, el shoji abierto a la vista del jardín florido y el bosque. No es necesario explicar nada, no hay secretos; el Maestro puede leer la historia de Kenji en cada una de sus cicatrices, en lo que muestra o lo que oculta una mirada.
Se levantan del tatami en simultáneo, atentos uno al otro. Ahora son enemigos. pero Kenji sabe que el combate solo puede ser librado allí donde
aprendió las artes samurai, en el dojo donde su sensei le enseñó todo. Daichi le da la espalda por última vez y se aleja por el pasillo para prepararse. Kenji lo ve ir y venir -un juego de siluetas tras los paneles de papel-, luego, por fin, aparece de nuevo por el pasillo:
-Vamos -dice.
Otra pendiente estrecha lleva al dojo. El Maestro parece flotar liviano unos pasos adelante, Kenji vuelve a sentir un agitarse de vértigo. Respira bocanadas de aire saturado de humedad, el sendero se cierra verde oscuro a cada paso. A lo lejos, el rumor fresco del manantial y la cascada.
Hacen la reverencia sobre las piedras resbalosas de musgo. Por un instante Kenji cree oír que la cascada enmudece, que ya no salpica el torrente alto desde el manantial, que el tiempo se ha detenido. Pero es un instante. Cuando termina la reverencia vuelve a encontrar la mirada del Maestro, y su propia katana ya baja en el aire, precisa.
La palma de la mano desvía el acero inofensivo de la katana. el antebrazo atento detiene un golpe, las piernas viejas se recogen y giran en la piedra. El Maestro surge del trompo y Kenji se acomoda para un nuevo ataque.
Porque él ataca y el Maestro sólo habrá de defenderse, el único camino es vencerlo.
Ahora el que gira es Kenji, el filo de la katana encuentra nuevos desvíos, la hoja vibra inútil en el aire. Desde el suelo apunta una estocada de wakisahi, pero encuentra la resistencia de otro acero. Es un chirriar de colmillos enormes.
Kenji puede sentir el calor bajando hasta la empuñadura. Colmillos de dragón, piensa.
Giran sobre las piedras, el ataque, la defensa. Cada estocada lleva su conjuro. Un giro, un salto, un cruce, y ahora pelean en el pozo húmedo entre flores de loto. No resbalan, buscan la posición entre un instante y el otro, parecen sostenerse justo sobre el agua. Kenji puede oír su propio
chapoteo breve, pero sabe que los pies del maestro siguen secos.
Atardece sin luna, y pronto los reflejos del sol se agotan en los brillos de la cascada. El bosque ahora susurra un aliento frío y constante. Kenji ya no puede ver a su Maestro, pero intuye cada movimiento. Un maestro excelente, el mejor alumno. Pueden seguirse con los ojos abiertos a la noche, comparten a ciegas sus trucos.
Pronto los aceros se resbalan lejos, o quiebran sus flancos rígidos entre las piedras. Las manos son ahora los filos silenciosos. Kenji corta la oscuridad y al otro lado siempre hay la piel curtida del Maestro, los músculos tensos y ágiles. Kenji no necesita defenderse, ningún golpe buscará matarlo. Se concentra en alcanzar un pasaje a la carne indefensa. Un solo golpe certero, eso bastaría.
Oyen cantar -no pueden verlos- a los pájaros de la noche. Amanecerá pronto, piensa Kenji, y su combate ya es uno con el de su Maestro. Bailan una danza de mil años, sin errores. Pero uno tiene que morir.
Manos en cuña otra vez, nuevas defensas. Los dedos de Kenji son una plancha sólida que cruza el aire sin pausa. Llega a pensar -difusamente, distraído- que el Maestro sólo existe allí en el instante en que recibe y desvía cada uno de sus golpes. ¿Y si dejara de atacar?
Un paso atrás, los brazos a un lado del cuerpo, tensos pero ya aplacados. Kenji se concentra en la oscuridad frente a él y puede percibir la presencia reciente de su Maestro, y su próxima maniobra. También siente que ahora está solo, él solo, en el dojo.
-Daichi -susurra.
No hay respuesta en el rumor de la cascada y el viento que agita las frondas. Kenji ya no le encuentra sentido a pelear contra la sombra esquiva del Maestro. Atento y en posición de ataque aguarda el día.
Casi escucha caer el rocío helado en cada poro de su piel. Ve la ola de color, calor y sombras largas trepar desde el oriente. Ahora el bosque es verde otra vez, el agua cristalina, la piedra negra.
El Maestro Deichi no ha desaparecido, lo mira fijo a la distancia de cuatro pasos.
Por un instante Kenji cree haberse convertido en la estatua de un dios. Sus músculos guerreros se han enfriado, exhala un aliento blanco en el frío del amanecer. Se mueve despacio, piel y huesos despiertan lento, muy lento. Es una certeza: sus fuerzas se han agotado. Baja sus brazos y dice:
-No puedo vencerte, Sensei.
El Maestro camina los cuatro pasos, se tambalea, y abraza a Kenji. Se sientan juntos en el pedregal angosto de la orilla. El Maestro, como él, parece moverse con dificultad.
-¿Cómo es posible? -dice Kenji-. Conozco cada una de tus artes
. -Deberías saberlo, Kenji san -dice el Maestro-. Un Sensei enseña todos sus trucos y secretos… todos menos uno.
-Con ese secreto me habrías vencido, Maestro. Pero en cambio cada ataque tuvo su defensa, cada artimaña un conjuro. ¿Cuál puede ser ese secreto? ¿Cómo fue que no lo he visto?
Kenji lo mira y por primera vez nota el abatimiento de su Maestro, las gruesas arrugas cruzadas de más arrugas.¿Cómo es que no ha logrado vencer a este anciano consumido?
-No podías verlo, pequeño Kenji -dice-. Mi último secreto, aquel que no te he enseñado, no es un truco de combate, no es una defensa o una finta -el puño del Sensei dibuja un circulo en el aire-. Aprendí a dominar el tiempo.
Kenji lo mira fijo, no comprende. Y en tanto lo mira lo ve esfumarse, diluirse, percibe el fondo de piedra y bosque detrás de la silueta translúcida de su Maestro, luego vuelve a ser un cuerpo neto y tangible. Kenji se restriega los ojos y vuelve a mirar.
-Estoy exhausto, imagino visiones -dice-. No puedo vencerte, sabrán que no pude vencerte y vendrán por mí. Es la ley. Soy hombre muerto.
-No son visiones -dice el Maestro-. Domino el tiempo. En un instante para tus ojos he ido hasta mi casa a traer algo de té. El agua ha demorado un poco, pero ha sido menos de un parpadeo para el pequeño Kenji.
El Maestro sirve las tazas de té y Kenji sólo atina a tomar pequeños sorbos. Siente que repone sus fuerzas, pero sabe quién ha vencido, ya no volverá a pelear.
Terminan en silencio y el Maestro ahora tose. Tose fuerte, gime débilmente para tomar aire y tose otra vez. Kenji lo ayuda a reponerse y lo siente reducido a huesos secos. También nota que su pelo blanco ahora es más blanco y más fino y más largo, su barba corta de ayer se separa en gruesos manojos hasta debajo del pecho. Kenji habla despacio:
-Sensei…
Él tose una vez más, se deja deslizar hasta casi quedar acostado
entre las piedras y el regazo de Kenji.
-Sensei…
-Dominar el tiempo -dice el Maestro, suspira-. Cada parpadeo tuyo, cada pausa en el combate ha sido para mí una jornada. Para ti ha sido una noche, pero mientras peleabas en las sombras yo seguí la ceremonia del té cada día, cuidé de mi jardín, respiré mis
últimas mañanas y mis últimas tardes… -tose y calla.
-Sensei Daichi…, estás muriendo.
-Es el precio. Esta noche he envejecido la vida de un hombre
-El Maestro sube su mano a la cara de Kenji. Toma aire y en suúltimo aliento murmura-. Diles que tu mismo me mataste, Kenji san. Cuando vengan diles que tu mismo me mataste, así ganarás algo de tiempo.