LA IMAGEN DEL EXITO ¿ES EL EXITO DE LA IMAGEN?

El Éxito: Dime cómo lo mides y te diré cuanto tienes

por Alfonso R. González

Siempre necesitamos de categorías para juzgar la realidad. La vemos, nos cueste entenderlo o no, a través de la cultura, cómo nos enseñaron a verla. Nos pusieron por delante ese gran prisma; al que podemos modificar pero, del cual jamás lograremos despojarnos totalmente.

Si nos asumiéramos como meros espectadores de la vida, tal fenómeno no merecería tanta atención pero, si de definir el horizonte de nuestras vidas se refiere, la manera cómo percibimos el mundo, se torna por demás sensible. Las personales, aunque individualistas y en exclusivo tributo al ego, hoy más que maquetas de diseño propio, constituyen algo así como «modelos para armar».
Las piezas ya «vienen de fábrica»; sólo nos resta a nosotros integrar los distintos módulos para obtener el mañana soñado. Parece que estuvieran todas las categorías inventadas; lo que vos soñaste para cubrir cualquier necesidad, ya está en la góndola de productos intangibles, no es asunto de crear, sino de elegir.
No hay artesanos de sueños, ahora sólo hay consumidores o buenos seleccionadores. De este modo, el nivel de performance en la vida podría medirse, ya no por producción sino por acumulación. Ya está todo hecho; no hay que agregar nada a lo concebido. No hay debate en cuanto a definir qué es lo que necesitamos sino que, en una actitud patéticamente autista, cada uno se pregunta; «de qué puedo apropiarme». La cohesión en este marco entonces, pierde sustancia; se desvanece como una herramienta que sirva para potenciar voluntades y aportes. Así pierde legitimidad todo juego de interacción social y este deja de ser ya un dinamizador de nuevos proyectos y ámbito fértil de «cambios viables».
El arte de inventar nuevas perspectivas, ha devenido en el de escoger. La lucha por crecer ha cambiado por la de posicionarse. El afán de conquistar junto a un aliado, se ha reciclado en la vorágine de arremeter contra un competidor y desplazarlo.
Para triunfar, necesitamos más que nunca al otro, pero sólo con el fin de «usarlo» como punto de referencia de mi propio derrotero de saber «donde estoy parado». De esa manera, el éxito ajeno hace mi propio fracaso, y el fracaso ajeno, hace mi propio éxito. En ese contexto, no es de extrañar entonces que el actual ¡triunfé! haya desplazado, casi irremediablemente, al otrora ¡triunfamos!.

Paradoja de Paradojas
El individualismo del cual todos hablan, a cualquier hora y en cualquier medio, resulta ser, vaya curiosidad, también colectivo.
Con algo de ironía debemos reconocer que en algo logramos cohesión: nos «une» la devoción hacia un mismo tótem. Ya estamos internalizando los nuevos códigos y convenimos que la «ley del codazo», al fin y al cabo, «nos une».
Las afinidades se establecen en que nos encontramos, accidental y hasta compulsivamente, en caminos que parecen converger hacia un mismo norte que apetecemos…como apropiación individual.
Pero, si alguien alentaba la expectativa de ir juntos hacia algo, esa marcha convergente se transforma en fricción. Quien ha elegido «su» horizonte acuñado en el imaginario social, esa especie de cartelera que titila las 24 horas, embelesando a circunstanciales espectadores, nos reúne en un espacio limitado. Entonces, el encuentro espontáneo y accidental, ya no es celebración y la oportunidad de aglutinarnos, se convierte en el escenario donde se plasma la desarticulación.
Es que; el potencial aliado se transforma en inminente competidor; y en esas condiciones me costará más llegar al destino elegido pero, al fin de cuentas, ése norte, no deberé compartirlo. La gloria no se diluirá en miles de brazos agitados al viento; sólo mi puño en alto dejará verse como la marca indeleble de mi personal éxito. Nadie eclipsará mi figura, ni deberé compartir y, por ende, «partir»en partes equitativas, los vítores y las loas.
Nos dicen que hay que«alcanzar el norte», nos hablan de la cúspide del éxito, del estado ideal o realización del ser humano en sociedad pero, cada vez, se vuelve más difuso un modelo o prototipo de hombre que nos sirva para decir:«quiero ser como él», más allá de agregarle nuestros propios matices. Nunca más atronadora surge hoy la pregunta: ¿Cuál es el referente «que vale» y cuáles son esos valores que lo hacen valer?. Hablar de objetivos o metas sociales que permitan dimensionar el estado de alcance del éxito personal es establecer una convención en torno a cual es el norte. Ese término, más allá de su significación primigenia, connota la cumbre social; significa alcanzar la cúspide o aquello que realmente merece interpretarse como lo apetecible.

Pero, si el Norte, como punto geográfico de referencia de nuestro planeta tierra, constituye una convención arbitraria que pretende ser absoluta, cuanto más lo serán aquellos puntos cardinales que intentan definir el imaginario social.
Desde el etnocentrismo europeo se estableció que, al determinar los cuatro puntos cardinales; este, oeste, norte y sur, ellos (los europeos) se encontraban arriba del globo terráqueo y nosotros, los del sur, abajo. A pesar de tan consolidados convencionalismos, si queremos conocer, con «rigor científico», la ubicación real de los continentes, habría que pararse desde un punto externo a la tierra, tomar distancia y determinar así «cual es el abajo» y«cual es el arriba». Lógicamente, la asignación de ubicación a los continentes, sobre esa esfera llamada geoide, variará según nuestro ángulo de mira. No encontraremos solución posible al enigma, puesto que no podremos comprobar cuál es el lugar neutral de mira. ¿En qué lugar del espacio nos pararíamos?. No hay un eje o punto en el universo que constituya una posición equidistante o un punto de observación constante que permita definir, con total prescindencia de las miradas terráqueas, cual es el norte al cual se le asigna «el comienzo» o«cumbre» del mundo.
Traspolada esta lógica geográfica a la realidad social, cuando nos dicen: «Lucha por alcanzar tu norte» o «No cedas hasta alcanzar el éxito» (como sinónimo con connotación estrictamente social y alejada de su significación antropológica), surge la pregunta: «¿Desde dónde, desde qué posición del «universo social», se determina «el arriba y el abajo?». Qué pertenencia étnica o sustrato cultural «fogonea» la definición de ciertos convencionalismos que intentan legitimar determinadas «mecas». Este análisis nos inspira a preguntarnos quizás: ¿Quién y, «desde dónde» me dice a mí: «has alcanzado, en tu vida, un rotundo éxito» o « has caído en un absoluto fracaso»?.
¿En qué punto del universo social y quienes participaron en la gesta de esa matriz que permita dirimir tan «importantes interrogantes de la vida», como es el éxito o fracaso de un ser humano?.

¿Éxito sin Aplausos?
Winston Churchill decía: «El gran problema del hombre es que privilegia la notoriedad sobre la utilidad». Es difícil concebir que hay éxito allí dónde no pueden escucharse aplausos. La ciencias sociales intentan disimular su falta de precisión en la medición de los fenómenos, generando «indicadores» que permitan cuantificar y mensurar todo aquello que quiere analizarse en el vaivén, casi inescrutable, de la dinámica social.
Quienes reflexionamos sobre el fenómeno del «éxito» como término antropológico, discurrimos sobre los indicadores que hoy legitiman la mirada altiva y el pecho inflamado de los «triunfadores» del tercer milenio. Parece que no hubiera éxito sin reconocimiento, ni existieran auténticos triunfos sin glamour. Es que los jóvenes se cuestionan las viejas motivaciones de otras generaciones y parecen comprender la actual ecuación: «Sí, soy pero no me ven, entonces para mí es igual a no ser. Lo que tengo
que lograr es, ya no ser; no importa la virtud intrínseca de una continuidad, de una coherencia de actitud ni de una determinada conducta mantenida en el tiempo, sino poder provocar el impacto de irrumpir espectacularmente en medio de un escenario donde converjan la mayor cantidad posibles de miradas.
Por eso, según la explicación de algunos estudiosos; el eje estímulo de la conducta humana no parece ya focalizarse en la cuestión de; quién es sino qué parecer ser. Importa aquello que se ve, mucho más de lo que realmente es. Nadie pretende cuestionarse o está dispuesto a responder preguntas tales como: ¿cómo logró estar dónde está o cómo pudo apropiarse de lo que tiene?.

Es que, ahora sólo parece importar el producto final; estamos en la era de la estadística. Todo parece reducirse a números fríos, incuestionables y contundentes. Todo lo que no pueda ser presentado mediante el resultado mensurable y cuantificable que otorgan los indicadores incontrastables de éxito; se transforman en meras abstracciones que se diluyen en discursos «moralistas», sin público y… sin rating.
Todo es relativo… a menos que logremos traducirlos a números o a categorías cientificistas que se erigen como axiomas espontáneos.
Perdió ya sentido narrar el derrotero de méritos y sacrificios que expliquen el logro final de un individuo.
Atrás quedaron los años en que un personaje era admirado por el camino desandado, más que por la meta alcanzada. Resultaba de más interés saber; de dónde partió, más que conocer hasta dónde llegó.
Antes, grandes narraciones y relatos nos hablaban más acerca delpunto de partida de un destacado ciudadano, que de su punto de arribo.
Es que el podio, muchas veces, no dice nada sobre los «atajos»; no indica absolutamente nada sobre cual es el total del camino recorrido hasta su «consagración».
El sabor, la sal de la historia de vida de algunos «viejos héroes», era su batalla y no su corona. El triunfo era sólo el último peldaño de un atrapante derrotero de triunfos y fracasos; de batallas ganadas y perdidas.
Ahora parece todo sintetizarse en un súbito final. Se ha plasmado una patética fragmentación de la historia. El ritmo de vida obliga a «sintetizar»; a «ir al grano». Hay demasiada gente instalada en las «vidrieras» de esta sociedad mediática y, cada una de ellas puede observarse o valorarse mediante lo percibido en el hoy y el ahora; en una simple contingencia espacial y temporal.
Quien pretenda más que esto, está pretendiendo erigir un púlpito, durante una «hora pico», en medio de la Avenida 9 de Julio, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires.
No hay lugar, ni aspiraciones lógicas de detener el frenesí del ritmo de análisis de esta sociedad postmodernista. Quien lo intente, debe saber que será arrollado por un vendaval de histéricos «pensadores»; esos que reflexionan al mismo ritmo que escriben un mensaje en internet o hablan mediante celulares, cuando conducen en una autopista atestada de tránsito.
En definitiva; nadie es coronado por la lucha sino por el «triunfo»; por la posesión y exposición de aquellos objetos perceptibles deéxito. Lo demás es anécdota intrascendente e irrelevante y hasta, diríamos; especulativa.
La conclusión es clara: el parecer, eclipsó al ser. Lo abstracto, bajo la exacerbación de un caudal infernal de mensajes publicitarios y propagandísticos, ha generado un mundo paralelo, una realidad virtual; esa que hace sensible a los seres humanos, ante la pérdida de un elemento de confort o status social y, de paso, anestesia la conciencia aún ante la pérdida de vidas humanas. Así, un millón de muertos representa una estadística pero, al auscultar la realidad, un muerto se avizora como tragedia.
Quizás, todo esto esté imbricado en aquella lógica basada; ya no en actuar, sino en posar. Esta parece ser una racionalidad compatible con el «fin de la historia», tal como aseveraba Fukuyama en plena efervescencia de la década del noventa.
Ya no importa el derrotero, la causa o la profundización de los emergentes sociales, (llamémosle triunfos o éxitos) sino aquélla impronta instantánea, impactante y efectista, de la coronación; la clásica fotografía que plasma en una imagen el logro del trofeo y que da lugar a notas de tapa de revistas llenas de imágenes, combinadas con una mínima cantidad de textos. Allí en esas magazines, que derrochan color, costos de impresión y gramaje en sus hojas «de colección», sólo es necesario escribir epígrafes, al pie de las imágenes, como una manera de reforzar el mensaje visual.
Sin querer «girar en círculo» entonces nos remitimos al título que encabeza esta nota: la imagen del éxito (nuestra percepción) termina siendo, muchas veces, la «imagen», esto es; el concepto estandarizado o convencional que nos han impuesto sobre él.
Y sí…, no está mal; la Imagen del Éxito es el Éxito de la Imagen.