La conciencia el más puro de los instintos…
por Natalia Falcón

“Si la ambigüedad es la coherencia de la lengua, la conciencia es la vara que nos permite medir, tan solo, lo que hacemos sin importar lo que decimos”. N.V.F

Una frase que es un mix propio, de un sin fin de mezclas interesantes que descubrí en un recorrido intenso de  la palabra “conciencia”.

Me gustó la expresión para abrir el debate, y bien digo debate porque de eso se trata el camino de mis palabras. Escribo para generar opinión, acuerdo, desacuerdo…no sé… sólo sé que deseo generar algo; si eso no ocurre, oh oh… estamos en problemas.

Muchas veces caemos en el error de pensar la conciencia como una especie de facultad autónoma e independientemente de nosotros, y más aún de nuestra propia inteligencia. Sin embargo, debemos entender o interpretar la conciencia como un acto y no una facultad inherente a nosotros. En efecto, para explicar su función no hace falta suponer en el hombre una capacidad distinta de la inteligencia. La conciencia y la inteligencia van asociada, no como sinónimos sino como buenos socios que comparten los vaivenes de la vida cotidiana marcando el recorrido de nuestro andar.

La conciencia es simplemente un testigo de lo que estamos haciendo, o de lo que hemos hecho.

Es un acto de nuestro conocimiento, creada, finita, falible e inexacta, por nosotros mismos. Nos pertenece. Está diseñada a imagen y semejanza porque es propia. No podemos copiarla, pedirla prestada, cambiarla o comprar una mejor.

Es la que tenemos, la que “pudimos conseguir” en el reparto.

Conciencia es una de esas palabras que lo dicen todo, el único problema es que no llegamos a entender de qué se trata ese todo. Es como un collar de melones que cuelga de nuestro cuerpo; que casi no entendemos como funciona, pero bien sabemos que pesa… y mucho.

El desafío de utilizarla, es llegar a comprender la importancia que tiene para nosotros y para el mundo, cuando la echamos andar.

Pero al igual que muchas palabras, las confundimos con otros conceptos fusionándolos como sinónimos y los ponemos actuar en la misma sintonía; como si fueran partes indivisibles de un todo.

La confusión más corriente se da con la moral, dado que la moral nos hace actuar de un modo determinado, nos permite saber que debemos hacer en una situación concreta. Es como una especie de gurú, un guía espiritual que nos ayuda a enfocar el norte, nuestro norte.

En realidad pondríamos resumir que la moral es entendida como el conocimiento reflexivo de las cosas. Poder pensar que está bien y que está mal. Sin embargo conciencia es mucho más que eso.

En otra de sus acepciones se nos presenta como: “con conocimiento”, conocimiento de una mismo.

Ups!

La mente conciente – Estela Bartoli
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Conocerse  a uno mismo, saber que siento, que pienso, que deseo, por quién sufro, por quién río. Eso es la conciencia para algunos, tener el alerta de nuestros sentidos que nos permitan captar el minuto a minuto de nuestras vidas.

En esta línea, la conciencia es no hacernos los tontos con el devenir de nuestras historias. Es poder regalarnos, aunque más no sea por momentos breves, lo que nos está pasando. Asumirlo, deglutirlo y vomitarlo. Convertirnos en rumiantes de nuestra cotidianidad, amasando los momentos de sin sabores, esos momentos que por instantes salen expulsados para darle espacio algo mejor.

O quizás tan sólo donde la lágrima es corrida por la sonrisa, o dónde la sonrisa es borrada por una catarata de tristeza que envuelve nuestras mejillas.

De eso se trata la conciencia, de no dar tregua, de mostrar lo que nos pasa y como pasa. Pero no siempre cuando nos pasa, a veces viene con delay. Nos lo muestra en el momento que nosotros le abrimos la puerta, en el preciso instante que tomamos la decisión de no hacernos los boludos, de mirar para adentro. Es lo que hay, tómalo o déjalo…pero se consciente de esto.

Y es en esos momentos donde nos preguntamos ¿Cómo apagamos la conciencia? Dónde está la tecla? ¡El interruptor! ¡Por favor que alguien me explique!

¿Podemos disponer de ella o ella dispone de nosotros? Aparece y desaparece a su ritmo, con autonomía…algunas veces nos favorece y otras veces se empeña en complicarnos la vida, el seudo momento de equilibro con la vida donde pensábamos que todo estaba ok. Sólo que el pensábamos era no pensar, sólo poner el automático y dejarnos ir.

Apagar nuestra mente, detenerla y conservarnos en el limbo de nuestras decisiones, eso seria un regalo de los Dioses.

En estos tiempos de cambios rápidos, ruidosos, redefinimos los valores, los objetivos, el devenir de nuestra cotidianidad de nuestros actos. Cuántas veces nos preguntamos cómo reaccionamos, cómo nos encaminamos, cómo disparamos a las dudas que nos enfrentamos hoy. Cuán conscientes somos de lo que hacemos, decimos y decidimos las 24hs del día. Podemos disociarnos, partirnos, dividirnos y sacar nuestra conciencia por ahí a tomar aire, pero sólo por lapsos acotados.

La conciencia nos permite un conocimiento reflexivo de nosotros mismos, de nuestras aptitudes y posibilidades. Nos permite descubrir cambios interiores y descubrir el mundo exterior dándole cabida en nuestra propia e íntima subjetividad. Es por esto que estamos condenados a errar.

La conciencia es para mí el más puro de los instintos, y por lo tanto el más falible de nuestros actos, dado que es nuestro propio ser el que escribe los argumentos de nuestro andar.

Ser conscientes de la conciencia, es un camino áspero y difícil que por suerte solo se logra de a ratos.

Es por esto que somos felices en un sin fin de momentos fugaces.