LA GULA Hambre voraz… …de formas

por Véronica Sol Schmidt

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Perderse. No, me parece que nunca es el objetivo. Pero nos perdemos, se nos impone. Ahí esta el desafío, en ver. Pero mirar… esa mirada que desnuda todo, y a ella, ¿quién la desviste de espejismos? Pues, nadie.

Cierto es que da trabajo pensar. Reflexionar, reconocer, aceptar. La mirada es un pasatiempo ocioso. Mirar por mirar, y no ver: esa lujuria de pupila. Retórica muda en el sofismo de los ojos: mirada.
No hay piedad que nos amanse cuando se trata del festín de las formas. Glotonería: esos colmillos fieros que asoman hambrientos desde la aparente serenidad del iris. Hambre que no perdona nada. Descansamos en la forma, miramos todo y sin ver nada. En rigor, tal vez es una necesidad tan primitiva y elemental que ya se vislumbra en el antiguo mundo griego. Lugar común, si los hay, para buscarle fundamento al origen de las cosas.

Plato Principal:

Nietzsche ya lo advertía en la figura de Apolo. Nos engañamos, sí, pero todo es funcional en esta instancia. Entonces, ver y no ver, no buscar, dejarse caer en los cálidos brazos de Morfeo, para sentir la cándida paz del sueño, en un mundo onírico que nos perdona la existencia y enjuga nuestras frentes impregnadas del verdadero horror que la vida implica; sudor que quema. Y así, ver sin ver, mirar, podemos huir de todos los dolores y la repugnancia humana, tan intrínsecamente nuestros; del sufrimiento, la aflicción y el desconsuelo que se desprenden de caer en la cuenta de que, al tenernos los unos a los otros, no tenemos nada. Nada, excepto esa materia negra, ¿dolor?, esa arcilla pestilente de la que un día (Piedad, ¿dónde estabas?) el hacedor se valió para modelarnos.
Apolo es el dios griego de la belleza, figura que a la vez representa el arte plástico y el mundo del sueño. Su existencia, según Nietzsche no era más que la personificación (encapsulada en una deidad) de una necesidad: escapar al dolor y a los males del mundo antiguo. La ilusión y poder apolíneo se vislumbran al contemplar la vida helénica antigua: todo el dolor de las guerras y las desesperanzas por las que debieron pasar se veían, así, justificados. No sólo porque la vida se hace más digna de ser vivida bajo el resguardo de una figura celeste que nos ampara, sino también porque, bajo su pacífico manto de belleza y todo el desborde de gozo que encontramos en la forma, se garantiza un fin digno que nos impulsa y nos mueve a enfrentar la tirana realidad de esta fétida existencia.
Creo yo que pese al tiempo, pese al espacio, no estamos tan lejos de esta sed apolínea de los griegos. Y tal vez, una mirada perdida, sea justamente el cántaro que refresca nuestras secas gargantas. A lo mejor, es cierto que no estamos ya en contacto cotidiano con el arte (o, por lo menos, el arte figurado), salvo algún osado entre las huestes, que se anime a caminar entre los transeúntes y ser calificado como bohemio en un mundo en el que priman quizás otras leyes, regidas por la tecnología. Aun así, Apolo está en la mirada.

Captar un objeto sin saberlo, mirar y no buscar nada, agotar las pupilas en un deleite quizás inadvertido de figuras aleatorias que se suceden ante nosotros. Mirar por mirar y no ver… cruda lujuria de la pupila.
Dejarse acurrucar en un abrazo alentador de “arte”. Pero esto, todo, para olvidar por un momento (o varios) las preocupaciones de la vida de un individuo del siglo XXI.

Hambre.

Salir del trabajo y saborear la calle asfaltada, la sucesión de rostros insulsos que se acercan y desdibujan, un árbol calvo del que nadie se acuerda, un edificio nuevo (nuevo porque nunca había sido advertido, pero que estaba allí desde hacía tiempo); entrar al living y prender la tele, tirar los ojos sobre la cama para que duerman; hablar con alguien y perseguir con el iris la sombra a sus espaldas, captar las curvilíneas formas de una mano que deambula… estos son nuestros cuadros, el arte pictórico de la era moderna. Bienvenido, lector, al “spa” del mirar: contemplar pero no ver, no reconocer, que nos ofrece la disposición de las cosas, geometría, o bien caos, belleza. No se asuste, a fin de cuentas, mientras engulla estos bocados, se olvidará por un rato de sus pecados, miedos, angustias.
Entonces, la mirada no comprometida viene a interpretar el papel de Mesías en este escenario de inmundicia que nos agobia y rodea. Esa es su funcionalidad. No se trata sólo de un mero afán por encontrar un verso perfecto en la contingencia absurda de las cosas. Más bien, la mirada perdida (gracias) nos abruma con su juego, su ambición de querer captarlo todo sin reparar en nada, pretendiendo ser catadora profesional de formas bellas pero, a la vez, tan poco convincentes que nunca logran saciarla. Aun así, nos dejamos absorber por la inocente estética de la línea que delimita cada objeto degustado.

Postre.

Y como todo pecado, la gula de los ojos tiene su contrapartida.
Tal es así que ese baúl polvoriento del mundo griego que siempre se revuelve para zurcir teorías, también nos muestra una deidad que representa la exaltación y frenesí propios del germen de la vida. Nietzsche lo encuentra encarnado en Dionisio, dios de la embriaguez, y de la música, elementos propios de la vida primigenia, del arrebato salvaje de la naturaleza. Eso que intenta apaciguar el arte, la belleza a través del persuasivo (y sospechoso a la vez) encanto apolíneo.
Pero, creo yo, que nuestro hic et nunc (1) demanda un nuevo punto de vista que devele y encubra (artilugios de la seducción) aquello a lo que instintivamente tratamos de escapar en nuestro mirar sin ver. Helo todo allí reunido en la paralizante (quiero ser literal) imagen de Medusa.
Así como Caín traiciona a Abel, sangre de su sangre, la mirada es sentenciada por otra mirada tan justiciera como poderosa. ¿Escapar, en una falsa vigilia, a la terrible tenacidad de la naturaleza humana? Nada más aventurado que eso.

Como fiel escolta de la realidad atroz y despiadada, Medusa nos recuerda que, así como la lluvia vacía el lago y lo llena, siempre hemos de volver al dolor, que es origen, asimismo, de toda esta piadosa ficción apolínea. La mirada es seducida por todas las formas, pero lo más irresistible para ella es el encanto de otra mirada: la Gorgona Medusa, figura mítica de los griegos, convertía en piedra a aquellas intrépidas almas que se atrevieran a mirarla a los ojos. La mirada glotona recibe una cucharada de su propia medicina.
No nos asombre la alegoría, aquello de lo que la mirada intenta escapar, el horror, el espanto y sufrimiento inherentes a nosotros, son la excusa y justificación de cada banquete de las formas, y en este sentido el mito nos podría estar recordando que todo este despliegue y el sabor empalagoso de la imagen no son más que un artilugio y lo verdaderamente real e inhóspito, por más profundo que cavemos no podemos enterrarlo.

Y no creo que esté llevado al extremo: mirando queremos escapar al dolor, de ahí este sueño apolíneo; y una mirada aventurera que no le teme al sufrimiento no necesita de falsos idilios, pero no vacilará tampoco en querer despertarnos del ensueño: la mirada de la Gorgona nos convierte en piedra. Medusa no fue una buena maga: su mirada es justamente la que nos revela el mejor de los trucos.
Mirar es “humano, demasiado humano” (2) .
Ya queriendo enfrentar la realidad metafísica, ya tratándola de encubrir en la resplandeciente y reconfortante medicina de la forma, el mito se nos impone y nos recuerda que después de un atracón siempre sobreviene un ligero dolor estomacal. Por fortuna (¿mala o buena?), me gusta lo nebuloso, me gusta lo casi eterno, me gusta lo caótico, lo tumultuoso, lo inverosímil; me gusta lo intrincado, lo profundo, lo indómito pero también maleable; me gusta el mito.
Resulta tentador ir más allá, hurgar entre las apariencias. Y este oficio de no ver que la mirada ejerce con tamaño ahínco, encuentra su punto culminante y la mayor exaltación de su placer en la sublime contemplación de su esencia misma (Kant explicaba el terror de lo sublime).La mirada, que busca y devora otra mirada. Pues, como toda vanidosa acérrima, se regocija al redescubrirse en su propio reflejo. Una mirada bonita. Hija… ¿de quién? Madre… desertora de idilios frustrados.
Sed mesurados, pues, y no os atragantéis. Este asiduo empeño en devorar animalmente cuanto objeto y forma se desfile ante los ojos, tarde o temprano nos comunicará su procedencia. No se puede huir. Mejor será reconciliarse con el secreto voraz que encapsula cada máscara (y la mirada es una máscara harto poderosa)… y va a ser mejor que resolvamos hacerlo antes de ser convertidos en piedra.
Ingenua mirada: primavera de los ojos; telonera de la desgracia.

Buen provecho.

1 “Aquí y ahora”
2 Nietzsche, Friedrich; Humano, demasiado hu-mano; Madrid; 1990