La educación
por Vicente Battista

Educación. Palabra conflictiva en nuestra niñez y comienzos de la adolescencia. Papá y mamá (sobre todo mamá) daban las pautas de qué significaba ser un chico educado; en realidad, bien educado, porque también los había mal educados. Edgardo, era el ejemplo de chico bien educado, Juan Carlos el del mal educado. “Con el número dos nace la pena”, leeríamos en Marechal años después, pero en aquellos días, cuando aún Marechal no se enseñaba en el colegio, el número dos, para nosotros, más que pena era conflicto: Juan Carlos, el atorrante del barrio, parecía el modelo a seguir, en tanto que Edgardo era el enemigo a destruir. Juan Carlos andaba en zapatillas, las medias caídas, los pantalones sucios y rotos; Edgardo era un dechado de higiene, ropa limpia y planchada, medias sujetas por debajo de las rodillas y zapatos lustrados. Edgardo, todos coincidíamos, era un idiota: comía con la boca cerrada, no hablaba mientras comía, no apoyaba los codos sobre la mesa, no se ponía los dedos en la nariz, se dirigía con respeto a sus mayores, aceptaba que la voz del cura párroco era una verdad indiscutible. Exactamente lo contrario de lo que hacíamos nosotros. Cargamos con ese karma, hasta que leímos a Mark Twain, sus historias y sus personajes: Tom Sawyer y Huckleberry Finn, que alegraron nuestra adolescencia. Tom y Huck hacían exactamente todo lo malo que hacíamos nosotros, eran maleducados como nosotros y desobedientes igual que nosotros. En la novela el chico bien educado era Willie Mufferson, modelito del pueblo, el preferido de los mayores. En el barrio el chico bien educado era Edgardo, el mimado de la maestra, el mejor alumno de la clase. Willie vivía en St. Petersburgo, un pequeño pueblo a orillas del Mississippi. Edgardo vivía en Barracas, un barrio de Buenos Aires. Otra geografía, otros tiempos, otra lengua, pero los dos estaban cortados por la misma tijera.
Luego crecimos y con los años aceptamos que ciertas cosas no deben hacerse en público, ya que son signos de mala educación, aunque continuamos haciéndolas en privado: que levante la mano aquel que sabiéndose solo, seguro de que nadie lo mira, no se pone placenteramente el dedo en la nariz. Al crecer comprendimos que la educación era mucho más que eso y comenzamos a preguntarnos en qué consistía. Supimos que es una norma exclusiva de los seres humanos, el resto de los seres vivos del planeta la ignoran. Los animales llamados inferiores, como bien se sabe, operan por instinto: apenas nacen ya conocen de qué modo deben comportarse y a qué códigos responder. Los cachorros permanecen corto tiempo junto a sus padres; no bien recuperan un mínimo de conocimientos se largan por sus territorios, solos e independientes. Los seres humanos, denominados seres superiores, llegamos al mundo con un mínimo de memoria ancestral, necesitamos aprender, educarnos. Un gato que hoy persigue a un ratón por las calles de Buenos Aires tendrá el mismo comportamiento del gato que perseguía ratones por las calles de Egipto en tiempos del emperador Ramsés II. En cambio, los hombres y mujeres de aquellos remotos tiempos eran muy diferentes a los hombres y mujeres de éste. A lo largo de tres mil años se gestaron infinitos hechos que necesariamente produjeron distintos modos de educación.
El ejemplo del gato corriendo ratones puede provocar confusión. No faltarán quienes, orgullosos de las mascotas que alegran sus casas, dirán que ellos educan a sus perros y a sus gatos y que la mejor prueba de que son educados la brindan los propios animalitos: “Cumplen al pie de la letra con lo que les enseñamos”, afirmarán orgullosos. Siento desilusionarlos. Una cosa es educar y otra muy diferente es amaestrar. La educación necesita capacidad intelectual de parte de quien recibe el conocimiento, elaborar lo que recibe, plantear dudas en torno a lo que recibe, recrearlo: es, como se nota, un ejercicio exclusivo de la mente humana. Las criaturas que son amaestradas no reciben conocimientos sino órdenes, que obedecen con la docilidad del caso.
La tarea de educar se habrá iniciado en aquellos primeros días cuando los seres humanos, aún primates, empezaron a descubrir cosas y a comprender que necesariamente debían trasmitir esos conocimientos de uno a otro clan y de padres a hijos ¿En qué momento de su historia comenzó esa costumbre que persiste hasta hoy? Es imposible aventurar una respuesta. Si aceptamos que los primeros indicios de educación se llevan a cabo no bien nacemos, habrá que aceptar que ese momento se tuvo que haber registrado con los primeros homínidos que deambularon por la Tierra. En aquellos días, como consecuencia de un vocabulario extremadamente limitado, se debieron de haber comunicado con gestos más que con palabras, por lo que
aún mantendrían los rasgos del resto de los animales inferiores. Claro que, a diferencia de esos animales, recrearon aquellas primeras enseñanzas, buscaron nuevos modos de desarrollar lo que acababan de aprender. Algo que, vale la pena repetirlo, es imposible en los animales inferiores: el oso sigue robando la miel de las colmenas del mismo modo en que lo hacían sus parientes más remotos.
Retrocedamos otra vez y por un instante imaginemos el preciso y mágico momento en que nuestros abuelos prehistóricos descubrieron el fuego: con las primeras llamas surgió la necesidad de educar, había que enseñar el modo de mantener vivo ese fuego y, casi de inmediato, descifrar la manera de encenderlo. A partir de ese reciente fuego se tuvo noción de lo crudo y de lo cocido, un conocimiento que, parafraseando aquellas palabras de Armstrong, significaría “un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Claude Levi Strauss en el primer volumen de su Mythologiques I–IV, que precisamente se titula Le Cru et le cuit, da cuenta de ello.
Aunque la voz “educar” deriva del latín êducäre (Dirigir encaminar, doctrinar; desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos), ya era utilizada en la antigua Grecia. Aristóteles, que reconocía en Platón a su maestro, señalaba: “La educación consiste en dirigir los sentimientos de placer y dolor hacia el orden ético”, y, por cierto, utilizó esa consigna en uno de sus discípulos más aventajados: Alejandro Magno.

Los libros educan. Es natural, entonces, que quemar libros sea una de las primeras acciones que practican los regímenes totalitarios. El 26 de junio de 1980, en un potrero de Sarandí, las fuerzas armadas que detentaban el poder en nuestro país echaron al fuego más de un millón de ejemplares del Centro Editor de América Latina, una editorial que publicaba textos clásicos y contemporáneos, así como numerosos títulos dedicados a los estudios secundarios y terciarios. Esos verdugos de la educación estaban repitiendo un acto celebrado 47 años antes, el 10 de mayo de 1933, cuando los nazis quemaron una gran parte de la cultura alemana: los libros de Freud, de Brecht, de Mann, entre otros cientos de autores, fueron devorados por las llamas fascistas.
Joseph Goebbels desenfundaba su revólver cada vez que escuchaba la palabra cultura. Los regímenes totalitarios repiten el gesto cada vez que alguien conjuga el verbo educar. Saben que un pueblo culto es un pueblo libre, por consiguiente atacarán a la educación en cualquiera de sus formas. Simplemente con comprobar qué cifra de su presupuesto destinan a educación y cuál es el porcentaje que utilizarán de su PBI, sabremos hasta qué punto les interesa educar al pueblo. Los países centrales proceden de la misma manera con las naciones que invaden y colonizan: la educación atenta contra la mano de obra esclava. La contradictoria vida del misionero franciscano Diego de Landa puede ser un buen ejemplo. A mediados del 1500 y por pedido de los reyes de España viajó hacia el nuevo mundo, desembarcó en costas mexicanas en agosto de 1549. Llegaba con la misión de “educar” a los indígenas que trabajaban en régimen de esclavitud para los encomenderos españoles. Claro que antes de educarlos y brindarles la nueva cultura debía destruir la que durante siglos habían labrado aquellos pueblos. Diego de Landa operó con la natural paciencia de un monje franciscano, sin embargo unos años después y acaso harto de que los indios persistieran en sus costumbres paganas, celebró un auto de fe: mandó a torturar a los principales caciques y destruyó los códices mayas. Así lo anotó en su libro “Relación de las cosas del Yucatán”: “Usavan tambien esta gente de ciertos caracteres o letras con las quales escrivian en sus libros sus cosas antiguas y sus sciencias, y con ellas, y figuras, y algunas señales en las figuras entendian sus cosas, y les davan a entender y enseñavan. Hallamosles grande número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa, en que no oviesse superstiçion y falsedades del demonio se los quemamos todos, lo qual a maravilla sentían y les dava pena.” De este modo y en nombre de la educación, el misionero franciscano destruyó un legado cultural que hubiera servido para entender mejor a la rica civilización maya.
La tarea evangelizadora de Landa granjeó la antipatía de sus compatriotas, no porque hubiera destruido una documentación histórica o torturado a los indios, sino por lo que había provocado en los nativos. Los encomenderos españoles se quejaron al rey Felipe II porque los salvajes en su afán por educarse bajo la nueva fe descuidaban el trabajo; en definitiva, era para eso que estaban en el mundo. Diego de Landa regresó a España, pero su modo de educar-destruyendo se convirtió en una manera de operar del opresor al oprimido que sigue vigente en estos días.
Por fortuna, hay voces progresistas. El filósofo y pedagogo brasileño Paulo Freire, autor de volúmenes esenciales como “La educación como práctica de la libertad” y “Pedagogía del oprimido”, fue una de esas voces. Trabajó junto a los campesinos analfabetos del Nordeste del Brasil y puso en práctica métodos educativos diametralmente opuestos a la política de los colonizadores. Su propósito era de verdad enseñar, por lo que fue necesario poner todo del revés y desterrar definitivamente las formas tradicionales de alfabetización. Esas formas en lugar de gestar un individuo educado gestaban un hombre domesticado. Freire logró que aquellos campesinos analfabetos aprendieran a “decir y a escribir sus palabras’’ y consiguieran ser los “dueños de sus propias voces”. Una de sus frases puede ser la consigna de lo que debe entenderse por educar: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

“Grito Plástico” – Mariana Hidalgo-
3ra Mención IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”