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La Pasión de un par de jueces
Jorge Sagrera

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Era Susana muy delicada y hermosa de aspecto.
Y como tenía puesto el velo,
aquellos malvados se lo hicieron quitar,
para complacerse con su belleza.
Lloraban entretanto los suyos
y todos cuantos la veían.
Daniel 13, 31-33

El cuadro de Tintoretto muestra a Susana bañándose mientras la espían los dos jueces. El pintor italiano tuvo el recato de ocultar algunas de sus partes con un sutil movimiento del brazo y pierna izquierdos. En la obra de Artemisa Gentileschi, intuimos la respiración afiebrada de los jueces encima de la heroína bíblica. Aquí, la artista romana, elige componer a una Susana que intenta defenderse de esas miradas violentas y, al alzar las manos, deja descubierto el pecho izquierdo. Esta última pintura asume un mayor contenido erótico. No sólo por el pequeño e insinuante pecho inspirador, sino por la expresión de los jueces, a quienes el pincel de Gentileschi elige representar no tan ‘ancianos’, como lo señala la Escritura.
Hay que decir ahora, antes de escribir la historia de la bella Susana y el soñador Daniel, que Tintoretto y Gentileschi no son útiles, hoy siglo XXI, para comprender cómo deseaban ese par de jueces el cuerpo de Susana. Estas “Susanas”, representadas en las telas, poco podrían hacer para inhibirle el juicio a alguien. La belleza de la que habla el episodio, una belleza que hería, es la belleza no sólo de Susana, sino de otras mujeres bíblicas: Judith ante Holofernes, el jefe asirio, que “ardía en deseos de poseerla”; o la belleza de Tamar, en la Segunda de Samuel, que llegó a “enfermar a su hermano” Ammón.
La escena que nos ocupa se desarrolla en Babilonia, donde vivía Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, quien era bella y piadosa y para la época podía considerarse una mujer feliz. Joaquín tenía mucho dinero, una gran casa y un magnífico jardín (algunos arriesgaban hasta el sacrilegio que el Edén debía haber sido así).
Los judíos notables solían acudir a Joaquín, porque era el más prestigioso de todos. En aquella época habían sido nombrados dos jueces, escogidos entre el pueblo, que venían a menudo a la casa de Joaquín y los que tenían alguna diferencia se dirigían a ellos. Cuando todo el mundo se retiraba, Susana entraba a pasear por el jardín amurallado y habitualmente se desnudaba para bañarse en la fuente. El lugar que era público pasaba a ser privado. Los dos jueces, quienes la cruzaban a salir, empezaron a desearla. El tormento se inició así: una tarde estaban los dos jueces revisando un asunto con Joaquín. Se habían quedado un tiempo más aprovechando que llegaba la hora de la sombra. Ahora no hablaban, por eso Susana y sus doncellas no advirtieron la presencia de los tres.
Joaquín estaba de espaldas y permaneció así aun cuando escuchó el fino roce de tres pares de pies avanzado por el camino de grava. Las miradas de los jueces se detuvieron y Joaquín comprendió que algo delicado había sucedido. Pero no quiso saberlo.

El sol, en el rincón por donde ingresa Susana, va recogiendo sus
últimos latigazos y la toma a contraluz. El vestido liviano enmarca
y contiene su figura formidable.
Describir a un juez es describir a los dos. La pasión los nubló por
igual.
Este juez que vemos ahora está arrodillado en el templo. Lo sacude una fina agitación. No levanta la mirada. Dice: Si ésta es creatura tuya, si es imagen tuya… -se da cuenta que no puede hilvanar sus oraciones- … entonces…
Considera un gesto de Dios tanto bienestar, tanta consideración y
respeto por parte del pueblo. Y ahora esta ofrenda… este obsequio que le hace… ha permitido que la hermosa Susana lo abra de ida y de vuelta con la espada de dos filos.

Estaban apasionados por ella, pero no se descubrían mutuamente el tormento. Tenían vergüenza de confesarse el deseo que los abrumaba. Ordenaban la agenda para verla todos los días, intentaban sacarle conversación y tal vez Susana se daba cuenta (¿se daba cuenta ella?) de lo que les pasaba a esos jueces por la forma en que se estremecían sus cuerpos cuando estaban junto a ella. Toda esa masa de carne y hueso no podía sujetar el magma que los arrasaba desde adentro.
Un día, después de decirse el uno al otro: “Vamos a casa, que es hora de comer”, salieron y se fueron cada uno por su lado. Pero los dos volvieron sobre sus pasos y se encontraron de nuevo en el mismo sitio. Preguntándose mutuamente el motivo, confesaron su pasión y acordaron buscar el momento en que pudieran encontrarse a solas con Susana. El deseo no los dejaba vislumbrar que abordarla de a dos era de una cobardía supina. La pasión les quemaba el resto de dignidad y vergüenza que pudieran tener: ¿iba a someter a Susana el uno mientras el otro miraba?
Finalmente la ocasión se presentó. Susana entró en el jardín vacío, acompañada de dos doncellas. Hacía calor y quiso bañarse. Pidió aceite y perfumes. Las doncellas cerraron las puertas del jardín y salieron. Susana soltó su túnica. Luego caminó lento hasta la fuente y se inclinó para probar el agua con la mano.
Los dos jueces, crucificados por la pasión, dejaron el arbusto que los ocultaba y se encaminaron resueltos hacia la mujer.
-¡Susana!…, nosotros te deseamos… Por favor, muchacha.
Susana ahogó un grito y luego pretendió cubrirse con las manos.
-Sí-dijo el otro juez-, los dos te deseamos… consiente, si no…
Estaban como potros desbocados y sus miradas eran de fiebre. Susana vio cómo uno de los jueces se llevaba la mano a la entrepierna, como si quisiera sujetar esa parte del cuerpo que se le encabritaba. El otro juez sintió que la espada de dos filos le entraba por el esternón. Aspiró hondo y desorbitado y cuando el acero lo abandonó le liberó un eructo corto y de catacumba. Manoteó a Susana por el brazo. Sus nudillos rozaron el pecho desnudo de la mujer.
Tuvo que soltarla en el acto, porque recibió una descarga que lo dejó tiritando y bañado en sudor.
Susana gritó: ¡Joaquín!…. ¡Joaquín! Los ancianos se sorprendieron y gritaron también. Otro tipo de grito. Nunca antes los habían enfrentado así. Sintieron una súbita y correspondiente impresión de encontrarse desnudos frente a Dios.
Uno de los jueces que se había mojado la túnica con una línea fina, larga y caliente, corrió a destrabar las puertas del jardín. Entraron las doncellas y los criados. Los jueces hablaban a borbotones y se interrumpían entre ellos:
Escuchamos unos gemidos… como de un animal herido y nos acercamos a ver. Se encorvaban un poco para disimular los miembros erguidos.
-Ésta lo hacía con un joven. Quisimos, pero no pudimos detenerlo… ésta…
El juez la señalaba una y otra vez con su dedo y parecía que iba a tocarla.
Una de las doncellas se interpuso y abrió sus brazos para proteger el cuerpo de su dueña: ¡Atrás! Los jueces retrocedieron un poco y desde ahí juraron escarmentarla a ella también: ¡Atrás, inmundicias!
Los jueces se retiraron tropezando el uno con el otro.
Prometieron castigo divino a los presentes. Susana fue al piso y quedó ahí hecha un ovillo. Estuvo un rato largo suplicando que viniera su esposo a redimirla de ese valle de lágrimas.
A la mañana siguiente el pueblo se reunió en la casa de Joaquín: su mujer iba a ser acusada de adúltera y merecía la lapidación. Llegaron los dos jueces y ordenaron traer a Susana. Uno comenzó a pasearse con la mirada baja, como si estuviera meditando su discurso de acusación. “Si no es para mí no es para nadie y eso justifica hacerla morir”. Ya no lo turbaban este tipo de reflexiones: hacía rato que había dejado de consultar sus asuntos con el Cielo.
Susana, bella como un lirio del campo, acudió al juicio con sus padres, sus hijos y sus parientes. Joaquín había partido súbito hacia el norte, a la región de Babia. El dolor la había dejado más hermosa todavía y los jueces pensaron que el Paraíso se les escurría por segunda vez. Había tenido el pudor de cubrirse con un velo. Uno de los jueces le ordenó que se lo quitara. La cara al descubierto los hizo retroceder.
La creaste perfecta.
La mayoría de los presentes no advirtió las facciones desencajadas de los jueces. No correspondía a la gravedad de la hora. El pueblo se había ido corrompiendo junto con ellos y aceptaba esas conductas que se manifestaban en la expresión de las caras. Daniel, un joven salido de entre medios de ellos, tenía poca memoria de ese tipo de miradas, y fue quien más tarde dio el grito de alarma.

“Pasión onírica” | Cecilia de Lourdes Audagna |
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

“Pasiontango” | Aldo Daniel Killian |IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas « Crepúsculo»

José el carpintero” | Jorge Nicolás Rosso | 3ra mención IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas « Crepúsculo»

El juez que llevaría adelante la acusación se ubicó detrás de Susana y puso las manos sobre la cabeza de la mujer. Era la primera vez que podía tocarla de esa manera. Sus manos desobedientes bajaron por el cuello y se detuvieron a tiempo cuando las yemas de los dedos ya rozaban las clavículas.
-¡Habría que ahorcarla! -dijo para justificar ese movimiento.
“Mientras nosotros nos paseábamos solos por un rincón del jardín, entró Susana con dos doncellas. Las despidió y luego cerró las puertas. Fue ahí cuando le hizo señas al joven que estaba escondido. ‘Tenemos poco tiempo’, le dijo ella y enseguida se desnudaron y se echaron a hacerlo”. -Reconocemos, ya ocurrió en el Origen, que un jardín, una fuente de agua y un cuerpo bello pueden excitar y nublar la vista de un joven, pero nosotros estamos aquí para remediarlo. Somos dos los testigos y eso es suficiente.
-Acá -dijo el segundo juez- nos encontramos ante una nueva Eva, corrompida otra vez por la serpiente.
La Asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y les creyó porque, acaso, la Asamblea eran ellos.
Y la condenaron a muerte. Susana seguida de sus doncellas y parientes gemía su inocencia ante Dios.
Los jueces no estaban felices; sí, tranquilos, aquello podría haber terminado mal. Cada uno por su lado se prometía tener más cuidado la próxima vez y no dejar que los sentidos cabalgaran delante de la sensatez. En estas cavilaciones póstumas andaban cuando Daniel gritó y frenó en seco la marcha de la Asamblea: ¡Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer!
Uno del pueblo se apartó del montón y le preguntó qué significaba eso. Daniel se dio cuenta de que algún tipo de éxtasis lo abrasaba por dentro: ¡Es falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!
-¿Le vamos a creer a un joven? -dijo uno de los jueces.
El murmullo como ubicado entre dos espejos enfrentados rayó el infinito. Debían elegir entre lo bello y lo feo, entre Susana y los jueces, y la Asamblea decidió darle una oportunidad al muchacho. Volvamos al tribunal, dijo Daniel.
En la habitación donde se volvía a celebrar el juicio no cabía la misma gente, tan desordenados estaban. Daniel pidió que los separasen para interrogarlos por separado.
Un grupo condujo a un juez hasta el jardín del pecado. No lo trataban con dureza, ¿qué pasaría si no confirmaba la sospecha del muchacho? El otro juez quedó solo, sentado al borde de uno de los asientos que había utilizado el jurado.
Y dijo Daniel: Envejecido en la iniquidad, ahora has llevado al colmo los delitos de tu vida pasada…
Así comenzó su proclama y varios sintieron que la mano estaba firme en el arado y ya no se podría mirar atrás.

El juez se encrespó.
-Dictador de sentencias injustas -continuó el muchacho-,
que condenás a los inocentes y absolvés a los culpables: te voy a hacer una sola pregunta.
Siguió una exclamación ahogada que llegó y sobrecogió a los que aguardaban en el jardín del pecado.
-Decís que la viste acostada con un joven, ¿bajo qué árbol los viste juntos?
El juez se dio cuenta de que no podía demorarse en presentar su prueba.
-Bajo una acacia -dijo.
-¡Traigan al otro! -ordenó Daniel
El juez que era retirado sin misericordia hasta el jardín del pecado se dio vuelta y en un grito destemplado le preguntó a Daniel: ¿Era ése el árbol?… ¿Era ése el árbol?
Entraron al segundo juez.
Dijo Daniel:
-¡Raza de Canaán, que no de Judá!
Este juez no pudo envalentonarse y escuchaba esas sentencias con pavor.
-Tu ánimo y tu miembro están ahora encogidos, pero antes eran el terror de las hijas de Israel, que por miedo se te entregaban.
-No sé de qué habla -gimió el juez y dirigiéndose a la Asamblea-… ¿Van a creerle a él?
-¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?
-¿Qué?…
-¿Debajo de qué árbol viste echados a Susana y a su amante?
- Bajo una encina… pero eso qué tiene que ver.
-Mentiste contra tu propia cabeza.
El juez intentó una defensa:
-¡Ella nos sedujo!
Daniel le azotó la mejilla con el dorso de la mano.
-La hermosura te descarrió y el deseo pervirtió tu corazón.
El juez lloriqueó:
-Qué culpa tengo de su belleza… tendría que ser la mujer de todos.
Murmullos confusos cruzaron la sala.
-Aunque no consciente -dijo el juez-, ella es la tentadora de este Paraíso.
-No es tu Paraíso, es tu Infierno.
-Todos ustedes no son mejores que nosotros.
Y lo llevaron para juntarlo con el otro y molerlos a pedradas.
-¡Esperen! -dijo el juez-. Un momento, por favor… quiero comentarle algo a Daniel.
Se apartaron unos metros lejos de los oídos del pueblo.
-Muchacho, si esta mujer se sigue paseando en su jardín, seguirán cayendo como moscas… Es mejor que ella muera por todos.
-¿Era esto lo que querías decirme?
-No… no era esto… -se frotó la cara con las manos-.
Es un imbécil. Su marido es un imbécil: nunca tendría que haberla dejado tan sola.
Daniel estaba de acuerdo y lo había manifestado asintiendo con la cabeza. El juez lo notó y pensó que todo se encaminaría. Pediría disculpas públicas y renunciaría a su cargo si fuera necesario.
Daniel lo miró con misericordia y elevando el mentón para que todos pudieran escuchar, dijo: Decir la verdad a último momento, no te va a salvar de la muerte.

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