La omnipresencia del Pecado

By 27 noviembre, 2014n.13 - pecado

Sabrina Perotti La esencia del pecado no radica en que los hombres conozcan qué está bien y qué está mal, sino que cuando cometan algo incorrecto lo tengan constantemente presente

Hace algunos años tuve la oportunidad de reencontrarme con un viejo compañero de primaria a la salida de un cine. Teníamos 20 años. Recuerdo que sus palabras exactas fueron «Me caso». Sin embargo, lo que más recuerdo fue su expresión aniñada absolutamente contraria a la radiante noticia. 

Se percibía en su rostro un dejo de desesperanza y preocupación. Lo felicité, como quien da el pésame y nos despedimos. Tiempo después me arrepentí por no haberle preguntado «¿Con quién?» «¿Cuándo?» y sobre todo «¿Por qué?». ¿Por qué esa cara de angustia y resignación frente a una decisión que se supone de suma felicidad? Sus palabras habían sido una mezcla de confesión y comunicado. Si me hubiese dicho que estaba enfermo o que tenía que recursar una materia, daba igual. Su cara expresaba lo que su voz ocultaba. Por eso quedé con ese sabor amargo y con todas esas preguntas pendientes.
Muchos años después me enteré que su familia era católica ortodoxa y que la familia de su novia también lo era y, entonces, ahí supe realmente el por qué de su actitud. El casamiento no era un casamiento de común acuerdo, no era un noviazgo que decidió formalizarse en unión conyugal. Era simplemente un lavaje de culpas, una salida rápida a las ataduras del pecado. La culpa tomó la forma de proyecto de vida y se embarcó junto a ambos en un viaje del que ninguno quería ser parte.

Pecar y servir
«Arrodillaos, moved los labios y creeréis»
Blaise Pascal

¿Hasta qué punto se puede domesticar el cuerpo de acuerdo al mandato divino?
O mejor, ¿hasta qué punto se puede domesticar el cuerpo? Veo en él la existencia de dos polos irreconciliables. Por un lado, la presencia de los hábitos adquiridos y repetidos automáticamente de manera diaria como los de comer, beber o hasta manejar una bicicleta. Pero, por otro lado, también se cuenta con los llamados «caprichos» del cuerpo. Desde un resbalón filmado por cientos de cámaras hasta un estornudo en el momento inadecuado. «El cuerpo hace lo que quiere» es una frase más que repetida y tiene su anclaje en los miles de ejemplos en donde éste burla todos los mecanismos de control y su expresión sale a la superficie, es decir, al seno mismo de la sociedad. Hay todo un trasfondo que plantea que por más adiestrado, controlado o domesticado que esté el cuerpo, finalmente se va a salir con la suya, alguna vez.
Pero yendo a un plano menos superfluo, podemos observar las diversas formas modernas de domesticación del cuerpo tanto en hospitales, escuelas o prisiones. Como escribió Michel Foucault en «Vigilar y Castigar» en 1975 «nada es más material, más corporal que el ejercicio del poder». Este autor analiza las prisiones y el cambio en «las tecnologías de castigo». Se pasó de una tecnología de castigo ‘monárquica’, donde el prisionero era abucheado por el pueblo y ejecutado frente al mismo, a un «castigo disciplinario» donde los «profesionales» (jueces, psicólogos, guardias) tienen el poder sobre los convictos y deciden acerca de su estadía en la cárcel. Con la modernización la cárcel pasó a las lejanías, donde los presos quedaron de esta manera excluidos de la sociedad. Se perfecciona, así, la división entre la legalidad y la delincuencia, es decir, entre el bien y el mal. Éste último debía permanecer lo más alejado posible para impedir que incida en la «normalidad» de la sociedad y que ésta, sobre todo, tema caer allí.
Foucault, de manera brillante, va a establecer que en la premodernidad los calabozos eran oscuros y vigilados por guardias, en cambio, en la sociedad moderna las cárceles se transformaron en brillantes y diseñadas a partir del panóptico de Bentham, donde desde un punto estratégico un guardia puede vigilar a todos los presos sin que éstos puedan verlo. Haciendo un paralelismo liso y llano podría decirse que este guardia sería una especie de Dios ya que todo lo puede ver sin ser visto. Un Dios que cuida y vigila día y noche. Sobre todo que vigila aún sin que sepamos exactamente dónde está. Porque el mayor castigo consiste en estar siendo vigilado constantemente ¿y cuál es el mecanismo de control?: el pecado. Un pecado que sirve para retener, para preservar, para controlar. Una especie de corsé que trata de amoldar a la sociedad de acuerdo a ciertos parámetros. El pecado aleja al hombre de Dios y lo condena a una vida miserable y a un futuro aún más oscuro: la culpa. El pecado al ser considerado desviación del orden divino es repudiado constantemente y caer en él significa la perdición.

Sin Palabras, de Adrián Ricchezza
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Atajo al perdón
No se puede plantear la idea del pecado como mecanismo de control del cuerpo desde una sola perspectiva, también se la puede analizar desde la etimología de la palabra «pecado». Pecar en latín significa «tropezar»: el cuerpo tropieza frente a diversas inmoralidades y es quizá la forma más «física» en que se lo pueda definir. El tropiezo yace en la esencia misma del pecado. No obstante, aunque exista una íntima relación entre el cuerpo, el pecado y el control, es necesario advertir que existe otro integrante en esta cadena: el pensamiento. Luego de pecar ¿qué es lo que se hace presente?: la culpa. Una culpa que no deja territorio a nada, simplemente a la desazón y a la angustia. Según Sigmund Freud el sentimiento de culpa es el resultado de una tensión entre el Yo y el Súper Yo, siendo éste último el constante crítico del Yo.
Cuando una falta es cometida y la crítica interna impide la realización de otras actividades, es decir, cuando este reproche frena nuestro accionar en otras áreas, se vuelve sumamente perjudicial. Es a partir de un determinado tropiezo (el pecado) desde donde se resta energía (al cuerpo) y el hombre se convierte en un ser abatido y atormentado (por la culpa).
Igualmente sería desacertado afirmar la inexistencia de un arrepentimiento genuino, pero también lo sería sostener la inexistencia de salidas rápidas que aplaquen consecuencias.
Una absolución «momentánea» llegaría, por ende, a partir de todo tipo de acciones erradas y decisiones equivocadas. Y esta absolución – sumamente deseada por el pecador- se vuelve así tan requerida como efímera. El efecto de un remedio que pueda finalmente calmar las voces internas y someter al cuerpo tras pecar tiene la duración de un parpadeo.
Jorge Luis Borges dijo alguna vez «He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.» ¿Y acaso no es éste el mayor de los pecados? ¿Cómo puede uno embarcarse en un proyecto, planificar toda una vida anteponiéndola a su voluntad? ¿Es éste el precio que uno debe pagar tras haber pecado? ¿No basta con vivir codo a codo con la culpa sino que, además, se debe optar por un rumbo no elegido? Es sabido que el mecanismo de control que propicia el pecado es tan poderoso tanto externa como internamente. Y que éste dictamine sentencias y controle acciones puede llevar a que los hombres adopten medidas vertiginosas.
El hallazgo de un «parche» transitorio que oculte las consecuencias de algún pecado puede tomar hasta la forma de una unión matrimonial, como expuse más arriba. Una unión que lo único que prometía (según la expresión de mi viejo compañero) era un futuro de resignación e
infelicidad ya que las bases de esa relación no se asentaron en el amor mutuo sino en la culpa compartida.