# LA ADVERTENCIA – por Román Ksybala

Era temprano. La ciudad aún dormía en silencio cuando él despertó sobresaltado una vez más: había soñado con ese número por cuarta vez…

¡Cuarta vez! Eso no podía ser casualidad; ya no se trataba de una coincidencia divertida para contarle a los amigos y reírse en grupo. Esto era algo más… Alguien le estaba tratando de decir algo… O acaso él se estaba tratando de decir algo a sí mismo.

Intrigado, hurgó en su mente una y otra vez en los días sucesivos, tratando de encontrar un significado oculto para ese número. Una dirección, una fecha… ¿Coordenadas…? ¿Pero coordenadas de qué?

Nada parecía tener sentido.

Cuando se hartó, optó por ser práctico. Buscó la casa de juegos más cercana y compró un número con esas cifras. Cuando fracasó comenzó a probar distintas permutaciones, pero las semanas se fueron transformando en meses y ninguno de ellos salió premiado. Y el misterio lo seguía acechando como siempre, porque él continuaba soñando con lo mismo. Y con una voz desconocida, que le susurraba que ese número era clave para su destino.

Con el paso del tiempo su intriga se transformó en obsesión. Sus ausencias al trabajo se volvieron recurrentes, y un día fue despedido. Él se limitó a seguir viviendo con el dinero que tenía ahorrado en el banco. Se bañaba cada vez menos seguido y su aliento se fue volviendo fétido. Y era cada vez más raro verlo salir al exterior.

Sus paredes ya no tenían colores: eran un garabateo de cifras e hipótesis; un mapa de su creciente enajenación. Sus vecinos lo evitaban, dudando de su salud mental. Amigos ya no tenía, la piel de una mujer era un recuerdo distante, y él sólo podía pensar en esa voz que le advertía que ese número encerraba el secreto de su destino.

Pero el misterio no le era develado.

Poco a poco comenzó a ser arrastrado por la depresión. Porque su vida estaba en ruinas: no tenía trabajo, amigos ni mujer.

El dinero se le iba acabando, y ese maldito número seguía apareciendo puntualmente cada noche. Y aunque en su último sueño se le había pintado la imagen de dos líneas paralelas con el número entre ambas, él no lograba deducir nada de aquello. Y empezaba a admitir que tal vez era simplemente incapaz de descubrir el secreto.

Estaba desesperado.

Esa tarde trepó a su bicicleta y salió a reponer sus magras provisiones. Pedaleó mirando en la distancia, triste y meditabundo, cuando de pronto aparecieron las vías frente a él y tuvo un rapto de inspiración. Se le dibujó el número encerrado entre paralelas en su sueño, y recordó que las paralelas se cortan en el infinito, según le habían explicado de niño. Luego… ¡los números era una pista matemática! ¡Las cifras eran la clave para resolver un teorema, un enigma! ¡Claro, qué idiota! ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Lo que la voz le susurraba era correcto: los números eran la clave para una prosperidad extraordinaria, para producir un cambio radical en su destino. ¡Había instituciones que premiaban la resolución de esos enigmas con verdaderas fortunas! ¡Hasta con un millón de dólares!

¿Cuál sería…? ¿La conjetura de Hodge? ¿La hipótesis de Riemann?

Eufórico y ensimismado, no advirtió el tren hasta que fue demasiado tarde. Pero alcanzó a leer por fin su número, en el frente de la locomotora que lo embestía.