Besó su propia mano en el dorso, allí, en la suave cicatriz invisible, indeleble, que le había quedado como una marca de nacimiento y para siempre, desde aquel día que él la había tocado. Aurelia lo hacía todas las mañanas, un ritual más importante que cepillarse los dientes o lavarse la cara. Siempre empezaba el día con ese gesto desde aquella tarde en la librería, cuando ella se le había acercado tratando de que él la viera, de que la notara, que tal vez la mirara con una sonrisa, o, mejor aún, que le hablara. La mesa de ofertas de la librería tenía varias pilas de libros viejos, libros usados, fracasos varios, olvidados orgullos de los autores. Aurelia trataba de adivinar sus intereses literarios, pero le resultaba difícil porque él compraba pocos libros. No podía estar segura si él era un lector muy exigente o si los libros eran sólo una distracción. O, lo más probable, si se debía a que tuviera una biblioteca muy extensa. Él había estirado su brazo para tomar uno de los libros sobre la pila que estaba cerca de Aurelia, y ella también, a propósito, había estirado el suyo sobre la misma pila. Y su mano quedó debajo de la de él. Ella dejó su mano allí, mientras esperanzada, temblorosa, con los ojos bajos, con las rodillas débiles, sentía el corazón latiéndole con más fuerzas. Sin dejar de leer, o mirar, los títulos de los libros desordenados sobre la mesa, él había retirado la mano y tomado un libro de otra pila para hojearlo. Y Aurelia ya no pudo seguir allí, tan cerca de él y tan lejos, tan dispuesta y generosa, con tantas expectativas y tan ignorada. Volvió a su casa llorando, y cayó sobre su cama llorando, con la mejilla sobre el dorso de esa mano marcada para siempre, toda la noche llorando, hasta que sus ojos enrojecidos fueron vencidos por el sueño bien entrada esa triste madrugada.

El universo de Aurelia, enorme universo de pequeñas cosas como libros sin importancia que nunca compró, de cortos viajes a ninguna parte otra que a aquella librería de viejo y de las visitas de rutina a esos lugares que la vida exige para que la vayamos transitando, se había ido limitando cada vez más. Giraba casi exclusivamente alrededor del encuentro, meta única y definitiva. Un universo en el que su obsesión como centro de gravedad regía inclusive la elección de un perfume que tal vez pudiera atraerlo, o el color de un pañuelo para el cuello que pudiera llamar su atención, tal vez posibilitar una marea que lo acercara a su playa desierta, una luz que anunciara el amanecer esperado en ésta, su continua noche de soledad. El pequeño gran universo, único universo de Aurelia, era un cosmos que abarcaba un mundo sin fin de realizaciones soñadas inmersas en un mañana más lejano que el tiempo que lo prometía en el futuro.
Ese orbe inmenso en sus limitaciones, el mundo sin barreras de Aurelia, iba achicándose. Iba reduciéndose, libre de fronteras pero encerrado en sí mismo, encerrado en una esperanza, en sus deseos permanentes, perpetuos, incesantes, que se marchitaban a la par que pasaban las horas. De ser sostenida por sus esperanzas Aurelia se estaba convirtiendo en el sostén, en el tutor, en el apuntalamiento de algo que ya empezaba a perder el color comenzando a sufrir los efectos de un otoño inevitable. Las hojas otrora verdes de aquella lejana primavera ya habían comenzado a transformarse, a dorarse, a cambiar lenta e implacablemente como en una alquimia invisible sin vueltas atrás, sin estaciones de descanso ni salas de espera que ofrecieran una alternativa.

Aurelia tenía que hacer un esfuerzo para salir de su casa, con un caminar que pedía bastón y una vanidad que se lo negaba. Ya no buscaba un pañuelo en particular o el perfume mejor sino que tomaba lo que tuviera más a mano. En vez de ser impulsada por aquella esperanza y aquel deseo tan añejos como ella, ahora era penosamente llevada por una rutina. Y había días en los que no lo veía en su caminata habitual. Además Aurelia ya no entraba a la librería. Los libros empezaban a molestarla, había algo de envidia en esto, tan acariciados por él mientras ella era ignorada, una espectadora pasiva, una esperanza agonizante, dejada de lado como un ejemplar de poca importancia, un tema secundario, nunca un best seller, edición menor. Para Aurelia ya era una lucha salir al mundo sin tener la certeza de que lo vería. Le resultaba difícil visitar esas calles que no eran tan alegres ni tan acogedoras ni prometedoras como alguna vez lo habían sido. Como si no fueran las mismas calles. Y en realidad no lo eran cuando él no estaba. Y cada vez lo veía menos, hasta que un día fue le último día en que lo vió. Aurelia no supo que aquel día en el que lo había visto por última vez había sido el último día en el que lo vería. Lo supo después, mucho tiempo después, cuando ya no  salió más a buscarlo, cuando comenzó a creer que en realidad nunca lo había visto, que lo había imaginado, que no era su sueño sino sólo un sueño. El universo hasta ahora triste y estable de Aurelia estaba empezando a convertirse en un recuerdo pese a los esfuerzos que ella había hecho y hacía por mantenerlo como un continuo presente. Un universo que se iba reduciendo a esa habitación de la que ya no saldría, un único y último refugio ante esa realidad no querida que no había sabido cambiar, esa realidad que no aceptaba, que se le había impuesto a pesar suyo, a pesar de tanto anhelos. Esa habitación en la que lo único real era la cicatriz en el dorso de su mano.

Estudio de las Manos | Albrecht Durer