La dificultad descriptiva de la ira
por Fabián Ostropolsky

Se dice que un guerrero samurái fue a ver al Maestro zen Hakuin y le preguntó: * ¿Existe el infierno? Existe el cielo? ¿Dónde se hallan las puertas que me llevarán a ellos? ¿Dónde está la entrada? Era un guerrero sencillo. Los guerreros siempre son sencillos, sin astucia en sus mentes. Sólo conocen dos cosas: la vida y la muerte. Él no había ido allí a aprender ninguna doctrina, tan sólo quería saber dónde estaban las puertas para evitar el infierno y poder entrar en el cielo. Hakuin le respondió de la forma en que sólo un guerrero podía haberle entendido. * ¿Quién eres? – preguntó Hakuin * Soy un guerrero samurái – respondió el guerrero -. Incluso el emperador me respeta. Hakuin se rió de él diciendo: * ¿Un samurái tú? ¡Pero si eres un pordiosero! El samurai se sintió herido en su orgullo y olvidó lo que había ido a hacer. Se quitó la espada del cinto y ya estaba a punto de matar. Entonces dijo Hakuin: * Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, son las llaves que la abren. Esto un guerrero lo puede comprender, e inmediatamente el samurái lo entendió. Entonces colocó nuevamente su espada en la funda. Hakuin le dijo:
* Así es como se abren las puertas del cielo.
La Ecología Emocional Jaume Soler M. Mercé Conanglia

Estoy confundido, me han pedido que escriba sobre la ira y no puedo; pero a diferencia de otras veces en que se me han negado las letras (tantas veces), en esta oportunidad me enervo al no encontrar el juego ideal para salir de la situación, y resulta ser conveniente, de la manera más hipotética que me alcanza.
Mi enojo al principio me sedujo al daño, puedo decir que no pensé realmente en la materialización de destruir o golpear cosas, aunque si comprendí con cierto estoicismo acerca del efímero placer que dicho daño me hubiera proporcionado.

En fin, no arremetí contra el teclado, ni contra mi tazón de café con leche; el autocontrol, si lo analizo, se plasmó por dos factores elementales, uno para el tazón y uno para la computadora: el tazón tenía restos líquidos mezclados con samuuna borra extraña (por eso no los bebí), y la computadora es de esos bienes, que por su valor económico y funcional, posee la capacidad de limitar los actos irracionales. Por un momento sopesé la escena tras la explosión de la taza en la pared; el café tatuado dejando una estela hasta el piso, así como la ausencia para siempre de mi computadora, con las cadavéricas letras “d”, “j” y “n” tamborileando en ciertos rincones de la mesa. Con esto quiero decir que el autocontrol aún permanecía predominando mis emociones. Sé que no era grave estar “sin tinta” para esta oportunidad, pero después de borrar unos nueve inicios ataviados de sandeces que no me conformaban, el enojo comenzó a exasperarme, para luego traerme hasta aquí, “el camino de la explicación”, ¡oh bendita catarsis literaria!
Quería asimismo borrar lo que llevaba escrito porque lo entendía burdo, mundano y mis dientes soñaban con romperse. Y si digo la verdad ansiaba el grito, por no poder narrar, por leerme y leer a un idiota que decidía sincerar su idiotez para apenas consolarse. Mi autocontrol trastabillaba, luego me pude imaginar enfrente del teclado, babeándolo, con una cara lerda, mirando las letras como símbolos complejos que no sabían relacionarse; y quería golpearlo aél, al teclado, a la pantalla, y a la taza… cuántas ganas de reventar la taza.
La ira se arrima entonces al presentir un ataque que nos impide lograr lo que queremos, o algo así. Y estaba yo allí frente a mi incapacidad narrativa (momentánea, a veces puedo escribir cosas sensatas, allá ustedes si no lo creen), ¿debería pues haberme clavado aquella lapicera tartamuda en las rodillas? Recuerdo haberme inclinado otra vez por la taza o por la computadora, dudando, quizás fuera ese un ejemplo de que no era tan severo mi fastidio.
La situación se aclara (no a ustedes, lo entiendo); personificaré pues a la ira, y voy a mezclar la personificación de esa ira junto con la del autocontrol: está el robusto muchacho, calvo y cejijunto, agarrando por los brazos a la ira (yo soy absurdamente delgado); ella es una muchacha de pelos largos, despeinados, cuenta con una fuerza que no condice con su cuerpo, medio flaco, medio fibroso, atiborrado de gruesas venas. La ira grita como esa muchacha que quiere zafarse de los doctores del manicomio, todos ataviados con esa vestimenta tan blanca como incongruente.
Ella grita sacudiendo exageradamente la cabeza, da la impresión que se le va a salir.
Después masculla unas cosas por lo bajo, con la intención de engañar al muchacho (quien no sé por qué lleva un traje entallado con delgadísimas rayas grises), recobra energías y se reinicia la escena.
El autocontrol ha tomado correctamente a la ira por los brazos, los cruzó justo en las muñecas (ya lastimadas muñecas), por lo cual puede reducirla con una sola mano, al menos por un tiempo. Y aunque desconozco para qué podría precisar elautocontrol esa mano liberada, me tranquiliza bastante que tenga la capacidad de maniobrar de esa manera.
La ira de a poco se va quedando dormida, no obstante la atacan pequeños temblores en su pequeña catrera, a la izquierda de mi cerebro. El autocontrol al principio la observa atento, carente de gestos; después se sienta y lee el diario, alzando los ojos de a ratos mientras fuma un Imparcial, dejando salir el humo a través mi oreja.

“Entre la espada y la pared” – Eduardo Luna – 
III Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Ya la ira sueña con sus cuatro hijos varones y su hija recién nacida; imagina como patean todos juntos a una abuela que aletarga la cola de un supermercado, o insultan a una pareja de recién casados que susurra una hipótesis en el cine; y de alguna manera mi guardaespaldas y yo sabemos que así permanecerá de momento, en esa vigilia campante y siniestra.

Hay una historia contemporánea, se presentó en algún lugar de mi Mendoza, en algún rincón de una mañana de lunes; fue fugaz, como la cotidianiedad de lo que hoy nos empaña.
La dejo así, que otros personajes hablen ahora de la Ira, que no muestren ellos lo que sienten.

Alberto cruza la avenida por la senda peatonal, de Este a Oeste.
Un auto que dobla por la calle que hace esquina, se le acerca hasta los pies con molesta parsimonia. Alberto asimila la situación inquieto, con la convicción sensorial del agravio; desacelera un poco sus pasos, mientras deposita sus ojos en el parabrisas del Fiat Spazio que lo enfrenta.
Ya cuando Alberto no se interpone en el camino del auto,éste se dispone a concluir el giro y continuar desenvuelto en su apuro, o quizás en la ansiedad inconsciente de quien lo conduce: Sara, quien impregna con esa actitud a casi todo lo que hace.
Alberto vuelve su cuerpo súbitamente e incrusta la suela de su mocasín en el guardabarros.
El ruido del golpe en la chapa lastimada lo impregna todo. El auto, aunque confundido, no se detiene; el movimiento indiferente de la carcasa beige, engordado con engranajes y líquidos, exhibe el temor de los integrantes que la ocupan: son finalmente dos mujeres, al parecer madre e hija.
Alberto insulta con una voz grave, ataviada con años de humo e injusticias; el grito quema el aire de un julio helado y sus manos se dirigen inequívocas a sus pies, mientras anclado en las tres cuartas partes de la senda peatonal, siente que se desvanece por la ira. El auto casi ronroneando, se desfigura bajo el reflejo del sol atardecido, y despacio, se va perdiendo hacia la próxima esquina.
El agravio no genera placer en Alberto, a pesar de la “rotunda legitimidad” de la causa, menos consuelo (pudiéndose esta frase “viceversar”). El tiempo lo agarra y no logra reanudar sus pasos; los otros autos, se acercan como séquitos del Fiat, arremeten con bocinas y la senda peatonal, donde a veces juegan los niños a pisar sólo lo blanco, se convierte en un pantano, mitad sorpresa, mitad vergüenza.
El mundo reinicia sus vueltas y el rostro indignado de Alberto, pareciera desear ir detrás del Fiat, para mirar en detalle a los ojos a quien maneje, para tomarlo del cuello, y así aseverar la existencia de miedo y de culpa.
Imagino ahora a Alberto de otra forma, caminando hasta el correo para mandar la carta que llevaba en alguna de sus manos, tan ambiguamente lejos de tener esos deseos espantosos. Entiendo entonces que lo que se gestaba en sus vísceras es lo mismo que llevamos todos, podridas emociones muertas; y luego me pregunto cómo hubiera canalizado su ira de no haberse cruzado con el Fiat Spazio, dónde residirían las cicatrices que ya portan Sabrina y su hija.

Después aparecen ellas, en silencio, una apretando el volante y las muelas; mientras la otra procura descifrar la violencia a través de los comercios que pasan fugaces a través de la ventana.

¿Culpa de Sabrina? ¿De Alberto? ¿Del dolor que le causaban ese día los mocasines nuevos? ¿El apuro inconsciente por doblar en la esquina?
¿Realmente vale la pena buscar culpables exactos o tangibles?

Porque me remonto a otros años, y sin saber cómo eran esos tiempos, cavilo en la idea de que la ira se engendraba bajo otros conceptos, más primitivos sí, pero menos infundados. Hoy nos atacan de todos lados con vileza, como entes sigilosos; y somos después nosotros los que no podemos evitar atacarnos unos a otros. Y ahí va Alberto, empujado por una maraña de garras veloces hacia donde no quiere ir, aunque en verdad no conozca otro camino, porque además las garras lo ciegan; y son tantas que le encorvan al muchacho la espalda, dejándolo arqueado con
los brazos abiertos sin siquiera poder girar la cabeza.
Entonces hace tiempo está enojado, pero verdaderamente no sabe con quién ni por qué.
Y así después de esa reseña puedo ver a la ira en tantas otras escenas, sin necesidad de explicarla; y sí, podría hacerme cargo de los culpables, ninguno humano, tampoco tangible.
Un joven que en una trifulca patea con saña una cabeza, cabeza magullada que no ofrece resistencia; o ver un puño quebrado en una pared ahora rosa (tan injusta esa mano y esa pelea), y ese puño sucumbe por cualquier otro motivo, por cualquier otra amenaza; y ciertamente veo a la velocidad y al cansancio como ahora se trenzan, se confunden. Esa especie de eco fantasmagórico nos gira con un dedo y nos marea.
Alberto tuvo una infancia grata, con la severidad de aquellos tiempos (y “aquellos” no es tan lejos), con el amor de los pucheros, con la existencialidad del tiempo; entonces al ver cualquier definición de “ira”, que incluye a todas las razas, a los hombres desde siempre o a los Dioses, o a los Mitos, en estos días uno siente más pena.
Los motivos del “patadón” en el Fiat Spazio, se fueron amontonando en el cajón que una vez guardó juguetes; y así en Alberto éstos se iban pudriendo (los juguetes y los motivos), se descomponían junto al desconcierto radical que experimentaba. Porque cierto es que el cajón era grande pero no eterno.
En los últimos años las cosas se aceleraron, la tecnología vomitó sobre los valores y le echó la culpa de un robo al “cabeza”. Se revuelve el contenido del cajón de Alberto y quiere ahorcar a Sabrina, a la hija, a los compañeros del aserradero, al perro que ladra aún moviendo la cola, al bebé que lo despierta de la siesta, porque…trabaja catorce horas.
La hija de Sabrina, por esa cuestión misteriosa de los hijos, quería culpar a su madre por arrojarle el auto encima a Alberto, desahogar esa angustia que se engendra en ella, juvenil y siniestra. Gritarle por haberla puesto en esa situación desagradable, sin importar si tuvo o no la culpa; y la madre que todavía no estaba repuesta, le dijo que “el tipo” estaba loco; y ahí no entran mis letras porque se mezclan los gritos con los dedos índices atroces, con la interferencia aguda…Y yo no entiendo nada.
Pero el abollón, que hasta brilla, pareciera ensancharse allí en el guardabarros, mientras ellas se insultan. Antes la poesía hablaba de guerreros samuráis profesando con maestros de barbas profundas; hoy la velocidad le quita romanticismo a las cosas. Y todos seguimos andando como si nada hubiera pasado. Porque la ira no fue nuestra, ni es contra nosotros. Sólo la observamos pasar, sin rozarnos siquiera.

Pero la sabemos presente, cada vez más presente, aguardando a que el autocontrol se descuide, y ahí si quizás se nos venga encima, soltándose los brazos, para perderse de una vez y por mucho tiempo entre el tumulto de nuestra violencia.