2do premio VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Horacio Convertini

Lamparazo al pecho, pensé, cuando lo que me apuntaba al pecho no era el flash de una cámara de fotos sino la boca de un Mauser en manos de Salinero. Facciones heladas de muñeco de cera,
ojos como huecos y dentro de los huecos, piedras oscuras. Lamparazo al pecho. Así lo llamaba Duré porque Salinero no sabía manejar la luz ni los encuadres. El apodo le había quedado y
nosotros lo repetíamos, inocentemente, nunca de frente ni con malicia.
«¿Qué hacés, loco, mirá si te ve Spegazzini?», le dije. Una boludez, ya sé. Qué le puede importar a un tipo que se aparece de golpe en el trabajo con un fusil para cazar jabalíes que lo
rete el jefe. Pero aunque parezca mentira, éso me salvó. Salinero giró noventa grados a su izquierda, hacia donde estaba la oficina de Spegazzini, lo vio venir y disparó. Una llamarada
blanca y Spegazzini que vuela hacia atrás arrastrando una silla y un perchero, rebota contra la fotocopiadora y cae sentado, con un volcán rojo en el estómago vomitando sangre. Al balazo le
siguieron gritos. Un instante de caos. Y yo lo aproveché para saltar al otro lado de mi escritorio y esconderme debajo.
Salinero era el único fotógrafo de la editorial, si no contamos a Duré, el socio de Spegazzini. Duré había trabajado veinte años en La Razón y gozaba de cierto renombre: sus fotos del
terremoto de Caucete habían ganado un premio internacional y se decía que los mejores retratos de los últimos días de Perón los había tomado él. Pero le importaba la plata más que la
gloria. Lo despidieron de La Razón a fines de los setenta cuando se dieron cuenta de que le estaba vendiendo el archivo a la competencia. Fue entonces que se juntó con Spegazzini y fundó la
editorial. Sacaron tres revistas: «Pura carne», de mujeres desnudas, cuentos eróticos y teléfonos de putas; «Pura verdad», de sucesos policiales; y «Puro misterio», de platos voladores y
fantasmas. Basura en papel de bajo gramaje. Todas las fotos, si no se robaban a revistas extranjeras ni se compraban a archiveros venales de los diarios grandes, las sacaba Salinero. Menos
las de minas en bolas, que eran el coto de caza de Duré.
La gran virtud de Salinero era su disponibilidad: para él no había hora ni día ni lugares inconvenientes. Técnicamente malo, pero barato, callado, voluntarioso. Y eso bastaba. O acaso fuera
la condición necesaria para trabajar allí: nadie con un poco de altura u orgullo podía aguantar demasiado en ese hospicio de mediocres y fracasados.
Un murmullo confuso sucedió a los gritos. No sé cuánto duró, porque yo estaba aterrado. No podía sacarme dos imágenes de la cabeza: la boca del Mauser apuntándome al pecho y el lamparazo de
plomo atravesando a Spegazzini. «Era para mí, era para mí», me repetía. Y no podía entender por qué. Yo nunca le había hecho nada a Salinero. Es más, nadie le había hecho nada a Salinero,
si ni siquiera le dirigíamos la palabra. Tan callado era el tipo. Tan solitario. Un fantasma que venía, hacía lo suyo y se iba. No sabíamos si tenía esposa, hijos, dónde vivía, qué hacía
cuando no sacaba fotos. Tampoco nos llamaba la atención que vistiera chalecos rústicos y borceguíes militares al estilo de los corresponsales de guerra. Pensábamos que eran manierismos del
oficio, como la corbata desencajada del viejo Fender, que se creía Raymond Chandler cuando inventaba crímenes tortuosos en las páginas de «Pura verdad».
El murmullo, quise creer, debía de ser una tregua. Mis compañeros tranquilizando a Salinero. Desde donde yo estaba no había ángulo para ver demasiado. Sólo el escritorio de Fender. Y vi a
Fender asomándose lentamente, los lentes sostenidos de una patilla sola, el pelo blanco alborotado, una manito temblorosa que parecía pedir clemencia. Sólo eso. Después, tiros, otra vez. Y
me tapé los ojos.
A Salinero lo había traído Duré de La Razón. Lo trataba con una mezcla de paternalismo bonachón y rigor mala leche. Esto es, palmearlo y elogiarlo por una foto común y silvestre, antes de
descargarle la peor de las filípicas por el fuera de foco de un cadáver retratado a las corridas entre los empujones de la policía. Había entre ellos una relación maestro-alumno bastante
perversa. Si Duré sabía perfectamente que Salinero no daba más que para un lamparazo al pecho, ¿por qué le exigía como si de él pudiera sacar un Pulitzer a fuerza de retos públicos? y si
Salinero sabía perfectamente que la editorial no era más que un resumidero de lo peor del periodismo, ¿por qué no lo mandaba a la mierda? Cuando Duré andaba cruzado con él, lo hacía
clasificar fotos. «Mirá bien el trabajo de otros que así se aprende». Y le encajaba dos o tres cajas repletas de diapositivas para que las examinara una por una con un cuentahilo, las
identificara según la noticia o el personaje y las archivara. Una tortura que Salinero soportaba sin quejas y hasta con cierto grado de entusiasmo. «Se debe de calentar con las fotos de
minas en bolas», suponía Fender. «¿No vieron la gaveta? La tiene forrada con las tapas de Divina Diva».
Divina Diva era la gran estrella de «Pura carne». Según las notas de la revista, era la única actriz pomo argentina que triunfaba en el exterior, vivía en una mansión de la Costa Azul que
le había regalado un magnate griego y no existía varón de la aristocracia europea que no le hubiera ofrecido fortunas por una noche de sexo. Fábulas de Duré. Divina Diva, en realidad, se
llamaba Nilda Haydée. Era una paraguaya teñida de rubia que trabajaba en un prostíbulo de Barrio Norte. «Petisita, sí, pero linda, y con un cuerpo que raja la tierra», decía Duré, el único
que la conocía en persona. Cada vez que Divina Diva salía en la tapa, las ventas pegaban un salto. Nadie sabía si era por su belleza o por el personaje que le habían inventado, pero lo
cierto es que esa mujer tenía algo especial, misterioso, que fascinaba a los hombres.
La sucesión de tiros sonó como esos truenos que se van encadenando hasta parecer uno solo. Cuando paró, Fender volvió a asomarse. El viejo era la mejor pluma de la editorial, aunque eso,
dado el contexto, no significaba nada. Nunca había cumplido su sueño de ser como Chandler. De joven, una novelita suya había ganado la mención de honor en un concurso municipal y esa
ilusión lo había traicionado. Al igual que todos los periodistas de su generación, consideraba al periodismo un género bastardo al que debía someterse por necesidad, o incluso por
estrategia, antes de alcanzar el triunfo en el arte superior de las letras. Era un lector fervoroso y tenía una sorprendente capacidad para las citas, a las que usaba como ornamento de cada
línea escrita o dicha, pero de talento real y genuino, poco. Sintetizando: escritor frustrado, veterano en caída libre y, aun así, tuerto entre ciegos.
Esta vez, Fender tuvo tiempo suficiente para salir de debajo del escritorio e incorporarse. Creo que se sintió a salvo porque todos lo querían y respetaban. «A mí no va a tirar», habrá
pensado. O tal vez sólo haya especulado con su nombre en la primera plana de los diarios y una oferta para escribir un libro sobre la masacre. La gran oportunidad para su prosa.
«Tranquilizate, muchacho», balbuceó, «que ésto sólo te puede perjudicar a vos». Oí el balazo y la cabeza de Fender estalló como una fruta.
Nadie, que no fuera Duré, ponía las manos en «Pura carne». Se encargaba de todo, desde la producción periodística hasta la venta de avisos. Muchas de las fotos las robaba de revistas suecas
y alemanas que le traía de afuera un piloto de Aerolíneas Argentinas. Otras las sacaba él mismo a putas como Divina Diva que conseguía por ahí. Alquilaba un estudio en el centro y podía
tenerlas horas probando luces, fondos, poses. Una obsesión que le salía cara y que no tenía relación alguna con la calidad de la revista. En una fiesta de fin de año, medio picado por el
vino, había deslizado el por qué: «No hay nada más agradecido que una puta agradecida. Cuando ven que uno las hace lucir como reinas, se derriten. Las más pibas se ilusionan con que gracias
a tus fotos las descubra un productor de la tele o un millonario. Las más veteranas vuelan bajo; les alcanza con saber que podrán mejorar la cartera de clientes. Todas dejan una propina
para el fotógrafo». Hizo un gesto con la mano para que no quedaran dudas de que no hablaba de dinero. «¿Divina Diva también?», pregunté yo. «Todas, nene».
A partir de esa noche, las propinas de Duré se convirtieron en el gran tema de la editorial. «¿Y? ¿Cobró algo hoy?», lojodíamos. Él se reía, ambiguo; no negaba ni afirmaba. «A ver cuándo
reparte un poco», y le señalábamos con la cabeza a Salinero. «Depende de él –respondía en voz alta–, de que termine con los lamparazos al pecho…» Pero Salinero lo ignoraba. Jamás parecía
atento al aquí y ahora, sino a algo que habría de pasar más adelante, acaso en otra dimensión de tiempo y lugar, algo superior y diferente.
Salinero era alguien que espera. Y lo que espera, por fin sucede. Duré que no puede hacer las fotos de «Pura carne». Alguien asegura que discutió feo con Spegazzini y que se fue dando un
portazo. Que renuncia a la editorial. Cuentas que no cierran en la facturación de avisos. Spegazzini que llama de apuro a Salinero. Hay una tapa pendiente. Divina Diva, casi nada. «Ojo con
lo que hacés», le dice Spegazzini. Salinero asiente y va.
Abrí los ojos y vi los borceguíes manchados de sangre frente a mí. Supe que había llegado mi turno. Y esa certeza me iluminó: me ayudó a comprender todo, a descifrar la oscura razón de
tanta locura. «Está en el banco», grité. «Duré está en el banco. Vino y rajó». Los borceguíes siguieron ahí un par de segundos y luego se retiraron. El resto lo sé por los diarios. Salinero
fue al banco, baleó al guardia de la puerta que le quiso cerrar el paso y agarró a Duré saliendo de la oficina del gerente. Primero le tiró a las rodillas. Luego le apoyó la boca del Mauser
en el pecho y lo remató.
Salinero no habló jamás. La que sí habló fue Divina Diva. La noche anterior a la tragedia, Salinero había trabajado cuatro horas con ella, obsesivamente y en silencio. Antes de cada serie
de fotos, le tomaba una polaroid para que viera cómo iba marchando la producción. «Me hacía sentir como una estrella de cine». Lo extraño ocurrió después, cuando Salinero le dijo que habían
terminado y ella empezó a vestirse. Le preguntó si no había nada para él. «¿Qué?». La propina. La puta se le cagó de risa. Sabía. «¿Te creíste los cuentos de Duré, lindo? No podés ser tan
boludo». Salinero se le fue encima. Forcejearon hasta que ella logró manotear una sevillana que llevaba siempre en el bolso por las dudas. «Si no me soltás, te capo». Contó que Salinero se
puso blanco y que los ojos se le nublaron antes de liberarla.
Sé que pude salvar a Duré, porque imaginé lo que iba a pasar y no llamé ni a la policía ni al banco. Pero siento que hice lo mejor. Que Salinero merecía terminar su tarea. Una vez lo fui a
ver a la cárcel. Estaba más flaco, como consumido, y mantenía el aire de frialdad y ausencia. Le hice un par de preguntas de compromiso y me las respondió con monosílabos que apenas alcancé
a oír. Cuando me estaba yendo, me frenó. Las fotos de Divina Diva, dijo. Por favor, conseguímelas. Le contesté que no iba a ser fácil, que el juez había secuestrado los rollos y las
polaroids. Pero insistió con voz quebrada.
Una sola, rogó. Una aunque sea.

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