La Piel del Invierno
por Ruben Leva

Ganador del VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

A la hora de la siesta simulaba dormir. Atento en la oscuridad de la habitación, la cabeza apoyada en la almohada sudorosa y el pulso acelerado, esperaba. Más tarde se oía un murmullo entre dientes, un tironeo, una protesta ahogada y, entonces, en medio de risas y cuchicheos, ella se dejaba arrastrar hasta la pieza. No bien comenzaba a escuchar el quejido de la cama se levantaba en puntas de pie, la mano inquieta dentro del calzoncillo, y se instalaba junto al hueco de la puerta. Agachándose y cuidando de no hacer ruido abría un poco la cortina que hacía de separador y espiaba con un solo ojo. Entonces alcanzaba a ver el perfil recortado de los cuerpos. Su padre era el que estaba arriba. Su madre casi siempre acostada mirando el techo y, otras veces, cuando más excitación y espanto le causaba, en posición de cuatro patas con su padre montado encima. En ocasiones él estaba tendido en la cama y ella, de rodillas, hacía algo que no se alcanzaba a ver del todo pero que cualquiera hubiera podido imaginar al ver su cabeza subiendo y bajando. Eso le daba mucho asco y rabia pero notaba que su pequeño pene se ponía más rígido y palpitante provocándole una mezcla rara de culpa y vergüenza.

La primera vez que los vio pensó que su padre le estaba pegando. Entonces deseó intervenir, hacer algo para defenderla, pero no se animó. Apenas volvió a la cama le vino el ataque. Su pecho silbaba tan fuerte que su madre asustada corrió a su lado. Ella le hizo unas friegas con alcohol mientras le acariciaba la frente con la palma de la mano, él se durmió agradecido.

Pero después de aquella primera vez no volvió a tener el ataque en las tardes de verano, Sólo le volvía en las mañanas frías de invierno. Esas mañanas en las que daba pereza levantarse para ir a la escuela. Esas mañanas en que las se podían ver los baldíos blanqueados por la helada nocturna. En esos días el agua de las cunetas se cubría con una delgada capa de hielo. Es como si fuera la piel del invierno, pensó una vez mientras se abrochaba las orejeras de su gorro de aviador para prevenirse de los crueles sabañones.

Él amaba el verano. En esos días se dejaba estar bajo los frescos paraísos de la vereda, en medio del silencio y el aburrimiento amarillo de la siesta, mientras aguardaba el momento de revisar las tramperas. Mordisqueaba, entonces, un tallo de gramilla y soñaba con ser grande. Cuántas veces sus padres lo habían retado porque no se acostaba a dormir. Pero ahora eso ya no pasaba. Ya no salía a cazar pajaritos, ni a tratar de atrapar chicharras en las hojas del naranjero o mariposas en los charcos barrosos de la lluvia reciente. Ahora, sin falta, se acostaba a dormir la siesta como un chico obediente.

 

II

A los trece años una brusca proliferación de pelos erizándole las piernas y una multitud de granos en la cara, como pequeños volcanes amarillentos siempre a punto de explotar, lo sorprendió. Pero antes hubo un tiempo de preguntas. Preguntas que obtuvieron sólo respuestas evasivas. Hubo, para compensar, sabias respuestas de los amigos del barrio, como aquella vez que escuchó la teoría del Chueco por primera vez. Para el Chueco todas las mujeres eran putas, y las madres no eran la excepción. Él lo escuchó con el corazón martillándole el pecho y la angustia cerrándole la garganta. Son putas porque cogen ¿O para tener hijos no hay que coger, eh?

Un par de años después, en el Piringundín del Turco, tuvo su primer fracaso. El Chino le había escamoteado el auto al padre y con él recorrieron los quince quilómetros de tierra que separaban a Villa Teresita de San Antonio. El boliche estaba casi vacío, como era de esperarse para un día martes. Las chicas combatían el aburrimiento mirando una película del Hombre Lobo en el viejo televisor en blanco y negro. Cuando el Turco se acercó, disimulando su sonrisa canchera tras el toscanito que le colgaba de los labios, pidieron, como para darse valor, algunos una cerveza y otros un whisky o una ginebra. Luego, una a una, vinieron las chicas: ¿Muchachos, van a pasar? Todos lo hicieron menos él.

 

A la vuelta, en medio del anecdotario festivo de sus amigos, repentinamente hombres, él se excusaba en la escena grotesca enmarcada por la película y el entorno desierto moteado apenas, aquí o allá, con algún que otro parroquiano bebiendo una caña o jugando un solitario. Eso me quitó la motivación, había dicho. Nadie le creyó, pero, extrañamente, no se ensañaron en la burla. Ya sabían de la timidez que lo acompañaba desde siempre, esa timidez que, con el tiempo y, mucho más después de la muerte de su padre, verían aumentar hasta el extremo del aislamiento. Él sostuvo con orgullo su excusa y hasta se dio aires de superioridad moral.

 

III

Sólo tuvo una novia. Con ella no pudo pasar del inaugural beso en los labios. Se decía a sí mismo que era por respeto, que mejor ni hablarle de sus deseos porque sería ofenderla, que ya llegaría el momento, cuando se casaran. Se masturbaba esforzándose en pensar en otras mujeres, alguna actriz de moda o hasta algún dibujo de historieta.

Esa relación no duró mucho, pero nunca pudo olvidarla. Laurita todavía poblaba sus sueños cuando él ya pasaba los treinta y ella contribuía a poblar el país con singular entusiasmo.

Verla rodeada de hijos lo hacía pensar en la vieja teoría del Chueco ¿No eran mucho mejores las imaginerías a las que se abandonaba cada noche? Eran su gran consuelo cuando se acostaba luego de la jornada solitaria atendiendo el quiosco improvisado en la ventana del living.

 

IV

Aquel día su padre había salido, como de costumbre, a la mañana temprano. Apenas cruzó el puentecito que unía la vereda con la calle se derrumbó sobre la tierra todavía húmeda de rocío, con bicicleta y todo. Él vio la suela de goma de los borceguíes que le daban en la fábrica cada año, vio el mameluco azul desteñido desparramado sobre el piso, vio el broche de la ropa que su padre prendía en la botamanga del pantalón para que no se enganchara con la cadena de la bicicleta, vio su cabeza sin gorra, desarticulada, vio la gorra dada vuelta, vio sus manos agarrotadas todavía tomadas del manubrio, vio todo eso y escuchó el llanto convulsivo de su madre pero no sintió verdadera pena. Sólo desvió la mirada hacia la cuneta y vio la delgada capa de hielo, la piel del invierno, sobre el agua sucia.

Abandonó entonces el secundario porque era necesario trabajar para asegurar su sustento y el de su madre. Primero le dieron un puesto de cadete en la misma fábrica donde su padre había trabajado toda la vida. Allí sólo estuvo algunos meses. Lo despidieron porque mostraba una lentitud alarmante en el cumplimiento de los encargos que le hacían y una dificultad llamativa para manejar la motoneta que le habían asignado. Fue entonces que su madre pensó en el quiosco.

Autor | Jonatan Cognetti | www.aerografiasdipinto.blogspot.com