LA COMUNICACIÓN SOCIAL ANTE EL DILEMA NEOLIBERAL

por Aritz Recalde
Licenciado em Sociología. Docente de la FPyCS de la UNLP.
Editor de http://sociologia-tercermundo.blogspot.com

A continuación vamos a reflexionar brevemente acerca de la compleja relación entre los diferentes modelos históricos de la Comunicación Social y las tendencias e imaginarios actuales sobre el «deber ser» de dicha actividad.

El eje del trabajo se centra sobre la discusión del modelo de comunicador impuesto por el proyecto neoliberal que está estrechamente relacionado a la cultura del espectáculo y la banalización de la función del comunicador, privilegiando un modelo de trabajador distante de la tradición del periodismo de investigación comprometido, al estilo Rodolfo Walsh o Rogelio García Lupo y motivando en su lugar, la figura del periodista sensacionalista o deportivo estrechamente ligado a las demandas de mercado.
Durante las últimas décadas pudimos observar el avance de un modelo de profesional vinculado al esquema construido desde los grandes medios de comunicación de masas, que hacen fuerte hincapié en la dimensión individualista del ejercicio profesional y que promueven la actividad periodística estrechamente ligada a la industrialización y la mercantilización de la noticia y la labor del comunicador. Sobre este último aspecto, hay que remarcar la existencia de una práctica centrada en la difusión de noticias banales y la fusión en un mismo ámbito informativo entre los sucesos de la vida real y los del espectáculo. Este proceso, se invierte constantemente, y la noticia es tratada en tanto y en cuanto, desarrolla ante el espectador un espectáculo dramático cargado de emotividad, desentendiéndose del contenido y de los fines que, se supone, debería contener la transmisión de la información pública. La imagen y la espectacularidad del dato, ocupan el lugar de la reflexión como marco general para presentar la noticia y los fenómenos políticos y sociales. La noción de que «somos todos periodistas» ya que con nuestro celular o cámara grabamos una imagen que puede ser noticia en los medios, es un hecho sintomático de la incapacidad de la Comunicación Social de retomar las escuelas de pensamiento centradas en la investigación y el análisis global de los datos como mecanismo de abordaje del fenómeno de la comunicación.

Dicho proceso va consolidando espacios informativos en los cuales se transmite en gran parte de la programación, informaciones policiales o del ámbito del espectáculo. La demarcación entre géneros y programación se va borrando dejando como resultante que la figura del Comunicador Social a reproducir es la del «profesional exitoso» ligado a la mercantilización y banalización de la práctica profesional. La construcción «espectacular» de los hechos y la teatralización de los conflictos cotidianos, ocupan gran parte del espacio informativo y refuerzan la tendencia a mermar la veracidad de los datos al dificultar la capacidad de reflexionar sobre los procesos globales y estructurales del país, que transcurren entre un laberinto de noticias y anuncios cruzados de homicidios, asaltos, logros deportivos y éxitos televisivos o escándalos teatrales. En este cuadro, la concentración oligopólica de empresas de la comunicación y la lógica comercial por cual se guían, tiende a uniformar la programación que corre tras audiencia ubicada en aquellos productos o nichos de mercado «exitosos», favoreciendo que el modelo televisivo banal, mercantilizado y que hace de lo morboso un espectáculo comercial, tienda a uniformar la programación de la televisión, la prensa escrita y la radio argentina. Estamos hablando de tendencias generales, que claramente, tienen honrosas excepciones como y por ejemplo, el Canal del Ministerio de Educación y Ciencia del la Nación, Canal ENCUENTRO o mucha de la programación emitida desde Canal 7 o Radio Nacional.

El esquema actual está lejos de ser el único modelo y tipo de profesional de la comunicación y debemos remarcar que han existido en nuestro país diferentes prácticas y distintos y acalorados debates acerca del «deber ser», cuestión que se relacionó estrechamente al horizonte colectivo en el cual se inscribían cada unos de los argentinos. El debate acerca del rol del Comunicador Social no es fácil de resolver y por el contrario, tiene distintos puntos de vista e interpretaciones. Entre las diferentas miradas sobre el tipo de comunicador social podemos reconocer, al menos, cuatro propuestas acerca de qué rol podría jugar y qué formación teórica y académica debería adquirir la formación profesional (1):
1- están aquellos actores que sostienen que el Comunicador Social debe atender, prioritariamente, las necesidades y debates de la «Comunicación Alternativa » y la práctica de las Organizaciones libres del pueblo;
2- por otro lado, algunos van a plantear la importancia de vincular el perfil del profesional a las «demandas del mercado»;
3- asimismo, algunas personas van a plantear la importancia de mantener distancia del contexto y promover la «producción científica» independiente;
4- y por último, también estamos aquellos que sostenemos que el perfil del comunicador social debe relacionarse, prioritariamente, a las demandas del conjunto de las políticas de Estado depositarias de la soberanía popular e instrumentos de desarrollo nacional integrado.

Está claro que la elección de las alternativas mencionadas trae detrás de sí un profundo debate desarrollado a través de la historia de la comunicación y su relación con el país y el continente. Los cuatro posicionamientos no son los únicos y además (y es bueno remarcarlo), no se excluyen necesariamente. Ahora bien y en una somera síntesis, si quisiéramos ubicarlos históricamente, podemos identificar cuatro momentos ligados a los puntos arriba mencionados:
1- durante las décadas de 1960 y 1970 los debates y prácticas de la comunicación en Latinoamérica alcanzaron su punto más alto en lo que respecta a la crítica ideológica y la articulación, individual y colectiva, con la acción política. Allí están los libros e investigaciones de Heriberto Muraro de la década del setenta o los trabajos de Mattelart escritos durante el gobierno de Salvador Allende. Asimismo y en relación a las prácticas comunicacionales, podemos recordar las experiencias de comunicación alternativa de las Radios Mineras de Bolivia de las décadas del cincuenta y sesenta, la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) de Rodolfo Walsh o el paso del argentino Ricardo Masseti en la fundación de Prensa Latina. Asimismo y llegando a la actualidad, podemos ver que existen diversas experiencias de comunicación en el marco de las organizaciones libres del pueblo, como y por ejemplo, aquellas vinculados al Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO). En este contexto, varios estudiantes, profesionales o docentes, van a sostener que el perfil de comunicador debe ligarse al estudio y/o al acompañamiento de experiencias de esta índole.
2- En lo que respecta a la articulación de la Comunicación Social y el Estado y pese a la inexistencia histórica de Políticas Nacionales de Comunicación en el país, es innegable la trascendente dimensión que adquirió la ley 14.241/ 53 del Servicio Nacional de Radiodifusión, la agencia de noticias TELAM o el Canal 7, creados durante los dos primeros gobiernos peronistas. Asimismo y de distinta índole o latitud, es bueno recordar la trascendente importancia que adquirieron el programa de Comunicaciones de Velasco Alvarado de Perú del año 1968, el debate de la UNESCO y el Informe Mac Bride en los setenta, el actual canal latinoamericano TELESUR, la programación del canal del Ministerio de Educación de la Nación ENCUENTRO o el proyecto reciente del Satélite Simón Bolívar. Estos casos son expresiones claras y trascendentes de la potencialidad que tiene el Estado para desarrollar y promover las comunicaciones en una nación del sur de América. En este marco, vamos a encontrar propuestas que establecen que el perfil del comunicador debe estar orientado, prioritariamente, al estudio de la Planificación de la esfera Pública y las Políticas Nacionales de Comunicación.
3- De la crítica ideológica de los años setenta ingresamos a la década de 1980 en donde se desarrollaron extensamente los «Estudios Culturales», muchos de ellos, importaciones de marcos conceptuales del marxismo europeo de posguerra. A diferencia de las décadas anteriores, se abordaron las diferencias culturales desentendidas de los factores materiales de poder y, en muchos casos, se naturalizó la realidad existente y el programa neoliberal implementado en esa década y la siguiente. Ante el afán de recalcar la capacidad del receptor de resignificar lo que recibe de los medios de comunicación, se perdió de vista en estos estudios, el proceso de concentración de medios y de poder de la década.
4- Durante los años noventa se promovió un modelo de comunicación estrechamente relacionada a los estudios de marketing y opinión pública publicitaria o electoral. En este sentido, estarán aquellos docentes, profesionales o estudiantes, que van a sostener la importancia de orientar la formación académica en torno de la demanda laboral de mercado.

Tal cual se puede observar, no hay un esquema único del Comunicador Social. Asimismo, es importante reconocer que estas diferencias de interpretaciones no son reductos estancos, sino que coexisten constantemente y en varios aspectos, se entrecruzan. Lo que sí es innegable, es que dichos perfiles exceden el carácter monotemático (y pareciera, casi único), que presenta la televisión y los medios de comunicación de la Argentina. Estos cuatro modelos reconocen en un mismo tiempo la fuerte tensión que existe entre la disciplina y el contexto social en la cual se inscriben los sujetos. En este cuadro, se puede ver que las décadas del sesenta y del setenta fijaron un horizonte colectivo de transformación social y que desde allí, muchos jóvenes y profesionales relacionaron su proyecto individual con la construcción de un programa colectivo de país. Algo similar, ocurre en los procesos de avance popular y de desarrollo del Estado y las políticas públicas, que en varios casos, implementaron nuevos canales de expresión, contenidos y sentidos a la información pública y a los comunicadores sociales.
Desde las décadas de 1980 a 1990 el modelo de sociedad desarrollado desde el conjunto de instituciones controladas bajo la óptica neoliberal, promovió una concepción individualista en la acción de los estudiantes y de los profesionales de la comunicación. En muchos casos, el modelo de logro personal se ligó estrechamente a la capacidad de acceder al «éxito» definido en términos de la industria del mercado de la comunicación, que como comentamos, esta atravesando un proceso de marcada decadencia y de crisis de funcionamiento. Los grandes oligopolios de la comunicación en este marco y tal cual se observa en el conflicto agrícola actual, pueden terminar jugando como un mecanismo desestabilizador de la democracia y como un medio de transmisión de intereses sectoriales. En este cuadro, los operadores de la comunicación producen una información y una noticia distorsionada, acompañando proyectos políticos, que en varios casos, son declaradamente antipopulares y antidemocráticos. La noción de servicio público deja lugar al interés del negocio privado y pone en duda el funcionamiento del sistema de comunicación de manera global. Estos mismos actores, en varios casos, imponen su «modelo» de comunicador y periodista, que es receptado por una juventud que a diferencia de otras época, coexiste con una ausencia de proyecto nacional claro, cuestión que dificulta la articulación posible entre la acción particular y el bien común.

Está claro que no en todos los casos se repite este esquema, lo que sí es seguro, es que el debate sobre otros modelos de la comunicación y la práctica profesional, no tiene el lugar y la agenda que nuestro país está demandando.

(1) «La comunicación que queremos para el Siglo XXI: debates y propuestas para un nuevo Plan de Estudios». Aritz Recalde (Compilador) y Comunicadores Para el Pueblo (Editores). Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, Julio de 2008.