por Luis Straccia

Hay días en que uno se levanta con un humor de perros. Es de esos días en que busca que alguien lo empuje para encontrar la excusa para pelearse o al menos insultarse, o fantasea con volarle los dientes al estúpido ese que le ha contado una anécdota absurda y banal y se ríe con una risa suspendida en el aire mirándolo a los ojos esperando aprobación… Uno de esos días me puse a escribir la nota que debía entregar para este número y que versa sobre el humor..

El idiota se ríe de lo que pasa. No llega a comprender la humorada pero ríe. Experimenta cierto gozo en su desconocimiento de la cosa.
Confunde ignorancia con rebeldía o ironía. La soberbia de la nada lo lleva a situarse por encima de los demás, sin haber siquiera despegado sus pies del suelo. Un suelo que no entiende, porque el mismo es la realidad en la que transita sin saber a donde ni por qué.
Entonces el idiota se relaja, y deja que los demás decidan por él, cuál es el rumbo que ha de seguir su vida. El contacto con el afuera de sí mismo lo consigue mediante y mediatizado, por una sucesión de imágenes que logran lo que busca, no pensar en lo externo ni en su propia persona.
Entonces, acostumbrado al análisis veloz de los hechos, el idiota realiza con la misma simpleza y contundencia su análisis de las cosas. Llega a conclusiones tajantes, que para él no admiten discusión.
La idiota que ríe clama por la pena de muerte para el delincuente que asesinó a un colaborador suyo. La idiota clama por justicia, pero parece olvidar que importaba autos lujosos para beneficio propio aunque figurasen a nombre de una persona con capacidades diferentes, o de exigir la misma sentencia para quienes cometieron millares de asesinatos mientras ella actuaba en películas tan idiotas como su protagonista.
Y es esa idiota, quien con sus idioteces y risotadas se convierte en líder de opinión, y muchos idiotas dicen compartir su pena y su propuesta. Entre ellos se acopla el idiota, indignado e indignante, con más raiting de la tv local diciendo que no entiende como puede pasar lo que pasa, blandiendo su micrófono y fama contra la inseguridad, y callando tantas otras cosas.
Pero, no debe uno confundirse y caer en el error, en estos casos de pensar a estos idiotas como personas poco inteligentes. Pueden ser frívolos, más ello no implica que sean superficiales. Han sabido insertarse, sobrevivir y progresar el mundo, porque han entendido que a los idiotas sólo les gustan los idiotas.
El idiota no gusta de realizar análisis que impliquen esfuerzo. Si bien lleva su trabajo el conocer los códigos de los otros idiotas, esta tarea debe limitarse a ser lo más leve posible. Entonces suele restringir esta búsqueda al desarrollo de los músculos de su pulgar derecho –por lo general- y al ejercicio cotidiano y constante de apretar un botón que de cuenta de una sucesión de imágenes, que mira sin ver, por las que cree aprehender al mundo. Ahí es donde el idiota más ríe. Con carcajadas que tapan el ruido de lo que se rompe a su alrededor.
Lo mismo han entendido los idiotas políticos –aunque suene contradictorio llamarlos así-. Más allá de sus capacidades, reservan –en el mejor de los casos- la solemnidad de la cosa pública para pequeños espacios donde serán escuchados con la misma solemnidad. Luego deberán ser tan idiotas como lo son sus interlocutores.
Entonces no extraña que un Gobernador llegara a decir que para mantenerse en el cargo debía «hacerse el pelotudo» ante ciertas cosas, ni extraña que no sea condenado por su entrevistador (claro, es un programa de humor), ni mucho menos que –ante la carencia de la crítica de los medios- no exista una condena social.
Lo que el humor borra es la vergüenza. No existe represión alguna en «hacerse el pelotudo», ni siquiera un resto de pudor que le marque al autor de la frase que es mejor guardar silencio con relación a su comportamiento.

Y la nave va
El idiota va. Y cree que por aparecer en un programa de tv, donde un imitador hace furor parodiando las idioteces del imitado, ha de recuperar la imagen perdida ante sus conciudadanos. Esto lo deduce porque ya otro –su predecesor- ha ganado una elección al cerrar su campaña en dicho programa. Sin embargo, él comete un error, y es finalmente reconocido como idiota.
El humor es un reflejo de los tiempos. Hoy asistimos impávidos, y muchas veces cómplices, a una preeminencia del humor agresivo para con el otro, burdo al por mayor, hiriente para con nosotros mismos, pero silencioso para con el que detenta el poder.
Los griegos definían al idiota como aquél que no se ocupaba de la cosa pública. Y lo que podemos observar es que poseemos un humor idiota. Hay excepciones, como en todo, más son las menos y en todo caso reservadas a humoristas de larga trayectoria y años de profesión.
El acto de realizar una humorada supone la puesta en marcha de cierto ejercicio intelectual, ya sea del que la genera como de quien la recibe en tanto público.
En el caso del humor político, el mismo busca poner sobre el tapete actos que por lo general están velados, desde una mirada que denuncia por un lado, pero también permite descomprimir esa olla a presión con una risa, que alivia como una válvula de escape.
En la actualidad atravesamos una era en la que si el humor se ocupa del poder político, pareciera que sólo tiene espacio para hacerlo desde una banal crítica moral (si tal presidente usa tal o tal marca de carteras, si se viste con tal modisto, o si una referente de la oposición come demasiado –también reflejo de la estética corporal imperante-) pero deja de lado a los excluidos.

Idiota servil
Ante determinadas circunstancias uno podía hacerse el idiota y decir «no entiendo de qué me estás hablando». Hoy, por el contrario, el idiota se cree con derecho a opinar de todo, porque al no hacerlo corre el riesgo de aislarse. ¿Aislarse de qué?
La opinión entendida choca así con la opinión del que cree que entiende y si no lo hace, descalifica. Y el humor se convierte ahí en una herramienta privilegiada. Dentro de la chatura general, no es de extrañar que la herramienta también sea básica. Carente de originalidad y repitiéndose hasta el hartazgo.
Algunos dicen que la reiteración de ciertos efectos dentro de un espectáculo favorecen la apropiación del mismo por parte del público que sabe con qué se encontrará de antemano, sabiendo ya que no habrá sorpresas, que encontrará lo que ha ido a buscar porque es una fórmula que conoce y reconoce en cada presentación.
Así, los clichés humorísticos suelen repetirse una y otra vez, acompañados por una concepción en su gestación que es en definitiva una concepción por parte del autor sobre la persona que recepciona el humor.
Lo burdo prima sobre la idea elaborada, porque el chiste se inserta en una sociedad donde lo directo y simplista prima sobre una idea trascendente.

En esta definición de humor y público, surge aquél que ha de ser sujeto del humor. Ese al que voy a presentar como centro o personaje del gag. Entonces convierto a la mujer en objeto, en una doble representación como pedazo de carne sobre el escenario y como pedazo de carne en la butaca, al gay en histérico, al paraguayo en obrero y a su mujer en sirvienta… en definitiva estableciendo estereotipos y explotando los mismos.
Ahora bien, cabría preguntarse si no existe otra forma de hacer humor sobre política, que no sea mostrando sólo al político como corrupto. Cierto es que los políticos no ayudan mucho a desterrar este estereotipo, pero ¿no hay otra forma?
Sí, se me dirá «no has visto lo buenas que son ciertas imitaciones?». De hecho todos hablan de ellas. Los noticieros y los diarios les brindan un espacio apabullante. Pero –si bien sólo es humor- no es gratuito que el programa idiota por definición sea hoy por hoy la mayor arena política de nuestro espacio público mediático. Y la política queda relegada a libretistas y humoristas imitadores que pueden o no favorecer a un determinado político e incluso realizar proselitismo de manera encubierta acorde a los dictados de aquel idiota que tanto clamaba por «seguridad».
¿Sirve, para «denunciar» sobre el viaje hacinado en los vagones del ferrocarril, presentar como un personaje simpático al pasajero que, a las 7 de la mañana, va a trabajar borracho? ¿Cuál es el límite con la humillación? ¿O que uno de los conductores –representando a un homosexualincrepe al trabajador de la boletería o al guarda?¿No son otros los verdaderos responsables de esa situación? ¿Por qué no se los menciona o identifica?
¿Es denuncia o simple espectáculo? ¿Deja lugar para un análisis situacional, o es sólo golpe de efecto para la risa? ¿Es compromiso o sólo representar el papel del idiota útil?
En este sentido, hacer humor sobre política, sin pensar al humorista como un ser político, resulta imposible. Necesita adoptar una toma de posición, una postura ideológica que no sea un mero fruto del marketing. Es decir, definirse a sí mismo para poder definir a los otros y sus acciones. Pero justamente vivimos tiempos de no definición, que es la mejor forma de no confrontar. Tiempos light, que no quiere decir sano, sino liviano.

En este sentido vemos como el humor idiota se inmiscuye en cada resquicio de nuestra vida. Una publicidad debe ser humorística, un conductor televisivo o radial debe ser humorístico, y un político debe saber meter un chiste en el momento oportuno para mostrarse «más humano y cercano a quien lo escucha».
Así, no importa el tema del que se hable, fútbol, hambre, moda, desocupación, todo debe ser rematado con una frase irónica o chistosa, hecho que se confunde con la sagacidad, cuando en realidad lo que esconde es la ignorancia, la incapacidad o la intencionalidad de no abordar el tema con una profundidad mayor.
Es decir el humor presenta y oculta. Presenta un tema, lo pone sobre la mesa, pero a la vez lo oculta, lo desplaza de su verdadera esencia y lo transforma. Por ende lo aleja.

Humor narcótico
Como en un «Mundo Feliz» todos sonreímos. No hay espacio para el disenso. O te reís con ese programa absurdo o no entendés de qué va la vida.
¿Para qué ocuparnos de aquellas cosas que no vamos a poder modificar? Gocemos el momento y transformemos el dolor en risa.
La risa descomprime, alivia, cura. Lo puede hacer como lo hace un medicamento en un momento determinado de enfermedad. Ahora bien, podríamos decir que cuando la risa es permanente es igual a estar medicado en todo momento.
Nos hemos acostumbrado a tal punto a esta medicalización , que en ocasiones no sabemos siquiera por qué reímos. El humor idiota funciona así como una anestesia que reprime la acción.
La supremacía del humor idiota es el reflejo de la supremacía de lo idiota en la comunidad. El contexto se apolitiliza, se profundiza la falta de debate sobre algunos temas, o, lo que es lo mismo, se le quita existencia.
Existen diversas maneras de suprimir aquello de lo que no se quiere discutir del espacio público. Uno es censurarlo. La otra, más sutil y a la vez más efectiva, es reemplazarlo por otros temas que sí son importantes como deporte o espectáculo.
Lo que en algún punto pudiera considerarse como liberación de tensiones, puede representarse también como represión de las mismas. Ante hechos de la realidad, el chiste permite omitir el resultado de confrontar con ella de manera directa.
El humor idiota, es ejercido por sujetos que pertenecen a campos distintos. Uno de ellos es el que lo profesa de manera consciente, adrede, conociendo los efectos de apoliticidad y manipulación que puede llegar a ofrecer.
El otro, que lo usa sin ponerse a pensar por qué, porque ya lo ha naturalizado, ya forma parte de sí mismo.
Pero hay un tercero, que es quien lo enarbola como posibilidad de fuga, de escape, que enúltima instancia es también de defensa.
De qué se protege éste último, de aquello que no puede dominar, de aquello que comprende pero no puede transformar porque carece del poder para hacerlo. Lo idiota podría entenderse como el triunfo último del individualismo. Me protejo a mí mismo de aquello que esta fuera, que en caso de enfrentarlo tal y como es puede generarme situaciones penosas.
Podemos ver en ese idiota humorístico dos vertientes, el que niega lo que pasa, y el que reconoce lo que ocurre. Bueno sería plantearse qué tipo de sociedad idiota somos?
¿Somos aquella que se preserva a sí misma o la que se desintegra por no generar mecanismo que permitan modificarse y modificar su entorno? La postura ideológica de cada uno dará cuenta de la respuesta. A no ser que se responda a la pregunta con un chiste, en ese caso, en el marco del vacío, sólo queda una carcajada.