mención de honor VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Raúl Alberto Marcos

La casa estaba ubicada casi al llegar a la esquina de una de las manzanas pertenecientes al trazado simétrico de esa ciudad del Oeste de la Provincia de Buenos Aires, y se encontraba
deshabitada desde hacía un tiempo bastante considerable, más precisamente desde la muerte de su anterior ocupante, el conocido médico Adalberto Líbano, un prestigioso ginecólogo y decano de
esta especialidad en la zona.

Nadie me había podido explicar la verdadera razón por la cual esa propiedad había permanecido desalquilada durante tanto tiempo; pero el hecho es que decidí habitarla debido al precio, que
resultaba sumamente conveniente y, además, tenía la ventaja de que estaba situada a solamente cuatro cuadras de la plaza principal, con lo cual me aseguraba un rápido acceso a las oficinas
públicas y a los negocios que obligadamente tendría que concurrir. Como no me exigieron muchos requisitos, a los pocos días tomé posesión de ella, instalándome con todas mis pertenencias e
ilusiones

La vivienda era amplia. Contaba con tres habitaciones; las dos que daban a la calle mostraban vestigios de un antiguo esplendor: las paredes y el techo —bastante alto, pues se trataba de
una construcción del siglo pasado— estaban pintados al aceite y decorados sobriamente con molduras de yeso adheridas con armonía y cierto encanto. Los pisos de pino tea habían sido
encerados en algún lejano momento, característica que aún se podía apreciar a pesar de la capa de polvo acumulada durante años; también se distinguía la puerta de entrada a un sótano, que
había sido clausurada. Un olor particular denunciaba el largo tiempo en que los ambientes habían permanecido con sus puertas cerradas.

En una de estas habitaciones, la que se encontraba ubicada más cercana a la puerta de calle y había servido como consultorio, me recibió una rata de regular tamaño que se había instalado en
uno de sus rincones, apoyada únicamente en sus dos patas; se quedó quieta mirándome fijamente mientras movía rápida y nerviosamente sus negros y brillantes bigotes. Como me resultó una
actitud simpática me acerqué para observarla mejor, pero el animalito, de un rápido salto, desapareció introduciéndose entre el zócalo y las maderas del piso.

Luego de un mes de habitarla ya me había acostumbrado a la casa y a sus ruidos nocturnos. Se convirtió en algo habitual encontrar algún sapo emitiendo singulares ruiditos acompasados cuando
se trasladaba, producidos al resbalar sus patas en el piso de madera de alguna de las habitaciones; también lauchas en el tacho de basura, cucarachas en la cocina oscura o gorriones que
efectuaban su primer vuelo entre los tirantes del techo de cinc de la galería. Esporádicamente, aunque de manera fugaz, me encontraba con la rata del primer día, siempre observadora y
atenta a mis movimientos: la bauticé Doña Rita, a pesar de no saber si era hembra o macho.

En un pequeño terreno situado al fondo de la casa, donde coexistían un níspero junto a un paraíso, un día se me ocurrió plantar tomates, puesto que la región se prestaba para su cultivo; al
preparar la tierra encontré a más o menos unos treinta centímetros de la superficie un manto insólito, compuesto por innumerables fragmentos de botellitas y frascos de vidrio, jeringas
hipodérmicas, ampollas y cosas por el estilo. El descubrimiento tenía su lógica dada la profesión de su anterior ocupante, pero no dejó de intrigarme el volumen de los desechos y el motivo
que había impedido deshacerse de ellos junto con el resto de la basura diaria.

Mientras pensaba tratando de encontrar respuesta a tales interrogantes, levanté la vista en forma instintiva y vi a la rata junto a la pared medianera; como siempre, luego de mover sus
bigotes emprendió súbita y veloz carrera hacia vaya uno a saber dónde, y desapareció.

Estos encuentros con Doña Rita comenzaron a darme vueltas por la cabeza; no es que me quitaran el sueño, pero me parecía demasiada casualidad que se mostrara en cada oportunidad en la que
ocurría algo que despertara mi curiosidad. Una de las explicaciones que se me antojaron fue que debían existir varias Doña Rita, cosa lógica tratándose de estos animalitos, y que yo me daba
cuenta de su presencia solamente cuando me apartaba de la rutina diaria ante algún acontecimiento que para mí resultaba inusual o extraordinario.

Mientras tanto, las plantitas de tomate habían comenzado a emerger con fuerza, casi todas al mismo tiempo; al contemplarlas, mi imaginación se encargaba de visualizar la cantidad de fuentes
de sabrosas ensaladas que podría preparar dentro de poco tiempo. Pero había que tener paciencia, y esperar.

Ese día apretaba el calor; por la noche aumentó la temperatura de manera considerable, juntamente con la humedad. Cuando me fui a dormir el ambiente estaba demasiado cargado, y me costó
trabajo entrar en un sueño “a pierna suelta”, como se suele decir; en eso estaba cuando pude oír en la galería el ruido que produce un cuerpo cuando se arrastra, seguido de unos golpes en
la puerta de mi habitación, muy fuertes, ansiosos, desesperados, como pidiendo auxilio. Pegué un salto en la cama, encendí la luz y me quedé un momento esperando algún indicio que me
ayudara a comprender lo que había ocurrido. Estaba completamente empapado y las sienes me latían con fuerza. Pero ahora todo era silencio.

Me levanté, iluminé la galería, abrí la puerta con cuidado y me sorprendió no encontrar absolutamente nada. Al volver para acostarme nuevamente, encontré a la rata. No me pude contener y le
grité con rabia para que se fuera; me hizo caso y se metió rápidamente en la habitación contigua, la misma en donde la había visto por primera vez.

Luego de este incidente, y no sé cómo denominarlo de otra manera, ya no pude tomar el sueño hasta muy avanzada la madrugada, momento en donde el cansancio terminó por vencerme; es que no
podía encontrar una explicación racional a lo que había sucedido, por más que le diera vueltas al asunto, sobre todo porque yo estaba convencido de que los ruidos habían existido, que no
los había soñado.

Al despertarme a la mañana siguiente, algo más tarde que lo acostumbrado, pude comprobar que se había roto la cadena que permitía mantener en el lugar adecuado al montante de la puerta de
mi dormitorio; consecuentemente, al no tener nada que lo impidiera, el montante se abrió arrastrando consigo el resto de la cadena, hasta que se detuvo en un par de topes metálicos
colocados en cada lateral del marco de la puerta, seguramente luego de golpear varias veces contra ellos. Todo esto sucedió muy rápidamente, pero fue en el momento preciso en que pasaba de
la vigilia al sueño, y de allí la impresión de ser algo tan real como fue lo que experimenté anoche.

Pero este asunto de la rata y las cosas extrañas que ocurrían con frecuencia me tenían algo cansado, y hasta comenzaban a inquietarme, pues interferían con el propósito que me había
conducido a contratar el alquiler de esta casa. Gran parte del día mi mente se hallaba ocupada tratando de encontrar una explicación al enigma que se había planteado; me propuse diversas
hipótesis que trataban de hilvanar los hechos de una manera lógica, aunque a veces, al final del camino, el resultado constituía un verdadero disparate.

Una de esas suposiciones, de las pocas que me quedaban, pues las otras no me parecieron coherentes, relacionaba la especialidad del médico fallecido y los restos de vidrio enterrados en el
jardín con una posible actividad ilegal, en donde esta rata, a través de un mecanismo desconocido, digamos paranormal, sería el vínculo entre las consecuencias de esas actividades y el
nuevo habitante de la casa, yo mismo, con la finalidad de que saliera a la luz algo de naturaleza repudiable y, tal vez, hasta macabro. Claro que debía encontrar los fundamentos que
sustentaran este razonamiento. Tenía que hacerlo; no podía darme por vencido.

Como primer paso, y no sin pena, tuve que sacrificar mis tomates y remover la capa de vidrios; pero no encontré nada, a pesar de haber hecho un pozo bastante amplio y profundo. Doña Rita no
apareció en ningún momento; tal vez ya había cumplido su misión…

No me sentí derrotado. El siguiente paso fue investigar en ese sótano clausurado que se encontraba en la habitación donde tenía su cueva Doña Rita. Para ello era necesario rehabilitar su
entrada y romper algo del piso, pero esto último no importaba, si me atenía a la finalidad que me impulsaba la búsqueda que había emprendido.

En ese momento era ya un poco tarde para emprender la tarea; pero, en parte por mi ansiedad y en parte porque en el sótano no tendría más remedio que utilizar luz artificial, decidí
encararla sin más demora. Primero saqué los clavos que fijaban al piso la tapa que impedía la entrada, luego quité la tapa, introduje una vieja escalera que encontré abandonada en el fondo
de la casa y, antes de entrar, iluminé parte de ese ambiente todavía inexplorado con mi linterna de mano; los restos de la escalera primitiva, que todavía permanecían adheridos a la parte
interior de la boca de entrada, me impedían alumbrarlo todo: solamente se distinguía el polvo que cubría el piso.

Para develar el misterio que podía guardar el recinto tuve que descender e introducirme en esa especie de cueva polvorienta -era el hogar de Doña Rita-, pues no cabía otra alternativa.
Estaba convencido de que encontraría lo que buscaba, entonces podría dormir tranquilo y no me preocuparía más por la rata ni por ningún bicho o ruido de la casa.

Temblando de emoción bajé la escalera que se movía de manera inquietante, hasta que uno de los escalones no resistió mi peso y me obligó a usar mis manos para sostenerme y evitar una caída
de consecuencias imprevisibles, pero a raíz de ello tuve que soltar la linterna, que chocó ruidosamente contra el piso, apagándose. Con esfuerzo tomé mi encendedor y descendí casi
adivinando el camino para rescatar la linterna; afortunadamente todavía estaba en condiciones de funcionar, gracias al colchón de polvo que había amortiguado el efecto del golpe.

El sótano era más grande de lo que había imaginado: por lo menos ocupaba el mismo espacio que el de las habitaciones de arriba; al igual que éstas, una pared lo dividía y una abertura, que
nunca debió tener puerta, comunicaba los ambientes. El piso de cemento y las paredes de ladrillo, en alguna época muy anterior, habían sostenido una estantería de una bodega particular,
como podía deducirlo por los restos que aún quedaban y la cantidad de botellas vacías acumuladas de manera desordenada; salvo estas cosas y algunas telarañas, en este ambiente no había nada
que llamase mi atención o indicara la existencia de algo relacionado con la sospecha que me había inducido a investigarlo.

Al cruzar la abertura que comunicaba los dos ambientes del sótano e ingresar en el recinto contiguo, percibí inmediatamente una notable diferencia con el anterior, que me hizo galopar el
corazón de manera desbocada: contra las paredes y sobre el piso, uno al lado del otro, alineados, podía distinguir con dificultad numerosos cajones; con seguridad allí estaba la clave del
secreto que esperaba desentrañar.

Con ansiedad irreprimible y la garganta reseca me acerqué a esos cajones para examinarlos a la escasa luz que emanaba de mi linterna y verificar lo que contenían. Lo primero que pude notar
fue que estaban maltrechos y rotos, sin tapas y con sus fondos cubiertos con la huella del tiempo transcurrido; pero en el extremo de la fila había uno grande, diferente, poco deteriorado y
con su tapa colocada.

La luz de la linterna comenzó a vacilar cuando la cosa se estaba presentando favorable; tenía que apurarme. De un tirón levanté la tapa, que cayó a un costado al desprenderse de las
bisagras que la habían sostenido en su lugar. Con la iluminación cada vez más pobre alcancé a distinguir unos puntos brillantes en su interior, hasta que la linterna se negó a seguir
colaborando y quedé en la oscuridad más completa; desesperado le apliqué al artefacto algunos golpes furiosos y obtuve una tenue respuesta, aunque suficiente para permitirme observar que el
cajón albergaba una cantidad de animalitos movedizos de pequeño tamaño y, en un rincón, a Doña Rita, que me mostraba sus crías mientras movía rápida y nerviosamente sus bigotes de azabache.

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