La Omisión y la Desvergüenza

By 27 noviembre, 2014n.13 - pecado

Por Luis Straccia

Me subí al remisse, sumamente apurado. Debía entregar un medicamento con cierta urgencia. El tipo, macanudo, comenzamos el viaje hablando de esas cosas que uno sabe que no lo comprometen por más de 10 minutos. En un semáforo, realiza una maniobra absurda. Le hecha un «fino» a un modesto 147 que esperaba la luz verde, conducido por una mujer que estaba acompañada por su hija.

En esa estúpida maniobra, le rompe el espejo derecho, y sigue su camino por unos pocos metros. La mujer lo insulta. El remissero retrocede y se pone a la par, y le dice «que bonito, linda forma de hablar»…la mujer contesta…y el le responde «claro, mirá tu piel, mirá la mía…negra sos, je, negraaaa», me mira por el espejo esperando mi aprobación, opto por hacerme el tonto, miro para otro lado, y espero que el viaje siga…
…sigo jugando con una dualidad, debería haberlo puteado y bajado dándole un portazo», pero también es cierto que estoy apurado. La mezquindad, justificada sí, pero mezquindad al fin, superó a la intención de salir en defensa de la mujer. Cobardía.
La razón, la ideología, tiran pa un lado, pero hay momentos en los que entran en conflicto. Lo colectivo contra lo individual.
Por lo general, el hecho del pecado implica la prohibición. Y como bien se sabe, donde existe prohibición es porque existe el deseo. El problema se suscita, cuando uno peca no por cometer el hecho en sí, sino por no realizar la acción que evitara un mal.
Claro que esto tiene también sus particularidades, vinculadas de manera directa a uno mismo y sus circunstancias. Pasando en limpio, sería algo así como ponerse a considerar cuáles son las posibilidades concretas de intervenir en el hecho en cuestión y, en todo caso, modificarlo.
Este tipo de acciones, conllevan también asumir compromisos militantes para con uno mismo. Y es que si bien el pecado es social, cuando éste es secreto para terceros, uno asume un doble papel, por un lado se convierte en pecador –el que comete una culpa- , por otro es el juez –quien determina la sanción que le cabe.
Y la verdad es que hay veces que resulta dificultoso caminar junto a uno mismo. No por el hecho de desear a la mujer del prójimo, ni por pecar de pensamiento, sino más bien porque a uno se le van conformando murallas que parecieran inmunizarlo ante determinadas situaciones. Pero las mismas, a veces ceden y dejan al descubierto miserias que creemos hemos aprendido a sobrellevar, y que sin embargo nos abofetean con fuerza.
Podemos pasar 20 veces junto al pibe que pide monedas en el semáforo, y recién a la número 21 mirar realmente al pibe y darnos cuenta de eso, de que es un pibe. Podemos mirar el diario y ver los avisos pseudoeróticos que muestran a las mujeres que se ofrecen cual ganado, e incluso bromear con los compañeros de oficina, sin ver el tráfico que se oculta, ni la desgracia, el infortunio ni la necesidad de quien se prostituye voluntariamente -en el mejor de los casos- o por la fuerza en gran parte de ellos.
Los ejemplos pueden ser variados, y sin dudas, múltiples. Pero, retomando el tema, si el pecado es social, y los demás no reaccionan ante él, no debería yo estar exento de culpa?
La manifiesta rotura de lazos sociales, donde, poco importa lo que al otro le suceda, a no ser que pueda afectarme de manera directa, o a que en todo caso experimente el temor de poder verme en su misma situación, pone sobre el tapete la necesidad de reformular las vinculaciones.
Porque esta rotura, nos ubica frente a su consecuencia directa, que es la pérdida de con-fianza en el otro, y como consecuencia indirecta, en la pérdida de confianza en uno mismo.

La omisión, se ramifica.
Como una enfermedad terminal, la omisión se ramifica, se expande.
Con la omisión, lo que ocurre en realidad es que hay cosas –cada vez más- que nos dejan de importar. Nos podrán conmover, nos podrán sensibilizar, podremos lagrimear un rato, pero de ahí a afirmar que realmente nos importan hay un largo camino.

«A la tristeza te acostumbras
A la rutina te acostumbras
A la pobreza te acostumbras
A la derrota, también te acostumbras»
 (*)

El omitir ciertas cosas, ignorarlas, nos permite vivir en un mundo que se fragmenta, que no es el mismo en el que crecimos y ni mucho mucho menos para el que fuimos preparados. Pero el hecho de sobrevivir no nos saca el malestar. No nos quitapenas.
Sí podemos decir que, quizás, asumir como propios los problemas de otros, sería mucho más doloroso, pero también es cierto que es doloroso vivir en soledad.
Hablando en concreto del pecado, es la mirada del otro, o su juicio, quien despierta en mí la idea del cuidado de mis acciones. Si ese otro no está, o si deja de importarme, por qué me habría de afectar su juicio?

«A la bobera te acostumbras
A no ser nadie, te acostumbras
A amar de culpas, te acostumbras
A ser esclavo, también te acostumbras
«

Y es ahí dónde el pecado se vuelve cada vez más intangible. Porque representaba a lo malo que se oponía a lo bueno. Sin embargo, en medio de discursos fragmentarios, personalistas y posmodernos, lo bueno se esfuma. Y la consecuencia es que lo malo lo acompaña. Si no existe un paraíso, se cae de maduro que no hay un infierno, y si no creo en la existencia de uno y de otro, bue para qué cuidar de mis actos?
Y ahí, bien que cada cual viva de la manera de cada uno, ya que se trata de disfrutar, porque al fin y al cabo sólo se vive una vez. Y entonces me vuelvo impune, rompo los contratos sociales que nunca firmé, y aunque parezca banal, le vendo cigarrillos, alcohol o poxi a un pibe, cruzo el semáforo en rojo, le arrojo piedras al arquero contrario desde las tribunas, desvío fondos públicos en provecho personal, festejo la borrachera de mi hijo… y otra que «Cambalache», cada vez se vuelve más difícil encontrar quién te enseñe a patear la calle y ni que hablar de enseñárselo a nuestros hijos.
El pecado en este caso, no sólo tiene que ver con aquello que uno haya hecho, el mal causado, sino con lo no hecho, con lo que pudo evitar y no hizo.
Es cierto que ya demasiado es el peso que llevamos sobre las espaldas, condicionados por la limitación social hacia aquello que nos gustaría hacer, que satisfaga nuestras necesidades, pero que por el mero hecho del acuerdo social que se presenta al momento de entablar la vida en comunidad, debemos postergar, posponer, al fin como para sumarle a la prohibición de un hecho, el peso de la culpa por lo que se podría haber hecho.

A la violencia te acostumbras
Al noticiero te acostumbras
A la careta te acostumbras
A la mentira, también te acostumbras

Sin embargo, el pecado de la omisión –cuando es consciente- es una forma de hablar de los condicionantes presentes en la ejecución o no de la acción, pero también es hablar de la hipocresía.

Este es el caso del pecado típico de la señora gorda, de misa de los domingos, que desvía su mirada ante el pibe de la calle, pero también lo es de de esos músicos que se reúnen para dar su arte de manera gratuita y así juntar fondos para «los desamparados de…» y del público que consume de manera intrascendente su música y, tangencialmente, su causa.
Al músico, le importa realmente «el desamparado de…»?, o consigue así la publicidad buscada a bajo costo?. Al que asiste al recital, le importa realmente el desamparado de…», piensa en serio que con un alimento no perecedero o con pagar una entrada a bajo precio se soluciona la miseria del «desamparado de…»?.
Si realmente importara, las acciones mencionadas no serían siquiera citadas, dado que hubieran sido reemplazadas por otras que realmente solucionaran el problema de fondo del desamparado de…»

«Al aire enfermo de la ciudad
al vino malo y a la resaca
a que te caguen te acostumbras
a cualquier moda también te acostumbrás
«

Pero no seamos injustos, ni caigámosle con tanta dureza ya sea al músico o al espectador. Ninguno de ellos surge por generación espontánea. Son el resultado de una sociedad que no es otra cosa que una sociedad sin vergüenza –que cada vez se ruboriza menos ante las injusticias que genera-, es una sociedad que ha perdido su capacidad de indignarse.
Más que sociedad, o comunidad, es un conjunto de individuos que sólo reaccionan espasmódicamente, cuando sienten que le pisan un cayo, su propio cayo. No más.
Entonces, el pecado deja de serlo, se esfuma. Porque a nadie importa, o mejor dicho a nadie más que a la víctima. El pecado, el mal cometido no escandaliza de manera real, sino que queda bien en determinada circunstancias mostrarse consternado por lo que se presencia, es lo que se llama ser políticamente correcto. Pero no escandaliza.

«Y se tenían que ir
pero la costumbre es tan fuerte nena
que aún están ahí
hasta que explote
espera y verás
«

Si realmente lo hiciera, el músico pondría algo de dinero –o más- y el espectador algo más que un alimento no perecedero. La acción en pos del «desamparado…» iría, o tendería a ir hacia abordar de manera concreta las condiciones que posibilitan la existencia o aparición del «desamparado…».
Las acciones que ambos actores realizan, se asemejan a la del que se confiesa ante el cura. Con el simple hecho de contarle a un tercero el mal realizado, uno ya está más cerca del cielo.

El acostumbramiento
Nos vamos acostumbrando/resignando, a la pérdida de la empatía, esa humana cualidad de sentir lo que al otro le pasa, como si le pasara a uno. Mal pero acostumbrado diría don Inodoro Pereyra.

«Nunca me acostumbraré
A esa señora buscando basura en la puerta de mi casa
Nunca me acostumbraré
a tu carita de hambre pidiéndome algo para comer
Nunca me acostumbraré
a tu barrio de lujo enfrente de la villa
Nunca me acostumbraré
a ver tu banco vacío en la escuela
te fuiste a trabajar…
«

En medio de la sociedad Frustrada en su consecución de los grandes ideales que la impulsaran hace unos años atrás, vamos tirando como podemos. Esto no quiere decir que seamos cultores, como algunos que se la pasan hablando de los valores perdidos, de la nostalgia de un pasado que se presenta como paraíso perdido, pero que en realidad nunca existió.
Lo que sí extrañamos es la idea de la necesidad de luchar para conseguirlo.

* Arbolito – La Costumbre