mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Rodolfo Cifarelli

Una noche fría de julio o agosto, hace ya algunos años, alguien, no recuerdo quien ni porqué, citó la historia en el club de ajedrez de Colegiales. En los días que siguieron realice una
discreta pesquisa entre los miembros más antiguos del club. Nadie sabía mucho, aunque es probable que supieran más de lo que se animaban a revelar. No se si mi fiebre por el asunto duró una
o dos semanas, pero lo cierto es que cuando ya me había olvidado de ese delirio perfecto, un anochecer tormentoso llamaron a casa. La voz me confesó que había desarrollado la fórmula y que
la había probado durante cuatro meses en simultáneas por diversos lugares del país. Se presentaba como un fenómeno de circo y ganaba con blancas o negras del mismo modo, rápido y letal,
pero finalmente debió recluirse porque había llamado la atención mas de lo conveniente. Hablamos por teléfono todas las noches durante una semana y al final nos pusimos de acuerdo con el
precio. En esa época yo trabajaba en la oficina de un agente de bolsa y ahorraba sin problemas la mitad de mi sueldo. No quería sino vivir solo y sin compromisos con nadie. La verdad es que
no me interesaba en absoluto sentar cabeza (lo que para mi hermano, diez años mayor que yo, era sentar cabeza): afirmarme en una profesión, casarme, tener por lo menos dos hijos, ver
engordar a mi esposa y odiarlos a todos cada vez que vinieran a pedirme que los acompañara al cine, a la plaza o al mismísimo infierno.
Así fue que una tarde de primavera, quince minutos antes de la hora convenida, llegué a una casa abandonada en Villa del Parque. Era el sitio donde nos encontraríamos con el hombre de la
formula para consumar la transacción. Espere sentado casi dos horas en el banco de un jardín que olía a gato muerto, y cuando regresaba a mi coche con la certeza de que todo aquello había
sido solo una broma de pésimo gusto, otro coche me cruzó el paso. La ventanilla del conductor y una cara pálida e insignificante me mostró tres o cuatro papeles con algunas ecuaciones antes
de pedirme el dinero. Le dije que quería mirar con detenimiento los papeles. Me contestó que era ese momento o nunca. No lo dudé, él tampoco. Le di los fajos y el sacó una pequeña pistola
negra y me disparó cuatro veces. Cinco meses y tres días después de aquel encuentro me dieron el alta. Volví a mi trabajo pero el especulador ya había contratado a otro en mi lugar. Me pagó
una buena indemnización y me agradeció los servicios prestados. En el club me dieron una tibia bienvenida, se apiadaron, apenas crédulos, apenas asombrados, y a cada uno que me preguntaba
por lo sucedido, incluso a mi hermano, le recitaba, como una letanía, que sólo había sido victima de un robo tan simple como brutal.
Para alejarme de la simpleza, de la brutalidad y de mi propia idiotez, otra vez giraba en los viejos días, círculos imparciales con toda ilusión pero también con toda desencanto. De a poco
fui subiendo mi nivel de juego y comencé a ganar todas las partidas. Tras derrotar en una simultánea a cuatro adversarios, a mis espaldas surgió el rumor y la necesidad de un castigo: tenia
la formula, y por lo tanto debían expulsarme y denunciarme ante todos los clubes y las federaciones del mundo. Pero yo no tenia ninguna formula, solo había mejorado un poco. Se lo dije a
Cuello, el presidente del club, una noche en que todos se levantaron de sus mesas y me dieron vuelta la cara cuando entre al salón. Cuello no me creyó. No es nada personal, Valenzuela, pero
no queremos verlo más. A los pocos días recibí la llamada. O entregaba la formula o era hombre muerto. Nunca supe si Cuello o alguno de sus alcahuetes tuvieron algo que ver con aquella
amenaza. A la mañana siguiente decidí abandonar Buenos Aires al menos por un tiempo.
Llegué a una ciudad en la costa atlántica y viví durante cuatro años trabajando en los oficios más diversos. Junté un pequeño capital, compre un hotel derruido y tardé menos de lo pensado
en refaccionarlo. Menos aun tarde en venderlo y comprar otro, en la misma ciudad, pero mucho mas grande que el primero y mejor ubicado. Me había olvidado completamente de mis viejos días de
empleado de un especulador así como también de mis largas noches de ajedrecista amateur. El mar, la playa desierta, las mujeres casuales, en una misma perspectiva, resultaban ser un paraíso
inesperado. Pero la paz, o su sombra, se perturbaron bruscamente un atardecer, cuando desde la terraza de mi habitación vi bajar al hombre de un auto negro que había estacionado en la rampa
de entrada. A la noche me presenté ante su mesa, en el comedor, como propietario del hotel. Inicié la conversación con alguna trivialidad sobre el clima o el estado de las rutas y pedí que
nos sirvieran el mejor licor. Hablamos largo rato y con el correr de los minutos se mostraba seguro, liviano, veraz. No hubo en su cara un signo de alerta o preocupación. Dijo ser un
ingeniero que en sus ratos libres se dedicaba al ajedrez. Le dije que esa misma noche podíamos jugar. Al termino de la segunda partida (me derrotó jugando con negras en las dos) afiló sus
ojos de gato y susurro, como si se tratara del prologo de algo obsceno y terrible, que tenia la formula universal. Seis cuadernos escolares que siempre llevaba con él, repletos de
ecuaciones, diagramas y estadísticas. Le pregunte si quería vendérmela. Fingió sorprenderse y dijo que nunca había pensado cuanto podía valer una fórmula de esa clase. Arreglamos negociar
un precio después del almuerzo del día siguiente. Nos despedimos, nos deseamos un buen descanso, y me fui a mi oficina. Algo era evidente hasta allí: no me había reconocido. Esperé una hora
o un poco menos rondando el escritorio, salí con el manojo de llaves maestras, y después de percatarme de que no había nadie que pudiera verme, entré con el mayor sigilo posible a su
habitación. Mi antiguo verdugo dormía plácidamente. Estaba por amanecer y debía apurarme. Le ajusté la soga al cuello y deje de apretarlo cuando su cara se volvió una mascara de yeso casi
azul y sus dedos ya no se agarrotaron en mis muñecas. Envolví el cuerpo en dos sabanas, baje hacia el garaje y lo puse en el baúl de su auto. La guantera guardaba veinte cedulas de
identidad, todas con distintos nombres, cinco pasaportes también falsos, una pistola- tal vez la misma que usó contra mi- y una caja de profilácticos vacía. De sus otras pertenencias solo
le robé un atado de cigarrillos importados y un encendedor de oro. En el claro de un bosque a cinco kilómetros de la ciudad incendié el auto y regrese a pie mientras fumaba los cigarrillos
de mi verdugo.
El resto de aquel día estuve durmiendo en mi habitación. A medianoche, mientras me distendía con una amante en un pequeño departamento que había comprado para esa clase de encuentros en el
barrio del faro, mi hotel se incendió. En menos de una hora todo fue cenizas y escombros. Dijeron que empezó con un cortocircuito en el sótano. Sobre mi escritorio estaban los seis
cuadernos que había dejado para comenzar a analizar en los días venideros. Resumiré sin pena alguna lo que sucedió en los dos meses siguientes: la compañía de seguros se declaró en quiebra
y me dejo en la ruina, mis amantes se convirtieron en fieles esposas de sus maridos y dejaron de contestar mis llamadas y mis ex empleados quisieron cobrar indemnizaciones millonarias. Me
refugié en mi departamento pero no tardaron en acosarme las llamadas telefónicas de los acreedores. Las llamadas se convirtieron en amenazas y las amenazas, ante mis explicaciones cada vez
más iracundas, subieron de tono. Un día dejaron de llamar y al poco tiempo dispararon contra mi ventana. Los disparos destrozaron la persiana y los vidrios y desprendieron buena parte del
cielorraso de mi dormitorio. Dos horas mas tarde del ataque, tomé el ómnibus de la medianoche, y después de atravesar la ruta desierta y una lluvia torrencial, estaba otra vez en la vereda
de mi casa de colegiales. Amanecía bajo un cielo de cristal gris. La entrada al zaguán y las dos amplias ventanas habían sido tapiadas con ladrillos, y el cartel de una inmobiliaria
anunciaba que la casa estaba en venta. Seguramente mi hermano había conseguido que me dieran por muerto para tramitar la sucesión y disponer así de mi único bien.
Deambule durante varios días indeciso entre matarme o seguir caminando a donde llegaran mis fuerzas. Una tarde soleada encontré un bar abierto frente a una pequeña plaza en flores. Un papel
pegado en una vidriera sucia decía que necesitaban un ayudante de cocina. Durante dos semanas dormí en el fondo del local. A la semana, la dueña, una mujer compasiva- amante fogosa también-
me prestó unos billetes para alquilar una pieza en una pensión cerca de su casa. (Ella es viuda y no quiere convivir con otro hombre bajo un mismo techo mientras sus dos hijos estén con
ella. Estoy de acuerdo desde ya.)
Otra noche fría y estrellada, dos meses después de mi regreso a Buenos Aires, entré al club de ajedrez de colegiales. En aquel viejo salón de piso de pinotea oscura siempre lustrada
reconocí- creí reconocer- unos pocos rostros de los diez tableros ocupados. Estuve moviéndome discretamente entre las mesas, fantasma más que fugitivo, vacilando entre irme o quedarme. Un
hombre alto y grueso entró sigiloso desde el patio y se me acercó- era Cuello, bastante envejecido. No le di tiempo a que tuviera la primera palabra y le pregunte si podía ser socio. Cuello
me palmeó, aprobatorio, diciendo que la entidad necesitaba gente nueva, con empuje. Le di mis datos, todos falsos, y dos o tres noches después jugué y perdí mi primera partida del regreso
contra un muchacho rubio de diecinueve años que viene todas las tardes desde Adrogué para quedarse jugando o estudiando partidas ajenas hasta que el club cierra, una promesa que dará que
hablar, según Cuello. Para mi es algo más que una promesa. Jugué contra Keldar, el muchacho, cinco partidas con blancas, y me derrotó en todas. Cuando quedé fuera de la categoría de
adversario de riesgo, empezamos a cruzar más de dos palabras.
Posiblemente fue por eso y por algo más que no sé, o no me atrevo a saber. Usted es un solitario, como yo. Lo delatan su mirada, sus manos, esa campera tan vieja como este club. Dios
bendiga a los solitarios, porque de ellos será el reino. Keldar es un imán, un campo magnético, y no falta mucho para que ningún jugador en su sano juicio quisiera irse de este mundo sin
ser derrotado por él. Su concentración es absoluta: en cada partida de Keldar, el silencio del salón es su silencio, y cuando la partida se apaga vuelve del exilio el silencio de todos, con
sus murmullos inútiles, mientras que ese otro silencio majestuoso que minutos antes resplandecía en el aire es ahora el secreto mejor guardado de un solo año.
Dos noches atrás, luego de vencer a un ex campeón argentino, me acerque para felicitarlo y Kelder me llevó a un rincón de la sala y me dijo, impasible: Nada de felicitaciones, Cruz. Soy un
individuo detestable. Mi madre está internada con parálisis cerebral hace ocho años en un geriátrico público y fui a verla solo dos veces. Mi padre fue asesinado, de su cuerpo solo quedaron
algunos huesos adentro del baúl de un auto calcinado en un bosque, pero mis objetivos no son la justicia ni la venganza: son el ajedrez y el dinero. Quiero ser rico, riquísimo. Todos
quieren serlo, todos quieren ser lo que no son, pero ninguno lo dice. ¿Es pecado? Antes de que intentara responderle me dio la espalda y se perdió hacia la calle. Por ahora lleva ganadas
quince partidas contra jugadores invitados, ninguna perdida, ninguna en tablas, y en breve, me anunció Cuello, jugará contra un maestro internacional. En cuanto a mi, debo decir que durante
meses esperé el desenmascaramiento, la humillación, la expulsión definitiva. Sin embargo, nada de eso ha sucedido porque nadie parece recordarme.