LA BELLEZA EN LOS TIEMPOS DE LA IMPERFECCIÓN

por Luis Straccia

Dos son los hechos que dispararon esta nota. En uno de ellos está presente mi hija de dos años en la observación de los regalos que recibe y de los interrogantes que los mismos disparan.

Mientras que una de sus tías le regalara un juego de maquillaje infantil, otra persona le obsequió en su cumpleaños una tabla de planchar y una plancha de juguete. Aquí surgió automáticamente la idea del estereotipo, y se vinculo a un recuerdo de mi infancia, donde otra de mis hermanas se preguntara como podía ser posible que tanto Caroline Ingalls, como sus hijas tuvieran el pelo y el cutis tal como lo tenían -impecables- viviendo en las condiciones en las que vivían- mientras ella sufría con ceras y con la “toca”.
Desde el inicio de los tiempos del hombre en tanto hombre, los modelos de belleza han estado presentes y han mutado de la mano de las mutaciones culturales. Esto es una cuestión innegable, así como también lo es la necesidad de trascender la propia naturaleza en colores, cremas, adornos, etc que ornamenten la fisonomía. Pero también trascender la propia naturaleza en lo que al paso del tiempo se refiere.
La búsqueda de este elemento “belleza” ha sido una constante en la historia, sin embargo lo que ha sido inconstante es el elemento en sí mismo. Podríamos decir que el hombre se encolumna tras su búsqueda. Pero que en su persecución se bifurca en diferentes ramificaciones.
Tatuajes, aros en los cuellos estirándolos hacia el cielo, pelo untado con orin, labios perforados, pequeños pies atrofiados, son ejemplos de los aditamentos que se pueden sumar en pos del fin último de la especie, cual es garantizarse una pareja para la reproducción.

La Imagen
En tiempos donde la imagen, o la iconografía, se encuentran presente en la cotidianeidad de cada uno de nosotros, como nunca antes ocurriera en la historia de la humanidad, los estereotipos se repiten hasta al hartazgo.
El estereotipo de madre, presente en una caja de cacao, el estereotipo del periodista en el noticiero, del rockero, de buen hijo, reducciones extremas, homogeneizantes de diferentes realidades en pos de la standardización simplificadora al máximo de las particularidades. El estereotipo se repite una y otra vez, de manera directa, sin lugar a ambigüedades, buscando universalizarse y transformarse en verdad para todos.
Si bien uno puede pararse en un determinado momento a reflexionar sobre los mismos, a pensar en las consecuencias de tal o cual práctica, en la certeza de tal o cual concepto, el estereotipo se filtra de manera inconsciente. Modela nuestro accionar y nuestro consumo.
Qué es lo que constituye la marca de nuestra época, un término muy en boga durante los años ´90 en nuestro país, y que en esos momentos se restringió primordialmente al campo de la economía. La “Globalización”. La misma permite replicar en uno u otro punto del globo estos estereotipos citados.
Así como con el desarrollo de nuevas tecnologías de comunicación se han universalizado las noticias, de forma tal que en un segundo podemos enterarnos de lo que ocurre en nuestras antípodas, también y con el mismo ritmo vertiginoso, se van universalizando patrones culturales tales como “la” belleza, donde la obtención de la misma se convierte en un fin premiado y un reconocimiento social a su poseedor. En contraposición la ausencia de la misma se presenta como un fracaso, más considerando las oportunidades que el mercado ofrece en pos de ese logro.
Pensemos por un momento si basta que un cantante posea buena voz, o si “es preciso” que el mismo tenga una apariencia que permita armar un circuito que supere su mera presentación artística. O si importa, hablando en general, que su voz, sus temas, dejen mucho que desear pero que la imagen que transmita permita aglutinar a un público tras su carrera.
Pero, centremos nuestro enfoque en la mujer. En este sentido podríamos afirmar que la misma se ha convertido en una de las conquistas más preciadas del mundo publicitario. Por un lado en tanto público consumidor y, estrechamente relacionado, por otro como un adorno de todo aquello que se quiera vender.
Así, pasa en todo momento a convertirse en un objeto de contemplación. Ya sea en el anuncio de un automóvil -dirigido a los hombres- como de productos de cosmética -dirigido a las mujeres- o a un yogur -dirigido, en teoría, a los más chicos.
En este doble juego, se filtra la concepción social que sobre la misma se tiene, en tanto complemento del hombre. En tanto pieza bella, en sus diferentes ramificaciones, física -atenta a dietas-, moral -pendiente de la salud de sus hijos-, servicial -preocupada por la blancura de la camisa del esposo-, y podríamos seguir enumerando ejemplos en donde, nótese, la ausencia total del elemento masculino a no ser como destinatario del esfuerzo de la dama.

La Imperfección
Ahora bien, cómo hacer frente a este bombardeo de deberes, cómo poder cumplir con todos esos roles, si al fin y al cabo sólo somos una persona, con sus virtudes y defectos.
Un fantasma nos recorre y nos atraviesa, generándonos una sensación de angustia y de permanente displacer. El fantasma de la imperfección. La sensación, real o no, de carecer de tal o cual atributo y la necesidad de satisfacer la mirada del “otro” en pos de congraciarnos con el entorno.
La imagen nos impacta al pararnos frente a un quiosco de diario. Allí las tapas de las revistas nos ofrecen una visión de “la” mujer, en poses seductoras o radiantes, rubias, morenas, pelirrojas, todas tienen algo en común: son, o semejan ser, jóvenes.
Entonces, mientras que por un lado se nos muestra como “son”, como se debe “ser”, por el otro nos dan un cachetazo y nos dicen que es lo que “no somos”, que nos falta algo para asemejarnos a lo que allí vemos.
Es en ese momento en que nuestro cuerpo se convierte en el escenario de la representación de un drama. Donde se conjugan por un lado, el estereotipo del que habláramos, y por otro lo que realmente somos.
Y somos imperfectos. Entonces debemos recurrir a complementos que nos permitan acercarnos, tan sólo, a ese ideal. En donde se invierte tiempo, pero sobre todo dinero, en pos del cambio de la apariencia.

Y lo que ocurre es que la insatisfacción física acarrea una insatisfacción en general, dado que quien la experimenta, sufre ante la posible mirada censurante de la otra persona, ante el temor del escrutinio, pero antes que nada de la suya propia.
Una vieja frase publicitaria sostiene que “no se venden zapatos, sino pies bonitos”. Deja traslucir que el carácter utilitario del zapato, queda opacado el plus que presenta el atributo de hacer a algo bello.
Pero también, permite escudriñar sobre la obsesión de poseer pies bellos, por la obsesión por la apariencia del consumidor, pero a su vez nos posibilita acercarnos a quien genera esta obsesión.
Los cambios veloces en los patrones estéticos, la segmentación de los modelos de moda, evidencian una compleja maquinaria de producción, promoción y venta que necesita alimentarse constantemente. Y cuya víctima directa, ya que trabaja sobre su cuerpo mismo, es -en el marco de una cultura patriarcal- la mujer.
La distancia entre ese ideal publicitado y lo real, resulta en ocasiones tan grande que incluso sus propias representaciones, las modelos, han pagado con la estética de sus rasgos faciales, con su físico e incluso con su vida, por mantener esa apariencia que mostraban a otras mujeres como digna de imitar.

Como acceder a la belleza
La dualidad imperfección-insatisfacción de la que habláramos nos sitúa ante el hecho de que no basta poseer una belleza innata para sentirse bella. La belleza es una meta que es preciso conquistar y el paradigma actual nos vincula este logro a una decisión individual, a una cuestión de voluntad.
Esto es fruto de una indagación cada vez más certera que el mercado de consumo implementa sobre públicos cada vez más acotados, sobre segmentos individualizados. Se trabaja sobre eso que nos falta, para realmente sentirnos completos. Y ante esa necesidad surge el producto. De hecho pareciera ser que a mayor grado de insatisfacción, se corresponde con una mayor necesidad de acudir al mercado.
Este mundo encierra la apariencia de la democracia, y la certeza de la tiranía.
Se dirige a todos, más allá de su nivel adquisitivo. Podemos acceder a un cirujano de prestigio o a una liposucción por 1000 pesos, podemos utilizar ese shampoo que dejara nuestro cabello tal como debe lucir, o vestir prendas que nos permitan resaltar las partes de nuestro cuerpo que deben agradar. Está presente la decisión individual de hacerlo o no.
A su vez nos indica, dirige, lo que debemos hacer. Qué mujer luciría hoy una cabellera leonina como el modelo de los ´80, o los aros argolla, los lentes oscuros enormes o los pantalones Oxford de los 70.
Sin embargo, lo que hoy nos parece ridículo, puede presentarse en cualquier momento como normal. Quizás proyectarnos al futuro nos permita apreciar como absurdo que las adolescentes piden a los 15 años implantarse siliconas, la obsesión por adelgazar, o la utilización de los corpiños push up que aumentan el volumen de los senos, generando más de un desengaño.
La presión se siente con mayor fuerza en aquellos grupos que buscan definir su identidad. La anorexia se observa en jóvenes de entre 12 y 30 años, con una preponderancia femenina que supera el 90% de los casos.

Los cannones se imponen de arriba hacia abajo. El perfume, el maquillaje, la vestimenta que lucen los bellos exitosos, se imita para hacerla accesible a todos. Al masificarse las diferencias se borran en apariencia. Y el mecanismo se pone en marcha nuevamente, retroalimen-tándose, generando nuevos patrones, nuevos modelos.
Incluso, aquellos modelos que surgen como una contrapropuesta, como una manifestación de disconformismo con las prácticas establecidas (La fealdad del punk, la agresión del piercing), acaban con el tiempo asimilándose, son fago-citadas por aquello que buscan discutir, y devueltas como modas de consumo.
En definitiva, podríamos decir que indagar sobre la belleza, implica aproximarnos a algunas lógicas de poder en donde la mayoría de nosotros -pero sobre todo las mujeres- somos situados en un rol secundario, de meros consumidores relegados a elegir entre una serie de opciones ya fijadas, y donde -como casi todo en este tiempo- lo único que resta es saber que precio o costo estamos dispuestos a pagar.

Cirugías y algo más

Crepúsculo tuvo la oportunidad de entrevistar al Dr. Enrique Gagliardi, ex presidente de la Sociedad de Cirugía Plástica de Buenos Aires, y consultarlo sobre diversos temas vinculados a su profesión y la temática que abordamos.
Gagliardi nos dijo que no existen en nuestro país estadísticas que den cuenta de la cantidad de cirugías que se realizan anualmente, pero sí pudo afirmar que “el 80% de los pacientes son mujeres y que el 60% son aumentos mamarios y liposucción; el 40 % restante se divide entre rinoplastias, lifting, párpados ,etc. Así como también puede decirse que entre los 20 y 50 años es donde se recurre con más frecuencia a este tipo de cirugías”.
Gagliardi sostiene que el alto porcentaje de operaciones que tienen a la mujer como paciente obedece a que “la mujer si considera que mejorar su aspecto físico es beneficioso, no duda en realizar una cirugía, especialmente las relacionadas con aumentos mamarios y liposucción. En cambio en el caso de los hombres, son más dubitativos y en general acepta más el paso de los años. Por ejemplo la “panza “ y la “pelada” se consideran normales a cierta edad. Pero a la hora de realizar la operación, sus intereses se centran en párpados y acumulo graso en región mamaria o cintura.”
Al ser consultado sobre los ideales de belleza que se persiguen, nos dijo que “básicamente es un perfil nasal adecuado al resto de la cara, el óvalo del rostro bien definido, una cintura adecuada que combine con un buen busto y caderas armoniosas” ideales que para este profesional “se mantienen constantes en el tiempo. Creo que la época que nos toca vivir se ha destacado por una desinhibición que busca lucir la anatomía corporal; en épocas anteriores se le daba más importancia al rostro.”
Para Gagliardi “no es ético implantar siliconas a una adolescente. Cada cirugía tiene un límite de edad en el que debemos estar seguros de no perjudicar la salud psíquica y física de la persona. Antes de los 21 años el paciente debe tener autorización de sus padres para cualquier tipo de cirugía. Los adolescentes piden este tipo de cirugías y a veces los padres o médicos con falta de ética aceptan realizarlas cuando aún no se ha desarrollado totalmente la persona.”
Ante la pregunta referida a cómo se abordan desde el plano psicológico, las consecuencias que pueden acarrear en un individuo el ver reflejada en el espejo una imagen que ha mutado, luego de una intervención, sostuvo que “Siempre se debe examinar e interrogar a fondo al paciente antes de las cirugías y ante la menor duda realizar la correspondiente consulta con el psicólogo o psiquiatra según el caso”.
Según un artículo publicado en el diario Clarín en el 2005 nuestro país se encuentra en tercer lugar en cirugías estéticas, a nivel mundial. Para Gagliardi, esto obedece a varios motivos: la cantidad de profesionales, los costos accesibles y a que los argentinos no dudan en realizar procedimientos que les mejore la autoestima. A esto hay que agregar la cantidad de extranjeros que eligen Argentina para operarse por los bajos costos en comparación con otros países y los buenos profesionales.”
Por último lo consultamos sobre si, desde punto de vista económico, existen cirugías de 1ª, 2 ª y 3ª categoría, y qué recaudos debe adoptar una persona al momento de consultar a un profesional, ante lo que nos contestó que “Las cirugías deben ser todas de primera categoría. Al momento de consultar a un profesional se deben conocer la mayor cantidad de referencias Por ejemplo si es miembro de las sociedades científicas, si lo recomienda el médico de la familia, si ha operado a algún familiar o amigo, etc.