mención de honor VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Germán Bartizzaghi

La idea original, nadie lo discutía en todo Villa Santa Ana, había sido del Padre Eladio. Claro que él jamás hubiera imaginado semejante desviación de sus intenciones; pero tal es la
curiosidad y el infierno grande de los pueblos chicos. Lo que no podía negarse era que, de no haber sido por la chusma y sus necesidades de escándalo, el provecho que se hubiese sacado a su
ocurrencia habría sido irrisorio.
La pizarra no tenía más de un metro de alto por uno y medio de ancho; suficiente madera para lo que las catequistas terminaron nombrando “la voz de Dios”. Después de analizar durante algún
rato la fachada del templo, el Padre había decidido colocarla en la pared Este, aprovechando que la avenida lindera concentraba el mayor caudal de tráfico durante los fines de semana.
No todos habían aprobado la iniciativa los primeros tiempos; por ejemplo, los que se jactaban de la arquitectura del recinto y de lo que representaba como símbolo de piedad para una
localidad tan pequeña (el señor Blanco era uno de ésos). Decían que un pizarrón no era cosa del Cielo y que “en la iglesia los pecadores deben fomentar el silencio y no la
habladuría”.Eladio, al tanto de la división de aguas que se había generado, aprovechó el sermón de un domingo para explicarse .Tres obispos ya habían desfilado por la arquidiócesis en los
años que llevaba al frente de la Iglesia del Sagrado Corazón y nunca se habían animado a dar una homilía sin una guía escrita, que ocultaba entre las páginas del leccionario; pero aquella
vez (deberían haberlo visto) al presbítero se le había soltado la lengua. Sus argumentos no habían dejado lugar a duda, la cartelera era necesaria. Indicó que, sin poder el pueblo alcanzar
los modernos servicios de telefonía, la mejor manera de llegar a todos era aquélla. Una simple anotación y sólo unas horas bastarían para que cualquier noticia corriese de boca en boca.
Horarios de misa, reuniones del Consejo Pastoral, importe de la recaudación de la colecta del precepto, todo sería debidamente informado en la pizarra.
A despecho del propósito del cura, el primer escándalo no demoró en llegar. El mensaje había sido anónimo y a pesar de que el jefe de policía trató de encaminar una pesquisa en base a la
grafía, nada averiguó. En él se denunciaba una malversación de fondos en el correo local. Como si un periodista encapuchado hubiese llegado a la Villa para hacer justicia, cada feligrés
creyó en el dato. Aquella misma tarde, el allanamiento de la oficina de correos y telégrafos determinó la exactitud de la información. La pizarra había trasmutado en una arma de denuncia
popular.
Era curioso que nadie se atreviera a la chacota o a la difamación. Tal vez aquella proximidad a lo sacro repelía el comentario especulativo y sin certezas. La inscripción “HIC DOMUS DEI EST
ET PORTA COELI” tallada en el pórtico del templo, parecía obligar a tener pruebas antes de ensuciarse las manos con la tiza.
La segunda revelación (que juzgaron femenina, por la prolija itálica trazada en color azul) había dado a conocer una infidelidad entre la mujer del señor Blanco y su abogado. A partir de
allí, varios llegaron a tener pesadillas en las que veían su nombre aparecer en el letrero con tinta azul, roja o verde y muchos esposos que habían sido débiles, retomaron con vehemencia
sus votos maritales.
Un semanario de la zona fue dando publicidad a la pizarra y estableció que se usarían los mismos colores para iguales denuncias: rojo para casos de corrupción, azul para infidelidades,
verde para maltratos físicos y blanco para los anuncios del Padre Eladio (que cada vez escribía menos y había entrado en una gran depresión por el derrotero que había seguido su idea).
La difusión de las bondades del medio se ejecutaba con una celeridad incendiaria. Por la emisora de AM local, para acicatear al público a su uso, cada dos horas se insistía en su valor como
herramienta cristiano-democrática. Incluso en el colegio confesional se había dedicado una jornada completa para que el estudiantado pudiese memorizar los colores para cada categoría de
acto inmoral (algunas profesoras argumentaban que el rojo hubiese sido mejor para las infidelidades, por la pasión que encerraba). Así, cuando afloraba una nota en blanco nadie se molestaba
siquiera en mirarla, cosa que había acentuado el cuadro depresivo del cura que ya había hecho llegar al obispo sus deseos de traslado.
Lo que sorprendía era la seriedad con que se manejaban las inscripciones. No podría afirmar que alguna vez alguien trazase una mentira. Por esa solemnidad que despertaba el templo, la
pizarra siempre hablaba con verdad.
No fue necesario diagramar un manifiesto que detallara las condiciones de uso; todos sabían que el único requisito era la franqueza. Así, fueron apareciendo otros colores y otro tipo de
mensajes: amarillo para cumpleaños, naranja para bodas y violeta para defunciones. A un año de su colocación se la había cambiado por una del doble de tamaño y se había formado una comisión
especial para procurar su conservación; ésta estaba integrada por cinco jóvenes que se encargaban de la provista de tizas, de que el borrador no se perdiera y que no se cometiesen errores
ortográficos.
Es verdad que la radio local funcionaba desde hacía diez años y hacía trascender muchos de los mensajes que exhibía la pizarra, pero leer tenía una jerarquía superior a la de escuchar. El
invento del Padre Eladio permitía la relectura, la corroboración, la certeza inigualable para una tecnología evanescente como la del micrófono. Toda la villa deseaba y se espantaba ante la
sola idea de ver su nombre en la pizarra. Aunque había personas indiferentes; el señor Blanco, por ejemplo.
Don Blanco era un caballero ajeno a esas minucias. Disciplinado y religioso, en un principio tenaz opositor a la idea del cura pero que, luego, había entendido sus ventajas (más que nada
cuando supo por su intermedio de los fogosos revolcones de su señora y su abogado). Lejos de guardarle rencor, celebraba la existencia de una manera expedita de desenmascarar a los
pecadores. Sin embargo, el señor Blanco jamás había hecho uso de ella. No tenía conocidos como para desearles feliz cumpleaños públicamente o una vida social que le diera acceso a
novedades; la pizarra era intrascendente para él. Ocupaba sus solitarias horas en otras cosas; tenía a Lugones, los amaneceres, la paroxetina, el vino y la numismática. De esa linealidad de
tren fue rescatado la mañana del veintiuno de abril; hacia las siete de la mañana de ese día, algo le aconteció.
La casa del Sr. Blanco era un modesto chalet con amplios ventanales al frente y al patio. La construcción se había hecho con un dinero que su ex esposa había recibido de una tía solterona;
sin embargo, las infidelidades de aquélla lo habían declarado legítimo propietario después del litigio. Estaba ubicada frente al lado Este de la parroquia, por lo que la pizarra daba justo
frente a su casa. Más de un vecino lo había felicitado por esa ubicación privilegiada, incluso dos solteronas de la cuadra se habían ofrecido para barrer su vereda a diario con tal de tener
una consigna que les excusara su curiosidad por los avisos. Para Blanco, el hecho no pasaba de coincidencia.
Desde la irrecuperable época en que veraneaba en Mar Chiquita con sus hermanos, algo del amanecer lo hacía madrugar para quedárselo. No era sólo mirarlo desde su cama; era levantarse,
preparar el mate, rezar sus laudes y metamorfosearse en un semidiós que podía escuchar el coro de todas las calandrias que escoltaban el despunte de la mañana. Ese ritual le permitió ser el
primero en ver el color violeta de la pizarra mientras levantaba la persiana del frente. Algo indescifrable lo llevó a hurgar en el placar en busca del largavista para leer el nombre del
difunto.
La primera sensación que tuvo fue la de una náusea interminable. Después calor, más calor y miedo en la barriga. Su nombre completo aparecía firmando una trágica nota de suicidio. Esfumada
esa sensación de vómito, decidió bajar rápidamente la persiana. En el pánico, la correa se cortó y la celosía impactó estruendosa contra el alféizar; maldijo en italiano y procuró no dar
más señales de movimiento. La siguiente media hora se dedicó a pensar.
La pizarra no había mentido jamás en sus tres o cuatro años de vida. ¿Por qué ahora? ¿Por qué con él? ¿Sería premonitorio? Su figura corpulenta había tomado un aspecto infantil en la
inmensidad del sofá. Las suposiciones, las intrigas lo habían confinado a un silencio espectral.
La pizarra lo había resguardado de vivir una mentira y quizás ayudaría a otros de la misma forma; mas, si trascendía esta equivocación encontraría su ruina. El final de esa media hora de
elucubraciones fue dictaminado por las campanas de la iglesia. El sonido de Dios fue un suplicio, el recuerdo de su nombre escrito en violeta. Treinta y tres campanadas confirmaron la
pronta publicidad de la información; casi pudo verse entre los tules, las coronas de flores y los candelabros de plata, rodeado por hipócritas que lloriqueaban y comían caramelos.
Tomó nuevamente el largavista y por un intersticio de la ventana chequeó la pizarra para descifrar si el anuncio lo había plasmado un hombre o una mujer. Con horror confirmó que se trataba
de un trazo rústico, masculino: el suyo. Releyó la nota. El estilo barroco lo refrendaba. ¿Quién podría haber falsificado su letra? Semejante esmero en la jugada no hablaba de equivocación,
sino de toda una conspiración en su contra. “Seguro está detrás de esto”, apostaba sobre su ex mujer. La situación se iba de sus manos. Quería salir a la calle a desmentir todo, a poner fin
a la era de la pizarra y a detener al florista que ya llevaba la primera corona a la sala de velatorios. Por el momento, estaba preso de un estupor cadavérico.
Otra mirada a través del ojo de la cerradura y las primeras viejas enlutadas con el mismo negro de la pizarra caminaban hacia la sala de velatorio. Caminó un poco por el living y tomó
algunos mates más; la imagen de su ex esposa riendo junto con su abogado no lo soltaba. Mientras la villa entera lo iba dejando atrás, la ambulancia estacionó en la explanada de su casa.
Bajaron dos hombres con una camilla que danzaba según los accidentes de la vereda. El más joven, de unos treinta o treinta y cinco años, llevaba una sábana blanca en su mano izquierda.
La sensación de náusea volvía. La cara burlona de su mujer, una estrofa de la Liturgia de las Horas y una medalla de San Judas Tadeo que faltaba a su colección, le permitió reunir la fuerza
que necesitaba para incorporarse y desenmascarar todo.
Le extrañó que los muchachos de la funeraria entraran sin llamar a la puerta y con tanto atrevimiento; más que nada porque en todo el pueblo se sabía que era un hombre áspero al trato.
Después, recordó que los pobres inocentes lo suponían muerto, cosa que le advirtió de no matarlos de un susto. Saludó con un suave “buen día” que no surtió el menor efecto. La camilla
saltarina continuaba su danza según cada desnivel del parqué. Soltó un grito cuando vio que los hombres continuaban hasta su habitación; eso tampoco los detuvo. Entonces corrió hacia ellos.
Los alcanzó cuando le quitaban el frasco con veneno de la mano en que todavía lucía la sortija. Verse muerto volvió a matarlo. Enseguida, lo despojaron de su pijama a rayas, lo subieron a
la camilla y lo taparon con la sábana nívea. La solemnidad de los muchachos había otorgado al cuadro un toque decimonono. Él, todavía desconcertado, todavía esperando quién sabe qué,
decidió escoltarlos.
Lo enterraron el veintidós de abril, a las diez de la mañana. Mientras algunos pocos acompañaban al Padre Eladio durante las exequias en el cementerio, en la pizarra ya escribían una
salutación por unas bodas de plata matrimoniales.
Cosme Segundo

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