Ponciano Cárdenas Canedo – La lucha de un pintor latinoamericano

por Mercedes Lagarrigue para Fundación Tres Pinos – Junio 2014

Ponciano Cárdenas Canedo abrió las puertas de su taller en el barrio de Almagro, con la sencillez que caracteriza a los grandes maestros. Cárdenas es un hombre de una gran vocación por las artes. En su quehacer plástico se destaca como muralista, pintor, escultor, dibujante, grabador y ceramista pero, sobre todo, por su profundo compromiso con la identidad latinoamericana.

-. Usted nació en Cochabamba en 1927, ¿Cómo recuerda su niñez entre el dibujo y el modelado?
PC. Desde muy chico mi juego favorito era el barro. Algo que era un problema para mi madre porque constantemente mi ropa estaba toda sucia. A lado de mi casa había un criadero de toros de Lidia, a mis cinco o seis años ya me subía al muro que dividía para dibujarlos. En la escuela siempre me mandaban a dibujar las clases en el pizarrón. En Bolivia el sistema educativo es diferente. Los niños tienen al mismo docente hasta el 6º grado, es decir, que el maestro llega a conocer más a sus alumnos que sus propiospadres y es él quien aconseja sobre la vocación a seguir. Recuerdo el día, en que mi maestro citó a mi hermano mayor (mi padre murió cuando yo tenia 2 años) y le dijo: “Hágalo estudiar bellas artes”.
-. Es decir ¿Qué su vocación estaba latente desde niño?
PC. Si, cada ser nace para hacer algo. Y ya a los catorce años empecé a trabajar como ayudante del escultor Alejandro Guardia Valverde. Luego, seguí el consejo de mi maestro y realicé mis estudios en la Escuela de Bellas Artes de Cochabamba obteniendo el título de Profesor de Pintura.
La decisión que cambio su destino
-. Muchos de los artistas locales viajaron a Europa como parte de su formación artística. ¿Cómo fue el recorrido de un hombre del altiplano que desea concretar su viaje y que de repente decide quedarse en Buenos Aires?
PC. Mi colega, Arturo Roque Meruvia se había formado en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, España. Él era quien me aconsejaba a viajar. Para aquellos tiempos, yo había finalizado el profesorado y el servicio militar, y tuve la suerte de que me encargaran mi primer trabajo mural en una iglesia. Con el dinero que gané, más el apoyo de mi madre y de mis hermanos, viajo a Buenos Aires con el fin de tomar el barco a Madrid. Alejandro Guardia Valverde me había aconsejado que en los días de estadía en Buenos Aires visite la Escuela Ernesto de la Cárcova. Él me había redactado una carta con el fin de presentarme ante el director. Cuando se la entregue a Alfredo Guido me miro y me dijo: “Hermano boliviano si decide estudiar, esta es su casa”. Realmente me impresionó muchísimo.
La Escuela de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova
-. ¿Cómo fue esa primera visita a la Escuela?
PC: Me llevaron a conocer los talleres de escultura. Allí, los muchachos modelaban esculturas de dos metros. El secretario me presentó ante la clase diciendo: “Ponciano Cárdenas un hermano boliviano”. En ese momento dos estudiantes (hoy reconocidos artistas) se acercaron: Antonio Pujia y Alberto Bruzzone.
Finalizo el recorrido, le agradezco al director, llego hasta la puerta…me detengo. Me doy la vuelta y vuelvo. Y le digo al secretario: “¿Qué tengo que hacer?”.
-. ¿Decidió quedarse?
PC. En ese mismo momento. Ingresé a estudiar primero como alumno invitado, luego por mis estudios previos en Cochabamba, fui alumno regular y becado cuatro años más. Había una razón muy importante que me atrapó. En ese momento varios de los artistas locales como Alfredo Guido, Centurión y Ferrari, entre otros, estaban buscando una identidad. La identidad americana. En Paralelo, Portinari en Brasil, Torres García en el Uruguay y Tucumán Rojas en Bolivia. Conocer toda esa búsqueda me impresionó. Pero, sobre todo, las palabras de Alfredo.
-. ¿Regresó a Cochabamba en esos años?
PC. Si, periódicamente. Cada vez que terminaba los exámenes, regresaba con una idea cada vez más fuerte de lo que era ser latinoamericano.
El sentido latinoamericano
-. En sus construcciones plásticas se encuentra una gran personalidad en la que ya nadie puede confundirlo, ¿Qué se siente abordar la compleja temática latinoamericana?
PC. Ser uno mismo, porque es la identidad la que uno debe imponer, y sostener. A mí siempre me interesó la pintura latinoamericana.
-. Su pintura es sumamente simbólica, cada elemento plástico tiene significado, cada representación su historia. La que nos toca como latinoamericanos esta cargada de colonización y barbarie, de color en el dolor.
PC. En el arte un pintor elije los colores de acuerdo a sus sentimientos, en el caso de Latinoamérica muchos pintan con colores brillantes, porque pintan la superficie. A mí me interesa el contenido. Me han dicho que América está llena de color pero yo creo que América no es color sino dolor. Si uno viaja y observa realmente se da cuenta que hay sufrimiento, que hay una tremenda tristeza y eso es lo que trato de representar. Me interesa el contenido, lo que el pueblo siente. Eso me conmueve. Yo no puedo manejar al sentimiento, yo manejo la forma. Ahora yo puedo poner mucho color, pero luego se transforma en opaco. El arte no se maneja con la mente.
La sabiduría de su madre
-. Indudablemente este sentido y valoración del origen, educación y cultura se lo han infundado desde niño. Cuántas enseñanzas le ha dejado su madre.
PC. Mi madre me ha inculcado todo. Ella no tenía mucha formación, pero si una gran cultura. Era una mujer de una gran intuición, muy sabia. Desde chico me ha incentivado y apoyado en cada decisión. Recuerdo cuando a mis 13 años, le pedí que me comprarla una bolsa de barro, ella me compro un camión. Años después me sirvió para hacer el monumento Sureña y el Cristo que esta en Cochabamba. Un día de dijo: “Vos nunca vas a ganar plata, pero vas hacer un hombre respetado”. Muchas de mis obras están inspiradas en ella. En mi último mural “Los curanderos”, ubicado en el hospital de Avellaneda, hago referencia a ella, a su oficio. El mural sintetiza la historia de la medicina desde el curanderismo hasta la ciencia.

El sueño de Atahualpa | Bronce 125x80x55 – 1984

La obra de Ponciano Cárdenas se encuentra cargada de significado, cada uno de los elementos plásticos que construyen sus composiciones responden a un símbolo. Dentro de ellos, podríamos citar a sus soles, toros, perros, halcones, la familia y los hijos. En todos los casos estos símbolos hacen referencia a la exteriorización de su identidad, su historia. Un punto a destacar es el tratamiento que recibe la figura de la mujer en relación a la maternidad, o mejor dicho a la fertilidad en referencia a la madre tierra, a la madre suya y a la madre de sus hijos. La mujer como símbolo lo inspira y emociona, así podemos observarlo en “El muro de los partos” de 1981.
Ponciano trabaja con una paleta baja, los matices varían en sus tonos hasta el empaste donde predominan los grises de color. En nuestra charla nos ha confesado que ha utilizado colores brillantes, de pomo, pero que a medida que la composición evoluciona involuntariamente se transforman en lo que él llama el acto de poner color en el dolor, en la tristeza americana.
En su obra podemos observar el gran compromiso que siente un pintor con sus orígenes. Ponciano pinta lo que siente, pinta su identidad. Su trabajo es materia y espíritu lleno de misterio.

«Familia» | 1,50 x 1m 2011

Espera | 2000

Su amor por Mariana
-. Siempre que habla de Mariana, su señora, lo hace con muchísima admiración. ¿Cómo la conoció?
PC. En el año 1954. Un día llego a la escuela (ya estaba en el cuarto año) y veo que en el comedor almorzaban mis compañeros y con ellos una chica, Mariana Martínez, ahí empezó todo. Yo no pensaba casarme porque era un gran compromiso y yo estaba muy comprometido con el arte. Recuerdo el día en que pedí la mano a mi suegro. Le digo Antonio, quiero hablarle, quiero casarme con su hija. A lo que me respondió con muy buenas intenciones: “¿Con que la va a mantener?”, le contesté: con estas dos manos (hace el gesto).
Entonces me fui a Bolivia comprometido. Allá trabajé, me pude comprar un traje y traer regalos. Un año más tarde nos casamos, acá en Buenos Aires. Yo tenía que terminar unos trabajos en “El Teatro Tihuanacota/ Teatro Achá» entonces regresamos a Bolivia.
Buenos Aires / Cochabamba, entre amor y trabajo
-. Cuénteme sobre el teatro ¿Qué ocurrió con los mascarones?
PC. El alcalde me manda a llamar. Él quería que restaure los mascarones porque estaban muy deteriorados, en ellos aparecían personalidades como Mozart y Beethoven. En esa época, yo era muy joven y estaba muy seguro de muchas cosas. Entonces, le sugerí que no los restaure sino que los modifique exhibiendo a escritores y artistas nacionales. Personalidades cochabambinas como Teofilo Vargas, Nataniel Aguirre, entre otros. Al día siguiente salió en el diario que era un reaccionario. En ese momento era profesor en la escuela y me costó el cargo. Los estudiantes me defendieron y me devolvieron el puesto. Terminé los exámenes en septiembre para no jorobar a los alumnos que me habían protegido y nos volvimos a Buenos Aires después del nacimiento de mi primer hija.
Su perspectiva política
-. Usted nos ha dicho que es un convencido de que en la vida hay que tomar grandes decisiones, nada de medias tintas. Su ser latinoamericano se refleja en su obra ¿y su ideología política?
PC. Mi posición política fue natural, soy un hombre de izquierda. El arte siempre me fue direccionando la identidad. El problema es lo que uno trae dentro. Recuerdo cuando desde la Embajada de Bolivia en Argentina me convocaron a realizar una muestra en homenaje al 6 de agosto, Día de Independencia de Bolivia y bajo la presidencia de Hugo Banzer Súarez (gobierno de facto). Mi respuesta fue de un modo muy democrático, les contesté: “Yo no tengo obra para hacer la muestra”, al día siguiente me llama directamente el Embajador: “¿Cárdenas no es posible que usted no tenga obra para hacer la muestra”?, a lo que le respondí: “Yo no voy a exponer a beneficio de un genocida que mató amigos míos poetas y artistas”. Eso me costo no poder ir a Bolivia durante casi 10 años.
Su trabajo docente y el reconocimiento plástico en el ámbito local
-. En el año 1958 la escuela Ernesto de la Cárcova lo convoca para ser docente. ¿Cómo fueron esos años de lucha y reconocimiento en al ámbito artístico local y con sus contemporáneos?
PC. Ser profesor fue el mejor premio que tuve en mi vida. Como docente trabajé de 1958 a 1994. La escuela fue testigo de muchos cambios y entre 1988-1989 me eligieron vicerrector, estábamos reorganizando la institución. Pero al acceder a la Presidencia Carlos Saúl Menem, la escuela fue intervenida y cambiaron a los directivos. Ellos querían desvincularme. Empezaron a observar mis legajos, no encontraron nada, entonces me jubilaron por decreto. Cuando ocurrió, pasó lo mismo que en Bolivia, los alumnos paralizaron la escuela. Una semana más tarde destituyeron a los nuevos directivos y me repusieron el cargo mediante un contrato, ya no era lo mismo, igualmente ejercí dos años más.
En relación al ámbito local, en Buenos Aires no se los miraba bien a los del norte. Creo que boliviano era yo y alguno que otro más. El porteño era muy cerrado. Tenia que pelear. Me costó mucho, en grandes salones donde ya me habían elegido los iban postergando. Una vez recuerdo que llamaron a una galerista preguntando si mi origen era argentino o boliviano. A lo que le conteste:“los que están contigo, trabajan con migo en la escuela de Bellas Artes y ellos saben muy bien que para ser docente hay que estar naturalizado. Yo soy argentino como cualquier otro”. Ya no pude ingresar en el circuito. Igualmente no me afecto porque mi obra fue considerada muy importante.
Su paso por una de las galerías más destacadas
-. La mítica galería Wildenstein, fundada en París hace ciento treinta años y con sedes en Nueva York, Tokio y París, tuvo su momento en Buenos Aires. ¿Cómo fue su relación con la galería?
PC. En septiembre de 1966 realicé mi primera exposición en Galería Plástica (Buenos Aires), se vendió casi toda la muestra. Los responsables de la galería Wildenstein visitaron la exposición y deciden conocer mi taller. En la visita, Windentein me pidió llevarse dos obras y tres días más tarde me citaron para efectuar el pago y firmar un contrato. Fue un gran reconocimiento saber que me habían seleccionado los artistas de la galería entre los cuales estaban Raúl Soldi, Juan Carlos Castagnino y Horacio Butler, entre otros. Con la asunción a la presidencia de Carlos Menem la galería decide cerrar y, con ello, se produjo la disolución de todos los contratos.
Su opinión sobre las instituciones educativas
-. ¿Cómo ve hoy las instituciones educativas artísticas?
PC. A la Escuela Ernesto de la Cárcova la arruinaron, las reproducciones de las grandes obras maestras del arte con las cuales estudiábamos pasaron a ser parte de un Museo de Calcos. Y en el Instituto Universitario Nacional del Arte no se encuentran profesores capacitados para formar gente. Y los profesores que realmente podría haber hecho algo están en la cómoda, tienen 40 horas cátedras y va una vez cada tanto a ver como los ayudantes dan la clase. Esta es una denuncia muy grave, acá el responsable es el estado y toda esta gente que no tiene capacidad para enseñar.
-. ¿Qué consejo les daría a los estudiantes?
PC. El único consejo que le doy a todos los estudiantes es que: “Aprendan el oficio”. Porque lo primero que hay que saber es el ABC de la práctica, lo demás es sentimiento.

Cárdenas ha recibido destacados premios y ha realizado exposiciones tanto en nuestro país como en el exterior. A sus 84 años sigue produciendo obra cargada de identidad, dramatismo y dolor. Él nos relata con gran sencillez la lucha de un hombre del altiplano que ha tomado grandes decisiones. Ponciano trabaja incansablemente defendiendo a sus orígenes, su historia, su vida. Él considera que “América” es el centro cultural del mundo y a través su obra nos expresa su sentido.